Javier Montes – Los penúltimos

Lo decía el otro día: me gusta comprar libros por impulso, guiado por poco más que una reseña. Como es lógico al ser librero, mi proceso de «comprar libros» ya no es tan romántico como antaño (no tengo que ir a la tienda y revolver entre mil estanterías: los pido directamente al distribuidor, espero un par de días a que me lleguen y me los llevo a casa sin pagar). Pero al fin y al cabo, lo que importa es el libro. Abrirlo y sumergirme en sus páginas, ser uno más de los personajes (uno silencioso, eso sí).

«Los penúltimos» lo compré de rebote, al leer una prometedora crítica del nuevo libro del autor, «Segunda parte» (que también me compré y aún no he leído). Estaba hojeando la Qué Leer en busca de novedades de literatura oriental y no encontré ninguna, así que cotilleé por curiosidad el resto de novedades y comentarios. Y, claro, además de lo interesante que parecía ese libro por lo que decía la crítica, me enamoré de esta foto:

Que sí, que Chris Evans y Gerard Piqué son mis mayores mitos eróticos, pero nada me pone tanto como alguien que escribe y encima está tan de buen ver. Y si ya encima escribe bien, como es el caso de Javier Montes (o de Paolo Giordano), gloria.

De «Los penúltimos», antes de empezarlo, ya me apasionaba el título, me apasionaba la portada y me apasionaba la sinopsis:

Hace tiempo que la actriz sin nombre –o con demasiados nombres– que protagoniza esta novela dejó de creer en lo que la gente se dice con palabras. Pero no ha renunciado a inventar trucos turbios para esquivar la soledad y encontrar una manera de comunicarse y hasta de amar a su medida: según sus propias reglas y durante una única noche de amor –eterna mientras dura, como en los cuentos– en la que droga y duerme a sus elegidos.

Su método bien ensayado falla cuando conoce a Pedro, un chico que habla poco pero no se resigna al papel sin frases que le impone. Así empieza una historia apasionante de búsquedas y pérdidas por un Madrid misterioso y nocturno, poblado de personajes que sienten en la espalda el roce triste de la soledad y huyen, cada uno a su manera, hacia adelante. Lo dice la protagonista: “Hacia dónde más se puede huir”.
Una historia de las que tanto me gustan: encuentros y desencuentros de gente solitaria, dos personas que se necesitan pero no saben o no son capaces de darse cuenta. Capítulo a capítulo, vamos conociendo fragmentos de las vidas de Pedro y de la actriz, vamos encariñándonos de su torpeza vital, su autismo sentimental. No son personajes, son personas de carne y hueso, atrapadas en una vida que es la única que saben vivir. Huyen hacia adelante, sí, pero es que volver sobre sus pasos también sería seguir huyendo. Apenas hay cuatro personajes secundarios, pero también de ellos te encariñas.
El estilo de Javier Montes no se anda con florituras. Su lenguaje es coloquial, es muy de repetir palabras y usar expresiones extrañas y comparaciones chocantes que, sin embargo, encajan como la pieza del puzzle que faltaba. Es de esos escritores capaces de jugar con el lenguaje para hacerte sentir una congoja muy dulce, una melancolía que se te engancha página a página, como lluvia fina. No llegas a llorar, pero casi, siempre casi. Os lo recomiendo sin dudarlo ni un segundo. Ahora, a por esa «Segunda parte».
Os dejo con mi fragmento favorito de la novela:

Enseguida había visto que era buen arreglo seguir a la chica: estar con ella sin estar del todo, tenerla a la vista y olvidarse de lo demás para poner todo el empeño en no perderla de vista. Seguirla porque sí era algo que hubiese podido hacer mucho tiempo: resultaba mayor el gusto de hacerlo que la curiosidad por ver dónde acababan, en el fondo.
(…)
Ahora se daba cuenta: la había perseguido, al final. Ya no bastaba con seguirla. Eran muy diferentes una cosa y otra, claro, porque se persigue para alcanzar.

(Javier Montes, Los penúltimos)

When you know the notes to sing, you can sing most anything

Se puede vivir sin música. Os lo confirmo yo, que estuve un par de semanas sin escuchar ninguna canción porque todas se sentían como baldosas temblequeantes de un suelo que se derrumba. Quizá sería más apropiado decir que se puede sobrevivir sin música. Porque, desde luego, como se vive mejor es rodeado de canciones. Sin música, es imposible disfrutar del mero hecho de estar viviendo.

La tienda parece más llena con su hilo musical de fondo («mejor algo suave en plan The Corrs, Elton John o Enya, no te pases», me digo siempre cuando empieza a sonar «One» de los Swedish House Mafia), mi habitación es más acogedora si puedo dejarme la voz acompañando los berridos de Marilyn Manson o Céline Dion, las calles las recorro más a gusto con unos auriculares cantándome al oído.

Barcelona parece más viva, el plató de un vídeoclip en el que yo soy el único protagonista. Subo las escaleras mecánicas del metro al ritmo de «Get Outta My Way» de Kylie, me dejo perder en la noche con «Wonderful Life» de Hurts. El mar sabe a Coldplay, las Ramblas huelen quizá a Pastora. Plaza España, por supuesto, sólo es de Freddie Mercury y Montserrat Caballé desmelenándose con la elegancia de «Barcelona». LCD Soundsystem me hacen llegar puntual, «Sexy Bitch» también; el subidón de «Hombres» de Fangoria me lo reservo para cuando bajo del autobús y me golpea el aire frío de Gran Vía, mientras que «No sé qué me das» podría escucharla en cualquier rincón, como el viento cuando cruza la ciudad, mi ciudad. «Die Another Day» es para esos días en los que me gustaría caminar y caminar, sin parar, hasta agotarme. Y cuando hace mucho sol y sólo me apetece sonreír, nada mejor que «Beautiful Life»: la de Ace of Base o la de Jose Galisteo, da igual, ambas me dan el chute de vitalidad que necesito. Porque sí, la vida es bonita. Siempre.

Y nunca me acostumbraré a escuchar Mecano por Barcelona (son -suenan- tan madrileños), pero «La fuerza del destino», además de la mejor canción en castellano de la historia, es el acompañante ideal para esos paseos en los que no vas a ninguna parte, sólo en busca de tu futuro. Y escucharla el pasado fin de semana en Madrid, por fin, en sus calles y en sus plazas y en su metro, fue la hostia: me aferraba a cada nota con una fuerza nueva. «Nos vimos tres o cuatro veces por toda la ciudad…» En la ducha tarareo horteradas como «Addicted to you» de Shakira, porque a David Bowie me lo reservo para ocasiones especiales (para escribir, por ejemplo; me encanta escribir con su voz única de fondo: muy suave, pero creando atmósfera). Se folla bien con «I’m A Man» de Black Strobe, pero algún día me gustaría hacer el amor con «The First Time Ever I Saw Your Face» y fundirme en otros brazos, como en una película. Y nadie cura las heridas como Whitney Houston; «I Didn’t Know My Own Strength» hace maravillas. «Happy Ending» de Mika no cura, pero consuela, que ya es mucho.

A veces, un olor o una acción los asocio con canciones. Me acuerdo de los domingos que me bañaba en Sitges escuchando «For Your Own Good» de Pet Shop Boys o, cuando era mucho más pequeño, la banda sonora de «Sonrisas y lágrimas» en un cassette desgastado en el que Julie Andrews ya no sonaba exactamente como Julie Andrews. Son melodías que me transportan al agua tibia y al jabón de entonces. Los desayunos me recuerdan a Aqua, a cuando desayunaba cada día (no como ahora, que casi nunca lo hago, sólo de viaje o en casas ajenas) antes de ir al instituto y sus canciones me acompañaban.

Y pasear una vez al año por la calle del Pecado de Sitges (Dos de Mayo para quien se guíe por lo que pone en las placas) es volver a los tiempos de «Oye» del disco Gloria!. Ir a Arena es pensar en Mónica Naranjo, claro, aunque ya casi nunca la pongan porque los años no pasan en balde y ni las discotecas ni yo somos esos adolescentes que bailaban en non-stop «Desátame», «Las campanas del amor», «Entender el amor» y algún remix de «Sobreviviré». Ahora toca petardear con Lady Gaga y Katy Perry y Rihanna y Cheryl Cole y David Guetta (y yo encantado). Si pienso en mi boda, pienso que entraré al ritmo de la intro de «Left To My Own Devices», pero en mi funeral quiero que me despidáis con, entre otras, el cover de «Run» de Leona Lewis. «And we’ll run for our lifes…» Las acrobacias vocales de la despedida.

Muchos ex no lo saben, pero más que el recuerdo de sus besos o un corazón roto, me dejaron de herencia algunos de mis grupos y cantantes favoritos. Me aficioné a Madonna, Marilyn Manson, Pet Shop Boys o Roxette porque, durante aquellos abandonos, me gustaba machacarme con la música que escucharía el otro, como si aquello me acercase a él y casi pudiera acariciarlo cantando «The Power of Good-Bye» o «Wish I Could Fly». Pero sucedía todo lo contrario: acostumbrándome a esos discos y canciones, empezando a coleccionar la música del cantante o del grupo, sentía que la ruptura quedaba lejos y el futuro se acercaba un poquito más. Seguía adelante, vaya.

Tengo una canción para cada persona que forma o formó parte de mi vida. Amigos, ex novios, rolletes más o menos serios, antiguos compañeros de clase o de trabajo, familia… Todos tienen su propia canción, escucharla me recuerda a ellos, y siempre es una sensación bonita saber que cierta canción me recuerda a alguien, aunque ese alguien esté en otra parte, recorriendo otros caminos que la vida le ha tendido. Algunos ya la saben, otros supongo que se la imaginarán, muchos no tendrán ni idea. Y algún día espero poder decirte a ti cuál es tu canción.

We’ve seen the outcome of the boys who didn’t fly

«HUID», advertía el cartel de la entrada del parque abandonado. El chico pasaba por delante cada tarde al volver del instituto. Siempre le fascinaban esos muros, altos e imponentes, cubiertos de hiedras tan verdes que parecían de plástico. Bordeaba el muro deleitándose en cada paso, imaginando cómo sería el parque que contenían aquellas piedras coronadas de pinchos. Imaginaba árboles frondosos y riachuelos y un puente y flores y el rumor de los insectos invisibles y fuentes y un caminito que llevaba a un rincón secreto donde leería un buen libro sin temor a ser interrumpido. Pero justo en el punto culminante de esa fascinación que sentía, siempre chocaba con el dichoso cartel: «HUID». Y huía.

Tardó meses en atreverse a hablar con alguien acerca del parque. Preguntó cómo era, o cómo había sido. Cualquier detalle le servía.
-Sólo hay zarzas que pinchan y sus rasguños nunca se curan -le dijo su madre-. No entres nunca.
-Es muy peligroso, por la noche van allí los lobos a cazar -le dijo su padre-. No te acerques siquiera.
-En el centro hay un estanque tan podrido que su mero olor te envenena -le dijo un profesor-. Suerte que lo tapiaron y ya nadie puede entrar allí. Huye.

Pero aquellas advertencias sólo estimularon la imaginación del chico. Quería ver aquellas zarzas, aquellos lobos, aquel estanque. No era tanto el magnetismo del peligro como una sensación extraña de pertenecer a aquel lugar al que todos los demás le habían dado la espalda. Se dispuso a encontrar una forma de entrar. La puerta era de hierro macizo y la protegía un candado tan grande como el pie de un gigante. El candado estaba frío y en su tacto áspero, el chico intuyó lágrimas lejanas y un silencio demasiado extenso. Pero parecía imposible de forzar.

Optó por empezar a escarbar el muro entre las hiedras; quitaría una piedra tras otra hasta crear un hueco lo bastante ancho como para colarse por él. No resultó tan difícil como creía, llevado por la excitación trabajó rápido. Pero cuando estaba a punto de quitar la última piedra, esa que le permitiría por primera vez observar el parque al otro lado del muro, se detuvo. Sintió que no era justo entrar así, a hurtadillas. Si el parque era tan importante para él como intuía, tenía que entrar por la puerta principal.

Acudió al herrero del pueblo. Éste accedió a fabricarle una llave a cambio de un ejemplar de la extraña flor que se decía que antaño crecía en lo más profundo del parque. Era blanca y se llamaba Edelweiss.
-En realidad no creo que la encuentres -dijo el herrero-, hace muchos años que la maleza habrá acabado con todas las flores.

Durante siete días y siete noches estuvo el herrero trabajando en la llave. El chico le ayudaba como podía: acercándole las herramientas, atendiendo recados, cocinando y encendiendo el horno para fundir el hierro. Cuando hubo terminado la llave, el cerrajero se la tendió. Pesaba mucho y todavía estaba caliente.
-Muchas gracias -dijo el chico-. Le prometo que le traeré una de esas flores, una Edelweiss.
Y ya se iba, cuando el cerrajero le tendió un pequeño saco atado con una cuerda.
-No lo abras aún -le dijo-. Cuando necesites su contenido, lo sabrás.
Se despidieron.

El chico se sorprendió de la facilidad con que la llave se deslizó en la cerradura del candado, la facilidad con que giró. Sonrió con el chasquido y, por algún motivo, le pareció perfectamente normal que, liberada del candado, la puerta se abriera sola, como dándole la bienvenida. Entró. O sería mejor decir que se adentró.

El parque era un páramo. No se podía definir de otra forma. Cuatro arbustos se atrevían a navegar en el barro que lo cubría todo. Una mancha más oscura en el centro debía ser el famoso estanque: desde la entrada le llegaba su olor pestilente. Dio un paso más y gritó cuando algo le arañó el brazo y la pierna: las famosas zarzas. Los raguños escocían, pero el dolor se calmó un poco aplicándoles saliva. Siguió explorando los troncos muertos, las piedras mohosas y las maderas rotas que quizá fueran lo único que quedase de ese puente que había imaginado. Por supuesto, no había ni rastro de la Edelweiss, la flor blanca que le había pedido el herrero. Pasaron las horas y llegó la noche y un aullido se levantó a lo lejos: quizá el viento, quizá los lobos.

Lejos de asustarse, el chico se sentó en una piedra lisa, dispuesto a pasar la noche. Se sentía bien allí, en el lugar sobre el que todos -es decir: todos menos el herrero- le habían advertido. Llenó el silencio hablándole al parque muerto de sus sueños y del instituto, de sus planes, los miedos que lo inmovilizaban a veces, lo que opinaba del amor y la muerte, sus comidas favoritas y el último libro que le había gustado (aunque fuera un poco raro porque se lo había recomendado un profesor). Y el parque muerto le contestaba con el temblor de los arbustos y el burbujeo del estanque, le calentaba con la luz de la luna y le acunaba con las dulces corrientes de aire.

Llegó el amanecer como siempre llega: un poco de imprevisto, pero un imprevisto alegre, como el reencuentro con un viejo amigo. El chico se puso en pie con decisión y usó esa misma decisión para trabajar durante meses. Limpió los rastrojos y las zarzas y los arbustos secos, secó el barro para que volviera a crecer la hierba, plantó nuevos árboles, purificó el estanque y puso en él peces tropicales de colores intensos, domesticó a un lobo para que protegiera el lugar y le hiciera tanta compañía como un perro, colocó una estatua y un camino de piedra que llevaba hasta ella, diseñó una elaborada fuente de la que brotaban chorros pizpiretos, reservó un rincón secreto en el que poder leer cómodamente, reconstruyó el puente y lo pintó de un rojo más intenso, para que al cruzar el riachuelo no supieras si mirar el agua cristalina o la madera reluciente. Gracias al trabajo de sus manos, el parque recobró el esplendor de antaño.

Al acabar, el chico abrió el saquito que le había dado tiempo atrás el herrero, aunque para entonces ya se imaginaba lo que contenía: semillas. Claro. Las sembró, las regó con mimo. Tímidamente, el parque movió la ramas de los nuevos árboles en señal de agradecimiento, y le sonrió meciendo la hierba renacida. El chico se sentó en la misma piedra del primer día, cruzado de piernas, y se llenó los pulmones del aire limpio del parque, y contempló el paisaje que había creado con sus propias manos. Un paisaje hermoso aunque incompleto: aguardaba que los días y las lluvias y el sol y la luna y la brisa hicieran florecer, por fin, el Edelweiss blanco.

Unlocking the door, embracing the rollercoaster world

Hasta no hace tanto, odiaba las sorpresas, los imprevistos. Detestaba, por ejemplo, quedar con alguien y que de repente ese alguien se presentase también con otra persona. Detestaba los cambios de hora repentinos, que ya no quedasen entradas para la película que quería ver, los clientes que entran a última hora justo el día que tengo que salir un poco antes, pedir un regalo concreto y que me regalen otra cosa. Y detestaba muy especialmente la incertidumbre, porque la incertidumbre conlleva un sinfín de cosas inesperadas.

En esta época de cambios, voy aprendiendo a disfrutar de las sorpresas que se cruzan en mi camino. No encontrar lo que buscabas sino algo distinto no es malo, al contrario. Es positivo. A veces hay que tomar otras rutas para llegar a un lugar mucho mejor. Me gusta, por ejemplo, sumergirme en las páginas de un libro de un autor que no conozco pero que vi de casualidad reseñado en una revista mientras buscaba información sobre otros libros, otros géneros. Y que ese libro comprado por impulso sea justo el libro que necesitaba leer ahora.

Me gusta buscar en Spotify cierta canción, cierto disco, y dar con algo mejor. Me gusta que por culpa de un retraso y un despiste, acabe cenando inesperadamente con un amigo al que puedo conocer mejor, hablar a solas, y hablar de nuestras cosas y nuestros problemas, y relajarme: cómo lo necesitaba. Me gusta que el modo aleatorio de los reproductores de música siempre acierte conmigo, que se compinche con mi estado mental. Me gusta ir al cine con un amigo, con la idea de ver alguna de las películas que hemos hablado, y que el instinto o el destino o las estrategias de quienes planifican las carteleras se confabulen para que veamos otra distinta de la que por no saber no habíamos visto ni el tráiler. Y que la película transmita tanto que al acabar salimos con una sonrisa y un peso extraño en el estómago.

Me gusta descubrir que contra todo pronóstico la cerveza japonesa no me echa para atrás, que sabe mejor que cualquier otra. Me gusta que esa tetería recordada por Jose sea ahora una coctelería acogedora donde sirven los mejores mojitos de fresa del mundo. Me gusta que el amigo de un amigo acabe siendo un antiguo rollete con el que se perdió el contacto y que lejos de incomodarnos ante este reencuentro súbito, podamos hablar y comprobar que la vida nos llevó por caminos distintos pero nos ha tratado bien, que todo tuvo que ser así. Me gusta que un paseo por el Retiro truncado por un domingo lluvioso acabe en una agradable tarde con amigos compartiendo un capítulo de Glee que no me atrevía a ver solo. Me gusta que el distribuidor se equivoque con las camisetas que teníamos que recibir en la tienda y así llegue una de mi adorado Domo-Kun, y quedármela.

Ahora me gusta la incertidumbre, vivir la vida sin darle más vueltas, que las prisas se conviertan en algo cocinado a fuego lento, con mimo para que no se corte la mezcla; y disfrutar de ese misterio, ese no saber todavía qué sabor tendrá, pero sospechando que uno muy bueno. Ahora me gusta mojarme cuando de repente llueven cuatro gotas: es catárquico.

En la vida nada ocurre porque sí. Los imprevistos no son más que nuevas baldosas amarillas de un camino que te lleva a ese futuro que es el tuyo, sólo el tuyo. Las sorpresas hay que abrazarlas tal cual vienen, aprovechar la oportunidad que nos brindan de mejorar con ellas (gracias a ellas) nuestro día a día.

How about remembering your divinity

Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo.

(Oscar Wilde, De Profundis)

Estos días estoy releyendo De Profundis, de Oscar Wilde, la carta que el escritor envió desde la cárcel a su antiguo amigo/amante y en la que examinaba con una sinceridad aplastante todo lo que había sacrificado, todos los errores que había cometido, y lo que estaba aprendiendo gracias al dolor del presidio. No haré una crítica, porque es un libro que hay que leer. Por su sinceridad, es absolutamente revelador. Es uno de esos raros libros en los que subrayarías cada frase, cada página entera, con un marcador fluorescente muy intenso que te recuerde esas palabras. Espero que las dos citas con las que abro y cierro la entrada de hoy os animen a leerlo.

Vivimos en un mundo perverso donde demasiados libros, películas y canciones destrozan la propia idea del amor. Nos inculcan que por amor merece la pena arrastrarse, que el amor exige sacrificios y tiene que sentirse como mil puñaladas, que todo se puede o incluso se debe aguantar y perdonar por amor. Que estar solo es casi peor que estar muerto porque por nosotros mismos no valemos nada: lo único bueno que tenemos es gracias al amor de otra persona. Que después de una separación el olvido es imposible, las heridas siempre sangrarán. Que es lógico que esa necesidad de amar nos lance una y otra vez a los brazos de alguien que sólo nos hacía llorar. Que el amor es difícil y por tanto cualquier sufrimiento conocido es preferible a la posibilidad de ser simplemente feliz con alguien nuevo. Pero es mentira.

El amor de verdad no duele, no es una jaula, ni siquiera una jaula forrada de terciopelo. Quien bien te quiere, nunca te hará llorar; si acaso, te hará llorar de felicidad, pero llorará contigo. Jamás te obligará a luchar ni humillarte por él, ni siquiera te propondrá sacrificios en su propio beneficio. Quien bien te quiere, sin decir nada, te tenderá la mano para que, con tranquilidad, piedra a piedra, construyáis juntos un refugio para el invierno. Y al terminarlo, entraréis y os diréis el uno al otro «Gracias» compartiendo una sonrisa en los labios.

Es triste que para comprenderlo tengas que llegar al punto de sacrificar, pisotear tu propia idea de amor intentando aferrarte a ese sentimiento, hasta que descubres que no estabas luchando por amor, estabas traicionando aquello en lo que creías. Oscar Wilde tuvo incluso que ir a la cárcel, perder su prestigio y todo aquello que le gustaba (su casa, sus libros, su familia, sus amigos) para darse cuenta. Pero más allá del desierto siempre aguarda un oasis. Pasas de desgañitarte con «Without You» a dar palmas con «Beautiful Life». De «I Have Nothing» a «Firework». Te vuelves a valorar a ti mismo con la certeza de que descubrirás junto a ti a alguien que sabrá apreciarte como siempre mereciste. La vida es bonita y el amor también. Ni más, ni menos.

Hace unas seis semanas el médico me autorizó a comer pan blanco en vez del pan basto, negro o moreno del rancho normal de la cárcel. Es una gran exquisitez. A ti te resultará extraño que un pan seco pueda ser una exquisitez para nadie. Yo te aseguro que para mí lo es tanto que al terminar cada comida me como cuidadosamente las migas que puedan quedar en mi plato de lata, o hayan caído sobre la toalla áspera que se usa como mantel para no manchar la mesa; y no por hambre -ahora me dan de comer bastante y más-, sino simplemente por que no se desperdicie nada de lo que me dan. Así habría que mirar el amor.

(Oscar Wilde, De Profundis)