One Day / Siempre el mismo día

If I can’t talk to you, then what is the point of you? Of us?

Curioso este 2011. Llevo vistas muchas películas, pero hay tres muy concretas que podría (o me gustaría) haber escrito tal cual son, sin cambiarles una coma, y además serían casi autobiográficas. Se trata de One Day, Last Night y Midnight in Paris. ¿Será casualidad que los títulos de las tres encajen de forma tan perfecta? Lo dudo mucho.

El caso de One Day es especial porque el punto de partida  (dos personajes se conocen una noche y casi se acuestan) no se distancia mucho de algo que estoy escribiendo ahora. Pero además, todo esto de contarnos los encuentros y desencuentros de Dexter y Emma a lo largo de los años me ha recordado en cierto modo -y salvando las distancias- al libro La soledad de los números primos. Aquí, con la peculiaridad que les vemos siempre el mismo día: el 15 de julio, desde 1988 hasta 2011.

Este detalle, que podría parecer anecdótico, lo considero una genialidad. Dota a One Day de un ritmo único; año a año, siempre hay alguna sorpresa esperándote en las vidas de ambos personajes. Esto implica también que en pocos minutos (a veces segundos) tienen que insinuarnos el avance de todo un año, el estado anímico (y sentimental, y profesional) de los dos, rellenar huecos de información  (pues como es lógico, los hechos más importantes de sus vidas tienden a ocurrir ajenos a esa fecha tan especial para Emma y Dexter)… Que no cunda el pánico: al inicio de cada escena aparece un cartel con la fecha exacta (y algunos los han insertado de forma muy original), pero además destaco el trabajo de ambientación, vestuario y peluquería, y el uso de elementos como la música, para ubicarte al instante en cada año.

Hay muy buena química entre Anne Hathaway y Jim Sturgess, y no lo tenían fácil encarnando a dos personajes tan opuestos. Pero la película es emocionante no sólo por mostrarnos una historia de amistad y amor preciosa, sino también por exponer de forma lúcida lo implacable que resulta el paso del tiempo. Las ilusiones que quedan por el camino, los nuevos proyectos que nacen gracias a la experiencia y la confianza en uno mismo, los errores que llevan a cosas buenas, las ganas de comerse el mundo…

Las cosas ocurren siempre como tienen que ocurrir, sí, pero nunca está de más que de vez en cuando nos recuerden que el timón de nuestra vida lo tenemos ahora. Aprovechemos el presente, pues. ¿La fuerza del destino? Ahí está, jugando a nuestro favor si nosotros se lo queremos permitir. Por cierto, dicen que (como suele pasar) el libro es mejor. Pues habrá que leerlo.

Somewhere

«Como la adaptación de una novela perdida de Bret Easton Ellis», la definí anoche al salir del cine. Y aunque la prosa clínica de Ellis habría ido mucho, muchísimo más allá, sí me parece correcta la comparación para definir la última película de Sofia Coppola. Una historia en la que parece que no pasa nada y pasa todo, un protagonista sin rumbo sumido en una monótona espiral autodestructiva. Tengo debilidad por este tipo de personajes de ficción: canallas, famosos y guaperas necesitados de un afecto que ellos mismos rechazan.

Suelo decir que el cine de Sofia Coppola siempre retrata a gente pánfila mirando con ojos lánguidos a través de ventanas traslúcidas. Y es cierto, y aquí repetimos patrón. Pero claro, si los pánfilos son Stephen Dorff sin camiseta y una entrañable Elle Fanning (menudo fenómeno esta chica; película a película, está superando a su hermana)… pues la cosa cambia.

El ritmo pausado y los planos largos, expositivos, hacen que a ratos la película sea poco más que una colección de postales sobre la vida de un actorucho de Hollywood atrapado en un hotel y que se dedica a beber, follar, conducir su coche deportivo y acudir a los actos públicos que le indica su agente. Habrá quien se aburra con tanta lentitud, no lo niego, pero esta estructura narrativa es imprescindible para ahondar en el aburrido día a día de Johnny Marco. Memorable la escena de la máscara, por ejemplo.

Con la llegada de la hija, Cleo, las cosas se dulcifican un poco, llegan los viajes, las pinceladas de humor y una escena bajo el agua encantadora. No tiene a Bill Murray, tampoco tiene a Scarlett Johansson con peluca rosa, ni recorremos Tokyo, ni la selección musical es tan buena, pero aún así, con su perfecto minimalismo, Somewhere casi consigue ponerse a la altura de Lost In Translation.

The Tree of Life / El árbol de la vida

The only way to be happy is to love. Unless you love, your life will flash by. Do good to them. Wonder. Hope.

Dos días me costó valorar El árbol de la vida. Salí del cine con incertidumbre. Sabía que acababa de visionar algo muy grande pero después de dos horas tan trascendentes no me veía capaz de responder las preguntas más simples. ¿Es buena? ¿Es recomendable? ¿Es una película acaso?

Superado el impacto, digeridas las sensaciones puedo decir: es buena, maravillosa y por supuesto, hay que verla… pero conociendo el riesgo: más que una película, es una experiencia. Es un canto a la vida mostrando en imágenes esa misma vida, pero también la muerte (porque todo muere, todos morimos). Una reflexión sobre lo eterno y lo fugaz, siempre tan ligados. La eterna búsqueda de respuestas para preguntas incontestables; una búsqueda que emprendemos con las únicas herramientas a nuestro alcance: el amor, la fe, la experiencia, el recuerdo. Pero en el fondo, ¿no pecamos de egoístas al preocuparnos por estas cosas, siendo como somos menos que diminutos átomos para el universo?

El árbol de la vida es sobre todo un homenaje a las pequeñas cosas que hacen que la vida sea tan enorme: pompas de jabón sobrevolando el jardín, un rayo de sol colándose por la ventana, una mariposa en la mano, un beso de buenas noches repetido cada noche, las anécdotas de «antes de que puedas acordarte»… ¿En qué momento dejas de ser un niño que ríe corriendo por la hierba para convertirte en un ejecutivo atrapado en un rascacielos gris? Quizá cuando olvidas fijarte en esas cosas que, antes, tanto te gustaban. Nadie debería dejar de disfrutar cada segundo de vida.

Recomendación: ir a verla al cine, porque unas imágenes tan estremecedoras y la banda sonora que las acompaña hay que degustarlas en pantalla grande. Lo decía antes: esto es una experiencia, una experiencia para la mente y también para los sentidos. Y a poder ser, vedla en versión original porque, además de las razones obvias, al público de este tipo de salas se le presupone un mayor bagaje cinematográfico, y así podréis disfrutar de la película sin exponeros a silbidos o gente levantándose para irse. En fin: vedla, sentid y disfrutad.

Help each other. Love everyone. Every leaf. Every ray of light. Forgive.

Super 8

Bad things happen. But you can still live.

Super 8 es un homenaje al cine de los 80, cuando las películas palomiteras se entendían de otra forma. Eran películas más artesanas, más humanas; también eran espectaculares, sí, pero no se perdían en los efectos especiales. Tampoco temían gastar la primera mitad de la película en presentarte bien a los personajes, su día a día, sus conflictos, su personalidad, sus relaciones. El tono de esas películas tan llenas de matices lograba mantener el equilibrio entre la emoción cursi, la ingenuidad, la crudeza y el humor; eran familiares cuando tenían que serlo pero sin renunciar a los puñetazos psicológicos en el estómago. Entre aventura y aventura, mostraban la fealdad del mundo si era necesario.

Es algo que se echa de menos en el cine actual: las películas de ahora son excesivamente planas y rara vez te permiten encariñarte de los personajes. Antes, además de entretener y recaudar, también importaba explicar una buena historia (muy a menudo con moralina incluída, es cierto). Los que crecimos en aquella época recordamos con nostalgia títulos como E.T., Los Goonies, las trilogías de Indiana Jones y Regreso al Futuro, Gremlins, Cortocircuito… y, ya en los 90, Parque Jurásico, que sirvió de despedida por todo lo alto a una forma de entender el género de aventuras.

Y Super 8 no engaña. Más que ofrecer algo nuevo, pretende deleitarnos con una película ochentera en esencia, una historia de amistad y perdón, de dejar ir para poder avanzar. Ya el póster es toda una declaración de intenciones, con los retratos de los personajes dibujados. También el plantel de actores está muy bien elegido y si no fuera por Elle Fanning, que es más conocidilla, casi podría jurar que han secuestrado a un auténtico grupo de amigos de finales de los 70 para encarnar a estos niños que juegan a hacer cine y se dan de bruces con la realidad. Puedes palpar la amistad de estos críos; como la de los Goonies, es férrea incluso en los momentos más tensos, ni siquiera en una zona de guerra pierden el buen humor.

La película sólo trastabilla cuando hace concesiones a los clichés de hoy en día. El monstruo es un monstruo de esta generación y ni su aspecto ni su actitud encajan en la historia que nos están contando. Los militares también son dignos de las americanadas actuales (cargándose ellos solos una escena que apuntaba maneras, con tintes de aquella otra dentro del coche de Parque Jurásico). Detalles que, sin embargo, no empañan un resultado redondo. Cada minuto, cada plano está impregnado de nostalgia y encanto, la música (Michael Giacchino homenajeando al mejor John Williams) te pone en situación, los niños viajan en bicicleta y en cualquier momento esperas que echen a volar.

En fin: no lo dudéis, si echáis de menos el cine ochentero, hay que ver Super 8. Cuando los blockbusters también eran buenas películas.

Bridesmaids / La boda de mi mejor amiga

This didn’t happen because of Helen. This happened because you didn’t get your daylights fixed. It’s pretty simple.

Que no os engañe el póster ni ese título en castellano. Bridesmaids es una comedia romántica, sí, pero también es una película muy gamberra, tiene mala leche, da la vuelta a los clichés del género, sorprende y emociona a partes iguales. No se conforma con ser un «Resacón en Las Vegas» de chicas. Y es que además de hacerte reír a carcajadas, tiene mensaje (que no moralina).

Lo que debería ser la típica comedia sobre los caóticos preparativos de una boda acaba siendo el descenso a los infiernos de la protagonista, Annie. Una espiral de autodestrucción en la que descubrirá que no tiene sentido proyectar sus frustraciones en los demás y ver enemigos donde no los hay, porque la solución a sus problemas reside en ella misma. Aquí debo decir que el final me sabe a poco y hay cierto tema decisivo de la vida laboral de Annie que dejan abierto y que deberían haber resuelto(¿recorte de última hora en la sala de montaje? …esperaremos al DVD).

Hay momentos de humor zafio y chistes bastante brutos que jamás esperarías ver en una «película de chicas» pero nunca se pierde el estilo. Se nota que parte de los responsables de Saturday Night Live están detrás: no pretenden sólo enlazar un chiste tras otro, también hay escenas delirantes, concebidas casi como gags independientes. Por cierto, a destacar los papeles secundarios de buenos cómicos británicos (Matt Lucas de Little Britain y Chris O’Dowd de IT Crowd), que suben aún más el listón del plantel.

Si por algo conquista Bridesmaids es por sus personajes: muy bien definidos, muy humanos. Empatizas con todos: desde esa novia tan entrañable hasta la «mala» (que nunca ves tan mala, porque no lo es). El más trabajado es, por supuesto, la protagonista. Con sus contradicciones, su vulnerabilidad, su ternura. Acompañándola en su viaje de autosuperación, no sólo ríes y sufres, también te das cuenta de que ya va siendo hora de ir al taller a arreglar esos faros rotos.

Agradezco a todos aquellos que me animaron a verla, dejando a un lado los prejuicios que despierta la campaña de márketing. Sin duda, una de las grandes comedias del año. Es divertida, inteligente, emocionante e invita a la reflexión. No se puede pedir más.

You are your problem. But you are also your solution.