El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

El lunes recibí la invitación de otra editorial a mandarles el manuscrito completo. Hacía casi dos meses que no me ocurría. La euforia inicial se disipó enseguida, «ya he pasado por esto», me dije, pero aun así les mandé la novela. Y ahora toca esperar. Una vez más. Estos saltos emocionales, pasar de la euforia a la resignación, son bastante habituales cuando pienso en la escritura. No sé si a los demás les pasará. Recibes una opinión positiva y ya te convences de que tu libro traerá un soplo de aire fresco; enseguida te das cuenta de que no, que tu libro será solo uno más de los 70.000 que se publican en España, que en cualquier librería será solo un lomo delgado, perdido entre cientos, miles de ejemplares de autores mejores y más buscados.

Vienen bien estas curas de humildad. Distanciamiento para volver a conectar. Hace mes y medio, guardé las dos copias impresas de la novela por eso mismo. Llevo desde entonces sin tocarla, sin abrir siquiera el archivo .docx, para olvidarme del entusiasmo que sentí al acabarla y leerla entera y saber qué le parecía a los amigos más cercanos. Tengo que asumir de una vez que quizá para mí sea un libro especial, pero para los demás solo es otro más que seguramente nunca leerán, o lo dejarán a medias.

Tanto me he distanciado que ahora tengo miedo. Miedo de releer después de todo este tiempo y ya no estar enamorado de la historia ni de sus personajes. Que me parezcan blandengues, mejorables. Como cuando te reencuentras con un antiguo amor y no entiendes muy bien qué veías en él para que te gustase tanto. Si ya me entristece cuando vuelvo a leer algunas entradas de blog a las que tenía cierto cariño, y ahora me parecen escritas por alguien inexperto, alguien un poco estúpido a quien no me gustaría conocer, con la novela sería un duro golpe.

Claro que a veces, pocas pero ocurre, al revisitar un texto mío, pienso «¿Esto lo he escrito yo? ¡Pero si es bueno!». Y no negaré que ésa es la mejor sensación del mundo. Esa sorpresa. Es como haberlo escrito para mandárselo a mi yo futuro y darle un mensaje de ánimo. No te rindas, que irás mejorando. Lo dicho, locatis perdido.

A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

«¿Cuánto hay de autobiográfico?». La pregunta estrella. Yo mismo me la hago cuando leo los libros de otros. Ese excitante cosquilleo al pensar que el escritor se está desnudando solo para ti. Por ejemplo, mientras leía La soledad de los números primos, no conseguí apartar la sospecha de que Giordano había escrito la novela con su propia sangre. Era todo tan creíble y crudo que solo podía ser verdad. Con su segunda novela, novela, en cambio, tuve otra sensación: que el autor se colocaba una máscara tras otra, escudándose en soldados tópicos, y solo al final volvía a desnudarse. Era la mejor parte del libro.

Todos utilizamos máscaras. Unos porque el trabajo les exige un rictus de faraón, otros porque no han salido del armario todavía. Yo, que siempre me he considerado tímido, pronto encontré en la escritura el único lugar donde podía ser yo de verdad. Escribiendo me sentía como cuando sabes que vas a estar solo en casa, y no te importa ir desnudo a la cocina. Nunca me ha importado escribir sobre lo que sufría, disfrutaba o rondaba por la cabeza. Me sirve de terapia. Antes lo disfrazaba con chicos heterosexuales que visitaban a su novia en el hospital y cantantes de pop prefabricado que en realidad eran robots. Historias que flojeaban porque aprovechaba la máscara para ocultar mi inexperiencia. Me di cuenta de que escribía mejor cuando hablaba de lo que me resultaba cercano.

Gracias al blog Sombras de neón, me acostumbré enseguida a verter en él mi día a día, sin máscaras. Tanto asimilé este método de escritura, que la novela la empecé con el mismo modo mental. Así, lo que iba a ser un historia de vampiros emocionales, acabó convirtiéndose en un resumen de lo que había aprendido a lo largo de los últimos dos años. Solo al terminar el libro, y dejarlo leer, y sobre todo releerlo yo mismo, me di cuenta de hasta qué nivel me había desnudado. Cosas que no me había dicho ni a mí mismo, ahí estaban, sobre el papel. Una amiga me hizo notar lo simbólico que era que en la última escena del libro, el protagonista termine sin ropa. Expuesto.

Y sin embargo, lo considero una novela y no una autobiografía, porque al final todo es ficción. Podría decirse que he usado lo vivido como documentación. Hay quien entrevista a varias geishas para escribir un libro sobre una de ellas. En este caso, solo tuve que transformar lo que me rodeaba, lo que había vivido yo y observado en mis amigos, coger solo lo que me servía, mezclarlo en la coctelera, exagerarlo, y sobre todo colocar piezas nuevas que encajaran y mejoraran la historia. Al fin y al cabo, no tenemos vidas tan interesantes. Hay que colocarles muchos filtros Valencia y adornos bonitos para que tenga sentido mostrarlas a otra persona. Me divertí mezclando fábulas y cicatrices, que parecieran lo contrario de lo que son.

En El mar llegaba hasta aquí, escenas en apariencia autobiográficas (algunos lectores medio se escandalizan, medio se ríen de que las haya incluido), solo lo son a un nivel emocional. Por ejemplo, ésta del primer capítulo…

Acabó llegando el día que me vi en el espejo del dormitorio, abierto de patas, con otro cuerpo que me aplastaba y Pablo muy lejos, en una silla, meneándose la polla por encima de sus calzoncillos nuevos de Aussiebum. No me miraba a mí, miraba al otro, que tampoco era tan guapo.

Nunca he vivido nada así. La imagen la tomé prestada de la película Wilde, donde Stephen Fry (interpretando a Oscar Wilde) observa a su amante follar con otro en la cama. La película la vi con 20 años, calculo, y me impactó especialmente esta escena. Era morbosa y triste. La rescaté como símbolo del final del amor. Y eso, el final del amor, sí que es algo que he vivido de cerca. Sentirte desplazado e intentar cualquier cosa para que se vuelvan a fijar en ti como antes.

En cambio, esta otra escena del capítulo 2, donde la amiga del protagonista conoce por fin al que será su pareja, tras meses persiguiéndole, y que parece copiada de la peor comedia romántica de Sandra Bullock, me ocurrió tal cual en la Alhambra. Solo que el chico era japonés y nunca llegué a saber su nombre.

Y allí estaba él. Jordi. Después de varios viernes buscándole sin éxito, lo descubrí. En medio de la carretera que lleva al castillo. Mirándome. Bueno, enfocándome con una cámara. Me estaba haciendo una foto. Esta vez pude mirarle yo de frente. No con el objetivo, con mis ojos. Me encendí entera, quería hacer el amor con él allí mismo. Le sonreí y él, después de apretar el obturador, bajó la cámara y también me sonrió. Clic.

Sé que si algún día me propongo escribir sobre una base en Marte, uno de los astronautas seré yo, y Marte una visión desmadrada de todos los Martes que he ido acumulando gracias a cómics y películas, los paisajes áridos recorridos y los sueños de infancia. No podemos escapar de nuestra forma de ver la vida. De cómo la vivimos. Quizá es hora de aceptarlo y abrazarlo. A mí es lo que más me gusta de los escritores: cómo me hablan de mi propio mundo a través de sus ojos. Los suyos y no otros. A veces sientes que sienten como tú y a veces te descubres nuevos detalles. Se crea una atmósfera tan íntima que, sí, llegas a pensar que están contigo desnudos en la cama. Que los conoces de toda una vida. Es un juego. Jugar a reconocerse. La máscara del lector y la máscara del escritor, bailando.

Keri Smith : Destroza este diario

«Tira esta página y asume la pérdida». Así rezaban las instrucciones de uno de los ejercicios de este libro. Sin miramientos, arranqué la página en cuestión. Como si fuera una revista de la biblioteca y no un regalo de cumpleaños. Salí de casa y caminé hacia mi plaza preferida de Gracia. Quería tirarla allí. A medio camino me dio por pensar que en la vida no puedes elegir cuándo ocurren las cosas. Llegan cuando llegan y tienes que lidiar con ello. Las instrucciones no eran «Tira esta página en tu lugar favorito para crear un recuerdo inolvidable». Se trataba de asumir que hay cosas que se pierden. Para siempre y sin más explicación. Así que solté la página en medio de esa calle de la que nunca recuerdo el nombre. El papel negro voló a mi espalda. No me giré ni siquiera cuando apuntó hacia allí el manguerazo de los servicios de limpieza del Ayuntamiento. Ahora solo me queda quedan los restos de la página arrancada, jirones aún encuadernados al resto del libro.

Así son las reflexiones que me hago con el libro Destroza este diario. La autora invita a la creación a través de la destrucción. Cada página te invita a rasgar, mojar, manchar, pintarrajear, cortar, incluso quemar. Como sé que no haré las virguerías que crea la gente a partir de frases tan lapidarias como «Vierte aquí tu café», yo exploro mis propios límites.

Hay una página que todavía no he hecho. Tienes que llevarte el diario a la ducha. Y ducharte con él, supongo, aunque eso no lo especifica. Tengo miedo de que se moje, como si hubiera otra opción. La ducha conlleva agua, no hay vuelta de hoja. Sé que acabaré haciéndolo. Tampoco me atrevía a destrozar una página a mordiscos, pero luego la descarga de adrenalina que me provocó hacerlo, por el mero hecho de que podía hacerlo, de que me estaba permitido hacerlo, fue una experiencia liberadora.

Y así vas resolviendo este diario. Interpretas las instrucciones, creas tus reglas, las rompes acto seguido, te das cuenta de las tonterías que te bloquean y se te abren nuevas puertas. Lo recomiendo a todos los creadores, pero también a quien quiera conocerse mejor, relajarse o simplemente tener un libro con el que poder hacer lo que no harías con otro libro. El camino más corto entre un espejo y un saco de boxeo.

Hacia tierras salvajes

Mi rincón favorito para escribir siempre había sido la cama. Supongo que influyó el hecho de que me gustara escribir por las noches. Claro que todo tiene sus inconvenientes: tan cómodo estaba en la cama, tan seguro, que terminaba por dormirme o, lo que es peor, acomodarme en la escritura. Leí hace meses que varios escritores famosos (Lewis Carroll, creo, puede que Hemingway) escribían de pie, para mantenerse alerta, en tensión, y que eso se reflejara en la escritura. Más despierta y ágil, con más gancho. Su fervor por no sentarse se contagiaba al lector y este no podía soltar el libro.

Cuando me puse en serio a escribir El mar llegaba hasta aquí, tuve claro que no solo podría escribir en la cama y de noche. Necesitaba más horas. Descubrí que también rendía bien escribiendo por la mañana, antes de desayunar, incluso: que las ideas salían frescas, como recién soñadas. Aproveché la movilidad del netbook para llevarlo a todas partes: a fines de semana en el pueblo de unos amigos, de viaje, a un paseo por Barcelona. Siempre con mi mochila a cuestas.

Entonces me di cuenta de que el enemigo a batir era internet. Escribiendo en un ordenador con acceso a internet ocurre como cuando intento ver una película en casa: por buena que sea, al final siempre la paro un momento, voy al baño, consulto Facebook. Rompo el hechizo. No lo puedo evitar, al fin y al cabo estoy en casa y puedo hacer todas esas cosas. Por eso prefiero ir al cine cuando puedo, porque ahí no queda otra que disfrutar de la película. He pagado por ello y mis sentidos se dejan seducir por la historia, los diálogos y los personajes. Me invitan a formar parte.

Empecé a refugiarme en cafeterías. Si en casa tardaba una o dos horas en revisar cuatro páginas, en una cafetería llegaba a revisar el doble o el triple de páginas en el mismo tiempo. «Has pagado por tu consumición, ahora ponte a trabajar», me decía mi cerebro. Diría que más de la mitad de la novela la confeccioné en Starbucks. A veces digo medio en broma que Starbucks deberían patrocinarme la redacción del próximo libro. No es un lugar barato, pero solo ahí encuentro siempre una mesa tranquila en una esquina, a veces con una butaca; lo más parecido a un «rincón para escritor» que he encontrado. Y además, los camareros me dejan mi espacio y mi tiempo, no tienen prisa por echarme como me ha ocurrido en cafeterías de barrio. Cuando entro y pido un mocca blanco, sé que será una tarde productiva.

Algún día tendré una cabaña en medio de la nada donde ir a escribir. En medio de la nada porque no tendrá internet, pero habrá un lago cerca, por supuesto. Y una chimenea donde lanzar las páginas que no sirvan. Cumpliré todos los tópicos del escritor cincuentón. Hasta entonces, tocará seguir saltando de rincón en rincón en Barcelona. Buscando las pequeñas incomodidades que me mantienen despierto: ya sea el sofá donde tengo que inclinarme sobre la mesa baja o la cafetería donde los turistas hablan alrededor. Creo que es una de las lecciones más valiosas de haber terminado la novela. Escribir puedo hacerlo en cualquier parte. No solo en la cama como antaño. Lo importante no es el lugar: es querer escribir. Y ponerse a ello.

Cruel summer

Mi verano no ha empezado todavía. Gajes de ser autónomo, ya lo sabes: trabajas en algo que te llena, pero lo haces cada día y a todas horas. El caso es que ayer libré por la tarde. La primera tarde de fiesta en varias semanas. Nada más salir de la tienda, me vino a la lengua un regusto a verano. El gusanillo. Ni corto ni perezoso, me fui a la playa. No a la de siempre, sino a una por la que solo había pasado por delante. Quería probar.

Busqué un hueco entre la arena y me eché sobre la toalla. Llevaba un libro conmigo, pero lo primero que hice al tumbarme fue cerrar los ojos. Estaba rodeado de personas que no me conocían. Turistas, en su mayor parte, pero también gente de otros barrios, de otros entornos. Me sentí por un momento como si estuviera en la costa francesa o en una isla italiana. Serían los gritos en esos idiomas, no lo sé, pero me sentí acogido en la desconexión.

Tras la zambullida de rigor y un par de capítulos del libro, decidí continuar la ruta turística. Un helado, una foto a la fachada de una iglesia, callejear confiando en las buenas intenciones de los que planificaron esas calles estrechas, descansar junto a la fuente de una plaza, comprar en una tienda donde nunca comprarías. Barcelona con los ojos limpios del turista. Rematé la noche con una copa de vino blanco y una tabla de quesos. Brindé por mis vacaciones de 6 horas. Viene bien mimarse de vez en cuando.