Y será o no será la verdad, qué más da

No somos conscientes de lo expuestos que estamos. Es decir: sí, compartimos públicamente pedazos de nuestra vida en nuestros Facebooks, Twitters, blogs, etc. Y lo hacemos para que la gente lo sepa, claro. ¿Pero realmente nos damos cuenta de que la gente lo sabe? Yo creo que no.

¿No os ha pasado nunca que colgáis algo en Facebook (un estado, una foto, una canción…) y de repente contesta alguien a quien casi habías olvidado que lo tenías añadido? Entonces te das cuenta de que esa persona, a la que quizá tú tenías oculta porque hace años que no sabes mucho de ella y en el fondo no te interesa su vida, siempre ha estado leyéndote y viendo todo lo que cuelgas. Parece como si sólo nos leyeran quienes responden o interactúan a menudo con nosotros, pero no es así.

Hablaba el otro día con la amiga de un amigo, ella se interesó por los últimos meses de mi vida y me mencionó cierto comentario que puse sobre una visita a Museum, desde diciembre mi nuevo sitio favorito de Barcelona. Yo decía algo como: «Y para mi sorpresa, el más buenorro del local era italiano, con lo que me gustan». Ella había interpretado mi frase a su manera, dándole un sentido muy distinto al que yo pretendía. Quienes me conocen bien, saben que en general odio a los italianos (siempre generalizando, claro: no quita que haya italianos que me encanten -empezando por Nek y sus ojazos-, como Ana Botella tengo amigos italianos, y soy consciente de que es una exageración, una broma entre amigos). Si alguien me causa problemas en un concierto o en medio de la calle durante un viaje, suelen ser italianos, sobre todo italianas, tan raciales ellas. En fin, private jokes, especialmente con mi amiga Esther, que comparte conmigo ese odio irracional.

Pues bien, al descubrir que esta chica había intuido cierta maldad en la frase (la definió como «un puñal»), me di cuenta de que durante estos últimos 3 meses, he podido colgar en Facebook ciertas frases y ciertas canciones y escrito en mi blog ciertas entradas que la gente puede haber interpretado a saber cómo. Compartimos las cosas sin tener en cuenta su posible repercursión, obviando la visión sesgada que dan de nosotros. Nos mostramos al mundo con la falsa seguridad de que los demás entenderán las cosas igual que las entendemos nosotros, que compartirán nuestra felicidad, no entenderán o perdonarán los puñales envenenados que lancemos y sólo verán cosas buenas en nuestras frases más crípticas. Por desgracia, no es así. No puede ser así.

Ya lo dicen en Neon Genesis Evangelion: «Existen muchos Shinji Ikari. Existe el Shinji Ikari que tú crees ser, pero también existe un Shinji Ikari distinto en el corazón de cada una de las personas que te rodean.» Y es cierto: tú te ves de una forma e intentas proyectarlo así, pero después cada persona te ve desde su punto de vista, desde su prisma, se crea una imagen de ti única. Es lógico que sea así.

No me gusta ser explícito a la hora de hablar de mi vida en el blog o en Facebook, prefiero ser más sutil, pero quizá la sutileza es más peligrosa. Es como los mejores libros, las mejores películas o los mejores poemas, esos que no te lanzan el mensaje a la cara sino que lo dejan en el aire para que lo deguste tu imaginación: cada cual los saborea a su manera, y si intercambias sensaciones con otra persona, te sorprenderás al saber que lo habéis interpretado de formas tan diferentes, a veces incluso opuestas.

Estos últimos 3 meses, he olvidado que ante todo había gente leyéndome, gente que no tenía porqué entender igual que yo lo que escribo, gente que podía extrañarse, sentirse incómoda o incluso molestarse ante ciertas cosas. No me arrepiento de nada que haya colgado, no me retracto ni mucho menos. Para nada. ¿Que habré colgado cosas inapropiadas? Seguro. Todos nos equivocamos. Estoy muy contento del proceso que estoy viviendo, estoy muy orgulloso de esta nueva etapa en el blog y mi Facebook es eso: mi Facebook. Pero aún así, os pido disculpas a todos, especialmente a las 113 amigos en común (se dice pronto: 113 personas) que tenía con la persona con quien ya no comparto mi vida, por no haber tenido en cuenta lo que podríais pensar. Pero también espero que recordéis (recordemos: me incluyo en estos consejos) dos cosas.

La primera, que en toda historia del final de una pareja siempre hay dos versiones. Ninguna es más cierta, ninguna es menos cierta. Ninguna es más o menos válida. A menos que seáis bipolares, nadie os puede pedir que entendáis o apoyéis las dos versiones. Yo no os lo pido. Pero por eso mismo, también conviene recordar que nunca hay una víctima y un verdugo, que nunca hay uno que sufre y otro que se alegra. Todos somos víctimas, todos cometemos errores y todos sufrimos, o todos hemos sufrido. Cada cual a su manera y cada cual a su ritmo. Este último año he vivido de cerca unas cuantas rupturas y he aprendido muy bien que nadie se salva de ser imperfecto. Que alguien haya actuado bien o mal dependerá siempre del prisma desde el que lo contemples.

Las cosas ocurren como tienen que ocurrir. Sin más. No hay que perder el tiempo odiando ni echando las culpas. Es lógico decantarse más por una persona, ya lo puse en mi entrada sobre las rupturas, pero no hay que perder de vista que el otro también lleva su carga. Cuando colgamos o contestamos a una foto o a un estado, hay que tener muy presente que lo va a leer todo el mundo, y que ese mundo quizá o quizá no lo comentará con otras personas. En cualquier caso, estás haciendo público tu punto de vista, lo que apoyas y lo que no, y lo que a ti te parece inocente puede sentarle muy mal a otro. Y cuando decimos de alguien: «No le reconozco, cuánto ha cambiado», en verdad deberíamos pensar: «No me he interesado por conocer su historia, saber qué hay detrás de ese cambio».

El otro día, odié a una amiga por cierta respuesta suya en una foto. Lo vi como una traición, no entendí que después de lo que hemos pasado juntos, ella pusiera aquel comentario en aquella foto, precisamente aquella foto. Pero me lo callé. Ayer esa amiga, sin previo aviso, me envió una canción preciosa y entendí que no hay que hablar de traiciones. Simplemente, las cosas ocurren. Nos posicionamos, hablamos, compartimos. No queremos ser malos: sólo intentamos seguir adelante. Nada más. Por eso, me he dado cuenta de que prefiero no juzgar a nadie, y espero que nadie me juzgue a mí tampoco.

En ese sentido, la segunda cosa que debemos recordar es que nadie le puede pedir a una persona que deje de vivir su vida. Es duro, es egoísta, es injusto: lo que queráis. Pero es así. Y Facebook y Twitter y los blogs están para que compartamos nuestras vidas. Para bien y para mal. Quien no quiera entrar en ese juego, está en su derecho. Mi madre no tiene Facebook, por ejemplo. Pero si estamos metidos en la vida 2.0, hay que aceptar que los demás también están viviendo, que nadie nos debe nada, y que habrá cosas que no entendamos y cosas que nos sienten mal, claro, pero es inevitable y está bien que sea así.
 
Cada cual tiene que encontrar su camino. Yo ahora mismo estoy descubriendo el mío. Y a veces tropezaré, por mucho que en adelante intente ser respetuoso (con mi pasado y con toda la gente que tengo añadida), sé que a veces diré frases que chocarán pero espero decir también cosas que hagan sonreír. Colgar canciones bonitas si estoy bien y canciones tristes si estoy mal. Y colgarlas sin maldad. Al final, lo importante es vivir de una forma que nos haga felices. Hay que mantener un mínimo de respeto y compostura, claro. Pido disculpas nuevamente si os ha parecido que había momentos en que no actuaba así. Sé que hay una entrada muy concreta que quizá no fuera acertada y además se prestaba a malentendidos. No hay que olvidar que la gente nos lee y nos interpreta. Al fin y al cabo, compartimos para que nos lean, y nos leen porque compartimos. Pero por eso mismo, porque hay lectores, ¿por qué deberías encerrar una sonrisa en una caja oscura? Si sonríes, es para compartirlo con el mundo. Para mirar de frente al sol y que esa sonrisa sea aún más blanca. Y ya lo siento, pero nunca sabréis cuánto necesitaba sonreír como sonrío ahora.

Black Swan / Cisne negro

El domingo estaba en el tren de vuelta a Barcelona y me dio el ramalazo: me apetecía ir al cine a ver «Cisne negro». Y allí que nos fuimos. Pagué la entrada con ilusión, pero también con cierto escepticismo. Cuando tooodo el mundo pone algo por las nubes, a mí suele decepcionarme. Me pasó con «Misfits», por ejemplo. Y con muchísimas películas que todos adoran y a mí me dejaron indifernete. Falsa alarma: a los 5 minutos ya estaba enamorado de «Cisne negro», y ese enamoramiento duró todo el metraje.

Una historia sobre la obsesión por el perfeccionismo, el frustrante afán de superación al no darse cuenta de que las barreras nos las ponemos nosotros mismos. Culpar a los demás de nuestros miedos y bloqueos. Está claro que no hay que llegar al punto de locura de Nina, pero sí que se pueden extraer lecciones muy interesantes de la lucha de esta bailarina por ser perfecta a través de la imperfección.

Creo que es algo con lo que todos nos podemos sentir identificados. Precisamente, me vino de perlas ver esta película en este momento de mi vida. A veces me preocupa tanto hacer las cosas bien, ir con pies de plomo, que me obsesiono y acabo haciéndolas mal, o de forma forzada. Hay que ser natural, hay que sentir y dejar fluir. Permitir que crezca el cisne negro de nuestro interior para que el cisne blanco que somos brille con todo su esplendor. Como comentamos Jose y yo al salir del cine, es muy significativo que el fundido final sea a blanco.

También debo aplicar esta lección a la hora de bailar: el recuerdo de una noche, con 15 o 16 años, de unos compañeros riéndose de cómo bailaba yo, hace que aún hoy en día baile acartonado e incómodo. Pues no tiene que ser así. Es absurdo que ese recuerdo siga obsesionándome hoy en día. Cisne negro, allá voy.

No es ninguna sorpresa que Natalie Portman borda el papel, llena cada plano. Hubiera sido un tongo que no ganase el Oscar. Más me han sorprendido todos los demás actores y actrices: excelentes Vincent Cassel, Winona Ryder, Mila Kunis y Barbara Hershey. Y me sorprendí especialmente al ponerme cachondísimo con la tórrida escena lésbica. Me consuela saber que no soy el único gay a quien le pasó.

En su día, leí que «Cisne negro» era una adaptación extraoficial de «Perfect Blue«, gran película del genio del anime Satoshi Kon. En su día, Darren Aronofsky compró los derechos de «Perfect Blue» para poder recrear la escena de la bañera en su «Réquiem por un sueño». Y es cierto que entre «Perfect Blue» y «Cisne negro» hay muchas similitudes y paralelismos innegables, pero más que adaptación habría que hablar de inspiración. Parten de una premisa parecida para conseguir un resultado distinto y único. Las protagonistas se llaman de forma sospechosamente similar (Mima y Nina), una es cantante J-Pop y la otra bailarina, pero ambas llevan tutú; ambas sienten la presión de ser perfectas en su trabajo, ambas tienen que enfrentarse a cambios drásticos y romper tabúes para dejar de ser esas niñas sobreprotegidas e ingenuas, ambas empiezan a tener alucinaciones y sufrir la persecución de una doble suya.

La historia, la forma de retratar esa obsesión y la resolución final son muy distintas, aunque bien es cierto que «Cisne negro» podría haber tenido otros últimos 5 minutos (sin alterar nada más del metraje) y acabar igual que «Perfect Blue»: los personajes de la madre de Nina y la asistente de Mima no son tan diferentes. Aún así, Darren Aronofsky ha conseguido explotar la idea desde su punto de vista y darle suficiente personalidad a su historia y suficiente alma a sus personajes de forma que, por mucho que estuvieras sobre aviso, no pensarás en «Perfect Blue» en ningún momento mientras ves «Cisne negro». Sólo al hacer balance el día después, te das cuenta de esos paralelismos. Es muy interesante comprobar lo que ha hecho Aronofsky cuando conoces el material original.

Conclusión: no tengáis miedo de que os decepcione, hay que verla. Hay que estar dispuesto a cambiar para llegar a ser uno mismo.

Una noche en el Bar del Oro

(Pues vaya, toda la vida pensando que era «Una noche en el Bar de Loro» y resulta que es «Una noche en el Bar del Oro». Qué cosas.)

Semanas atrás, hice un top de canciones de Fangoria. Otro de mis grupos «de siempre» que he recuperado estos días de cambios y relecturas y redescubrimientos es Mecano. Creo que estoy escuchando más música en español últimamente que en toda mi vida. Mecano me gustaban desde pequeño, claro, cuando con mis padres viajábamos en verano por toda Europa y nuestra banda sonora (para desgracia de mi madre, que detesta a Ana Torroja y su voz) era el cassette de «Descanso Dominical» desgastándose en mi reproductor de juguete. También tenía cassettes con sintonías del Equipo A y de series de dibujos animados, pero «Descanso Dominical» era mi favorito. Eran aquellos tiempos en que para ir de una canción que te gustaba a la siguiente, tenías que rebobinar, ir parando y darle al play para comprobar si ya habías llegado al punto correcto. Intentabas en vano aprender a descifrar ese sonido agudo al giraren avance rápido, tan agudo que parecía que la cinta iba a romperse en cualquier momento.

Llevaba tiempo con la idea de seleccionar mis 10 canciones favoritas de Mecano, y voy a hacerlo ahora, antes de que saquen otro recopilatorio o, peor, el inevitable Mecano Papito (Cobraestilo: ya sabes que te lo regalaré). Creé una lista de reproducción en Spotify, empecé a seleccionar añadir todas las que me gustaban MUCHO… y acabé con casi 40. Básicamente, el 90% del recopilatorio «Ana, Jose, Nacho» más 5 o 6 que no estaban incluidas ahí y adoro igual. Como eso no era una selección ni era nada, lo he reducido a 14, como el top de Fangoria. Por desgracia, han quedado fuera muchísimas de mis canciones favoritas, y el orden (excepto las 5 primeras) me ha costado horrores decidirlo. Supongo que son canciones con las que he crecido y vivido, y sería como tener que decidir entre tus hermanos favoritos (si tuvieras 40 hermanos, claro). Así que cuando veais que no están temas míticos como «Me Cuesta Tanto Olvidarte» (sí hijos, sí: lo siento), «Cruz De Navajas», «Quédate En Madrid» o «Me Colé En Una Fiesta» no penséis que no me gustan: pensad que estaban todas en el puesto #15.

14. El 7 de Septiembre (Versión Acústica)
No sé por qué, prefiero la versión acústica a la normal. Supongo que es aún más triste y melancólica. Está basada en una historia real, y eso se nota, es demasiado especial para que haya salido de la nada.
No sabremos si besarnos en la cara o en los labios.

13. Me Voy De Casa
Descubrí este tema tarde, hará 2 o 3 años, cuando me compré el imprescindible boxset que incluía todos los discos de Mecano al verlo de oferta en la FNAC. Qué melodía más rara, qué forma de estructurar las frases y qué poco dura. De este álbum también me fascinó el bonus track, «Quiero Vivir En La Ciudad».
Al salir de casa dió un portazo tremendo, todos se quedaron sin la respiración.

12. Otro Muerto
Qué canción más triste y más cierta. Me pareció fascinante desde la primera vez que les vi cantarla en alguna entrega de premios o gala similar. (¿Quizá en esos Premios Amigo donde la Naranjo se quitó la peluca, quedándose calva, y Mecano anunció su disolución definitiva? Igual no ocurrieron el mismo año, pero en mi memoria asocio ambos hechos.)
Yo no sé ni quiero de las razones que dan derecho a matar; deben ser la hostia, porque el que muere, no vive más.

11. Un Año Más
Tanto seleccionar y acabo poniendo una de las canciones más típicas y sobadas de todo el repertorio de Mecano. Pero es preciosa, tan perfecta que no me importa escucharla cualquier día, aunque no sea 31 de Diciembre. Mecano eran expertos en coger algo cotidiano y describirlo tal cual es y que parezca mágico precisamente por eso: por su normalidad.
Y a ver si espabilamos los que estamos vivos, y en el año que viene nos reímos.

10. Héroes De La Antártida
Siempre me ha parecido fascinante este tema. Épico, pretencioso, muy electrónico, muy poco Mecano… y al mismo tiempo, 100% Mecano.
No hubo Dios ni hubo Reina, sólo nieves eternas en la Antártida.

09. Hijo De La Luna
No podía faltar. También sobadísima, pero se lo merece. Cogen una historia y la envuelven de una aura única, la convierten en una leyenda preciosa. Los fantásticos arreglos ayudan, claro.
Y si el niño llora, menguará la luna para hacerle una cuna.

08. El Uno, El Dos, El Tres
Empiezan las elecciones más personales. «Aidalai» es un disco casi perfecto (sólo sobra la espantosa «Bailando Salsa») y este tema sobre perder la magia emociona especialmente por su sinceridad. La verdad es que no fueron muy sutiles a la hora de avisar que Mecano terminaba.
Cuando no queda cerilla ya, es el dedo lo que arde.

07. Los Piratas Del Amor
Quizá es porque me machacaron con ella los del Club Disney, pero siempre he adorado esta canción, y desde que tengo Spotify, la he escuchado bastante y con cada escucha gana puntos. Es bastante hortera… pero eso no es malo. Esos coros…
Con la risa se forjó la cadena entre los dos.

06.
No tengo palabras para describir lo romántica que me parece esta canción. La voz de Ana está perfecta aquí, con esa fragilidad tan suya y esa vulnerabilidad al saberse absolutamente enamorada y en las manos del otro. Necesito imperiosamente hacer el amor un día con esto sonando de fondo.
Y hoy «yo» se dice así: tú, tú, tú, tú…

05. El Cine
Quizá os sorprenderá encontrar tan alta una canción que no fue single ni nada, pero la adoro desde crío. Hay que tener mucho talento para coger algo tan corriente (tan vulgar, incluso) como ir al cine, describirlo punto por punto… y convertirlo en algo tan fascinante. Quizá ésa es la gracia, que todos nos podemos sentir identificados.
No me ponga delante, ni tampoco detrás. 

04. Stereosexual
Siempre me ha gustado tantísimo esta canción que con el tiempo me ha sorprendido ir descubriendo que  casi todos la odian, ya sea por su producción over the top o por esa letra que podría entenderse de forma ofensiva. Yo no lo veo así. La letra me parece muy divertida, y a mí ponme unos coros pseudo-gospel y ya me tienes ganado. Siempre habían jugado con la gracia de que Ana cantase letras «masculinas», y aquí rizaron el rizo. (Por cierto, no sé vosotros, pero yo siempre he interpretado el final como que seguirá degustando el sexo anal, aunque sea con tías.)
Debí mezclar ayer hasta volverme maricón.

03. Naturaleza Muerta
Suerte que rescataron este temazo que Mocedades desaprovechó con una versión tan peñazo que pasó sin pena ni gloria. Le cambiaron la producción y consiguieron lo mismo que con «Hijo De La Luna»: coger una triste historia de desamor y volverla épica. Magistral esa representación del mar como alguien que mata por celos. En los días tontos, me hace llorar.
Cuando hay tempestad, las olas las provoca Miguel luchando a muerte con el mar.

02. Una Rosa Es Una Rosa
Es muy, muy hortera, lo reconozco, pero algo debe tener para que me apasione tanto aun imitando el flamenco, un género que suelo ignorar. Quizá sea ese simbolismo del amor como una rosa: una flor preciosa y roja que te puede pinchar si no coges bien su tallo. Pero mira, esas heridas hacen que tu piel se vuelva más sabia.
Amar es el empiece de la palabra amargura.

01. La Fuerza Del Destino
Ésta no sólo me parece la mejor canción de Mecano, sino también la más bonita de la música pop en español. Tan exagerado y tan cierto como suena. Me gusta especialmente ese título tan poderoso para una historia de amor narrada de forma tan coloquial. Pero supongo que así son todas estas historias: normales y poderosas. Y siempre viene bien recordar que aunque las cosas no salgan como planeabas en el primer momento, eso no significa nada: si tiene que pasar, la fuerza del destino os hará repetir.
Tu corazón fue lo que me acabó de enamorar.

Come fly with me

Lo bueno de las series británicas es que sus temporadas sólo tienen 6 capítulos, así que puedes ventilártelas en una tarde si te apetece (y si no son soporíferas, claro, como es el caso de -y lo siento porque me odiarán todos mis amigos que la disfrutan, que son muchos- «Misfits», la cual me provocaba una somnolencia instantánea de puro aburrimiento). En el caso de «Come Fly With Me», lo nuevo de Matt Lucas y David Walliams después de la genial «Little Britain», lo he dosificado un poco, pero vaya: la empecé a ver el domingo pasado en casa de Cloud y este viernes ya la había terminado. Nada que ver con el desafío de tragarse una temporada entera de 24 capítulos de alguna serie estadounidense. A los británicos no les gusta hacer perder el tiempo, y se nota.

«Come Fly With Me» nos cuenta el día a día en un aeropuerto a través de toda la gente que trabaja allí y de algunos de sus visitantes. No les ha salido tan redondo como «Little Britain», no han encontrado ni de lejos personajes tan carismáticos como Vicky Pollard, Andy y Lou, Daffyd, Emily Howard, Marjorie Dawes o Bubble Devere, pero aún así sorprende la cantidad y la variedad de gags, historias y personajes distintos (pero muy identificables) que han sacado de un entorno teóricamente tan limitado como un aeropuerto.

La idea es la misma que en «Little Britain»: coger los tópicos y llevarlos al extremo, exagerar todas esas situaciones que hemos sufrido o que hemos presenciado hasta que te desternilles de risa, desafiar siempre el buen gusto y lo políticamente correcto. La mayoría de personajes están interpretados por los propios Matt Lucas y David Walliams, y como siempre las caracterizaciones son tan, tan buenas que consiguen que te olvides de que son ellos.

Por destacar algún personaje, destaco a Precious, la camarera nega que se inventa excusas para poder cerrar la cafetería cada día nada más abrirla. Su «We got coffee, we got tea, we got water, we got FIRE» es brutal. Las dos azafatas del mostrador de FlyLo, con su rivalidad disfrazada de amistad, son muy divertidas también. El azafato Fergal es un claro intento de conseguir un nuevo Daffyd; no lo consiguen, pero aún así su patético empeño en ser el mejor azafato provoca más de una risa. Hay cameos de famosos, claro, como Geri Halliwell o David Schwimmer (buenísima su escena, por cierto). La azafata de primera clase Penny nos brinda algunos de los mejores gags, como ése donde una ayudante de la Princesa Ana le aclara qué frutas le gustan a la princesa en la macedonia.

Pero como siempre, Matt y David brillan al retratar a los matrimonios desgastados, con sus mujeres tiranas y sus maridos sumisos. Ya en «Little Britain USA» me partía de risa con ese matrimonio donde la mujer no hablaba jamás y el hombre se dirigía a ella con una mezcla de tedio y devoción. Aquí, tenemos por ejemplo al matrimonio de pilotos: tras una infidelidad por parte de él, la mujer estudió y se examinó de piloto de avión para poder trabajar con él y tenerlo controlado. Sus gags son los mejores.

Y de la mano de otro de los matrimonios llega una de las pocas frases con gancho de la serie: «We had the Holidays from Hell» repite siempre Judith al llegar al mostrador después de unas vacaciones catastróficas. Son los típicos que siempre se quejan de todo, con el añadido de que ella no permite que el marido se explique, siempre lo interrumpe. Es de esos gags recurrentes que ganan cuanto más lo repiten. Imposible contener la carcajada cuando la sexta vez, Judith dice: «Hemos tenido, y no me voy a andar con rodeos, las Vacaciones del Infierno».

No perderé el sueño si no hay una segunda temporada, pero han sido 6 capítulos muy entretenidos y me ha entrado el gusanillo de volver a ver «Little Britain». Echadle un vistazo, en el peor de los casos sólo perderéis dos horas y media viéndola.

Javier Montes – Segunda parte

Fue la reseña de esta «Segunda parte» en la revista Qué Leer lo que me llevó a hacerme con los dos libros de Javier Montes. Primero me leí «Los penúltimos», una joya de la que ya hablé aquí mismo hace unos días. Y aunque (por el argumento, el primer capítulo, la portada y en realidad todo) estaba convencido de que este segundo libro me gustaría mucho más, debo admitir que me ha decepcionado un pelín. La sinopsis es la siguiente:

¿Qué heredamos de los ausentes? ¿Cuánto –o hasta cuándo– está permitido echarlos de menos? ¿Hablan las cosas cuando desaparece su dueño? ¿Es más dulce el amor o su recuerdo? 

A traición –astuto como siempre o más inocente que nunca–, Rule aprovecha el momento cumbre de una boda en el campo para anunciar a Miguel su mudanza a Río de Janeiro. En Madrid, una anciana directora de cine prepara un remake de su primera película. Precisamente desde Brasil viaja el joven actor que sustituirá a Farley Granger, la estrella menor de Hollywood que la protagonizó en secreto. 

El riesgo del olvido y los peligros de la buena memoria; los castings para reemplazar un amor vacante; los padres que se modernizan sin dejar de ser terribles; la tentación dolorosa de nuevas oportunidades y segundas partes.

No es que segundas partes nunca sean buenas («Segunda parte» no tiene nada que ver con «Los penúltimos»), pero creo que la historia daba para más, mucho más. No me suele ocurrir que a un libro le eche en falta 100 páginas, y menos hoy en día que apenas tengo tiempo y suelo optar por libros cortitos, pero en este caso ha sido así: me hubiera gustado leer más de Miguel y Fred y Patricia y los padres de Miguel y, claro, Rule. Supongo que en el fondo es bueno eso de que un libro te deje con ganas de más.

Javier Montes sigue con su habilidad única para captar lo único en lo cotidiano. No dice nada nuevo, pero lo dice de tal manera que parece que alguien te esté hablando por primera vez de todo eso. Utiliza un lenguaje llano, muy actual, para emocionarte como nadie describiendo exactamente cómo se siente la pérdida, cómo siempre el olvido parece imposible al principio, cómo se enfrenta uno tras la ruptura al proceso de aterrizar y seguir adelante.

La mirada de este escritor se fija en los detalles que a otros nos pasarían por alto, saca brillo a un simple gesto, un simple recuerdo, un simple paseo por el Madrid de siempre. Es increíble la sustancia que extrae Javier Montes de las minucias de nuestro día a día. Su prosa es tan sencilla como mágica, enlaza una emoción tras otra; se lee sola, como al beber limonada en pleno agosto. Sus diálogos son tan naturales y distinguen tan bien las voces de los personajes que parece que estés oyéndoles hablar, no leyéndoles.

Me ha gustado especialmente la relación entre Miguel y su madre. Después de dos gestos y dos frases entre ellos, te da la sensación de que ya los conoces de siempre, son parte de tu familia y comprendes muy bien su forma de entenderse. También tienes esa sensación con Rule y Miguel: nunca se dan demasiados detalles de cómo funcionaba su relación o cómo se conocieron siquiera, pero de algún modo, lo sabes.

En resumen: «Segunda parte» no es tan perfecto como «Los penúltimos», pero merece mucho la pena leerlo. Estaré muy atento a los próximo libros de Javier Montes.

Y como mis dos párrafos favoritos del libro están en sus últimas páginas y no quiero spoilearos el final, voy a poneros un trocito de una página aleatoria de «Segunda parte»:

Los dos soñaban mucho despiertos: en eso como en otras cosas se parecían, aunque costaba verlo y a primera vista no podían resultar más distintos. Pero Rule soñaba para fuera y Miguel más bien para dentro. Las vidas paralelas de Rule eran prácticas y pedían ser llevadas a la práctica, aunque casi siempre se quedasen en nada. Miguel era más de estar en Babia de una forma que quizá había heredado de su padre: toqueteaba las ideas como quien palpa y no compra fruta en el mercado, mirando las que parecían maduras y podían pensarse a conciencia, olisqueándolas por la punta y sólo después de muchas dudas decidiéndose por una y guardándola todavía al fresco un tiempo antes de abrirla y probarla.
(Javier Montes, Segunda parte)