Renovarse o morir. No rebelarse contra los caminos del mundo (que diría el Dokkôdô). Saber seguir el avance de los tiempos; dejar que las cosas fluyan, y tú con ellas. Le recomendaría a Lucía Etxebarria echarle un vistazo muy atento a esta película, después de su última polémica. La tecnología avanza, y debemos ser capaces de utilizarla a nuestro favor.
Promocionan The Artist como una historia de amor, y la hay, y es preciosa, pero la verdadera columna vertebral de la película es la historia de un actor de cine mudo que entra en decadencia con la llegada del cine sonoro. Él ridiculiza el invento, y la industria y el público le dan la espalda. Jean Dujardin borda el papel de galán crápula y a la vez tierno, en horas bajas, pero con empuje suficiente para salir adelante.
La película es en blanco y negro y, rizando el rizo de los riesgos comerciales, es muda a lo largo del 99% del metraje. No hay voces ni más sonidos que la música, gran banda sonora que refuerza cada escena. El ya mencionado Jean Dujardin y la encantadora Bérénice Bejo brillan como el dúo protagonista, son muy expresivos porque la película se tiene que apoyar en sus gestos, miradas y expresiones pero nunca caen en lo ridículo. Ambos están arropados por un gran elenco de secundarios y un equipo técnico que consiguen trasladarnos a una forma de hacer cine que ya no existe. A los dos minutos de empezar te olvidas de que la película sea de una forma o de otra y simplemente disfrutas de lo que te están contando.
Mis momentos favoritos: la pesadilla (donde el director se atreve a jugar con el sonido atronador) y el abrazo de la protagonista, Peppy Miller, con la chaqueta de George Valentin. Emocionante. ¿He hablado ya de la música? ¿De la expresividad de los actores? ¿De cómo juegan con el montaje y los sonidos y los carteles de texto? ¿He dicho ya que tenéis que verla todos?
Ahora la han estrenado en pocos cines, pero dentro de unos meses la reestrenarán por todo lo alto porque arrasará en las ceremonias de premios. Quiero creerlo. Tendría que ser así, porque es un homenaje al cine. Al cine de verdad, al que quiere emocionar y contar historias y hacerlo bien, por encima de las previsiones de ingresos en taquilla y el merchandising. Da gusto poder ir al cine a ver precisamente eso: cine.









