Happiness is an option

Acabo de cambiarme de acera. Que no cunda el pánico, siguen gustándome los hombres. Pero me he dado cuenta de que siempre iba y volvía del trabajo por la acera donde hace sombra. Y me he pasado al sol. Atrás he dejado la acera de esas tienduchas que ahora nos venden de negocios ejemplares y en las que yo sólo veo inmigrantes tristes criando a sus hijos sobre un colchón, en la trastienda.

Así que me he pasado a la acera de los bares y las tiendas bonitas. Circulan las bicis y no los coches. La gente escucha música. Y sonríe. Hay vecinos que hablan y turistas guapos. Hay pintadas rebeldes y fachadas luciendo al sol. Cámaras de fotos capturando rincones, conejos en el parque, helados en el banco, brotes verdes en cada balcón y jardín. Ésta es la mejor Barcelona, la del optimismo.

Deberíamos cambiarnos todos de acera. Que se queden ellos en la sombra, como los criminales del Londres victoriano, como los vagos y maleantes, que de esas leyes saben mucho. Que se les atraganten los iPads. Que se estampen en sus coches oficiales y vuelos a Polonia en business. «¿Cuánto vale la palabra de un presidente?», preguntaban hoy en la tele. Para mí nada, porque ni le escucho ni le leo.

Sólo atiendo a la gente que me aporta. Los buenos escritores que me hacen crecer. Los grandes amigos que me abrazan y comparten sus confidencias conmigo. El chico al que llevo tres meses conociendo: con él me siento la mejor versión de mí mismo, me hace feliz con cada palabra que se le escapa, con cada frase. Los blogs amigos y los clientes que saludan al entrar. Los que protestan porque aún piensan.

Toda esa gente es la mía. Caminamos juntos por la misma acera, un camino de baldosas amarillas en el que hay que trabajar, por supuesto, y superar muchas pruebas, pero es un camino de buena compañía, teñido por un flamante Technicolor. No hay tijeras. La Ciudad Esmeralda se ve en el horizonte. Todo es posible cuando caminas por aquí, bajo el sol. Todo, incluso la felicidad.

Les chansons d’amour

«Quiéreme menos pero quiéreme más tiempo.»

Y sigo a vueltas con el cine francés. Esta vez, un musical de la sección retrospectiva de la muestra FIRE. Un triángulo amoroso que acaba convirtiéndose en pentágono aunque le falte uno de los vértices. Todo salpicado de deliciosas canciones y con las calles de un París lluvioso como telón de fondo. (Nota: tienes que volver.)

Sabes que un musical ha triunfado cuando al terminar lo primero que haces es buscar la banda sonora. Ocurre con Les chansons d’amour, sus canciones irrumpen directamente en todas tus listas de reproducción románticas. Y las tarareas asomado al balcón, como si fueras un personaje más.

La vendían en la sinopsis como una película buenrollista. Y a ver, algo hay, algunas escenas como la de Je n’aime que toi te dejan con una sonrisa de oreja a oreja, pero en general la historia no es tan alegre como parecía al principio. Eso sí, lo que ocurre te pone las pilas. Y eso bien vale un visionado y los que hagan falta.

Cuánto tiempo invertido en etiquetar, forzar la mente, tener celos, elucubrar, hacerse el remolón. Con lo fácil que es invertir esas horas en quererse. Abrazados en la cama, dando besos en silencio. Nada más. Las palabras ya las cantarán otros. Ahora importa la acción, cada gesto. Si todavía estamos vivos, aprovechémoslo. Amemos.

La délicatesse / La delicadeza

«Parece una tontería, pero cuando me toca nada me duele.»

Cuesta imaginar al próximo hombre. Después de cada historia que termina, no podrías ponerle cara a tu futuro. No existe ese futuro, te llegas a decir. Te acostumbras al ahora y te anclas en el recuerdo. Sólo los fantasmas tienen cara. Y entonces, un día, cualquier día, le ves de frente y sabes que él será el próximo.

De eso va La delicadeza. Del encuentro con ese alguien nuevo, pero también del reencuentro contigo mismo. Del momento en que toca salir a flote. O no toca, pero lo haces. Niegas la evidencia al principio pero luego te sientes tan y tan bien que qué vas a hacer. Pues fluir, remar, volar, abrazar, besar.

Es una película tan sutil que nunca sabes hacia dónde irá, podría acabar mucho después o mucho antes, y sin embargo, la escena final es perfecta. A priori el inseguro protagonista masculino no encaja con la bella y dulce Audrey Tautou, pero pronto le coges cariño y comprendes que no había elección mejor para subrayar el mensaje: no decides la persona que te remueve. El factor sorpresa por bandera.

En el cine me tocó sentarme junto a una chica sola que lloraba. A ratos de tristeza y a ratos de alegría, como con un buen libro. Quienes hayan sido viudos, cornudos, abandonados o no correspondidos la disfrutarán especialmente y al final se quedarán clavados en la butaca como esa chica. Porque en el fondo siempre lo supiste. Que una noche le abrirías tu puerta a él y ya no haría falta jugar al escondite.

Francesco Piccolo – Momentos de inadvertida felicidad

Ahora mismo eres feliz. Vas por la calle tan tranquilo, pensando en tus cosas, y algo ocurre o algo ves, algo intrascendente, que te lleva a darte cuenta de un hecho tan simple: eres feliz. Puede ser alguien saltando al recibir una llamada, los cambios de cartel en las marquesinas, el olor de los bares en los que no has entrado…

Te creías el único testigo de esos instantes en los que el mundo pareció desnudarse. Pero en Momentos de inadvertida de felicidad alguien ha recogido todas esas pequeñas cosas que te hacen feliz. Las aventuras de una botella de vino, cuando llega la persona a la que le guardabas el sitio, el mundo que ves desde tu toalla.

Son instantes cazados al vuelo, una especie de blog temático en forma de libro. Recuerdos y sensaciones, notas en una servilleta, flashes que te hacen sonreír porque en muchos casos te identificas con ellos, y con los que no, deseas vivirlos algún día. Te fijarás mejor la próxima vez que vayas a una fiesta.

Un libro para regalar. Para sentirte bien. Para tenerlo cerca, en la estantería o la mesita de noche, y abrirlo al azar uno de esos días transparentes en los que parece que nada ocurre. «Ah, sí», susurrarás, ya más sereno. Otra cosa para añadir a tu catálogo de momentos de inadvertida felicidad: los libros que cierras con una sonrisa.

La lista de todas las casas que se habitan en una vida. El número exacto de besos que se están dando en este momento. Me gustaría que ninguna puerta se estuviera cerrando, que ningún ser humano estuviera tosiendo, que ningún ciudadano no se sintiera ciudadano; y que siempre en este momento alguien estuviera diciendo: qué bonito es vivir aquí. Aunque fuera para sus adentros.

Let us fly to Bountyland

Qué ricos los mochis. Sobre todo los más grandes, los que están rellenos de helado. Estos, cuando los sacas del congelador, están tan fríos que tienes que ir pasándolos de una mano a otra. La tentación de morderlos enseguida es grande, pero todavía están duros como una piedra. Tienes que esperar.

Ojalá inventasen un sistema para que salieran del congelador ya blanditos, listos para degustar, ese punto justo en que el helado sigue siendo helado, no chorrea, pero puedes mordisquearlo, y el mochi se estira y se estira. Entonces podríais moderlo juntos y no se rompería, como el queso de la pizza.

Tu mochi seguirá duro y frío un buen rato. Piensas: «Te derretiré como mi helado favorito». Como cuando paseas por el puerto un día de sol, sonriendo bajo las gafas de sol, dando cucharadas a la tarrina que acabas de comprar, sin prisa, pero tampoco despacio, que no te gusta pringarte. Todo podría ser así de fácil.

Por ahora te conformas. Imitas al pastelero, acaricias el mochi haciendo círculos con las manos, como el niño de Karate Kid con la cera. Tus manos cálidas poco a poco van derribando toda resistencia y el mochi se ablanda. Eres feliz durante esos segundos previos a la explosión de sabor. En el fondo, el proceso es divertido. Los mochis tienen que ser mochis, por eso te gustan tanto.