Café de Flore

«¡Ah, claro!» Eso lo piensas ya casi al final, cuando la película decide mostrar sus cartas. Hasta entonces, hora y media de puzzle juguetón, será o no será, mucho desconcierto y algo que engancha: los personajes, sus historias paralelas. Una madre lucha por su hijo en el París de 1969 y una pareja inicia un romance en la actualidad.

El nexo es la música. La que escuchas antes de ir a dormir, la que te pones en el coche, la que te interrumpen para poner otra, la que bailas, la que te hace recordar a esa persona especial, incluso la que pinchas si eres DJ como el guapísimo protagonista. A él le gusta parar el ritmo para dar más fuerza a lo que viene después.

En la película las canciones van y vienen, reaparecen, atraviesan el tiempo. Como en la vida misma. Todas se han seleccionado con acierto. Desde varias versiones de Café de Flore hasta la maravillosa Svefn-G-Englar de Sigur Ros, que da lugar a dos escenas, una romántica y otra muy cómica («It’s youuu, it’s youuu»), pasando por clásicos de la música francesa como Le Vent Nous Portera.

Amar, olvidar, dejar ir, reencontrar, superar, disfrutar, aceptar, dejarte amar no como querrías sino tal como llega. El amor implica todas estas cosas y muchas más. El amor de una madre y el amor de un amante. Llevados al extremo, quizá no sean tan distintos. En la película queda patente.

Café de Flore explora un misterio, el de las almas gemelas. ¿Existen? Deja la respuesta en el aire: tú decides. Pero sea como sea, si lo encuentras, cuida ese amor, créetelo, aprovéchalo. Disfrútalo. Mientras dure, que sea eterno. Y ponte canciones, y baila, y tararea. Que para eso está la música, para acompañarte.

Pet Shop Boys – Elysium

«It’s taken me all of my life to find you.»

Volver de mi retiro espiritual con Elysium. Qué conveniente, después de un verano de mucho relax y bastante playa. Pet Shop Boys también encontraron un refugio; de hecho, para grabar su nuevo trabajo se fueron hasta Los Ángeles. Y a ese rincón secreto le dedican una de las baladas más inspiradas del álbum, Breathing space. Todos lo necesitamos de vez en cuando.

Elysium no es el disco soleado y veraniego que esperarías de un disco grabado en California. No hay aquí ninguna Se a vida é, para entendernos. Es más bien un paseo por la playa en pleno otoño, después de la tormenta. La arena todavía húmeda que pronto se secará, el olor del mar y la lluvia mezclados. Algunas hojas de palmera se han caído pero las palmeras siguen en pie. Como tú.

Hay algo de celebración en este disco, sí. No lo digo sólo por la triunfal Winner. Neil y Chris hablan de pérdidas, de muertes incluso, pero sobre todo de aprendizaje. Crecimiento. La madurez que te empuja hacia la aventura. Ese presentimiento épico, A memory of the future, cuando al fin te apoyas en la barandilla. Y entonces ves una cara. Una cara como ésa en un lugar como éste. Y vuelves a cantar.

Son conocidos por sus himnos bailables impregnados de melancolía y aquí le dan la vuelta a la tortilla. Canciones lentas que te contagian de una alegría innegable. La de estar vivo, cumplir años, volver a enamorarte y a hacer cosas. Requiem in denim and leopardskin, por ejemplo: un funeral, el final de una época que da paso a otra nueva, excitante. Conoces el ritmo pero lo bailas distinto.

Han grabado el disco más optimista de su carrera, más incluso que el anterior, y eso que se titulaba Yes. Sin ir más lejos, la canción Hold on parece sacada de un capítulo de Glee. Pero la joya de la corona es Leaving, con su atmósfera fantasmal cortada por un ritmo que no se rinde, el del corazón latiendo. Descansar para volver con más fuerza. Terminar para empezar.

I know enough’s enough and you’re leaving
You’ve had enough time to decide on your freedom
But I can still find some hope to believe in love

The sun, the trees, the moon, the sea

Te sorprendió. En medio de la playa, un chico meditaba. Piernas cruzadas, brazos relajados, ojos cerrados, cara hacia el cielo. Recibía el sol con una sonrisa ancha y serena. No supiste si la postura era zen o de yoga, pero se lo notaba en paz. Lo tenía todo en aquellos dos metros cuadrados. Todo un universo en su toalla.

A su alrededor la gente hablaba, corría, se ponía crema, jugaba a palas, se daba un chapuzón, gritaba con el agua fría, admiraba los cuerpazos inasumibles, se sacudía la arena, pedía latas de cerveza. Y tú no dejabas de mover la toalla: para alisarla, para que no se separase de la toalla de tu amigo, para que estuviera alineada con el sol. Buscabas bebida y el móvil y el libro y la crema y el agua.

El chico seguía imperturbable, ajeno a tantos pequeños movimientos y grandes insatisfacciones. Luego, en algún momento, sintió que era el momento de bañarse, y se bañó. Se movía con tanta tranquilidad que ni siquiera le viste recoger sus cosas. De repente ya no estaban. Ni él ni su toalla.

Qué envidia. No te gusta envidiar, pero al chico le envidiaste. Su paz. Su ausencia de necesidad. Quisiste sentirte como él y supiste que podrías. Tarde o temprano, sin meditaciones. Algún día no tendrás que salirte de tu toalla para tenerlo todo. Bastará con cerrar los ojos y ahí estará. Sentirás el peso, el calor.

Suddenly I see

Focalizar. Me lo recordaba el otro día una clienta. Compró un Daruma, amuleto japonés del que ya he hablado en alguna ocasión, sirve para mejorar la constancia. Y entonces me habló de sus proyectos, de todas las cosas que quería hacer y la decisión que había tomado al ver que ninguna funcionaba: centrarse en una sola.

Echas la vista atrás y sí, todo se encarriló cuando te centraste. Antes querías hacer tantas cosas, ansiabas tenerlo todo porque conformarte con menos sería de tontos, empezabas algo y a la mitad ya empezabas lo siguiente. Todas las puertas abiertas para cruzar a cada momento la que más te conviniera. Y no. Tuviste que elegir una.

No hizo falta que fuera la más bonita, ni la más grande, ni la mejor pintada. Bastó con que fuese una puerta. Con un pomo para abrirla y algo desconocido detrás. Algo que te apetecía explorar. Confiaste en el pálpito. Una relación, una novela, un viaje. Un proyecto. Lo mejor es que con la energía que provocaste, todo lo demás echó a andar también. A su ritmo, pero lo hizo. De puro obvio, al principio lo olvidaste.

Es como hacer fotos. Puedes intentar un plano general que te abrume con tantos objetos y colores, un Dónde está Wally en el que nunca apreciarás nada, o puedes girar el objetivo, hacer zoom, centrarte en un detalle, el primero de muchos. Y foto a foto, llenarás el álbum.

Click.

Idilio

Tú querías que yo te dijera
el secreto de la primavera.
Y yo soy para el secreto
lo mismo que es el abeto.
Árbol cuyos mil deditos
señalan mil caminitos.
Nunca te diré, amor mío,
por qué corre lento el río.
Pero pondré en mi voz estancada
el cielo ceniza de tu mirada.
¡Dame vueltas, morenita!
Ten cuidado con mis hojitas.
Dame más vueltas alrededor,
jugando a la noria del amor.
¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera,
el secreto de la primavera.
(Federico García Lorca, 1898-1936)