Mejorar la receta. Deberías aprovechar todas las oportunidades para hacerlo. No acomodarte, no dar por hecho que como a todos les gusta tu plato estrella, ya siempre acertarás. Mejorar la receta es también improvisar. Mi escena favorita de Bon Appétit es cuando él tiene que preparar una cena con cuatro ingredientes: espaguetis, huevos, una naranja y un caramelo de menta. Y triunfa. Claro que él es cocinero profesional, pero la vida te sorprende con ingredientes que parece imposible mezclar y puedes cocinarlos. Sólo tienes que atreverte.
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El sexo de los ángeles
Me cayó en gracia el póster. No sólo por los colorines o los maromos (que también) sino por el título. Uno de mis libros favoritos de Terenci Moix se titula El sexo de los ángeles. Sabía perfectamente que la película no tendría nada que ver con esa sátira de la cultura catalana de los años 60/70, ni mucho menos con las aventuras de Lleonard Pler, el escritorzuelo y enfant terrible protagonista del libro, cuyo nombre tomé para mi alter-ego virtual. Pero me gustó la coincidencia.
Así que sí: El sexo de los ángeles. ¿Hay algo más allá de las escenas de sexo (muchas, y bastante explícitas), de los morreos apasionados entre tíos buenorros sin camiseta y del morbo de la temática? Pues algo debe de haber, porque la película consiguió removerme por dentro temas en los que, generalmente, prefiero no pensar. Las infidelidades (las espontáneas y, peor, las consentidas), los celos, los tríos y el sexo moderno, la sensación de necesitar a alguien.
La película está curiosa, entretiene porque te recreas la vista, pero no puedes evitar pensar lo que mejoraría con unos personajes algo mayores, capaces de plantearse en profundidad las implicaciones de su situación. Mejores actores también, y esto lo digo sobre todo por la chica, Astrid Bergés-Frisbey, que a ratos roza la parodia; ellos cumplen mucho mejor, también hay que reconocer que sus personajes son más sencillos: el sexérrimo Álvaro Cervantes (su mirada es sexo) y el sorprendente Llorenç González (su sonrisa es amor). Pero merece la pena verla porque, más allá de los aspectos mejorables, hace reír e invita a reflexionar.
Creo que en el fondo no somos tan modernos como nos venden que hay que ser. Nadie. Ni los abanderados de los follamigos y las parejas abiertas. A la hora de la verdad, todos buscamos alguien especial que nos abrace. Todo lo demás son artificios y vestidos del emperador para disimularlo, para mentirnos, para sentirnos a salvo. A mí no me pasará, yo no me ilusionaré, yo no necesito, a mí no me harás daño. Soy libre y follo. Pero abrázame.
Salmon Fishing In The Yemen
La pesca de salmón en Yemen. «Con ese título…», podrías pensar. O con ese póster (aunque a mí el póster me gusta: los colores y esa intimidad compartida en el embarcadero). Descubrí la existencia de esta película el día que fui a ver [REC] 3 y desde entonces ardía de ganas por verla. Ewan McGregor era una garantía (ya van unas cuantas «películas favoritas» que él protagoniza), pero Emily Blunt también, la adoro desde Destino Oculto y sobre todo esa gran comedia disfrazada de frivolidad que es El Diablo Viste de Prada.
Criar salmones en el desierto. El capricho improbable de un jeque árabe se convertirá en la misión del Doctor Jones y la señorita Chetwode-Talbot. Tendrán que conjugar fe y ciencia para que lo teóricamente posible se convierta en algo definitivamente real. Como el amor: sutil y tierno y tangible como una mano que se acerca a la tuya. Desde los créditos iniciales (con ese agua que cambia de color y esos salmones saltando encima de las letras) ya sabes que lo conseguirán. Es una película que apuesta por el optimismo a prueba de bombas. Porque se trata de la única forma de que el mundo funcione. Creyendo (sabiendo) que ganarás.
Es una comedia inesperada. Moderna y mordaz. Y muy romántica. No me la esperaba así, esperaba algo más pausado o intimista, y para nada. Carcajadas y ritmo. La presentación de personajes está tan bien hecha que solo con una escena ya sabes cómo son y qué esperan de la vida. Ya sabes que Harriet y Alfred se necesitan o, mejor dicho, se complementan. A destacar la jefa de prensa del Primer Ministro, una pletórica Kristin Scott Thomas que se come la pantalla en cada una de sus escenas, incluso en las que solo se la ve chateando.
Pescar requiere paciencia. Encontrar el anzuelo adecuado, fabrícarselo si hace falta. Un buen río, tiempo, silencio. Lanzar la caña, volver a lanzarla, esperar, confiar que picará. Alfred y Harriet están al final de algo y por tanto a las puertas de otro algo mejor. No tienen prisa. Habrá que remontar el río, está en nuestro ADN.
Take Shelter
El fin del mundo está siendo un filón para el cine. Me pregunto qué harán las productoras a partir del 22 de Diciembre. Qué estrenarán, qué nueva fecha buscarán para sacarle filón, porque el año 3000 queda muy lejos. Take Shelter sigue los pasos de Melancholia de Lars Von Trier (alguien convencido de un apocalipsis inminente sin que su entorno le crea), pero lo hace disfrazada de peli indie. Cuesta empatizar con el protagonista, la verdad; suerte que lo acompaña Jessica Chastain.
Eres libre cuando no tienes nada que perder. De eso solo te das cuenta cuando has construido una casa, y la habitas, te acompañan tu esposa y tu hija, una pequeña felicidad entre las idas y venidas del trabajo. No es gran cosa, pero es una cosa, y te hace feliz. Y la sola idea de perderlo, de que llegue una tormenta bíblica que lo arrase todo, te tortura.
Esa tortura es el hilo conductor de Take Shelter, que poco a poco, sin que te des cuenta, va acumulando una atmósfera enrarecida, malrollera, enfermiza incluso. Tensión invisible de las que dejan sin aliento. No es una película fácil ni tampoco tengo muy claro que su final sea el más acertado (cinco minutos hay uno bastante mejor).
Te gusta ganar. Tener el control. Saber que los demás confían en ti, a ciegas. No quieras saber el futuro, evítalo. Es mejor así. Disfruta de lo que sí tienes ahora. El presente. Disfrútalo como si fuera a terminar en este mismo segundo. Abrázalo. Abrázalo muy fuerte, bésalo.
Kiseki (Milagro)
De una película por encargo también puede salir una obra muy personal de su director. Por ejemplo, el Drácula de Coppola. Una de esas películas en la que el autor se deja la piel y su impronta única, quizá precisamente porque no pretendía hacerlo. Un proceso casi inconsciente. Algo así ocurrió con Kiseki, proyecto que llegó a las manos de Kore-Eda con un objetivo doble: promocionar la nueva línea de tren de alta velocidad y dar protagonismo a los hermanos Maeda, dos jovencísimos cómicos ya bastante famosos por esas tierras.
Estas dos premisas vertebran el relato: dos hermanos que viven separados pretenden pedir un deseo gracias a la energía que, según han oído, produce el cruce entre dos trenes shinkasen. Las dos horas previas a ese clímax son un recorrido por el mundo de ambos niños y sus amigos. Redescubres el mundo a través de su mirada ingenua. El día a día del colegio, los profesores que pasan del enfado al estímulo, las aventuras y las horas muertas que disfrutas con los amigos, cuidar de tus padres como si fueras tú el adulto… Vuelves a ser niño, sí.
La película conquista por su naturalidad. Luego lees las notas de producción y entiendes por qué: no se dió guión a los niños, se les pidió que actuasen tal como lo harían viviendo esas escenas. Se les daba objetos para que interactuasen con ellos a voluntad. Por eso se les nota tan espontáneos, tan distintos a los robóticos niños que suelen poblar las películas. Kore-Eda sabe cómo darles alas, cómo aprovechar esa improvisación para que la película gane enteros. Y así es cómo una película costumbrista levanta el vuelo y se convierte en algo más, una fábula sobre las infinitas maravillas del mundo.
Ayer descubrí una cita de Oscar Wilde que le vendría muy bien a Kiseki: «La suerte es una ciencia: si creas las condiciones, obtienes los resultados.» Eso son los verdaderos milagros. Y lo entienden muy bien los niños. Ellos todavía creen en la magia porque nunca habría que dejar de creer en ella. Y aprenden que todo es perfecto tal como es, porque no podría ser de otra manera.
Ayer, por Sant Jordi, una amiga me regaló un libro infantil, y me conquistó. Porque me gusta ser un niño de 29 años, porque solo los niños comprenden la grandeza de las cosas inconexas: tu reflejo en una campanilla, los golpes de una mano en el hombro, un perro en la mochila, el sabor sutil de un pastelillo, la caricia de unas flores… Momentos al margen del camino, porque la meta no importa. A la meta ya llegarás algún día, si es que llegas; por ahora, disfruta. Acepta que hay piedras y pasos elevados, que las cosas no son perfectas precisamente para que puedas tomar desvíos y compartirlos con la gente especial.









