We’ve seen the outcome of the boys who didn’t fly

“HUID”, advertía el cartel de la entrada del parque abandonado. El chico pasaba por delante cada tarde al volver del instituto. Siempre le fascinaban esos muros, altos e imponentes, cubiertos de hiedras tan verdes que parecían de plástico. Bordeaba el muro deleitándose en cada paso, imaginando cómo sería el parque que contenían aquellas piedras coronadas de pinchos. Imaginaba árboles frondosos y riachuelos y un puente y flores y el rumor de los insectos invisibles y fuentes y un caminito que llevaba a un rincón secreto donde leería un buen libro sin temor a ser interrumpido. Pero justo en el punto culminante de esa fascinación que sentía, siempre chocaba con el dichoso cartel: “HUID”. Y huía.

Tardó meses en atreverse a hablar con alguien acerca del parque. Preguntó cómo era, o cómo había sido. Cualquier detalle le servía.
-Sólo hay zarzas que pinchan y sus rasguños nunca se curan -le dijo su madre-. No entres nunca.
-Es muy peligroso, por la noche van allí los lobos a cazar -le dijo su padre-. No te acerques siquiera.
-En el centro hay un estanque tan podrido que su mero olor te envenena -le dijo un profesor-. Suerte que lo tapiaron y ya nadie puede entrar allí. Huye.

Pero aquellas advertencias sólo estimularon la imaginación del chico. Quería ver aquellas zarzas, aquellos lobos, aquel estanque. No era tanto el magnetismo del peligro como una sensación extraña de pertenecer a aquel lugar al que todos los demás le habían dado la espalda. Se dispuso a encontrar una forma de entrar. La puerta era de hierro macizo y la protegía un candado tan grande como el pie de un gigante. El candado estaba frío y en su tacto áspero, el chico intuyó lágrimas lejanas y un silencio demasiado extenso. Pero parecía imposible de forzar.

Optó por empezar a escarbar el muro entre las hiedras; quitaría una piedra tras otra hasta crear un hueco lo bastante ancho como para colarse por él. No resultó tan difícil como creía, llevado por la excitación trabajó rápido. Pero cuando estaba a punto de quitar la última piedra, esa que le permitiría por primera vez observar el parque al otro lado del muro, se detuvo. Sintió que no era justo entrar así, a hurtadillas. Si el parque era tan importante para él como intuía, tenía que entrar por la puerta principal.

Acudió al herrero del pueblo. Éste accedió a fabricarle una llave a cambio de un ejemplar de la extraña flor que se decía que antaño crecía en lo más profundo del parque. Era blanca y se llamaba Edelweiss.
-En realidad no creo que la encuentres -dijo el herrero-, hace muchos años que la maleza habrá acabado con todas las flores.

Durante siete días y siete noches estuvo el herrero trabajando en la llave. El chico le ayudaba como podía: acercándole las herramientas, atendiendo recados, cocinando y encendiendo el horno para fundir el hierro. Cuando hubo terminado la llave, el cerrajero se la tendió. Pesaba mucho y todavía estaba caliente.
-Muchas gracias -dijo el chico-. Le prometo que le traeré una de esas flores, una Edelweiss.
Y ya se iba, cuando el cerrajero le tendió un pequeño saco atado con una cuerda.
-No lo abras aún -le dijo-. Cuando necesites su contenido, lo sabrás.
Se despidieron.

El chico se sorprendió de la facilidad con que la llave se deslizó en la cerradura del candado, la facilidad con que giró. Sonrió con el chasquido y, por algún motivo, le pareció perfectamente normal que, liberada del candado, la puerta se abriera sola, como dándole la bienvenida. Entró. O sería mejor decir que se adentró.

El parque era un páramo. No se podía definir de otra forma. Cuatro arbustos se atrevían a navegar en el barro que lo cubría todo. Una mancha más oscura en el centro debía ser el famoso estanque: desde la entrada le llegaba su olor pestilente. Dio un paso más y gritó cuando algo le arañó el brazo y la pierna: las famosas zarzas. Los raguños escocían, pero el dolor se calmó un poco aplicándoles saliva. Siguió explorando los troncos muertos, las piedras mohosas y las maderas rotas que quizá fueran lo único que quedase de ese puente que había imaginado. Por supuesto, no había ni rastro de la Edelweiss, la flor blanca que le había pedido el herrero. Pasaron las horas y llegó la noche y un aullido se levantó a lo lejos: quizá el viento, quizá los lobos.

Lejos de asustarse, el chico se sentó en una piedra lisa, dispuesto a pasar la noche. Se sentía bien allí, en el lugar sobre el que todos -es decir: todos menos el herrero- le habían advertido. Llenó el silencio hablándole al parque muerto de sus sueños y del instituto, de sus planes, los miedos que lo inmovilizaban a veces, lo que opinaba del amor y la muerte, sus comidas favoritas y el último libro que le había gustado (aunque fuera un poco raro porque se lo había recomendado un profesor). Y el parque muerto le contestaba con el temblor de los arbustos y el burbujeo del estanque, le calentaba con la luz de la luna y le acunaba con las dulces corrientes de aire.

Llegó el amanecer como siempre llega: un poco de imprevisto, pero un imprevisto alegre, como el reencuentro con un viejo amigo. El chico se puso en pie con decisión y usó esa misma decisión para trabajar durante meses. Limpió los rastrojos y las zarzas y los arbustos secos, secó el barro para que volviera a crecer la hierba, plantó nuevos árboles, purificó el estanque y puso en él peces tropicales de colores intensos, domesticó a un lobo para que protegiera el lugar y le hiciera tanta compañía como un perro, colocó una estatua y un camino de piedra que llevaba hasta ella, diseñó una elaborada fuente de la que brotaban chorros pizpiretos, reservó un rincón secreto en el que poder leer cómodamente, reconstruyó el puente y lo pintó de un rojo más intenso, para que al cruzar el riachuelo no supieras si mirar el agua cristalina o la madera reluciente. Gracias al trabajo de sus manos, el parque recobró el esplendor de antaño.

Al acabar, el chico abrió el saquito que le había dado tiempo atrás el herrero, aunque para entonces ya se imaginaba lo que contenía: semillas. Claro. Las sembró, las regó con mimo. Tímidamente, el parque movió la ramas de los nuevos árboles en señal de agradecimiento, y le sonrió meciendo la hierba renacida. El chico se sentó en la misma piedra del primer día, cruzado de piernas, y se llenó los pulmones del aire limpio del parque, y contempló el paisaje que había creado con sus propias manos. Un paisaje hermoso aunque incompleto: aguardaba que los días y las lluvias y el sol y la luna y la brisa hicieran florecer, por fin, el Edelweiss blanco.

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