Tao Lin – Robar en American Apparel

«Cuando eras pequeño, ¿qué querías ser de mayor?»

Tengo mi corazoncito. Comparan algo con Bret Easton Ellis y lo compro. Y sí, Tao Lin puede recordar al Ellis de Menos que cero, pero cambiando, claro, la MTV por los chats y Facebook y los blogs y los videojuegos. Tao Lin canaliza la furia de una generación a la que se le niega una educación y un trabajo y encima se la ridiculiza.

Robar porque qué otra cosa puedes hacer que no cueste dinero. El libro lo leerán los jóvenes, ellos se sentirán identificados ya con esa primera frase «Sam se despertó sobre les 3.30 de la tarde y vio que no tenía ningún e-mail de Sheila», pero deberían leerlo también todos los políticos (los que sepan leer, al menos). Que tomen conciencia del mundo que están construyendo.

101 páginas que se leen en nada y menos pero que alcanzan a cubrir algo casi dos años de la vida de Sam. El contraste funciona: para cuando te das cuenta, han pasado los meses y ya no eres el mismo, o no deberías serlo. Los personajes de Bret Easton Ellis están en callejones sin salida. Me gusta que haya esperanza para los de Tao Lin.

El último tramo del libro es precioso. Las mejores cosas surgen así, sin darte cuenta: de repente llega alguien que te recuerda las cosas importantes, con quien te salen de forma espontánea preguntas y gestos olvidados. Quién querías ser, por ejemplo. Todavía estás a tiempo. Hay que hacer cosas, ponerse en movimiento. Les ganaremos.

Kids / La inocencia del haiku

La fascinación de la lluvia. Se la expliqué por escrito. Luego me dio por pensar en su reacción: pensará que estoy loco. Que me fijo en naderías, como por ejemplo la lluvia en mi piel; al principio, moja mucho, pero luego la asumo, la abrazo, y la lluvia se vuelve más fina, pequeñas chispas que se escapan de un refresco y te rozan la nariz.

Pensará que estoy loco, o que poca gente nos fijamos en esas cosas. La mayoría cuando llueve sólo se preocupa de correr. Yo cierro los ojos hacia el cielo, pienso en cómo mejorará mi novela ahora que siento cómo se encogen las gotas. Y lo comparto con él, como lo haría un niño. Quizá soy un niño que todavía se sorprende cuando llueve. Todos deberíamos permitirnos ser niños de vez en cuando.

Vicente Haya asegura algo que un buen poeta debería recuperar los ojos de la infancia. Su capacidad de sorpresa. Por eso, se propuso recopilar haikus de niños menores de 12 años, convencido de que en ellos hay la pureza y el riesgo de los maestros. Le dijeron que ese tipo de libros no existían, pero dio con varios y ha traducido los mejores poemas.

Llevando un manojo
de espigas de arroz, feliz…
Pero pesan… ¿eh?

Son humildes, los niños. Reconocen que las historias pesan, incluso las que te hacen feliz, o esas más que ninguna otra, porque las llevas con cuidado: que no se caigan y tengas que recogerlas luego, bastante te costó ya la cosecha. Pasito a pasito.

El camino
que recorrió el caracol
está brillando

Un adulto se fija en el caracol, en la lentidud, en la lejanía de la meta, incluso en la ausencia de meta, parece que los caracoles no vayan a ningún lado. El niño se fija en cambio en el camino recorrido. Cómo brilla ahora que ya sale el sol. Actitud de vida.

En la mudanza,
lo último que llega:
los peces de colores

Los ojos del niño abiertos de par en par al ver tantos peces de colores. Revolotean dentro de una bolsa de plástico. Atrás queda el sudor y el trajín de cajas. Coge la pecera, decórala, llénala de agua, los peces ya están aquí, esto ya es una casa.

Cantan las cigarras
Los secretos que nos contamos
apenas se escuchan

La importancia de la intimidad.  En el bosque o en el sofá, tú y yo, contándonos cosas, aunque apenas se escuchen, cosas pequeñas, que sólo sabemos nosotros. Para los niños, todo es tan importante que lo susurran a la oreja del otro.

Plantado el arrozal,
me lavo las piernas
y voy otra vez a verlo

Enrique Vila-Matas – Aire de Dylan

«Yo nunca trato de regresar,
sino que intento encontrar una casa en el camino.»

Cómo es la vida. Juras y perjuras que no volverás a hacer algo, «A Dios pongo por testigo…»,  y la vida te sorprende, te cruza caminos y tienes que tomarlos. Avanzar es hacer lo que creías que no harías ya. El narrador de esta novela, por ejemplo, se había prometido no escribir más y entonces se tropezó con una historia fascinante.

La historia de Vilnius, doble del joven Bob Dylan, obsesionado con el fracaso y perseguido por el fantasma de su padre. El narrador se ve empujado a escribir sobre él y sus fallidos intentos por fracasar. Y así descubre que al final todo era fácil. No se trataba de renunciar a lo que no iba bien, sino de cambiar el enfoque.

A veces una frase sirve de motor de muchas cosas. A Vilnius le pone en movimiento una frase, no por romanticona menos certera: «Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien». Buscando su autoría, encontrará de rebote el amor y un objetivo en su vida más allá del fracaso. Y es que nunca encuentras lo que buscabas, sino lo que está justo al lado, más interesante por inesperado.

Novela policíaca, historia de fantasmas con tintes de Hamlet, parodia de las performances post-modernas, autobiografía apócrifa… Es muchas cosas, pero sobre todo Aire de Dylan es una búsqueda. La de uno mismo. Porque para eso investigamos, vamos al teatro, leemos, nos enamoramos o nos miramos al espejo. Para reconocernos en los ojos de otro.

En qué piensas, me preguntó mi mujer. Bueno, reaccioné muy rápido, pienso en que hay escritores que se preocupan por cambiar de temas y no repetirse y se atormentan con eso y hasta para cambiar están dispuestos a convertirse en camioneros cuando en realidad es todo más sencillo, basta ver mi caso: me ha sido suficiente con cambiar de barrio para encontrar otros temas.

Mejor si estás encima, mejor escuchar al pumpum

De pequeño, inventabas idiomas y tus muñecos protagonizaban películas invisibles. Luego creciste y acataste las reglas del mundo adulto. Aceptaste que sólo existen las palabras del diccionario de la Real Academia o las que puntúan en el Apalabrados. Que esos papeles con los que pagas se llaman dinero. Quizá un día, pronto, los críticos se reúnan sesudamente y acuerden insertar las páginas inéditas de El Principito recién encontradas; entonces, el libro oficial cambiará, el que tienes en la estantería ya no será válido, será otro tesoro perdido, una anomalía.  Nuestra sociedad depende de estas convenciones. De lo que otros deciden que es real.

Por eso admiro a la gente que se crea sus propios mundos. No sé si llamarlos rebeldes, para mí son héroes. El Principito veía serpientes haciendo la digestión donde otros sólo veían sombreros. Tolkien creó una mitología entera, una lengua, una historia. Más modesto, hubo un niño que se inventó su propio calendario. Leí un artículo acerca de él hace tiempo, parecía un capítulo sacado del libro El curioso incidente del perro a medianoche,  El niño no entendía por qué Febrero era tan corto, así que le añadió dos días más, y desplazó el resto de fechas para que encajasen. Mientras sus compañeros viven en el 14 de mayo, para él todavía es día 12.

Todos los cantantes hacen algo parecido al subirse al escenario. Tocando la guitarra, desgranando canciones entre sonrisa y sonrisa, dejan de ser ese chico apocado, con gafas y una bolsa de la compra a cuestas, que una hora antes del concierto llamaba al timbre del local para que le dejasen entrar. Freddie Mercury aseguraba ser muy tímido, pero jamás lo dirías porque cantando era ese hombre poderoso y carismático y hasta guapo que había decidido ser.

No sé si los cantantes son conscientes de que el proceso es doble y el público se adueña de sus canciones.  O quizá sí lo saben, quizá lo buscaban al componerlas: que con ellas bautices historias y transmitas sensaciones y vueles a casas que no existen todavía. El caso es que, ahora mismo, para ti esa canción es especial porque habla de ti, de tu historia actual, de una broma privada, de los besos que has dado y el baile que compartiste junto al mar. Es más que tu canción: es vuestra canción. Intimidad en un recinto abarrotado.

Te das cuenta entonces de que todavía conservas el poder de crear mundos, como cuando eras niño. Pero ahora sólo lo aplicas a las cosas pequeñas. A hacer tuyas frases y canciones. Es hora de creer en la magia, de replantearte perspectivas, entender que el mundo funciona así porque es tuyo. ¿Quién ha dicho que todos ven el color azul con el mismo tono de azul que tú? Quizá para otra persona su azul se parezca más a tu rojo, y está bien que así sea, lo antinatural es que otros estandaricen un código para que captemos igual esos pigmentos. Piensa, haz, di, crea, comparte las cosas que te hacen único. Tu azul es tuyo, tatúatelo.

Michel Coquet – Iaido. El arte de cortar el ego

«Desea el fruto de tu acto
y te conviertes inmediatamente en esclavo de ese deseo.»

El arte de cortar el ego. Título potente. Los libros llegan a ti y éste llegó a mis manos gracias a un cliente de la tienda. Estábamos hablando sobre textos clásicos de samuráis, mi favorito, el Hagakure, el que él estaba comprándome, el Libro de los Cinco Anillos, lo que tenían que aportar todos, y acabó recomendándome este título. Más moderno, de un autor francés que recogía las enseñanzas de un maestro japonés anónimo al que se le da el nombre en clave Takeuchi.

¿Qué es cortar el ego? No es negar su existencia. No es rechazar sus necesidades y deseos. Es justo lo contrario: aceptarlos como tales, comprenderlos para comprenderte, reconocerte como ese niño que reclama atención constante, hasta que nada de todo eso importa. Sólo ser ahora. Y disfrutarlo. «La naturaleza humana desea demasiadas cosas. Siempre quiere más y se olvida  de ser», dice el maestro Takeuchi a su alumno, y con el libro en las manos jurarías que se dirige a ti. Para alguien que está aprendiendo a fluir de verdad, no había libro más conveniente.

Es una falta de intuición y de respeto decidir los sentimientos de quien te guía. Es una afrenta porque es demostrarle una total falta de confianza. El ego no acepta ser excluido, no ser nada. Trata siempre de atraer la atención sobre él, busca siempre ser apreciado y recompensado. No quiere morir y se agarra desesperadamente a las formas y a los sentimientos que le relegan a su limitado universo. Has sido débil, pues ¿qué te importa quien te guía? Tienes tu sable ¿no es suficiente?

Ejemplos muy visuales que iban desmontando (reconstruyendo con las mismas piezas, en realidad, como si todo aprendizaje fuera un juego de LEGO) todo lo que dabas por indiscutible. Te tienes por alguien que se fija mucho en los pequeños detalles, como un aprendiz de Sherlock Holmes y entonces encuentras frases como éstas y entiendes al fin por qué Sherlock Holmes era tan bueno:

El detalle no cuenta, dice, sólo tiene importancia el conjunto de detalles. El detalle
nos confunde, pues se refiere a un solo aspecto del problema.

Piensas que es bueno fijarte en la belleza de todo, amas las cosas bellas, repartes sonrisas y canciones felices como quien regala autoayuda, todo es bello, pero ¿podrías ser fan de Madonna si la vieras, ya no usando el baño, sino como el conjunto de músculos y piel y sangre y vísceras que en realidad es y no la idea que representa? ¿Podrías amar a alguien hasta el punto de abrazarlo como un simple ser humano?

Hay que admirar el jardín por lo que es y no por lo que parece en un breve instante. Aprecia lo que va a cambiar, adora lo que es eterno. Observa a un niño pero déjalo convertirse en hombre. Contempla las nubes pero déjales seguir su curso; contempla las flores, pero no te apenes cuando sus pétalos sean arrastrados por el viento.

Comprender que quieres ser agua y de momento eres hielo. El mismo elemento en etapas distintas.

Tu mente se cristaliza a menudo cuando debería ser constantemente como el agua, el agua que toma la forma del recipiente en que se encuentre sin oponerle ninguna resistencia. Por el contrario, has sido como un bloque de hielo cuya forma fue la de tu propio ego.

Como cuando preparas una copa y los cubitos son demasiado anchos para el vaso, y en vez de esperar a que se ablanden o rociarlos con un poco de agua tibia, los incrustas a la fuerza, un golpe, otro, y acabas por romper el vaso. Los cubitos cabían en el vaso, sólo tenías que esperar. Paciencia, sin prisa, sin pausa: pasito a pasito, baldosa a baldosa, aprenderás a brillar. Comprenderás que existe una empuñadura porque tienes dos manos para sostenerla. Y cortarás.

El hombre es como una bombilla cubierta de varias capas de pintura. La luz está allí, pero las diversas capas de pintura impiden que se irradie. Ni somos las capas de pintura ni la bombilla de cristal. Únicamente somos la luz.