Ariel A. Almada – Los cerezos en diciembre

«Cuando vayáis a disparar,
no podréis elegir las condiciones externas.
Tan sólo aceptarlas, dejarlas entrar en vuestro interior
y actuar en consecuencia.»

Tenía que ocurrir. Si La ley del espejo llegó en el momento oportuno, su secuela espiritual (así la promocionan, al menos), también tenía que venir al rescate. Y así ha sido. Ni antes ni después: ahora. Directa como una flecha, novelita corta que en sus 70 páginas encierra mucho más de lo que parece.

En esta fábula, enriquecida con cuentos de regusto zen, asistes a un entrenamiento. El de Saki y el tuyo. Fijar el objetivo, coger el arco, tensar la cuerda, apuntar, disparar. Por este orden. Qué fácil, piensas. La vida a veces se muestra así: simple, bonita. No cuentas con el viento, la inclinación del terreno, tu pulso. Todas esas pequeñas cosas que desviarán la flecha.

Los cerezos en diciembre insiste en la importancia de focalizar. De dar la vuelta a las dificultades, crecer con ellas y utilizarlas a tu favor. Atreverte a disparar siempre, pero con una dirección clara. Alimentar la pasión, la entrega, la acción. Más que una enseñanza, cada capítulo es un descubrimiento.

El libro se lee en apenas una hora. No lo habrás terminado que ya estarás pensando en recomendárselo a dos o tres amigos. Disparadores de arco que aún no saben que lo son. Como tú, que un día te encontraste con tu arco y tu flecha en las manos y pensaste ya está, ya lo tengo todo. Te faltaba lo más importante, el objetivo. Zas.

Carlos G. García – Entrada + consumición

«Ninguna buena historia comienza diciendo:
‘Me quedé en casa y me fui a dormir triste’.
Es hora de afrontar el presente.»

Te sentirás identificado. Vamos, digo yo. Porque lo que contienen las páginas de Entrada + consumición todos lo hemos vivido. O lo hemos pensado. O nos lo ha contado un amigo. Y siempre reconforta leerlo en un libro, ver que alguien más piensa como tú. Sientes complicidad. Que no pasa nada, que no es tan grave.

Por recomendación de Fer y sus Confesiones tirado en la pista de baile llegaba a mis manos este libro. Una novela que empieza como una divertidísima visión de la noche gay y la fauna que la puebla. Luego llegan las máscaras, el momento de quitárselas, las revelaciones y sobre todo los «¿ahora qué?». Ahora el presente.

Hay mucho alcohol y bastante sexo. De hecho, cada capítulo lleva el nombre de una bebida. Los diálogos chispean, hay capítulos (de mis favoritos, y muy bien ubicados) que no son más que conversaciones telefónicas. Hay drama y hay comedia romántica. Humor, ironía. Y tristeza, la de quien tiene que sobrevivir en un medio hostil en el que todos mienten, utilizan, manipulan, abandonan.

Pero hay luz al final del túnel. O debería haberla. Las ciudades son muy grandes, incluso Málaga, donde transcurre la novela. Nuevas gentes, nuevos ambientes, nuevas actitudes, y sobre todo iniciativa. Dar pasitos cuando las oportunidades llegan. Porque es cierto, como dice la cita con la que abría este post: Ninguna buena historia empieza diciendo: «Me quedé en casa y me fui a dormir triste». Así que sal y sonríe.

Shôninki. El arte del disimulo

«Atrapa el hilo y no sueltes.»

Me gustan los ninjas. Usaban el disimulo para conseguir lo que querían. No eran superhéroes. Investigaban, intrigaban, actuaban. Batman no inventó nada. Los ninjas ya se mezclaban con las sombras, se fabricaban sus propias armas y utilizaban el entorno a su favor. Con discreción hasta la victoria.

Este libro es un privilegio. Recoge las enseñanzas secretas que durante generaciones sólo se transmitían entre clanes. Capítulos breves, apenas esbozos de técnicas y recomendaciones. Un ojo de cerradura para ver, o intuir, cómo actuaban estos guerreros fascinantes.

Soy fan especialmente de los títulos de los capítulos, tan evocadores: «Las enseñanzas de lobos y zorros», «Acceder a lugares elevados y a las profundidades», «Lo que hay que saber sobre los senderos de montaña desconocidos»… Y también fan de párrafos como éste:

Razonas como un principiante. Si quieres adquirir un cántaro grande y no piensas en otra cosa, no verás nada más que el cántaro. En cambio, yo me acomodo a las circunstancias. Robo muchas cosas pequeñas que oculto en mi manga. Tras revenderlas, me compro un cántaro grande. Es lo que denominamos la estrategia de ampliar la perspectiva.

Ampliar perspectivas, gran concepto. Supongo que no será casualidad que en mi viaje a Japón hace ya cinco años, mi lugar favorito fuese Nara, su antigua base de operaciones. Me gustan los ninjas, sí. Porque fluían y siempre ganaban.

Alberto Torres Blandina – Cosas que nunca ocurrirían en Tokio

«Las olas cambian, pero el mar siempre es el mismo.»

Nadie hace nada en los aeropuertos. Esperas, pero no hablas. Miras tiendas por mirar algo. Sin rumbo. Te sientas, picoteas algo, pasas páginas de un libro. Desearías que hubiera alguien como el protagonista de esta novela, que entretiene a los viajeros contándoles historias.

Les habla de los países a los que viajarán, con tanto detalle que se diría que los ha visitado todos. Les habla de códigos secretos. De otros viajeros, de las peripecias en que se vieron envueltos. Amores eternos, fantasías, juegos peligrosos, transformaciones y viajes interiores.

Salvador es operario de limpieza y es sabio. El autor consigue equilibrar su voz para que aprendas con él sin caer en la pedantería. Es un hombre humilde que todo lo resume así: «Hay muchas formas de mirar y muchas formas de ver». Tan sencillo que a veces lo olvidas.

Sus historias siempre quedan incompletas, se retoman capítulos después. Cambian los viajeros, pero Salvador no deja de hablar. Poco importa si lo que cuenta es cierto. Es todo tan fascinante que deseas que sea verdad, que por una vez la ficción supere a la realidad. Y tienes la sensación de que ahora es tu turno. Disfrutar ese amor nuevo, viajar, descubrir algo, contarlo a la vuelta.

«Depende de lo que preguntemos, la respuesta será distinta.»

El alma del samurái

«Si la gente ignorante intentase caminar sobre el agua
como sobre la tierra, se hundiría incluso en tierra.»
Un buen samurái ni siquiera tiene que desenfundar su espada. Desprende tal aura de victoria que sus oponentes se postran ante él. Llegado el combate, tampoco piensa en técnicas, estrategias o movimientos; lo tiene todo tan asumido que simplemente actúa. Actúa y vuelve actuar una y otra vez hasta que vence.

Está mal llegar demasiado lejos o no llegar; mejor el término medio. Cuando se va demasiado aprisa, es porque se tiene miedo o se está nervioso; si vas muy lento, es por timidez o acobardamiento.

Aprender y olvidar lo aprendido. Estar tan seguro de ti mismo, de lo que haces y de cómo lo haces, que te permites liberar la mente. Y liberarla es controlarla: no dejas que se encalle en un único punto, atacas sin fijarte en el resultado. Ves siempre la escena completa, fluyes hacia la siguiente acometida.

«Como es la mente la que confunde a la mente,
no dejes la mente en manos de la mente.»

Dejar la mente en blanco: a este concepto está dedicada más de la mitad del libro. El resto, lo ocupa actuar: encontrar la acción correcta bajo cualquier circunstancia. Sigue sorprendiendo lo actuales que son los textos samuráis. Vigentes y prácticos. Dan fuerzas. O te las extraen de dentro, porque la fuerza es tuya.

Por cierto, hay un breve capítulo dedicado a la corrupción política. Ya en el siglo XVII y en un país aislado, en la otra punta del mundo les veían el plumero a sus dirigentes. Nada más reconfortante que leer cosas así hoy, con la que está cayendo.

Los corruptos entre los jóvenes ignorantes que han alcanzado el favor de su señor por un tiempo siempre han tenido mentes perversas y nunca han considerado, ni por un momento, sacrificar su vidas en un momento de necesidad. No he oído nunca de nadie en la historia con una mente corrupta que haya sido de beneficio para su gobierno. (…) Puede que crean que nadie se da cuenta, negando que lo sutil acabe saliendo a la luz, pero lo saben de sobra en sus corazones, y también lo sabe el cielo, la tierra, los fantasmas, los espíritus y las gentes. ¿No es ésa una manera peligrosa de defender el país? Eso es lo que considero una grave deslealtad.

Si el líder es bueno, los miembros del gabinete también lo serán. Si el líder no es bueno, su gabinete y amistades tampoco lo serán. Desatenderán a la población y despreciarán a otros países.