Yo soy totalmente antipropinas. Y no por tacañería catalana, sino porque me parece una costumbre anacrónica, de cuando los empleados escuálidos no tenía sueldo y los señoritos les daban dos reales en plan «toma, para que te compres un mendrugo de pan gracias al banquete que me he zampado yo».
Tengo una librería, atiendo superbien a los clientes, no doblo o triplico o cuatriplico el precio de los productos como hacen en la hostelería, y a mí nadie me deja propina. De hecho, algunas personas aún tienen el morro de pedirme descuento en libros fuera de Sant Jordi y de regatearme el precio de las fotocopias.
Así que, si puedo, nunca dejo propina en un bar o restaurante. Considero que ya se la cobran con las bebidas. Y que si el camarero cree que su sueldo es bajo, puede cambiar de trabajo.
El problema es cuando como con otras personas, que claro, ven muy mal eso de no dejar propina, es un sacrilegio. Así que el otro día, durante una agradable cena de reencuentro con viejos amigos, quisieron dejar una propina para una cuenta de 150€. Y la dejamos.
El restaurante era japonés, y yo recordaba vagamente que a los japoneses no les gustan nada las propinas. Pero me lo callé, no fuera que mis amigos se pensasen que me lo inventaba.
Pues no me lo inventaba. Dejar propina en un establecimiento japonés está muy mal visto, es signo de mala educación, de creerse superior. Si además son monedas pequeñas, se creerán que te las has olvidado porque no conciben eso de dejar propina, ellos ya te han cobrado los servicios en la cuenta.
Los japoneses siempre me comprenden.



