Starting today I’m not gonna waste another moment

Vértigo: Sensación de inseguridad y miedo
a precipitarse desde una altura.

Estar encerrado en casa curándote de un gripazo te da tiempo de sobras para pensar. Y no todo es pensar en cosas buenas, claro. Pero piensas por ejemplo en todos esos días que terminan y no sabes qué decir de ellos. Como si aún tuvieras 15 años y sólo pudieras hablar de los chicos que vas conociendo y no del recuerdo de la planta que parecía una palmera, la viste en un balcón, con sus hojas camuflándose en una pared verde, un pedazo del Caribe en Barcelona. Quizá esos días vacíos no tuviste tiempo para pensar. Ahora sí. Y la vida es eso: detenerse a pensar, detenerse a observar. Detenerse como método para avanzar.

Han sido días curiosos. Medio grogui por la medicación, no me apetecía leer, ni ver series o películas, apenas escuchaba música y no escribía tanto como quería (pero escribía: eso es inamovible). Todo lo que me llena, aplazado. Suerte de José Luis Sampedro, esos 10 minutos oyéndole hablar en la televisión me alimentaron el alma como un buen caldo caliente. Yo ni siquiera podía hablar, porque estaba afónico. Me dio por pensar que así deben sentirse los monjes zen en su templo solitario en lo alto de una montaña, acompañados sólo por los sonidos del bosque y las gotas de luz. Así debe sentirse también el protagonista de mi novela en cierto momento extremo al que le hago llegar y que dio pie a uno de los títulos provisionales del libro: El vértigo.
¡Genial! En las entrevistas, ya no tendré que decir «todo es autobiográfico excepto ese momento concreto», ahora podré decir que todo lo he vivido.

Y es que si la vida se basa en experiencias, la literatura no podría ser menos. Creo que cuando un libro tiene alma (la del escritor, que la volcó en sus páginas para que te vieras reflejado en ellas), se nota. Luego están esos libros asépticos que parecen salas de espera de hospital, escritores tímidos que no se dejan ver ni de refilón. Esos no pueden interesarme. Pero no quería hablar de libros. Quería hablar, más concretamente, de una frase que encontré anoche en la solapa de un libro. Era el primero que cogía en 3 días. Acababa de escribirle a una amiga que los cambios dan vértigo pero siempre son a mejor. Y entonces cogí este libro de la editorial Funambulista, que resulta que en las solapas de todos sus títulos, explican el por qué de su nombre. Y lo hacen así:

Quizá el vértigo no sea el problema, sino la solución a la condición humana; fijémonos en el funambulista, que, en palabras de Roger Caillois, «sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él».

Y entonces me acordé del único sitio alto en el que no he sentido vértigo. Precisamente, el edificio más alto en el que he estado, la azotea del Rockefeller Building. No sentía vértigo porque tenía toda Nueva York a mis pies, llevaba apenas un par de horas en la ciudad y quería explorarla entera, zambullirme en sus calles, en cada uno de los rincones que intuía ya desde las alturas. Ahora cerramos Enero, que siempre es un mes de traspaso, y por fin sé que empieza de verdad mi 2012. Con voz, con alma y sobre todo con ambición. Hace un mes dije que todos deberíamos ser principiantes, hoy añado que también debemos ser funambulistas. Hay que sentir el vértigo, confiar en él, y explorar.

Lana Del Rey – Born To Die

Entras en un antro del callejón más oscuro. Un cartel de neón parpadeante, unas escaleras que bajan a los infiernos y una sala llena de desconocidos estudiándote a través de la niebla. Se diría que allí todos fuman, hasta los camareros. Te sientas en la barra. Pides cualquier cosa. Un whisky, por ejemplo, porque es de la clase de sitios donde la gente pide whisky. Podrías haber entrado en cualquiera de los otros antros, el callejón estaba lleno de ellos, pero tu cliente te ha citado allí. Debe ser el dueño. O quizá tiene un lío con una de las bailarinas. A saber. Te dedicas a esperar.

Trece sorbos cortos después, oyes una voz a tus espaldas. Está cantando. Es la voz de una chica fúnebre dedicando odas a amores que estaban destinados a morir. Sonríes: la historia te suena. Tu trabajo te ha vuelto un experto en crímenes pasionales. Te imaginas a la cantante ya casi una anciana, agarrada al micrófono para no caerse al abismo. Copazo en mano, seguramente, porque su voz huele a alcohol y a drogas y a desencanto. Toda una vida de fracasos acumulados que la han llevado hasta allí, al fondo de ese antro, más allá de la barra y las mesas.

Cuando te das la vuelta, descubres, perdida entre el humo de los cigarrillos, a una lolita recién entrada en la edad adulta, una adolescente que envejeció demasiado pronto. Debe haberle robado la ropa a su hermana mayor. Es guapa, de esa forma en que las chicas frágiles se maquillan guapas para parecer más fuertes. Sus labios son rojos: arden cantando sobre amantes que la maltratan, amantes que la ignoran, amantes que prefieren jugar a videojuegos antes que mirarla en su mejor vestido, amantes que se drogan con ella. Las canciones flotan hipnóticas por el bar, como opio, salidas de algún tocadiscos que va demasiado despacio.

El antro parece ganar un poco de luz gracias a esos temas, desbordantes de percusiones urbanas y orquestras y arreglos etéreos. Son temas lentos pero nunca te duermes. Hay algo en la chica, en su mirada quizá, que te mantiene atento. Puede que sean las ganas de comprobar si se pegará un tiro al final de la actuación. Sólo entonces, al visualizar la sangre que provocaría el disparo, te das cuenta de que el papel que cubre las paredes es rojo. Ella sigue enlazando versos como si estuviera llorando. Pero no llora, su maquillaje se mantiene impoluto. Acaricia el aire con poses sofisticadas, quizá aprendidas después de demasiadas noches buscando el calor de otros cuerpos por los colchones de todo Los Ángeles.

El camarero te dice algo y te fijas que detrás de él, entre las copas vacías y algo sucias, hay pósters que anunciaban la actuación de la chica. En esa foto, sale bien peinada, con un colorido tocado de flores. Debieron hacerla tiempo atrás, porque ahora las flores ya no existen, o se le han caído. La promocionan como una Nancy Sinatra gangsta. Sea lo que sea eso, tú piensas que alguien ha encontrado a la hermana estadounidense y un poco pija de Amy Winehouse. Pero igual de triste y melancólica. Su voz muta de canción en canción, camaleónica, como si tuviera que amoldarse al tono de cada historia. A veces suena menos grave, aún recuerda a la niña que fue, no hace mucho.

Pasan las horas y tu cliente no llega. Suele ocurrir, en esta ciudad: demasiadas cuentas pendientes, demasiadas amantes despechadas. Quizá lo haya matado la propia Lana Del Rey -así se llama, según el póster- antes de subir al escenario. El concierto termina y, antes de volver al camerino, ella da las gracias con una sonrisa tímida. Después de verla sonreír así, piensas que en el camerino no se refugiará en otro vaso de alcohol, como temías, sino que recuperará fuerzas con un simple refresco. Mountain Dew, versión diet, como en una de sus canciones más pegadizas.

Te marchas de allí confiando que el personaje de la cantante sea sólo un disfraz, el que usa como escudo o sustento una chica que es más o menos feliz, que más o menos paga su alquiler a tiempo y que más o menos ama y llora, pero nunca hasta ese punto de destrucción que predica en sus canciones. Quizá sea muy buena actriz, quizá actúe tan bien como canta. Sobrevivirá. Todos los hacemos cada día, ¿por qué ella no? Alejándote por el callejón, aún la oyes cantar a lo lejos.

Let’s get out of this town, baby we’re on fire
Everyone around here wants to be going down, down
If you stick with me, I can take you higher, and higher
It feels like the call of a friend thought lost
Nobody’s found, found, found

I got so scared, I thought no one could save me
You came along, scooped me up like a baby

Every now and then, the stars align
Boy and girl meet by the great design
Could it be that you and me are the lucky ones?

Christian Bobin – Autorretrato con radiador

«Lo que parece que empieza, tan sólo continúa.»

Para empezar el año, me regalé un pequeño cuaderno con la idea de utilizarlo de diario. Era del Principito, con él montado en su planeta y la frase «Lo esencial es invisible a los ojos». Y he ido anotando puntualmente mis pensamientos, observaciones, vivencias, dibujos, citas que me he ido encontrando. Pero hay días que llega la noche, te vas a dormir, coges el diario y no sabes qué decir. ¿Acaso no te ha pasado nada ese día? Parece que no. Nada que merezca la pena quedar recogido en el cuaderno, al menos.

«En lo que trata de arruinarnos, crece nuestro tesoro.»

Christian Bobin, en Autorretrato con radiador, me ha dado una lección. Durante un año, se dedicó a escribir sobre flores. Compraba dos ramos por semana, siempre flores distintas, contempló cómo se inclinaban hacia la ventana, cómo se arrugaban, cómo buscaban la vida más allá del florero. Y escribiendo sobre flores, claro, acabó escribiendo también acerca de la ausencia y la compañía, de la búsqueda y el encuentro, de la escritura y la lectura. Pedazos de vida. Todo lo recoge. Compone un autorretrato a partir de las cosas que observa.

«Lo que quiere ser colmado en nosotros
quiere en realidad ser obedecido.»

Es un libro mágico. En cierto momento, el autor asegura que cada libro no es sino el reflejo de su lector (y no de su escritor, como podríamos suponer). Los libros te escuchan, dice. Puede que tenga razón. Y éste lo hace de forma única. Te duele la cabeza y la página siguiente te habla del dolor de cabeza, piensas en canicas y ahí aparecen, rodando por un párrafo precioso, piensas en las nubes y llegan frases nubladas (nubes blancas y nubes negras, según), evocas la infancia y el libro te habla de infancia. ¿Lo has escrito tú? Llegas a pensarlo en más de un momento. Llegas a desearlo.

«Lo que encuentro es mil veces más bello que lo que busco.»

Autorretrato con radiador se trata, en realidad, de un amuleto. Conviene guardarlo cerca y releerlo a menudo, abriendo páginas al azar. A ver qué encuentras. Por ejemplo, citas como las que he repartido por esta entrada. Y otras mejores que sólo verán tus ojos. Atesorarás cada frase como debieron venerar el primer fuego que se encendió en la Prehistoria. Y por el camino, aprenderás a llenar de luz cada día, porque todos los días la tienen. No la busques, tan sólo abre la ventana y contempla la lluvia, las nubes, el sol, los árboles, el muro, los coches, la araña. Todo puede enseñarte a bailar.

«Lo que la lluvia, la nieve y el sol hacen a una acera, agrietándola
y dejando pasar una hierbecilla a través de las grietas,
es lo que a mí me gusta hacer con el papel en blanco.»

Francine Prose – Cómo lee un buen escritor

Mientras estudiaba cine, ya hace unos añitos, fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me costó tiempo volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.

Creo que el arte nos impacta precisamente por la ingenuidad con la que nos acercamos a él. Y estoy convencido de que los conocimientos técnicos lo vuelven opaco. La música, por ejemplo: soy incapaz de saber si un compás es 3/4, 4/4 o 6/8: las canciones me gustan o no me gustan, y las veces que he intentado fijarme en el ritmo, o en el tipo de instrumentos, o incluso las notas, he terminado sin oír realmente la canción, como si la música se diluyera y sólo quedase un pum-pum asincopado. Ruido de fondo. O la pintura: estudié con interés la asignatura de Historia del Arte y sigo comprando bastantes libros, pero a la hora de la verdad, comprendí que hay cuadros que me maravillan y otros que no, al margen de corrientes y técnicas pictóricas.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces los ingredientes de los que parte cualquier artista, las herramientas que tiene que utilizar, entender que todos parten con igualdad de condiciones. Y es así como puedes ver quien es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Este paso, estudiar y (re)conocer, es especialmente importante para quienes, además de disfrutadores de arte, aspiran también a ser creadores: ¿cómo podrías crear una película, una pieza de música, un cuadro o un libro si no conoces las urdimbres que los hacen posibles?

Y esa es la misión que se propone Francine Prose en su libro (cuyo título original, por cierto, es más acorde al contenido: «Leer como un escritor. Una guía para gente que ama los libros y para aquellos que quieren escribir»). Leer de otra manera. Fijándote en el orden de las palabras, su selección (¿por qué ese sustantivo y no otro, por qué precisamente ese adjetivo?), la construcción de frases, párrafos y escenas enteras, la importancia de lo que no se dice, las descripciones, los gestos, los diálogos. Te invita a pasearte por el backstage de los libros, y quizá es eso lo que haya que hacer con todo arte. Pasearse, no acampar en el camerino.

Lástima que luego la selección de autores y obras de referencia se centre tanto en la literatura norteamericana del siglo XX, hablando de obras que aquí ni siquiera se han traducido, en vez de clásicos más universales. Habría venido bien una adaptación del libro para su exportación. Pero la idea es buena, y aún mejor es el deseo final de Francine Prose. Que entiendas que todo está escrito, pero nadie lo ha escrito como tú. Y quizá entendiendo porqué todos esos autores escriben de forma única, podrás encontrar tu propia voz.

En los libros, fijarme en cómo están escritos para mí siempre ha sido algo natural, y no me ha impedido disfrutarlos. No me pasa como con el resto de artes. Al revés, destripándolos es como los disfruto más. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Chuck Palahniuk. Las descripciones más inmersivas y las que sólo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo «Elige tu propia aventura», que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. No sé, es curioso esto de los libros.

Leyendo a Chéjov no es que me sintiera feliz, exactamente, pero sí tan cerca de la felicidad como sabía que podría estar. Y se me ocurrió pensar que en eso radicaba el placer y el misterio de la lectura, así como la respuesta a quienes dicen que los libros desaparecerán. Por ahora, los libros son todavía la mejor manera de llevar con nosotros el gran arte y su consuelo en un autobús.

James Sallis – Drive

No suele pasar que un libro te ayude a apreciar la película inspirada en él. «El libro siempre es mejor», dice el tópico, y es verdad. A veces, se da el caso de buenas películas basadas en grandes libros: unas porque consiguen trasladar parte del corazón de la novela a la pantalla (Nunca me abandones), otras porque proponen una interesante relectura del material original (pienso en «Drácula» de Francis Ford Coppola, donde el vampiro es menos villano que nunca y la historia gira alrededor de un amor inmortal). Pero por buenas que sean, el libro juega con la ventaja de poder profundizar en los personajes y las situaciones, ganarse al lector durante todas esas horas compartidas.

Total, que había visto hace unas semanas Drive. Salí del cine un poco confuso. No es que no me hubiera gustado, pero sí me había parecido todo un poco batiburrillo, como queriendo tocar muchos palos y no destacando en ninguno. Algo así como Isabel Coixet dirigiendo un guión de Tarantino (también me habría valido Sofia Coppola). Pero sí, Ryan Gosling es carismático y la música está muy bien elegida (aunque no siempre tan bien colocada). Es decir: pasé un buen rato, pero no tan bueno como parece que dicen todos los demás. Y ahí la tenía pendiente de revisión, a ver si la segunda vez la disfrutaba más, hasta que pensé que quizá sería mejor (más productivo) ponerme con la novela. Al fin y al cabo, el libro siempre es mejor, ¿no?

En este caso, sí y no. La prosa escueta de James Sallis convierte en un recital de poesía la vida de los delincuentes de poca monta, los ajustes de cuentas se transforman bajo su máquina de escribir -casi puedes oír el golpe de cada tecla- en emociones a flor de piel. Frases lapidarias que tejen un precioso tapiz de vidas echadas a perder y los supervivientes que quedan tras la batalla del día a día. Flashbacks, flashforwards, elipsis, algún que otro coche, no demasiada sangre, y su buena dosis de alcohol y fastfood. Es disfrutando la novela que me dije: pues oye, han hecho una película estupenda.

El material del que partían ya era bueno, pero menudo trabajo han hecho recomponiendo el puzzle, escarbando en todas las posibilidades que ofrecía la historia (para que os hagáis una idea: en la novela, el personaje de Irina sale en dos capítulos, y ninguno dura más de 6 páginas), convirtiendo algunas reflexiones en secuencias adrenalínicas y ciertas descripciones en un homenaje al cine negro setentero y ochentero. La novela de Sallis es oscura como un callejón donde te van a matar pero entonces llegan el guionista Hossein Amini y el director Nicolas Winding Refn y encienden las luces de neón de los ochenta, aprietan el botón play de su boombox y -Ryan Gosling mediante- erotizan hasta la médula a Driver, un eterno solitario. En su paso a la pantalla, la ciudad se vuelve sexo y cada latido, un videoclip. Suena A Real Hero. Pisas el acelerador.