The Ides of March

Estoy desconectado de la política. Ya he dicho alguna vez que prefiero no ver telediarios ni leer la prensa. Se vive más feliz así. No se trata de ignorancia si no de buscar vías alternativas para informarte: foros, Twitter… De lo importante te acabas enterando. De todo lo demás, todo ese relleno con que los medios de comunicación solo pretenden asustar, controlar, indignar a la población, domándola gracias al estado de apatía en que la sumergen, no me entero. Políticos corruptos a los que no les pasa nada, por ejemplo.

Con este punto de partida, imaginaréis que una película sobre las turbiedades de la política y su trastienda no era lo que más ilusión me hacía. Por suerte, en Los Idus de Marzo, ese mundo de los políticos corruptos y toda la gente que se dedica a cubrirles las espaldas y limpiar o silenciar sus desaguisados, es solo el atrezzo. La excusa para hablarnos de la transformación de un hombre, Stephen, que durante una campaña de primarias perderá la inocencia. Cambiará el lirio en la mano por un instinto de supervivencia casi darwinista.

Los Idus de Marzo resulta al final muy interesante: por temática (ver desde dentro algo que aquí nos parece lejano como las primarias estadounidenses, un tipo de proceso en teoría mucho más democrático pero que conlleva una lucha de poder sin precedentes), por evolución del personaje principal (Ryan Gosling, que proyecto tras proyecto se está convirtiendo a paso agigantados en uno de los grandes actores de su generación), por puesta en escena (hay secuencias magníficas: las conversaciones encadenadas en tres despachos distintos, el backstage, la tensa espera en coche para conocer la decisión del gobernador…).

«Tienes que pensar en ti» fue el mejor consejo que me dieron el año pasado. Algo parecido acaba descubriendo Stephen. Si no te cuidas a ti mismo y piensas que los demás siempre estarán apoyándote y protegiéndote, acabas tirado en la cuneta o -peor todavía- traicionando tú mismo tus ideales. Lucha por lo que crees y cuida de quienes merezca la pena hacerlo, pero primero lucha siempre por ti.

Would you be wonderful if it wasn’t for the weather?

-¿Cuál es el problema ahora?
-Me duele la cabeza. La resaca. Tengo mal despertar.

Podía escudarme en muchas excusas. Y ninguna sería exactamente mentira. Supongo que en verdad era tan sencillo como que no me apetecía. Así que, de forma unilateral, decidí que seguiríamos durmiendo. La luz ya entraba por la ventana pero todavía no había sonado el despertador.

Dos o tres cabezadas después, le descubrí con sus ojos legañosos clavados en mí. Debía de llevar un buen rato así, esperando a que nuestras miradas se cruzasen. Estábamos tan cerca que él parecía un cíclope. Despeinado y guapo, pero cíclope.

-¿Cuál es el problema ahora? -repitió.

Dudé: ¿no me había oído antes? ¿O no le habían parecido lo bastante buenas mis excusas? Probé con otras:

-Tengo que ir a trabajar. Va a sonar la alarma en cualquier momento. Prefiero hacer las cosas bien, con calma.

Todo eso tampoco era mentira.

-¿Cuál es el problema ahora? -insistió él.

Estaba claro que esperaba la respuesta correcta por mi parte. Una palabra clave. Muerto de sueño, deseando acurrucarme entre las mantas, me acordé de Indiana Jones resolviendo los enigmas cuando todo parecía perdido, recuperando su sombrero un segundo antes de que la compuerta se cerrase para siempre, escapando por los pelos. Pero lográndolo siempre. ¿Cuál es el problema ahora? Y dije:

-Ninguno.

Mi respuesta no había sonado muy convencida pero él sonrió, satisfecho. Y entonces comprendí. O mejor dicho, recordé. Y ya todo fue bien. Muy bien, de hecho. Más tarde, al salir a la calle, Barcelona esa mañana de sábado parecía más llena que nunca de detalles sobre los que escribir poemas y de las sonrisas de gente que paseaba sin mapas. Se dejaban guiar simplemente por la luz del sol al torcer la siguiente esquina.

«Los caminos se pierden cuando se ponen excusas.»
(Hagakure, Yamamoto Tsunetomo)

Why can’t you choose yourself like your enemy?

Ocurre a menudo: una frase en apariencia simple se te graba a fuego. Otros quizá no entenderán su fuerza, por más que se la intentes explicar, pero para ti esa frase lo significa todo. Ahora mismo, al menos. Me pasó el otro día leyendo La mente del samurái. De repente, una frase saltó del texto y algo hizo click dentro de mí. Siete palabras conformando una llave que abría todas las puertas.

«El oponente existe porque nosotros estamos presentes.»

Entiendo la palabra «oponente» de muchas maneras. Un oponente puede ser un problema que te preocupa, una persona que no te cae bien, alguien que ves en la discoteca y te lo quieres ligar, una madre a la salida del colegio taponando la acera. Personas, situaciones a las que le otorgas tal importancia que te abruman. Te bloqueas porque te sientes muy inferior al problema, al obstáculo, a la persona que tienes enfrente. Pero cuando eres consciente de que ellos no existirían si no estuvieras tú, que en cierto modo son un reflejo tuyo y por tanto tú tienes su misma fuerza… la cosa cambia. Ahora el control lo tendrás tú. Te sentirás tan seguro de ti mismo, actuarás con tanta decisión que serás imparable.
En cierto modo se trata de convertirte en agua: fluir con las cosas y aprovechar esa fuerza que les otorgabas a tus oponentes para activar tu propia fuerza. Estar seguro de que si tienes un problema también conoces su solución y además, por el camino, aprenderás algo nuevo de ti mismo; utilizar la persona que no te cae bien como recordatorio de todo lo que sí te gusta ver en los demás, recordar la clase persona que quieres ser, la que luchas por ser; acercarte al ligue con paso firme (te está mirando: no dudes); cambiar de acera para andar libre por otra y así fijarte en detalles que no habrías visto desde la que no podías avanzar. No protestes: agradece cada reto, porque de todos ellos saldrás reforzado, incluso recompensado.

Así que tengo que darle la razón a Issai Chozan: el enemigo existe porque tú estás presente. Llevo dos días resolviendo todas las situaciones con esta frase en mente y los resultados no podrían ser más espectaculares. Pruébalo, a ver. Igual acabas como yo: dando las gracias a todos los samuráis por ofrecerte, a través de tantos siglos de distancia, las palabras acertadas, transformándote tú también en un samurái moderno e imparable.

«Hay que ganar desde el principio para salir victorioso siempre.»
(Hagakure, Yamamoto Tsunetomo)

«No te surge ningún problema para el que no conozcas la solución. Todo problema surge para aprender algo importante.»
(La ley del espejo, Yoshinori Noguchi)

El oponente existe porque nosotros estamos presentes. Si no estuviésemos, no habría oponente. El término «enemigo» u «oponente» denota confrontación. Es lo mismo que yin y yang, o fuego y agua. Todo lo que tiene forma, tiene oposición, pero si tu mente carece de forma, no puede tener oposición. Cuando no hay oposición, no hay oponente. Eso se llama «sin enemigo, sin sí-mismo». Al olvidarte tanto del sujeto como del objeto, cuando asumes un estado de sosegada inacción, te sincronizas… y cuando quiebras al enemigo, apenas te das cuenta. En ese estado, no eres inconsciente, sino que, como no hay pensamientos conscientes, te mueves por intuición.
(La mente del samurai, Issai Chozan, Página 25)

Intouchables

Basada en un historia real, diferencia de clases (hombre rico contrata a un joven de los suburbios), un tetrapléjico y su cuidador… ¡Espera! No huyas, vuelve. Intocable coge un material que se prestaría a todos los tópicos habidos y por haber, toda la pastelada posible con tal de arrancar las lágrimas de rigor al jurado de la Academia que tendría que nominarla a todos los Oscar. Pero no es una película de Hollywood sino francesa. Por eso se atreve a mezclar el drama con un humor muy fresco, a veces incluso muy negro. Trata las cosas de frente, sin sensiblería barata y te ríes gracias a la licencia que te da el saber que, al fin y al cabo, es una historia real.

De primeras, no parece que haya un educador menos idóneo que Driss (Omar Sy): descuidado, juerguista, ligón, alguien que se salta todas las normas y protocolos, basto. Pero todo eso es lo que le gusta a Philippe (insuperable François Cluzet). Le gusta por ejemplo que Driss le tienda el móvil, olvidando que no puede cogerlo. Le gusta que no le trate como «alguien en su estado». Porque es tetrapléjico pero está vivo. Y eso lo olvida su entorno demasiado a menudo.

Intocable te remarca cómo siempre acabas conociendo a alguien que te anima a ser más tú que nunca. A hacer las cosas que nunca harías pero siempre querrías haber hecho. Fumar, bailar, correr, volar, comer, ver el mar, mandar fotos, sonreír, hacerte valer, pasear de noche, conducir a toda velocidad, escuchar Earth Wind & Fire, pintar tu primer cuadro, esperar, confiar, reír. Los amarillos de Albert Espinosa.

No te la pierdas. Te enamorarás de sus protagonistas, te encariñarás de su galería de secundarios (¡el ama de llaves!), desearás que las dos horas que dura hubieran sido cuatro y sobre todo saldrás del cine con una sonrisa de oreja a oreja: ganas de comerte el mundo, un «todo es posible» mayúsculo. Pocos placeres iguales encontrarás por el precio de una entrada de cine.

Journey

Journey lleva meses levantando expectación, y eso que los datos llegaban con cuentagotas. Era una expectación merecida. Thatgamecompany se ha labrado cierto prestigio gracias a sus no-juegos («experiencias zen», los definen ellos) para PS3: el adictivo flOw en el que encarnabas a un microorganismo luchando por sobrevivir en un medio hostil y el hipnótico Flower, en el que manejabas la brisa recogiendo pétalos para devolver el color a unos escenarios apocalípticos. Con estos antecedentes, la duda lógica: ¿qué es Journey? ¿Un juego? Sí. ¿Un experimento? También. La experiencia más zen de todas. Literalmente, además. Y por eso, este título no gustará a todo el mundo, pero todo el mundo debería probarlo. Sentirlo como mínimo una vez.

Despiertas solo en el desierto. A lo lejos, una montaña iluminada. Nadie te lo indica, pero echas a andar hacia ella. La vida es eso: una cadena de intuiciones. Avanzar porque, de algún modo, sabes que solo así aprenderás, descubrirás, vivirás. El camino es bellísimo (¡qué colores, qué arena, qué iluminación!). Y tiene sus dificultades, claro: dunas entre las que orientarse, ruinas que explorar, enemigos que evitar, montañas que escalar. Pero será, precisamente, gracias a cada uno de esos obstáculos, que aprenderás algo de ti mismo. La victoria más útil: has mejorado. Te sientes vivo. O mejor dicho: te sientes recompensado por estar vivo.

Por el camino, se perdieron muchos compañeros que desistieron de ir a tu ritmo. Y entonces llegará alguien con quien te compenetres a la perfección. Alguien que por su cuenta, en otras partidas, ha mejorado también, ha acumulado experiencia, ha aprendido a confiar en sus intuiciones. Para comunicaros no necesitaréis palabras, ni gestos. De hecho, ni siquiera sabréis vuestros nombres. Eso ya no importará. Habréis desarrollado un sentido más perfecto: la compenetración. Te adelantarás a lo que el otro necesita y él te enseñará cómo llegar hasta todas las cosas nuevas que tenías a tu alcance y no lo sabías. Y avanzaréis juntos. La montaña sigue en lo alto. Lucharéis contra el viento. Os daréis fuerzas cuando todo parezca perdido.

Olvídate de puntuaciones, objetivos, duración, expectativas, prejuicios, amortización, precio. Disfruta del camino. Simplemente eso. De la compañía, también. De cada paso que des en la arena. Hinca bien los pies, confía en ti, ábrete, explora: es tu momento. Bienvenido a Journey.