La gran belleza

Un escritor en busca de inspiración en un mundo vacío. Así podría resumirse La gran belleza. Porque sobre eso mismo, «la gran belleza», querría escribir Jep Gambardella y ni siquiera en una Roma en ruinas la encuentra. En su vida hay muchas cosas que detesta, pero está tan inmerso en ellas, ha vivido así durante tantos años, que ya no le queda otra escapatoria que dejarse arrastrar de fiesta en fiesta. Conformarse siempre es más fácil. Y divertido.

Los primeros pasos de la película te arrastran a su mundo de juergas sin fin donde beben, esnifan y bailan al ritmo de Far L’Amore. Todo parece inofensivo hasta que Jep se quita la máscara para hablarte. Para dejarte claro que él es muy consciente del vacío que le rodea. «Lo mejor de nuestras congas es que no llevan a ninguna parte», dice en cierto momento y los demás se ríen como para no darse cuenta de que literalmente es así.

En La gran belleza todo está rodado con un gusto exquisito. Las conversaciones mordaces en pisos de lujo, las panorámicas de la ciudad, los momentos oníricos que ilustran la mente de Jep. La película entra por los ojos, como todas las cosas bonitas. Todo es bonito: quizá sea eso lo que quiere que pienses el director Paolo Sorrentino. Todo es bonito y merece la pena vivirlo. En cualquier rincón esta la inspiración: ¡búscala! El final no es el punto más importante del camino.

«Antes queda la vida, disfrazada bajo un manto de bla-bla-blá.»

A spoonful of sugar

«Portobello Road, Portobello Road… Donde se vende y se compra hasta el sol». Alguien hablaba el otro día en Twitter sobre La bruja novata y de repente se me pegó la canción que más recuerdo. Antes cantaba siempre canciones de musicales. Me bañaba los domingos con la banda sonora de Sonrisas y lágrimas y en mis conversaciones me remitía a Mary Poppins para todo. Era una vida prácticamente perfecta en todo.

De vez en cuando conviene ver un musical. De los buenos, ojo. Esos que te muestran una vida en Technicolor deslumbrante, como si fueras Dorothy dándose cuenta de que ya no está en Kansas. Musicales donde los problemas siempre se resuelven. En el peor de los casos, sabes que siempre podrás cantar a bordo de un coche volador.

El otro día vi Frozen y volví a ser un niño. Ni se te ocurra dejarla pasar. Debajo de la animación por ordenador y el 3D y los obligados gags para niños, se esconde el Disney más clásico. El que abre todas las puertas: a la compañía y el calor y los sueños por cumplir. Por un momento, volví a creer en esas cosas bonitas. Quizá sigo creyendo. Por algo sigo tarareando «Con un poco de azúcar, esa píldora que os dan…», digo yo. La música continuaba dentro y solo había que dejarla salir.

 
 In every job that must be done
There is an element of fun
You find the fun and snap!
The job’s a game
 And every task you undertake
Becomes a piece of cake

Conquest of spaces

Una aventura sin fin. Antes cada paso servía como puerta de entrada; traía nuevas posibilidades, nuevos retos. Bastaba con caminar para que todo tuviera sentido. Antes, sí. Tampoco hace tanto tiempo de eso, pero ya no me acuerdo de cómo lograba ese estado de suspensión. Fluir. Será que con los cambios, también llega la certeza de que no volverás a creer en aquello que creías antes.

Para ser justos, no sé si he dejado de creer o simplemente he dejado de notarlo. En la vida hay momentos así, de desajuste entre el mundo y tú; los dos avanzáis a velocidades distintas y toca convivir con ello. Hoy lo he sentido de pleno. He salido de casa media hora antes de lo normal y el sol lo tenía de frente, me cegaba sin que lo tapase ni siquiera el campanario de siempre a lo lejos. Todo eran figuras a contraluz y unas aceras que brillaban naranjas como la arena del desierto. Entonces he sabido que no iba a llegar a ninguna parte: por más pasos que diera, ahí me quedaría dando vueltas. Pero al final he llegado. Y he vuelto a subir la reja de la librería y he saludado al primer cliente y todo ha seguido su curso, tal como estaba previsto.
Quiero volver a conquistar mundos con cada paso. Quiero volver a creer que es posible hacerlo. Ser capaz de hacerlo. Convertirme otra vez en aquel ser diminuto que lo conseguiría todo, solo era cuestión de tiempo. Quiero la inocencia y el convencimiento, la espada y las ganas. Quiero la aventura del que no conoce el final del camino.

Tearaway

Los juegos de Media Molecule siempre invitan a que el jugador sea creativo y desate su imaginación. No podía ser de otra manera con Tearaway, el nuevo proyecto del estudio para PlayStation Vita tras varias entregas de LittleBigPlanet. Esta vez transforman tu entorno en un mundo de papel y lo llenan de historias para que tú descubras la tuya.

«¡Salta! Abraza la incertidumbre.»
Eso te ordena un personaje en cierto punto del juego. Quiere que abraces la incertidumbre de un salto al vacío. Y saltas. Porque llevas ya unas cuantas horas en este universo de papel poblado de adorables criaturas y objetos coloristas, y tras ese tiempo sabes a ciencia cierta que saldrá bien. Que hasta los gestos más inesperados tienen su recompensa: tocar la parte trasera de la consola, rugir, acercarte a una puerta escondida. También saltar al vacío.
Sí, en Tearaway todo funciona. Todo tiene su utilidad. Todo te está esperando a ti para que le des vida. Las flores de origami que se despliegan a tu paso o los personajes que debes fotografiar si quieres que recuperen su aspecto y te enseñen cómo puedes crearlos paso a paso. Una aventura clásica con toques modernos que por una vez son bienvenidos. Las horas vuelan mientras solo eres capaz de una cosa: sonreír a cámara. Ahora lo sabes: tras un salto, siempre aterrizas sobre los dos pies.
«Si tú no escribes esta historia… ¿Quién lo hará?»

I have confidence

Del exceso de confianza a la falta de humildad solo hay un paso. Esto es así. Y siempre acabas por darlo. Creías que habría un rinconcito del mundo que me pertenecía, pensabas que se te debía algo, y lo gritaste a los cuatro vientos. Lo contrario te haría parecer débil, y ¿cómo iba a ganar alguien débil?

Una y otra vez el mundo te demuestra que no le importas. No hay rincón para ti, ni grande ni pequeño; no hay deuda que reparar. Solo puertas cerradas. Mil puertas y unas manos, las tuyas, que no dan con ninguna llave. Ahora recuerdo cuánto me gustaba decir aquello de que si no quedan puertas abiertas, habrá ventanas. Sonaba bien. Casi creíble. Pero aquí los muros son altos y no hay ventanas ni nada que se le parezca.

Del exceso de confianza a la falta de humildad solo había un paso. Y yo acabé por darlo. ¿Y ahora qué? El bofetón de realidad duele. Quizá aspiraba demasiado alto, pero es que no conozco el caso de nadie que aspirase bajo. Imitaba a otros, pensaba que para mí sería igual de fácil. Al final, lo asumo: llegar hasta aquí no sirvió de nada. ¿Será que tengo que huir a otra parte? Enlazo pasos de ciego, en busca de algo que ya no estoy seguro de saber qué es.

Oh, I must stop these doubts, all these worries
If I don’t I just know I’ll turn back
I must dream of the things I am seeking
I am seeking the courage I lack