Natsume Sôseki – Haikus zen

Ha tenido que llegar este libro, el segundo de Sôseki que leo, para descubrir que este autor promulgaba un tipo de individualismo muy parecido al que defiendo yo en este blog. No es que los poemas vayan de eso (¿de qué va un poema? ¿merece la pena descubrirlo o es mejor hacerlo tuyo, sentirlo?), es algo que se menciona en el prólogo y en lo que ahondaré con otros libros suyos. Pero empiezo a entender por qué fue uno de los primeros autores que descubrí a principios de año. Me ponía en la casilla de salida.

Haikús zen es un libro pequeñito, tan bien editado y atractivo como todos los que publica Olañeta, una editorial cuyos títulos da gusto toquetear, exponer en la estantería. Diría que éste es su primer libro íntegramente de haikus, la poesía japonesa más universal: tres versos breves que capturan la emoción de un instante. Sôseki lo hace con especial sensibilidad, a veces con un sentido del humor chocante, como si estuviera profanando un género. Y al mismo tiempo es muy fiel: los haikus deberían recoger una estación, y los suyos tienen el sabor indudable de cada una. La edición la acompañan dibujos y caligrafías del autor.

El «zen» del título no viene muy a cuento, porque todos los haikus deberían serlo ya de por sí. Escribir haikus es comprender que no hay mejor momento que éste en el que estás ahora mismo. Es abrir la boca y los ojos extasiado por una libélula que cruza el aire, es saltar al vacío sabiendo que siempre podrás agarrarte a una rama desde la que, colgado, contemplarás la luna llena. Siempre digo que terminas de leer haikus y sales a la calle con otra mirada. Y es verdad.

El gato en celo
ha adelgazado tanto
es solo ojos
Arroyo primaveral
que fluye
abrazando la roca
Con una mano
no bato palmas, pesco
un pez en el reflujo
Volviendo a ver las cosas
al subir y bajar como antes
el monte de otoño es nuevo
Ahora me atrevería
a entrar en la cueva del tigre
esta mañana de intensa nevada

Kenneth Bernard – Entre los archivos del distrito

«La verdad siempre estaba presente;
solo hacía falta percibirla.»

Segundo libro de Errata Naturae en llegar a mi colección. Éste acaba de salir. En los créditos lees que en Estados Unidos se publicó en 1992: veinte años se ha tomado esta joya en desembarcar en castellano. Lo bueno se hace esperar, ya lo dicen, pero es que este libro es demasiado bueno como para que hayas tenido que esperar tanto. Un futuro distópico, mezcla de 1984 y del mejor Franz Kafka, que como siempre ocurre con la buena literatura, te habla de ti, de tu momento presente. Tampoco tienes otra cosa, ¿verdad?

Los capítulos de Entre los archivos del distrito son, en teoría, entradas de diario pero más bien me parecen cuentos casi independientes. Eso sí, cada capítulo funciona (tiene más fuerza) gracias precisamente a todos los que les preceden. Te adentras en un mundo extraño, extrañamente familiar, el de las obsesiones cotidianas de John: qué cola irá más rápido en el banco, los vecinos huraños, el cambio de la actitud de las cajeras que ya no ponen los productos dentro de las bolsas de plástico, entrar en un club funerario cuando la muerte se acerca… Apenas se justifican las cosas. Todo es así porque así está decidido que sea.

Pero el protagonista no se resigna. Se atreve a ser rebelde con sus pequeños gestos. La rebeldía de abrir los ojos, observar, poner en duda, permanecer vivo, ser siempre subjetivo, mover los brazos como una gaviota… La transformación de John a lo largo del libro es tan espectacular, es tan sutil y está tan bien escrita, que no cambiarías ni una coma, todas las palabras son exactamente las que tienen que ser. Aplaudo la traducción de Carmen Torres García. Pocas veces he tenido esta sensación de que un libro me llega traducido tal y como se escribió.

Y en realidad, me parece muy acertado que se publique Entre los archivos del distrito justo ahora. Es necesario recordar la importancia de nuestras acciones individuales. Una de ellas, quizá la más importante, la decisión de ser feliz. Contra eso nadie te podrá vencer, porque tu sonrisa es tuya. En cualquier parte, en cualquier momento. Ahora.

Tal y como he visto la historia en la piedra, veo la belleza en los escombros. Creamos nuestras propias fronteras, nuestros propios límites. Toda belleza, exagerada, es fea. Nuestros ojos son como microscopios y telescopios. Se posan donde quieren, o bien donde los dirigen, y alimentan el celebro con su medida. Me encantan los márgenes. (Página 207)

Frank Hessel – Romance en París

«¿Para qué capturar aquello que revolotea?»

Te adelanto que he empezado a coleccionar los libros de la editorial Errata Naturae. La conocí en la librería madrileña Tipos Infame, creo que era la editorial del mes o algo así, porque tenían un expositor dedicado a todos sus libros. Me gusta su línea editorial, me gustan sus ediciones (las portadas siempre llamativas y el tacto de las cubiertas: un detalle importantísimo para mí; es importante que te guste tocar al compañero de tantas horas compartidas). Siempre había querido coleccionar los libros de una (buena editorial). Ésta me ha parecido inmejorable para comenzar el intento.

¿Un Romance en París con esa portada? Pues sí. Lo entiendes al explorar las páginas del libro. Y es que lo del romance es lo de menos. Hessel retrata en el libro la vida de los extranjeros en París. De cómo juntos se adentran hasta en el último antro, las trastiendas del Moulin Rouge. Nómadas de buhardilla en buhardilla que fuman, se divierten, van al teatro, pasean de noche, no dejan placer por probar.

Son tiempos felices, la guerra parece todavía ciencia ficción sobre la que teorizar en el bar, entre trago y trago. Y quizá el amor sea eso: probar todo lo que las ciudades nos ofrecen, la lluvia y la guerra bien lejos, sentirse extranjero en cada ciudad para contemplarla así con los ojos más curiosos… Hessel parte de una anécdota para hablar de toda una época. Consigue trasladarte al dulzor de los cafés parisinos justo antes de que estalle la Primera Guerra Mundial.

El libro me ha gustado. Mucho. Pero la construcción de algunas frases me ha parecido más confusa de lo que debería ser: quizá el estilo del autor es así o quizá sea efecto de la traducción. En cualquier caso, un gran libro que invita a vivir todos los callejones de París como si fueras un niño enamorado, a punto de soltar un globo solo para ver cómo se alza entre los tejados.

No hay nada más completo, Lotte, que la mera existencia, no puede haber nada mejor. Y deje que sigamos siendo extranjeros en París. Llevo aquí ya cuatro años y sigo siendo un extraño. París es la ciudad más carnal que pueda existir: por eso nos hemos vuelto aquí puro espíritu. Vamos a través de las miles de tentaciones de la realidad como a través de un jardín floral. Lo que otros llaman pecado es para nosotros una mariposa multicolor. ¿Para qué capturar aquello que revolotea? (P. 98-99)

Morihei Ueshiba – El arte de la paz

«No pases por alto la verdad que está justo frente a ti.»

Si El arte de la guerra ya me pareció una apuesta clara por la paz, imaginaos un libro que se titula El arte de la paz. Es un recopilatorio de frases, pensamientos y aseveraciones de Morihei Ueshiba, fundador (esto lo descubrí después) del aikido, arte marcial pacifista que literalmente vendría a significar: «el camino de la armonía con las energías internas».

Y de esto trata el libro, de reconectar con esas energías internas que todos llevamos dentro y a las que tan a menudo dejamos de prestar atención. Redescubrir nuestro centro porque de ahí parte todo. Hay libros que no se deberían comentar, tan solo leer. Éste es uno de ellos. Eso sí, recomiendo leerlo en un sitio especial, propicio para ese reencuentro con uno mismo. Yo lo leí mientras se ponía el sol, sentado en la barandilla de la Carrera del Darro, el riachuelo a los pies de la Alhambra, justo donde quedan los restos de un antiguo puente o arco que ya nadie cruzará. Os invito a encontrar vuestro lugar.

«El Arte de la Paz comienza contigo.
Trabaja sobre ti mismo y sobre la tarea
que hayas seleccionado en el Arte de la Paz.
Cada uno tiene un espíritu que puede ser refinado,
un cuerpo que puede ser entrenado de alguna manera,
y un camino adecuado a seguir.
Estás aquí con el solo propósito de entender
y darte cuenta de tu divinidad interna
y de manifestar tu iluminación innata.
Promueve la Paz en tu propia vida y entonces
aplica el Arte a todo lo que surja en tu camino.»

«Juguetear con esta o aquella técnica no sirve de nada.
Solo has de actuar con decisión, sin reservas.
Los secretos están a la vista.»

Javier Montes – La vida de hotel

«¿Tú qué quieres?»

No leas la sinopsis de la contraportada. O mejor sí, hazlo. Así, cuando la historia empiece de verdad y a traición, cuando empiece eso que prometía la contraportada, te sorprenderás. Sentirás con toda su fuerza la torpeza del enamoramiento. «¿Qué hago en esta habitación?», pensarás entonces. Será una sensación extraña, como desvanecerse: tú o todo. Magnífico punto de partida. El talento de Javier Montes para tender puentes y contar fábulas urbanas.

Lo suyo es el lenguaje cotidiano, no alardea de diccionario (bueno, igual en esta novela, sí lo hace a veces, pero pocas) y sin embargo cuánto cuentan sus historias. Parecen anécdotas que alguien te contaría como de pasada. Él no. Javier Montes se detiene, observa, escucha, saca un exprimidor de su chistera, y llena habitaciones de hotel vacías y pasillos y viajes en taxi: los llena de pequeños milagros. Es el tercer libro suyo que me leo y el tercero con el que me desarma.

«No creer en las promesas no significa
que no queramos seguir escuchándolas»

La novela viene a ser como la trastienda de una road movie. Un recorrido por los hoteles en los que descansa el héroe. Si es que se le puede llamar héroe a un crítico de hoteles enzarzado en una búsqueda sin tesoro. Hotel a hotel, como si comprobases la grabación de sus cámaras de seguridad, asistes a la partida a gran escala de un juego de mesa. Los dados ruedan encima de las sábanas, el protagonista desliza tarjetas, abre puertas, avanza, o eso parece, porque la meta ni se intuye. Igual es que nuestro héroe ha preferido olvidar las reglas. Ni siquiera se plantea el objetivo. ¿Se embarcaría Indiana Jones en esas aventuras si conociera de antemano el contenido del cofre que persigue? ¿Si supiera a ciencia cierta que el contenido sería suyo, fuera lo que fuera?

Casilla a casilla, la road movie se acaba transformando en pura novela policíaca, «siga a ese taxi» incluido, llega a bordear el terror incluso. Ya lo tienen eso, los pasillos de hotel: mucha moqueta y mucho cuadro de paisajes bucólicos pero esos lugares pueden volverse lúgubres con sólo girar la esquina que no debías. No recuerdo ningún otro libro que a un párrafo del desenlace, todavía era yo incapaz de adivinar cómo terminaría. Cuál sería la última frase. Y no podía ser otra. Prometo que he aplaudido. Bravo, Javier Montes. Gracias. Más, por favor.

      


Pero no hay sprints que valgan, creo; y menos de los finales. En realidad hace mucho que dejé de correr. No vale la pena correr. Basta con caminar al paso que más se acomode a los pies de uno y se acaba llegando a donde se iba a llegar en cualquier caso. O quedarse quieto: últimamente me da la impresión de que son las cosas las que andan. Solo hay que esperar sentado: no fallan, porque nada falla nunca y todo sucede. (Página 15)