Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Todo funcionaba a un ritmo distinto después de Birdman. La gente se movía de forma extraña a mi alrededor, los edificios se deslizaban con cada paso. Como si yo siguiera atrapado en uno de sus planos-secuencia. Y es que aun con todos sus trucos, la película es una auténtica virguería.

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Gracias a esa cámara siempre en movimiento, las escenas íntimas se adentran también en la apabullante Nueva York. Basta con abrir una puerta. Del teatro a los neones y las pantallas, del ruido exterior al caos de un camerino desordenado, y tú atrapado ahí dentro como una pelota de pinball Sigue leyendo