Me gustas tú

Me gusta descubrir sonidos nuevos en canciones que creía conocer como la palma de mi mano.  Me gusta, ya lo dije, comprar en la panadería del chico italiano porque me recibe con su mágico «¿Qué te apetece hoy?». Me gusta toparme, en las calles por las que paso cada día, con edificios que no había visto hasta ese momento. Me gusta sentirme extranjero en las ciudades que voy pisando. Me gusta viajar sin mapas (esto lo descubrí el pasado fin de semana).

Me gusta mezclar ingredientes que no casarían; crepes con pollo y chocolate, por ejemplo. Me gusta la gente que está sola en los bares, la que lee o escribe, la que toma desvíos que nadie tomaría, la que viaja con su mochila a cuestas. Me gusta sentir una atracción inmediata por el disco de un grupo desconocido: ver una portada y sentir que tengo que escucharlo (también me pasa con algunos libros).  Me gusta ver por la calle a un desconocido que coge su móvil emocionado y sonriente: le acaban de dar una buena noticia y necesita compartirla. Me gusta el poder de una buena red social: Tumblr, Facebook, Twitter, los blogs, los foros.

 Me gusta la música que se puede bailar en la cama. Me gusta sentir el tacto de una consola nueva. Me gusta leer, leer por las noches sobre todo, aunque en Febrero he descubierto que también me gusta hacerlo por las mañanas, nada más levantarme: un buen libro te da vida ya antes de salir de casa. Me gusta Japón, pero aún me gusta más conocer ciudades, países, culturas, estilos, cosas que no conocía o no creía que pudieran interesarme; últimamente, sin ir más lejos, me gusta el cine francés. Me gusta el daiquiri de fresa y chocolate.

Me gustan los bares acogedores que, sin embargo, suben la música a tope; he comprendido que lo hacen para que así oigas solo a tu acompañante. Me gusta ir a estos bares bien acompañado pero si voy solo o estoy esperando, me gusta hablar con los camareros simpáticos. Me gusta descubrir a alguien que me hace una foto desde lejos. Me gusta un buen viaje en tren: sentado, viendo pasar las estaciones entre lectura y lectura, pasatiempo y pasatiempo. Me gusta creer en el destino, en la causalidad y en el poder de decisión que todos tenemos. Me gusta el modo aleatorio de los reproductores de música: la sorpresa, que siempre encaja. Y me gustarás también tú cuando aparezcas.

School Of Seven Bells – Ghostory

«Who was just a place to hide from light?»
¿Puede existir una música de baile que más que para bailar sirva para escuchar echado en la cama? School of Seven Bells parecen haber dado con la fórmula. Sus canciones incitan al baile más enérgico de la misma forma que escuchándolas te apetece cerrar los ojos, acercarte los auriculares a la oreja, y entender esa historia de fantasmas. Serán las atmósferas que construye el grupo, será esa voz cantando a base de susurros fuertes que sin embargo se diluyen entre la magia de los loops, será ese regustillo a Florence + The Machine puesta hasta los topes en medio de la discoteca.

Ghostory tiene unas letras crípticas. Hablan de fantasmas, pero nunca queda muy claro quién es el fantasma: si la persona ya no está o la que se ha quedado. O si la persona está cantándole al espejo. Informándote sobre el grupo, piensas que algo habrá tenido que ver en todo esto la deserción, en plena promoción del anterior disco, de la hermana gemela de la cantante. Este disco, el tercero, lo lanzan ya como dúo. Puede que les falte un brazo pero no piensan dejar que se les note. Han aprendido, han crecido, han madurado y el disco te recibe pletórico con The Night.

El primer single, Lafaye, es una psicofonía grabada desde esa sala secreta que debe de haber al lado de toda pista de baile. A ratos los cánticos recuerdan a la mejor Enya, pero subida de revoluciones, claro. También hay temás más tranquilos, como la etérea Reappear. Lo que hace grande este disco es lo bien que fluyen unas canciones con otras, da ganas de escucharlo entero en modo repeat. Para desentrañar sus misterios, adentrarte en su bosque de antiguas columnas de hielo y metal, bailar bajo los focos que reflejan los espejos venecianos.

La joyita del disco es sin duda Low Times. Seis minutos y medio inquebrantables, con un hit hat que no perdona. El ritmo corta el aire con la fuerza de una lección aprendida. La canción habla sobre esos momentos en que te viniste abajo, pero está cantada cuando ya vuelves a estar en lo alto, dándolo todo, de ahí la euforia que transmite, especialmente en sus dos últimos minutos. Me habría gustado bailar esto a los pies de la Alhambra pero entonces aún no conocía este disco, lo conocí nada más volver. «No volverá a ocurrir», te escupen al oído. Así que baila conmigo.

Who watched me lose my life?
To a thief without a care
Who let my heart fall?
Hard to see, to disappear
Who was just a place to hide from light?
Just a cheap turf with a bigger house
You
Low low low times

You’re only a young thing ‘bout to sleep with a sea of men

Viajar a solas parece un contrasentido. Viajar es algo que damos por sentado como cosa de (al menos) dos personas: dos que viajan, o uno que viaja y otro esperándole en destino. A mí, este sábado, al bajar del tren solo me esperaba Granada. Y la ciudad te recibe anónima, como todas las ciudades: con una plaza y una calle que podrían estar en cualquier país porque no parecen de ninguno. Viajaba con la excusa de inspirarme para mi novela. Me había ido de Barcelona por todo lo alto: comprando el billete apenas tres horas antes de la salida, dejando la vuelta abierta, sin mapas ni guías de la ciudad, sin planes previstos, sin reserva de hotel, encendiendo el móvil solo para hacer fotos.

Seguí el traqueteo de las maletas de la gente. Llegué a una avenida vacía. Todos los comercios con las persianas echadas, todavía: eran las ocho de la mañana. Desapareció la gente, desaparecieron las maletas y yo solo llevaba una mochila. Pensé: «¿Y ahora qué?». Granada te da todas las respuestas. Ahora caminar. Ahora seguir las inclinaciones del terreno, escalón arriba, cuestecilla abajo, plaza a través. De sorpresa en sorpresa, fuentes que empezaban a echar agua, campanadas desde el fondo de cada callejón, graffitis imitando a Magritte, frases-talismán tras cada esquina. «Quiero ser poeta > Escribe».

Fue una mañana fantástica. Exploré la parte antigua de la ciudad, adoré sus callecitas llenas de cuestas empedradas, tomé un vermut delante de la Alhambra, escribí mucho y encontré un hotel bien barato en una plaza pequeña y encantadora, con sus naranjos y su iglesia reconvertida en universidad. Pero por la tarde me derrumbé. Me sentía desorientado, me dolía la pierna, a mi alrededor todo eran parejitas y familias y grupos de amigos. Era una soledad que muerde. «¿Qué hago aquí, si ya he visto la ciudad entera?», pensaba. El hotel estaba pagado pero a punto estuve de pedir el billete de vuelta para aquella misma noche. Al final, en plena puesta de sol, recapacité sentado junto a la orilla del río Darro, en un rincón con las ruinas de un arco. Ayudaron El arte de la paz y un par de mensajes de amigos («Improvisación es amor» y «Disfruta del paseo de tu literatura»).

A eso había venido a Granada. A improvisar, a escribir, a vivir para escribir. No tenía mapas y estaba solo, sí, pero eso me permitía improvisar, y eso lo adoro.(Cuando volví a Barcelona, un amigo me contó que él, en sus viajes a solas, también había tenido puntos de inflexión similares.) Así que acabé de saborear el libro y aprovechando que lo tenía justo al lado, me metí en el Rincón de San Pedro, un garito gay muy acogedor, con ambientación retrofuturista: naves espaciales y espejos antiguos junto a la figura de un santo. Bailar house a las nueve de la noche, con gente que ya llevaba unas cuantas cervezas encima. Y lo mejor: descubrir que el local tiene un balconcito que da al río y a la Alhambra, ya iluminada. Así que alcé los brazos y me dejé penetrar por los pum-pum-pum-pum del DJ. Y entendí que después de cada «¿Y ahora qué?», sales a flote con una fuerza inusitada.

El día siguiente ya fue otra cosa. No seguí las señales sino mis intuiciones, no me sentí solo sino libre, la gente giraba por una esquina y yo esperaba a la siguiente, tras la que parecía que no habría nada y yo siempre descubría una plaza, unas vistas, un recoveco, un paseo entero, un detalle que lo significaban todo. Subí una cuesta y a medio camino vi un cartel indicando que en lo alto me esperaba la Alhambra. No tenía la intención de entrar, pero seguí subiendo. La pierna me dolía, pero eso contribuía a que cada paso se sintiera como una pequeña conquista. Ya arriba, otro «¿Y ahora qué?», así que me animé a entrar.

Nada más entrar me dieron un mapa. Acabé tirándolo porque no lo entendía. Llevaba dos días enteros orientándome por instintos y siempre había llegado a alguna parte, así que ahora esos dibujos no me decían nada. Trece años atrás, estuve en la Alhambra y apenas vi cosas porque P y yo llegamos tarde. El domingo comprendí que todo se había confabulado para que la explorase entera ahora, con 29 años, los ojos predispuestos a ver y una novela a medio escribir. Ahora y no entonces, claro. Pero es que las cosas solo tienen sentido cuando por fin ocurren.

Tuve mis recompensas. Ya me iba, después de un último vino blanco en un balcón medio escondido del Albaicín y el mejor tapeo en la Carrera del Darro, alargaba la despedida por las calles del centro. Callejeando alrededor de la Catedral, me encontré a un chico que tocaba un instrumento mágico. Era como un platillo volador y llenaba de encanto aquella plaza, parecía que estuviéramos en un templo budista. Le pregunté el nombre: hang. Con esa melodía mágica todavía resonando, en la penúltima calle antes de la estación encontré un trébol de cuatro hojas. De fieltro, así que durará siempre. Al final no necesité mapas para encontrarme. Bastó con ir a Granada y explorarnos juntos, ella a mí y yo a ella. Ahora tengo mi centro, tengo mi libro, y tengo mi trébol: todo irá bien.

Morihei Ueshiba – El arte de la paz

«No pases por alto la verdad que está justo frente a ti.»

Si El arte de la guerra ya me pareció una apuesta clara por la paz, imaginaos un libro que se titula El arte de la paz. Es un recopilatorio de frases, pensamientos y aseveraciones de Morihei Ueshiba, fundador (esto lo descubrí después) del aikido, arte marcial pacifista que literalmente vendría a significar: «el camino de la armonía con las energías internas».

Y de esto trata el libro, de reconectar con esas energías internas que todos llevamos dentro y a las que tan a menudo dejamos de prestar atención. Redescubrir nuestro centro porque de ahí parte todo. Hay libros que no se deberían comentar, tan solo leer. Éste es uno de ellos. Eso sí, recomiendo leerlo en un sitio especial, propicio para ese reencuentro con uno mismo. Yo lo leí mientras se ponía el sol, sentado en la barandilla de la Carrera del Darro, el riachuelo a los pies de la Alhambra, justo donde quedan los restos de un antiguo puente o arco que ya nadie cruzará. Os invito a encontrar vuestro lugar.

«El Arte de la Paz comienza contigo.
Trabaja sobre ti mismo y sobre la tarea
que hayas seleccionado en el Arte de la Paz.
Cada uno tiene un espíritu que puede ser refinado,
un cuerpo que puede ser entrenado de alguna manera,
y un camino adecuado a seguir.
Estás aquí con el solo propósito de entender
y darte cuenta de tu divinidad interna
y de manifestar tu iluminación innata.
Promueve la Paz en tu propia vida y entonces
aplica el Arte a todo lo que surja en tu camino.»

«Juguetear con esta o aquella técnica no sirve de nada.
Solo has de actuar con decisión, sin reservas.
Los secretos están a la vista.»

Say hello to your life… now you’re living

«¿Qué te apetece hoy?»

Las palabras mágicas. Podría decírtelas si te acercases. Podrías decírmelas tú a mí si me acercase. Pero no me atrevo. Pero nos conformamos con mirarnos. Por turnos, claro. A ratos te miro yo y a ratos me miras tú; lo descubro cuando ya terminas, cuando devuelves la mirada a tu amigo, o acompañante, o lo que sea. En ese instante mínimo que nuestros ojos se cruzan, sonríes. Y yo me esfuerzo por sonreír rápido, para que te des cuenta. Llevamos ya un tiempo así, pero todavía no nos acercaremos, porque incluso un simple «hola» conllevaría ya cierto compromiso. Por ahora somos libres. Sigue el juego.

«¿Qué te apetece hoy?»

Te lo ha preguntado el panadero italiano, desplegando sus manos para que te fijes en el mostrador, rebosante de dulces y pastas recién salidas del horno. Te apetecería todo, y él lo sabe, y por eso sonríe. Quizá por eso te enseña también sus manos, piensas ahora, porque al fin y al cabo lo ha amasado todo él mismo. Es de esas pocas panaderías en las que todavía preparan y hornean los productos en vez de comprarlos pre-congelados.

Te decides por fin: una caña de crema. El panadero italiano (lo llamas así aunque en realidad no tienes ni idea de si es italiano; lo único cierto es que habla perfectamente el catalán) te cobra y te ofrece tu pasta. Hasta el precio es original: 1,42€, no redondea. Sus gestos son más amanerados de lo que te habían parecido hasta ahora. Claro que tampoco es que te hubieras fijado mucho. Un año pasando por delante de camino al trabajo y solo ahora que has entrado y le has comprado algo empiezas a conocerle. Sabes que es honrado. Se le nota en los precios y también en su sonrisa. Volverás.

«¿Qué te apetece hoy?»

Con esta pregunta deberían empezar todos tus días. Hoy te apetece saltar de charco en charco. Hoy te apetece comer solo postres. Hoy te apetece llevar la ropa que nunca te pones. Hoy te apetecen tantas cosas que las harás todas, una por una. Hoy te apetece decirme hola. Por eso, será lo que te pregunte la próxima vez que nos veamos. ¿Qué te apetece hoy?