The edge of glory

I’m on the edge of something final we call life tonight.

Flotando junto al Maremàgnum hay un par de boyas (creo que son boyas, vaya). Es muy posible que no os hayáis fijado en ellas, no son especialmente bonitas pero a mí siempre me han llamado la atención. Son blancas, representan sendas personas con las manos cruzadas y la mirada fija en el cielo. Me gusta pensar que caminaban con prisas, angustiadas, tenían algún compromiso ineludible, muchos problemas… y de repente se detuvieron para mirar al cielo. Y así se quedaron, sonriéndole al sol. Ahora flotan tranquilamente, sin perder la sonrisa, disfrutando de ese instante, sus preocupaciones ya muy lejos, apreciando lo que tienen ahora.

El otro día me pasé un buen rato sentado frente a una de ellas, la más cercana a la entrada del centro comercial. Sonreía embobado, mientras escuchaba música y la boya humana flotaba, iba y venía. Decenas de gaviotas volaban a su alrededor; de vez en cuando, alguna se posaba a sus pies unos segundos y luego retomaba el vuelo. A su alrededor, los peces devoraban impacientes el pan que les tiraba algún turista buenorro. La boya no se cansaba de dar pequeños bandazos, no dejaba de mirar al sol, feliz. ¿Y yo? Yo estaba muy tranquilo, consciente de que sólo unos pocos minutos me separaban de comprarme un par de camisas nuevas que me encantan y de saborear un frapuccino de caramelo delicioso leyendo un buen libro.

Si hay una canción que exprese perfectamente en qué consiste esta sensación, es por supuesto «The Edge Of Glory» de Lady Gaga. El borde de la gloria. Bien lo saben mis contactos de Facebook: llevo una semana dando la vara con ella. Pero es que desde el primer momento se ha convertido en mi canción fetiche de este 2011. Lanzando esto, le perdono todos los «Born This Way» y «Judas» que quiera. Me gusta que cante con tanto entusiasmo acerca de ese momento en el que sabes que lo mejor todavía está por llegar pero eso no te impide disfrutar de ese saxo, de todo lo bueno que ya tienes. Al contrario: lo disfrutas aún más.

Me hubiera gustado que sonase en las manifestaciones de ayer. Bueno, en mi mente sonó. Es un himno optimista muy necesario. Si este «ahora» es tan espectacular, imagínate cómo será el futuro.

David Monteagudo – Marcos Montes

Si pones tanto empeño en pasar desapercibido, en que te dejen en paz… corres el riesgo de conseguirlo, de que realmente la gente se olvide de que estás ahí.

Después del impactante Fin, no sabía muy bien qué esperar del segundo libro de este autor gallego afincado en Cataluña. Me sorprendió su extensión, apenas un relato largo de 100 páginas. Y, dada su temática (un minero se queda atrapado tras un accidente), ya supuse que lo habían publicado antes que otros libros que David Monteagudo ya tiene preparados, aprovechando la repercusión de aquella noticia sobre el rescate de los 33 mineros de Chile.

«Marcos Montes» impacta. No tanto como «Fin», ni de lejos, pero lo hace. Y lo hace a pesar de sus muchos fallos, de momentos en los que parece que la novela descarrilará (ese extenso y ridículo diálogo del tercer capítulo…) y a pesar de volverse muy previsible a partir de cierto punto. Se nota además cierto regusto autobiográfico que «Fin» no tenía: al leer acerca del trabajo en la mina, monótono, mecánico y al mismo tiempo peligroso, trabajo solitario en el que el protagonista consigue refugiarse, abstraerse por completo y reflexionar horas y horas sobre sus cosas, no pude evitar acordarme de que este escritor -de una sensibilidad tan especial- trabaja en una fábrica de cartones.

Parece que David Monteagudo es experto en someter a sus personajes a una experiencia traumática, una amenaza tan absoluta como desconocida, nunca queda claro lo que ocurre: los personajes corren peligro, lo sienten ellos y lo sientes tú, de repente se crea una densa atmósfera de terror (ya sea en los exteriores soleados de «Fin» o la oscuridad total de la mina de «Marcos Montes»), pero nadie puede precisar cómo ni porqué hemos llegado a este punto. Quizá por eso da tanto miedo, tanta angustia. Y es precisamente el peso de esta amenaza invisible lo que obliga a los personajes a enfrentarse a sus propios miedos y sus traumas, les sirve de catarsis para que evolucionen, aprendan, se perdonen. Palpando las paredes y las vigas de la mina, avanzando hacia un futuro incierto, Marcos descubrirá que nunca es demasiado tarde para superar el sentimiento de culpa y luchará contra los peligros de querer pasar desapercibido.

Me ha gustado, pero como libro es muy, muy inferior a «Fin»; de hecho, David Monteagudo lo escribió antes y se nota, su prosa aquí es más inexperta, insegura. No le habría venido mal una reescritura prescindiendo de ciertos pasajes (y de Gabriel, sobre todo prescindiendo de Gabriel), apostando por la soledad pura y dura de Marcos, su viaje catárquico. Espero que para el siguiente libro publicado de este escritor, la editorial se guíe por la calidad del libro y no por el oportunismo de su temática, porque lo contrario sería injusto para tanto talento.

Pensó que sería un sufrimiento inútil, el que padecería ella, como lo eran todos los que los seres humanos se empecinaban en cultivar anticipando, temiendo desgracias que la mayoría de las veces no llegan a cumplirse.

Midnight in Paris

Parecía difícil reconciliarse con el actual Woody Allen tras la infame «Vicky Cristina Barcelona». Difícil pero no imposible, porque con «Midnight in Paris» me ha vuelto a enamorar, y de qué manera. Tenía que ser en París, claro: mi segunda ciudad favorita detrás de Barcelona. Andaba con la idea de volver a París, de hecho andaba con varias ideas y dudas en la cabeza, y todas las he visto reflejadas en la pantalla. Mis aprendizajes de los últimos meses resumidos en un delicioso cuento de hora y media. La magia del cine, ¿no?

Quizá a vosotros no os guste tanto, quizá no la consideréis la mejor película de Woody Allen en muchos años (yo sí, y de lejos), pero en cualquier caso creo que estamos ante un buen film, una comedia más que entretenida. Y un homenaje a una ciudad fascinante. Un homenaje auténtico, no el homenaje a una Barcelona de postal acartonada de «Vicky Cristina Barcelona». Viéndola, respiras París, el París que te gusta, el que recuerdas, el que esperas conocer algún día o al que sabes que volverás pronto.

«Midnight in Paris» desenmascara las trampas de la nostalgia. Creer que cualquier pasado fue mejor es muy cómodo. Tan cómodo como depositar todas tus ilusiones en un futuro lejano (terminaré este libro, tendré dinero, nos casaremos, viviremos aquí o allá). Depender de otros tiempos a los que jamás podrás viajar es cómodo sí, pero poco útil. Te refugias en ellos porque no podrán decepcionarte, son fantasías idealizadas de algo que podría ser o podría haber sido, y las guardas a buen recaudo en tu imaginación. Las utilizas de colchón, de excusa para justificar que tu vida actual no te gusta. Pero la única felicidad que puedes disfrutar es la del presente. El presente, tu presente, con sus defectos e insatisfacciones inevitables, pero también con todos esos pequeños detalles que lo llenan todo y que hay que ser capaces de apreciar y compartir. Una canción de Cole Porter o la lluvia iluminando tu ciudad favorita.

Para explicarnos (recordarnos) todo esto, Woody Allen zambulle a su protagonista, Gil Pender (un Owen Wilson muy correcto), en una curiosa, imposible aventura de la que os recomiendo no saber demasiado. Abrid la mente y dejaos sorprender, dejaos acompañar por esa galería de personajes variopintos que recorren las calles y cafés de París. Bailad, enamoraos, pasead. Aprended con ellos que ese pasado tan mitificado, en su día fue el único presente para gente que también ansiaba haber vivido en otra época.

Creo que lo mejor que se puede decir de una película es que te ha hecho salir de la sala con una sonrisa tan inmensa que no ves el momento de que la saquen en DVD y así poder disfrutarla una y otra vez. Así salí yo ayer de los cines Verdi. Y diría que no fui el único, porque hubo numerosos aplausos al terminar -algo que sólo había visto en festivales de cine- y muchos nos quedamos sentados hasta el final de los títulos de créditos, como si necesitásemos unos últimos minutos para acabar de saborear esa medianoche lluviosa en París.

Ian McEwan – Chesil Beach

Eran demasiado educados, contenidos, timoratos, daban vueltas de puntillas alrededor del otro, murmurando, susurrando, aplazando, accediendo.

Conocí este libro a través de una clienta de mi antigua librería que siempre hablaba maravillas de él. Ella era muy fan de «La soledad de los números primos», así que me fiaba de su criterio. Pero hasta ahora, cuando ya hace casi un año que no veo a dicha clienta, no he leído «Chesil Beach», he tardado mucho, demasiado en seguir su recomendación. Me gustaría poder comentárselo. Intercambiar opiniones y, sobre todo, ver si estoy en lo cierto y este libro me ha ayudado a entender la peculiar relación que tenía ella con su marido. Estaban casados, claro, y muy enamorados, pero vivían en pisos distintos del mismo edificio. Curioso.

«Era su noche de bodas y no tenían nada que decirse»: con esta frase lapidaria Ian McEwan nos pone en situación y ya nos advierte del pequeño drama que presenciaremos. En poco más de 150 páginas, disecciona con precisión a esta pareja, desgrana el recorrido que les ha llevado a esa suite nupcial, sus fantasías, sus deseos y sus miedos. La prosa del autor, al que inexplicablemente no había leído todavía, es muy natural, muy elegante, muy británica. El narrador está en la habitación con Edward y Florence, pero es lo bastante discreto como para no interferir. No les juzga: nos muestra a ambos personajes tal como son, deja que sean ellos los que actúen, piensen, hablen, decidan.

La novela está ambientada en la Inglaterra de 1962 pero creo que esto es puro adorno: el tema es universal, atemporal. «Chesil Beach» nos presenta el sexo como liberación, como consumación, como meta, pero también (y sobre todo) como muralla. Y ese mismo sexo que debería sellar la unión de Edward y Florence es lo que los mantiene separados. Se diría que una pareja puede luchar contra todas las diferencias (de estatus, de edad, de ideología, de gustos…), aprender a amoldarse al otro e incluso crecer gracias a esas diferencias, pero en cuanto al sexo, ahí en toda pareja debe existir una sincronicidad absoluta. De lo contrario, todo se derrumba.

Como las piedras de la playa junto a la que se asienta el hotel, el tiempo y la experiencia han moldeado a Edward y Florence de forma parecida, los han ido erosionando poco a poco, limándolos, por eso esta noche se parecen tanto el uno al otro y en el fondo quieren cosas tan similares. Son igualmente libres, se han desprendido de la sombra de sus padres y de su educación, de repente se descubren a sí mismos en la edad adulta y buscan refugio mútuo. Pero la marea es caprichosa y la playa, demasiado extensa: a lo largo de su costa, las piedras se amontonan por separado, distribuyéndose en categorías, según sus sutiles diferencias de tamaño. Una piedra pequeña jamás podrá estar junto a una piedra grande, aunque ambas sean piedras y producto del mismo mar.

«Chesil Beach» habla de una única noche que cambia por completo dos vidas, las marca a fuego. Acongoja que la mayor parte de la novela describa dos, tres horas como máximo y en cambio las últimas diez páginas resuman cuarenta años completos. Así es la vida: años que avanzan a velocidad de vértigo, casi imposibles de recordar, y unos pocos momentos críticos inolvidables. Un cúmulo de acciones y decisiones, algunas tan trascendentes que por si acaso conviene decidir siempre sabiamente, porque podrías cambiarlo todo. Y al cabo de los años desearás haber elegido o actuado distinto, pero en realidad acabarás dándote cuenta de que elegiste la única opción posible: tenías que vivir esta vida, ésta y no otra.

Pero todo eso, claro, todavía no lo saben los advenedizos Florence y Edward mientras terminan su primera cena como matrimonio y se miran nerviosos, conscientes de lo que ocurrirá en pocos minutos en el dormitorio, de lo que tiene que ocurrir, de lo que se espera que ocurra entre ellos. A veces uno tarda años en descubrir que es posible salirse del camino prefijado, desprenderse de las expectativas que los demás han depositado en uno. No es exactamente ser libre, es ser uno mismo.

Cruzara la frontera que cruzase, siempre había otra nueva esperándola. Cada concesión que hacía aumentaba la exigencia, y luego el desencanto. (…) Quería estar enamorada y ser ella misma. Pero para ser ella misma tenía que decir que no a cada paso. Y entonces ya no era ella.

Just say yes

«¿No le interesa probar?»: en mi antiguo trabajo estaba vetado preguntar eso porque al empezar la pregunta con un «no» invitabas a que te respondieran justo eso: «No». «No me interesa probar.» Así, debíamos recordar que la pregunta más recomendable siempre era: «¿Verdad que le parece interesante probar?». En realidad estabas preguntando lo mismo, pero predisponiendo a la persona a responderte «Sí». O eso decían mis jefas. También recomendaban evitar los verbos conjugados en condicional: había que mostrarse seguro de uno mismo.

Yo me mantenía escéptico, me parecía una chorrada que algo tan simple como el vocabulario modificase hasta ese punto la voluntad del cliente. Eras buen vendedor o no lo eras, querían comprar o no querían comprar. Nada más. Pero pronto me di cuenta de que precisamente sólo eran los buenos vendedores los que seguían -a menudo inconscientemente- esas pautas, esas frases positivas. Y con los años he comprobado que todo esto también se puede aplicar al día a día de cualquier persona. Me gusta pensar que de un trabajo como aquél he podido extraer como mínimo una enseñanza tan útil.

Los buenos escritores lo son, precisamente, porque han sabido elegir las mejores palabras, o incluso las únicas palabras posibles, para transmitirle al lector exactamente lo que querían, y tal cómo querían. De esa capacidad para elegir palabras depende su talento. Sí, mis antiguas jefas tenían razón: las palabras son muy importantes. Se puede decir lo mismo de muchas formas, pero cada una expresará esa misma cosa con un matiz muy distinto. No es exactamente lo mismo decir «No me gusta nada la cerveza sin alcohol» que decir «La auténtica cerveza tiene que llevar alcohol, es mucho más buena así», ni tampoco decir «Odio la telebasura» que decir «Me río más con las reposiciones de comedias».

Si siempre te estás quejando o compadeciéndote de ti mismo, si en todas tus frases utilizas negaciones y expresiones «oscuras», al final es tu mirada del mundo la que se empaña de tanta negatividad y se ennegrece, como si lo contemplaras todo a través de unas gafas de sol tan opacas que no te permiten disfrutar la experiencia entera, colorista y brillante. No sólo eso: las palabras que decimos y escribimos nos desnudan ante los demás, determinan la visión que ellos tienen de nosotros. ¿Cómo van a pensar que eres optimista si siempre te quejas, si no dejas espacio para un mínimo de color? ¿Cómo te va a querer alguien si en vez de sonreír y hacer reír a los que te rodean, vas lamentándote por cada rincón? ¿Cómo te van a invitar a la prom night? ¿Cómo van a querer compartir piso contigo? A menos que seas emo y vivas rodeado de emos, a nadie le gusta la gente triste.

Así que, además de todos los pequeños trucos que comentaba el otro día para cambiar de chip, os animo a reducir las quejas y lamentaciones de vuestra vida diaria. Cambiad los «no» por «sí», los «no me gusta el helado de chocolate» por «prefiero el helado de limón», los «detesto la playa» por «qué bien se está en la montaña». Quitaos esas gafas de sol imaginarias. Abrid bien los ojos, contemplad y disfrutad de lo que os rodea. Coged un caleidoscopio si hace falta, quizá os ayudará a encontrar siempre las palabras correctas. Los problemas seguirán ahí, claro, nada los borrará, pero al hablar y escribir en clave positiva, en seguida aparecerán ante vuestros ojos cosas buenas, y estas cosas buenas os darán fuerzas, y esas fuerzas os harán sonreír un poquito más. Y de esa sonrisa sólo podrá brotar un bonito «sí». Ésa y no otra es siempre la palabra que precede a nuestros mejores momentos. Sí.