Hablemos de langostas

No se me dan bien los diálogos. Al menos, siempre lo he pensado. Si algo admiro de la trilogía Antes del amanecer es su forma de presentarnos a los dos personajes solo con sus conversaciones. Puedes ver esas películas mil veces y siempre notarás nuevos matices en las frases que intercambian Jesse y Céline, muchas capas tras las que se esconden para seducir al otro. Unos diálogos que suenan naturales pero están perfectamente construidos.

Esa naturalidad llevo persiguiéndola desde que hace años, el guionista de una popular serie de televisión, me soltara al leer un texto mío: «así no habla la gente». Y tenía razón. Me desternillo con las pomposas frases de los personajes de Oscar Wilde y Terenci Moix, claro, pero con ellos siempre noto que está hablando el escritor, no el personaje. En cambio, me arrodillo ante libros como Fin de David Monteagudo, donde maneja discusiones de un grupo de amigos y están tan bien caracterizados que siempre identificas las voces. También me pasa con Javier Montes: además en su caso ya no son solo las conversaciones: le basta un gesto para definir a sus personajes y las relaciones que existen entre ellos.

La madre se cuelga del brazo, dice una frase familiar y yo pienso: «Me gustaría escribir así». Porque los buenos diálogos, como las buenas descripciones, permiten asomarte al alma de alguien. No debería ser tan difícil, bastaría con transformarse en grabadora: dejar que los personajes hablen, interactúen, se delaten con lo que dicen, y transcribirlo para que también lo digan en la novela. Si algo tengo claro desde el principio es que mis personajes dirán, pero nunca aducirán, sopesarán, replicarán, argüirán. «Así no habla la gente». Mis amigos, al menos, no aducen: dicen. Como mucho gritan, responden, susurran.

Cuando empecé a escribir El mar llegaba hasta aquí, confieso que evité las conversaciones todo lo que pude. En las primeras páginas aislé a Leo, el protagonista, y aproveché esa soledad para que las únicas líneas de diálogo estuvieran intercaladas con el texto a modo de flashbacks. A lo tonto, esto me sirvió para realzar la aparición del otro protagonista, Adán: el diálogo entre ambos es el primero de toda la novela y parece importante aunque en el fondo, lo que se dicen es tonto. Las tonterías de una primera cita. Porque todos querríamos ser Jesse y Céline, pero al final hablamos de nuestras cosas sencillas. También Leo y Adán.

Escribí ese primer diálogo y vi que había sobrevivido. Así que me atreví con otros. De repente, mis personajes tenían voz y voto, se mostraban tal como eran en mi cabeza. Quizá no haya cosas que no sepamos hacer sino retos aún por superar. Así, con el manuscrito a puntísimo de llevarlo al registro, me propuse el reto definitivo: convertir uno de los capítulos más descriptivos en puro diálogo. Es el capítulo 8, se titula Redes y en él, Leo va a la discoteca con su amigo Javi para que le amaestre en el noble arte del ligoteo. Y sí, en las discotecas bailamos, pero de noches así yo recuerdo sobre todo esas ganas de hablar para cambiar el mundo mientras movemos el culo al ritmo de Jennifer López. Y fue justo lo que intenté plasmar. Al final, este diálogo de ocho páginas es el capítulo que más me ha divertido escribir. Una pausa frívola, necesaria antes de lo que ha de venir después.

Tanto me gustó la experiencia que en el siguiente proyecto que empecé, la mitad del texto son diálogos. En la mayoría de los casos ni siquiera usé acotaciones. Dejé que los protagonistas hablaran sin interrumpirles. ¿Acabaré escribiendo una novela que sea solo hablada, en plan El beso de la mujer araña? El tiempo dirá. Por ahora, tengo ganas de que sean Leo y Adán quienes hablen en público. Sé que quizá la gente no habla así, pero ellos sí.

—A los guapos se os perdona todo. Un mal afeitado, un desprecio, una llamada que nunca llega. Todo.
—Eso se les perdona a los amigos, ¿no crees? Tengo la suerte de tener buenos amigos. Como tú.
—No sé si serían amigos tuyos si no estuvieras bueno. Todos esos tíos descamisados que tienes en Facebook.
—¿Lo serías tú?

Wajdi Mouawad : Ánima

Hay muchos libros buenos, pero solo algunos te remueven por completo. Por eso, decir que Ánima me gustó sería quedarme corto. Me pareció brillante. Un libro que todo el mundo debería leer aunque no sea un libro para todo el mundo. Una novela que me gustaría haber escrito yo y que leí con la envidia sana (o no) de saber que me falta mucho para lograrlo. Suerte que hay maestros como Wadji Mouawad.

Este escritor, en una página te desgarra sin miramientos y a la siguiente te emociona con ternura. Deja que sean los animales los que cuenten la historia terrible de un hombre a quien el asesinato de su mujer le impulsa a viajar por Canadá y Estados Unidos en busca del criminal. Gatos, arañas, pájaros, perros, lobos… todos serán testigos de su periplo. Algunos lo mirarán con curiosidad, otros conectarán con él, dando pie a escenas maravillosas (la hormiga, el chimpancé).

Mouawad nos recuerda la inhumanidad de los humanos. Cómo somos capaces de lo mejor y de lo peor. Cómo nos obsesionamos con absurdeces y en cambio rechazamos lo que la vida nos regala a cada segundo. Pequeños instantes que el protagonista va disfrutando en pleno viaje, aunque sea empujado por unas circunstancias tan horrendas.

Mientras lo leía, no me quitaba de la cabeza una frase de Musashi Miyamoto: «Date menos importancia, dásela más al mundo». Podría haberla dicho cualquiera de estos animales al protagonista Wahhch. Porque ellos saben que todo es insignificante. Sí, nos ocurren cosas malas, pero no somos menos que una mariposa aplastada de la manera más tonta. Somos animales dando tumbos, por más que nos guste olvidarlo.

Podría añadir muchas cosas, enumerar el asco de algunas escenas y la impotencia que me provocaron, la piel de gallina por la preciosidad de ciertos pasajes… Podría decir que es uno de los mejores libros que han pasado por mis manos. Demoledor, también. Pero faltaría una pieza clave: que lo leáis y flipéis como yo he flipado. ¿Y ahora qué? Pues esto. El esplendor en la bajeza. Humanidad, a pesar de todo.

Frances Ha

Frances no sabe lo que quiere. O sí lo sabe pero no encuentra la manera de materializarlo. Y quienes la rodean no es que la ayuden mucho, la verdad. Así que ella baila. Baila por la calle y por donde haga falta. Baila, baila, baila y con el movimiento del cuerpo llegan los cambios de aires.

Nuevos amigos, nuevos apartamentos, nuevas vistas mientras fuma en la ventana. Los días de Frances son un no parar de hacer cosas aunque ella sienta que no está haciendo lo que debe. Todavía. Y así, para encontrar ese «algo», se embarca en esta road movie a lo largo y ancho de Nueva York y otras sorpresas.

Así se vería Girls en la pantalla de un cine. Una película, en fin, sobre las miserias tontas y las tontas delicias del día a día. Sobre las risas sin venir a cuento, las fiestas inesperadas, las citas desastrosas que recordarás con cariño, las caídas y todas las veces que te levantas después, los sueños, los planes, la realidad siempre mágica aunque se vea en blanco y negro.

Para cuando se revela el por qué del título, ya estás enamorado hasta las trancas de Frances y solo puedes alegrarte por ella. Compartes su pasión, energía, ingenuidad en la gran manzana. Su vida. Porque sí, a veces es bueno hacer las cosas que supone que tienes que hacer cuando se supone que tienes que hacerlas.

No es nada mística

La magia no se puede explicar. Tiene que sorprenderte tras la esquina, como cuando eras un niño que jugaba y las cosas, simplemente, ocurrían. En tu cabeza y de verdad. Diseccionando tus rituales para hacer partícipes a los demás, al final lo único que consigues es quitarles encanto, misticismo. Como quienes señalaban las cuerdas que hacían volar a los actores de las películas.

Y además, solo crees en la magia cuando te conviene. El otro día, por ejemplo, expliqué que una amiga utiliza La noche nos alumbrará a modo de oráculo. Le hace una pregunta, abre una página al azar y lee lo que el libro tiene que decirle. Eso que a ella le funciona, a los demás puede parecerles una tontería. Así fue: risitas, comentarios para cambiar de tema.

Entre cervezas y montaditos, la conversación derivó hacia la situación sentimental de uno de los chicos. Nos contó que le gustaba quedar con cierta chica porque se daban estabilidad, pero que no se consideraban novios. Y eso que llevaban ocho meses viéndose. Los demás opinamos que era tiempo suficiente para establecer una relación. Él se enrocó: si ya estoy bien así, ¿para qué pensar que las cosas son o podrían ser de otra manera?

Ya nos íbamos cuando alguien, medio en broma, le pidió que le preguntara a mi libro si aquella chica era su novia. Él se rio y entonado por las cervezas, lo hizo. Al fin y al cabo, le iba a salir alguna frase tonta. Entonces leyó: «Eres tú. Cuesta creerlo.» Cerró el libro en silencio. De golpe, volvía a ser aquel niño que creía que los dragones blancos volaban. Y delante nuestro, el más brillante de todos surcaba los tejados de Barcelona.

Aitor Saraiba : Nada más importa

«Siempre pensé que mi brújula en la vida sería una persona,
pero no, han resultado ser los libros.»

Primero hay obstáculos y luego todo se alinea. Es todo parte del mismo camino, la vida, pero en algunos recodos es fácil creer que la oscuridad campa a sus anchas y que no hay vuelta atrás. Poco después, lo fácil será seguir caminando hacia adelante con una sonrisa. Ahora solo escucharías música a todo volumen para gritar hasta quedarte afónico.

Este libro se empezó a gestar antes de que todo encajase: «De mis padres, me habría gustado heredar la esperanza», viene a decir Aitor Saraiba en uno de los primeros capítulos. Porque la gente que antes sonreía, ahora busca trabajo y no lo encuentra, busca amor y no lo encuentra, busca y busca pero todo está muy oscuro.

Un amigo enseñándote su cuaderno de notas. Esa sensación te recorre el cuerpo mientras pasas las páginas de Nada más importa. Los textos a mano y los dibujos ingenuos parecen desnudos sobre el fondo blanco. Cuesta creer que alguien se atreva a enseñarte su intimidad de esta manera pero aquí está. La has comprado. Y el libro es enorme, pesa, como para confirmarte que de verdad existe.

Alrededor de todos los conciertos de Metallica de su vida, Aitor teje una biografía de momentos importantes. Bueno: momentos cuya importancia solo entiendes después, ya mayor, al echar la vista atrás y unir los puntos de lo que antes solo eran escenas del día a día. Los aprendizajes, las personas que vas conociendo por el mundo… Y sí, lo que empezó sin esperanza, acaba por animarte a seguir intentándolo. Porque las piezas encajan, pero para eso hay que seguir luchando. Gracias, Aitor.