Summer son, he burns my skin

Llega el calor y no te lo crees. Mantienes la chaqueta con un punto de orgullo, tú sabes más que el tiempo. No durará nada. Nunca lo hace. Una primera noche fresca parece darte la razón y sin embargo, pronto el calor vuelve para quedarse. Renuncias al fin a la chaqueta, qué remedio, intuyes que lo mejor será dejarse llevar. Ni siquiera te abrigas ya cuando se levanta junto al mar algo de brisa. Confías en el buen tiempo.

Pero qué fácil era comprar chocolate y helado, consolarte antes que disfrutar, soñar con lo que vivían otros en las películas en vez de sentirte su cómplice. Qué fácil estar seguro de saberlo ya todo. Te construiste un refugio y ahora toca salir. De viaje, de vacaciones, de paseo. Hacer fotos a cosas nuevas y conservarlas, descubrir nuevas canciones. Volver a aprender, sobre todo.

Todo el invierno quejándote del frío, lo que darías por un poco de sol, y cuando por fin el ansiado calor se instala sin remedio, pasas entonces a quejarte de los aires acondicionados. Del sudor y de los mosquitos y de la arena de la playa, como si hubieras sabido desde el principio que el verano conllevaba todas esas cosas. Qué cómodo era el sofá y, aun así, qué tentador parece ahora ese trampolín. Saltemos.

En el fondo, deseabas también sentir la arena, aunque fuera de rebote, por el mero placer de sacudirla de la toalla. Querías calor, pues aquí lo tienes. Quítate la chaqueta. Abraza el verano, abrázalo con todas sus consecuencias. Es la imagen perfecta: sudar al final del trayecto. Significa que has sobrevivido. Que no estás solo.

Are you qualified for life?

Estamos dejándoles ganar la partida. Miradles las caras, salen en los periódicos y en sus ruedas de prensa: siempre ojerosos, con canas prematuras, las operaciones excesivas de quien está a disgusto con su cuerpo. Pero sobre todo lánguidos, infelices, la única sonrisa que conocen es la de los cretinos. Poco a poco, nos estamos convirtiendo en ellos. En sus sombras, al menos.

Eso noto últimamente. La gente pasea por las tiendas con el miedo del niño al que le han dicho demasiadas veces que romperá algo si lo toca. El desánimo hace mella y nadie sonríe ni siquiera ahora que llega el buen tiempo. Calma tensa. Y se entiende, claro que se entiende. Se critica mucho a Sálvame, pero peores son los telediarios con su catastrofismo. Ya no informan, sólo asustan, porque saben muy bien que quien tiene miedo, agachará la cabeza.

Y no. La cabeza hay que levantarla. Bien alto, hasta las nubes si es necesario, porque las nubes jamás podrán recortarlas. Gastemos, pero no en lo que anuncian sino en lo que de verdad nos llena. Convirtamos los caprichos en gastos productivos. Llevemos camisetas de colores, que los trajes grises se los queden ellos. Y las corbatas, que se ahorquen con ellas si quieren, yo prefiero desabrocharme dos botones de la camisa. Enseñar, seducir, porque puedo hacerlo. Que vayan otros a los entierros.

Compartamos el entusiasmo por las pequeñas cosas. Los besos, los paseos, el sol reflejado en un coche y la lluvia limpiando el balcón, las manos amigas, el baile, la risa, los puentes cruzados, las canciones en la ducha, un abrazo antes de desayunar. Son las mejores cosas porque son gratis y además son sólo nuestras. Ellos, instalados en sus tronos altísimos, ni siquiera pueden apreciarlas, les parecen minúsculas.

Protestemos siendo gente feliz. Quien es feliz necesita menos; necesita tan poco que, para empezar, no los necesita a ellos. Échemosles a sonrisas mejor que a patadas. Sé que acabaremos ganando porque cuando sonríes cada día, por fin entiendes que importas más tú que cualquier prima fea. Sonríes y eliges mejor.

Pastora – Una Altra Galàxia

Historias que se quedan en el limbo para dejar espacio a que empiecen otras. Esta temporada de How I Met Your Mother, hubo una escena muy emocionante en la que el protagonista, Ted Mosby, por fin pasaba página a una vieja historia y, al salir a la calle, se vio inmerso en un mar de paraguas amarillos. Las posibilidades infinitas que aparecen cuando por fin echas a andar. Otras galaxias, en palabras de Pastora, porque de eso va este disco.

De imaginarte a ti mismo sin un después, fluir por fin, acariciar, cambiar la nostalgia por cosas que hacer y los malos hábitos por efervescencia, admitir que sí, entender que cada día es un regalo de Navidad, tener suficiente humor para no exigir lo perfecto sino lo que va llegando a tu vida, abrazarlo tal cual es, saber que con la compañía adecuada uno y uno pueden sumar mil. Incluso cantando en catalán, Pastora mantienen su habilidad para dar con las frases exactas.

Hay 6 temas nuevos, hay canciones rescatadas de otros discos pero revestidas para la ocasión (Planetes Marins y la siempre perfecta Dolços Somnis), hay versiones (Quan Es Faci Fosc de Sopa de Cabra, Wonferful Life de Black, adaptada al catalán con mucho acierto), pero sorprendentemente, el disco es muy homogéneo. En temática y en sonidos. No queda claro si la otra galaxia simboliza el cambio de idioma; de ser así, han llegado a buen puerto. Están más que cómodos: contentos.

En la festiva Quan La Mercè Està Contenta!, Mercè es Lola en una nueva verbena, ya no se esconde bajo un pseudónimo porque ya no busca follones. Ahora le basta con sonreír y dar palmas. El grueso del álbum recuerda en cambio a los Pastora de la La Vida Moderna, aquel pop electrónico de atmósferas intimistas que tan bien se les da. Carícies, por ejemplo, te hace volar como las caricias que usa por título. Mals Hàbits podría ser de Carlos Jean, con esa guitarrita a la que pronto acompañará un hipnótico bajo.

El pop-rock luminoso de Semblava Mentida (¿Natalie Imbruglia un día de sol?) convive con el dance cósmicamente sabio de Una Altra Galàxia; la psicodelia de Penso En Tu abre paso a las estanterías desnudas y las sábanas y las ganas de seguir de 1+1=1000. Y es que hay veces que dejas de necesitar calculadora en la cama. Una tarde alguien te hace sonreír y las cuentas salen solas.

He fet pastís de poma i l’he mossegat a estones
He volgut ficar-me dins la rentadora
He sortit al pati i he tornat a entrar
He mirat enrere i cap endavant
He demanat molt més, he dit no hi ha dret
He canviat nostàlgia per coses a fer
He cridat al bon temps i ha sortit de cop
Una mena d’energia que em convida a ser millor

L’art d’aimer

«No hay amor sin música.»

Hay muchas formas de enamorarse pero al hacerlo todos escuchamos música. No necesariamente violines, ni siquiera literalmente notas musicales, pero sí una sensación de que por fin todo encaja, armonía que fluye y nos calma. Y la música es eso, al fin y al cabo. No lo tienen fácil los compositores: tienen que enamorarnos con cada nota de piano, incluso si ellos todavía no han descubierto el amor. De eso trata la primera de las historias de El arte de amor.

«No debemos rechazar lo que nos ofrecen.»

Vidas cruzadas, personajes que mienten y se desnudan. Amar a extraños a oscuras, besar a una recién llegada, reencontrarte con tu marido, compartir, esperar al momento propicio. Hay muchas formas de amar y todas son correctas. Eso parece decirte, recordarte la película. Ama como quieras, pero ama. Todo en un tono de comedia ligera, tan ligera que a veces se convierte en drama. Los disgustos de la vida, pero a veces los disgustos se transforman en sorpresas, bien lo sabes.

«Es difícil dar como uno quisiera.»

En fin: sigue conquistándome el cine francés. Y no debo ser el único al que le pasa, porque parece que cada vez se estrenan más películas rodadas en Francia. Las claves: un humor muy nuestro, nunca zafio, un buen equilibrio de drama y romance. Y los actores y actrices, claro, porque menudos repartos gastan. Encantadores todos y, lo más importante, con mucha química entre ellos. Por eso los diálogos brillan.

«Paciencia.»

La venden como comedia romántica y es mucho más que eso. «Una mirada a las relaciones en el siglo XXI» sonaría pretencioso pero la película es justamente eso. Nunca como ahora habían tenido tanta importancia términos como follamigos, infidelidades, parejas abiertas, monogamia, ir despacio, conocer gente nueva en un mundo donde parece que todos estamos relacionados. El arte de amar: damos muchas vueltas para acabar volviendo a lo que siempre habíamos deseado. Besos y abrazos mientras suena música. En la minicadena o en nuestra cabeza

Gracias, Glee

De pequeño me apunté a clases de teatro. Tenía 10 años, acababa de llegar a ese colegio y pensé que gracias a aquella actividad extraescolar conocería a gente afín con la que sentirme un poco más ubicado. La primera tarde esperé y esperé, y no llegó nadie, ni siquiera el profesor. Habían cancelado el taller porque sólo yo estaba apuntado. No consideraron oportuno avisarme. Casualidad o no, desde entonces me encerré en mí mismo, en mis lecturas.

Comprendí que estaba solo. Tendría que sobrevivir por mi cuenta, soportar las burlas como quien limpia el barro de los pantalones después de un día lluvioso. Empecé a escribir porque eso lo hacía para mí, era mi refugio. Qué distintas habrían sido las cosas si alguien más se hubiera apuntado a teatro. Quizá ahora seríamos actores. Pero estoy orgulloso del camino recorrido. Primero tuve que ser un chico introvertido para acabar convirtiéndome en alguien capaz de dar saltos.

Glee es irreal, un cuento de hadas pop, exagerado, entrañable. El Edén de los desubicados. Es esa clase de teatro que te gustaría haber tenido, ese lugar en el que podrás ser tú mismo. Y reinterpretarte, redescubrirte. Porque no eres quien te dicen que eres, un poca-cosa al que lanzar batidos, eres esa persona que deslumbra en un escenario. Subes y cantas los temas pop que te gustan y lo haces con un vozarrón y algún día te enamorarás y llegarás a Broadway y te aplaudirán. No mereces menos.

Sí, me gusta Glee. Me gusta que reinvente el sueño americano en su vertiente más Disney y marica. Seas gordo, gay, judía, paralítico, bailarín cuando los demás cantan, maniática compulsiva, negra, libanesa, pobre, estés embarazada, pretendas combinar el futbol con el canto, pienses que nadie te va a querer jamás, creas en los unicornios, prefieras las mujeres mayores o tu imagen en el espejo… En el instituto McKinley hay un pequeño auditorio donde otros te escuchan. Y cantan contigo.

No hay serie de televisión que haya hecho más por la normalización ni (más importante) por dar cobijo. Que te sientas acompañado, que sonrías cada semana, canción a canción. Saber que en alguna parte hay más desubicados como tú y que acabarás conociéndoles. En la adolescencia esto parece una quimera. It gets better, todo es posible, pero mientras tanto ven con nosotros.

Para mí Glee termina aquí. Yo ya sé lo que me esperaba después del instituto. Sé que hay vida. Pero me alegro de que para otros la serie siga adelante. Deseo que gracias a Glee se atrevan a cantar, se apunten a teatro, escriban, arriesguen, se acuesten con quien de verdad les gusta (y siempre hay alguien que de verdad nos gusta). Ser uno mismo, siempre y en abierto: no existe otra forma de sobrevivir. Después de muchos tumbos, al final todos llegamos a nuestro Nueva York particular.