Hold the rush of a life

«No se pueden apuntalar las nubes.»
(Alain)

Eres un coleccionista de momentos. Siempre pensando en la siguiente adquisición, preocupado por ese futuro que sientes que te pertenece, valorando las posibilidades y los caminos que te llevarán a él, los senderos a evitar. Tan obsesionado por el calendario que te olvidas de disfrutar de lo que ya tienes ahora.

Nunca satisfecho porque ningún día que vivas será ese mañana que ansías. Siempre te pondrás nuevos objetivos. Como si hoy no fuera suficiente porque puede dejar de ir tan bien. Pero hoy es todo lo que has logrado, lo único tangible. Lo que está en pie. Una sonrisa ahora es mejor que una hipotética sonrisa en el futuro. Y ahora hay sonrisas, así que únete a ellas, empápate de ellas, acéptalas, bésalas.

Y la perspectiva, recuérdala. Hace dos meses y medio, estabas tan lleno de dudas que no te veías capaz de llegar hasta aquí. Y sin embargo, has llegado. No lo veías, pero era un camino en línea recta. Tan fácil como caminar. Pasos largos o pasos cortos, lo bonito es que con todos avanzas: de un momento al siguiente, de un paraíso en la cama a un mirador nocturno. De ayer a ahora. Así ocurre siempre.

Eres un coleccionista de momentos. Tienes esa suerte. Puedes decir que estás viviendo una historia. Escribiéndola. Llenándola de momentos. Todavía no sabes qué pondrás en las próximas páginas, pero la página actual tiene tantas mariposas que ya es la mejor historia del mundo. Es tuya y la compartes. Ahora eres feliz, sonríamos.

Maps

De qué sirven los mapas. Antes no los utilizabas, no dependías de la aplicación Google Maps en tu smartphone. Cuatro garabatos te bastaban para orientarte. Explorabas las calles porque las calles son eso: exploración, girar esquinas, cambiar de acera, descubrir fachadas y portales que siempre estuvieron ahí pero son nuevos.

Es divertido Japón, allí los mapas no los hacen a escala. Se saltan barrios enteros si consideran que en ellos no hay nada y además las calles no tienen nombre. Superado el susto, vuelves a confiar en tu intuición. Usas puntos de referencia: esa tienda de la esquina, el parque, el hotel alto. Si lo piensas bien, así es como te has orientado siempre en tu ciudad.

Vas caminando y decides acercarte a una callecita cualquiera que nadie situaría en el mapa. Pero tiene banderolas y un bar cuyo cartel es un timón y un portal con piedras y el mar al fondo. Rincones que son tuyos, o que haces tuyos, porque en el fondo sabes que no eres el primero que les ha hecho fotos. Pero te estaban esperando. Dejar la guía a un lado y tener la valentía de perderte.

Viajando sin mapa te sientes un poco como Indiana Jones. Mi sueño de infancia: explorar, descubrir. Encontrar lo que no sabía que buscaba y, aún así, lo buscaba fervientemente, por eso me puse en movimiento. Algo sentía que faltaba. Esa pieza. Sí, fui a una zona de Barcelona que no piso nunca, y sin saberlo, desenterré un tesoro. De qué sirven los mapas cuando fue la casualidad lo que te trajo hasta aquí.

Smile because you’re the deer in the headlights

Que te hicieran fotos. Antes no te gustaba. «¿Para qué?», decías. Salías al final siempre con el gesto torcido, o los ojos cerrados, o ausente. No querías estar en esa foto porque no te creías digno de ser retratado. Cada foto era el testimonio de una época en la que no estabas a gusto contigo mismo.

Aprendiste luego, tras muchas caídas, que una sonrisa lo arregla todo. Una sonrisa sincera. Esas que no se limitan a un movimiento de labios, en ellas participa todo el cuerpo, el alma desbordada por transmitir lo feliz que eres. Te gustas y gustas. Es así. Empezó a parecerte un halago que alguien quisiera fotografiarte. Has cambiado, eso crees al menos, y está bien que ese cambio quede reflejado en fotos.

Pero aún finges modestia, claro. Nos han enseñado a fingirla. Parece que cuando alguien te lanza un piropo tienes que hacer inventario de defectos: «Sí, pero ojalá perdiera unos kilillos. Pero ayer me encontré una cana. Pero no tendría que haberme puesto esa camiseta vieja». Siempre hay un pero. Si un piropo es sincero hay que dar las gracias. Alguien te ha visto como deberías verte tú también en el espejo.

Ahora has conocido a un chico que se pasa de modesto: incluso se incomoda cuando le dices guapo.  Prefiere ser él quien hace las fotos, quizá use el objetivo como escudo. Intuyes que para él, como para ti años atrás, resulta inconcebible que esos «guapo» puedan ser sinceros. Pero tú insistes. Qué guapo con esa camisa, le dices, qué guapo con la cámara haciendo fotos.

Y él arruga la nariz. En el fondo le divierte tu insistencia. Y te gustaría saber de fotografía, ser capaz de retratarle como tú le ves, que para eso están los artistas, para capturar su visión del mundo y que los demás puedan verse a través de los ojos del otro. Pero no sabes de fotografía, así que sólo lo escribes. Sí, qué guapo está cuando entra por tu puerta y, tímido, mira un momento al techo.

Islands

Año a año, visitas islas. Eres un barco cruzando un archipiélago. Navegas no a la deriva, sino con un rumbo, aunque no siempre sea fijo ni obvio. Lo bueno de la vida son sus sorpresas, los mapas no sirven. Quieres ir a la isla de al lado y el viento o los remos o la corriente te llevan a otra que estaba un poquito más allá. Es la que te tocaba explorar ahora para seguir creciendo.

Atrás quedaron las islas de los caníbales, la de los hombres que no amaban a las mujeres, la del niño que no salía, la de los ojos llorosos, la de Santi y Rubén, la del primer beso, la del beso número 500, la del viaje a Japón y las de muchos otros viajes: Londres, Copenhaguen, Amsterdam, Berlín, Madrid, Elche…

La isla de los domingos en Arena, la del primer concierto de Madonna, la de tu abuela llevándote al cine Verdi a ver una película en versión original, la del chico que te regalaba cómics, la de las partidas al HeroQuest y al Risk hasta altas horas de la madrugada, la de tu madre trabajando de sol a sol pero dejándote siempre una Pantera Rosa en la mochila…

Todavía distingues en el horizonte la silueta de muchas islas, la de aquel verano en Granada, por ejemplo, pero también la isla del chico del piercing y la camiseta roja con quien navegarías durante los siguientes siete años, la isla de Lost y la de Evangelion, cuando corrías con tus amigos por Paseo San Juan porque entonces tu paraíso era Norma Cómics.

La isla del primer Final Fantasy, la de San Juan en la playa, la de tu cuento dramatizado por un grupo de teatro, la de ese cosquilleo al leer La historia interminable, el primero de muchos libros, y la del año en que aprendiste a fluir y a dar las gracias por todas las cosas buenas. Estuvo muy bien visitar esas 29 islas anteriores, aprendiste mucho en ellas. Pero ahora el barco atraca en una isla nueva y misteriosa.

Aquí hay sol, hay árboles, hay nubes, hay amigos que te reciben con cócteles diversos y abrazos que confortan. Hay un trabajo que te llena y que da para ir tirando, para pagar ese piso en la parte tranquila de tu barrio favorito. Hay viajes y hay conciertos que todavía no sabes, ya llegarán. Cada semana, disfrutas de la compañía de un chico que te hace más feliz de lo que por ahora te has atrevido a decirle. Aprendes nuevas recetas. Tienes un libro a puntísimo de nacer. Sí, todavía tienes que explorarla a fondo, pero parece bonita esta isla, la de los 30.

Entrance at Rudebrook

«Escucha esto»… La magia de esta frase. Alguien quiere compartir contigo una canción y la escuchas con curiosidad, con un temblor, intuyendo ya que es un momento decisivo: esa canción pasará a formar parte de tu historia. La vida es una sucesión de canciones. Las que te recomiendan y las que descubres por tu cuenta.

Vives, aprendes, creces, tus gustos se amplían. Pero algunas canciones te acompañarán siempre. Te hacen recordar, llorar, sonreír, les aplicas nuevos recuerdos. Los mensajes cambian, es curioso: las escribieron hace mucho tiempo pero siempre hablan de ahora. Es magia. La música es magia. Y conviene compartirla.

Sí, hoy toca un resumen de mi vida y mis (casi) 30 años a través de 13 discos y 30 canciones fundamentales.

El primer disco que recuerdas. Mi infancia, mis viajes por Europa. Siempre supe que acabaría sintiendo La fuerza del destino, aquello de «Dos cines y un par de conciertos…».

Las ganas de sentirte integrado, las primeras fascinaciones, la furia, la lucha. La adolescencia, en definitiva, y siempre hay un disco que la resume. «But I’m not whining, I’m still smiling».

Hay grupos a los que siempre guardarás especial cariño porque con su música te abrieron la puerta a un mundo que llegaste a creer que no existía. Aqua me dijo: ven.

Cierras la puerta de tu habitación, te acurrucas en la cama y, abrazado a la almohada, te preguntas si alguna vez sentirás algo más que sueños. Hay discos que se tienen que escuchar así.

El primer disco «serio». Todos tenemos uno. Al principio tampoco le haces mucho caso, te gustan tres o cuatro canciones, las demás son demasiado raras. Pero el disco no te suelta, aparece en tu vida una y otra vez, siempre oportuno. Y sin saber cómo, se convierte en tu favorito. Tu religión.

Es curioso, descubres un disco gracias a tu primer amor y acabas asociando sus canciones a todos los que llegan después. Será que las estrellas siempre indican el camino.

Cuando por fin comprendes lo que eres, o más que comprenderlo, lo asumes con toda su magnitud, lo abrazas, lo disfrutas. Y bailas. Sigues bailando para que otros chicos neoyorkinos bailen contigo.

El primer disco que te compras a ciegas. Porque te gusta la portada, porque algo en él dice: «cómprame». Y lo pones sin parar, te fuerzas a que te guste, porque intuyes que así, por fin, entenderás de música.

Ese disco que asocias a una de las mejores épocas de tu vida. Cuando sonreías sin darte cuenta. Además, en el descaro colorista de MIKA hay algo de bandera. Ser uno mismo siempre.

A veces un cantante significa tanto que tienes que quedarte con todas sus canciones. Lover of Life, Singer of Songs. Qué bonito que te recuerden así.

Demasiado pronto, llegó este disco. O quizá no. Quizá tenía que estar ya ahí para que Brandon me cogiera en brazos desde el primer momento. Sus grititos en el oído.

A veces un disco, sobre todo una canción concreta, Invasión, habla de ti. Otros dicen que es triste pero a ti no te lo parece. No sabes muy bien de qué trata pero de algún modo la comprendes como si te hubiera salido de dentro.

Un año como 2012, que empieza con este disco, tiene que ser un buen año. Tantas páginas escritas y tantos sentimientos descubiertos. Seguiremos explorando los océanos.

Alejandro Sanz – No Es Lo Mismo
7 años que empezaron con esta canción. No fue lo mismo, no.
Andrea Corr – State of Independence
¿Depender de la independencia?
BWO – Chariots of Fire
It’s a brand new day, things will go my way… Filosofía de vida.
Céline Dion – A New Day Has Come (Radio Remix)
De noche parece mentira, pero el sol siempre vuelve a salir.
David Bowie – Sound And Vision
Las preguntas fundamentales.
Dido – Everything To Lose
Ya lo entendí, se trataba de hacerte tan fuerte que puedes saltar al vacío.
El Pescao – Buscando El Sol
Happy Thank You More Please.
Empire of the Sun – We Are The People
Londres. Y de repente, el último verano.
Fangoria – Hombres
Malditos los hombres, suerte de los hombres.
FM Belfast – Par Avion
Quién me iba a decir que acabaría deseando una casa en el Caribe…
Gloria Estefan – Don’t Let This Moment End
Cuando alguien me abraza, siempre me acuerdo de esta canción.
Julie Delpy – Time To Wake Up
Dejar ir. Lección imprescindible.
Lady Gaga – The Edge of Glory
Mi 2011 suena así.
Rihanna – We Found Love
Y no me canso, ya lo ves.
Rufus Wainwright – Out of the Game
Granada y sus profecías.
Saint Etienne – A Good Thing
Las cosas buenas. Ahora ya sé disfrutarlas.
Whitney Houston – It’s Not Right But It’s Okay (Thunderpuss Remix)
«Tienes que pensar en ti», me dijo el mismo amigo que me descubrió esta canción.