Celebrate

¿Lo ves? Párate. ¿Lo ves ahora? Lo tienes justo delante. Puedes tocarlo, es suave, olerlo, tiene un deje como de colonia, escucharlo, canturrea entre las hojas, saborearlo, como los caramelos con pica-pica que comprabas al salir del colegio. No hay duda: es real. Lo deseaste y aquí lo tienes.

Antes de ir a un museo, has visto mil y una veces los cuadros que contiene. Reproducciones en libros, fotos en la pantalla del ordenador. Anhelabas verlos, tus pintores favoritos y sus obras. Y entonces vas al museo y caminas por un pasillo y de repente tienes que recular, parece mentira pero está ahí, nada más girar la esquina.

Algunos cuadros son minúsculos, la Mona Lisa; otros, en cambio, impresionan más de lo que imaginabas, el de Napoleón en su caballo, la capa al viento. Colgados de una pared delante de ti siempre tienen otro efecto. Con su marco y su textura. Y además, nunca estás solo, otros visitantes los admiran. Tienes que compartirlos.

Disfruta. De estar en el museo, de girar esquinas y descubrir las versiones originales de los cuadros que habías estudiado en el instituto. Disfruta al conocer otros nuevos. Déjate sorprender por las sorpresas que esconden esos pasillos. Atesóralas. No mires el reloj, no pienses en el calendario. Sólo importa este momento, ya lo sabes.

The xx – Coexist

«You move through the room
Like breathing was easy»

Susurros entre las sábanas. Los escuchas en la penumbra. Dos sombras se mueven por la pared que hay al otro lado de la habitación, las miras con curiosidad pero tardas en darte cuenta de que una de ellas es la tuya. Sí, estás aquí, en la cama, acompañado, y suena música suave.

Vuelven The xx con otra dosis de pop etéreo. Sus canciones llegan por oleadas, y como las olas te relajan. No es casualidad que un tema se titule Tides. Cerrarías los ojos pero no quieres dormirte, quieres estar muy despierto para disfrutar de este sueño. Sientes los latidos y un regusto de guitarras y pianos. El eco de sintetizadores.

Como Heroes de Bowie pero despojado de toda épica o dramatismo. Desnudo encima del colchón, a la espera. Dispuesto a dejarse llevar, como en la creciente Swept Away, por los ocasionales ritmos que toman el control aquí y allá. Ritmos secos, industriales que incrementan la calidez del resto.

Dos voces que han aprendido a coexistir. Que siguen aprendiendo, porque en realidad nunca dejas de hacerlo. Te los imaginas bailando a lo largo del paisaje enrojecido de Sunset, acercándose las manos en Reunion (finalazo, por cierto), escribiendo su propia Our Song con una sonrisa en los labios y por fin saltando al vacío. Pero no caen, flotan más allá de cualquier tejado. Angels.

And with words unspoken
A silent devotion
I know you know what I mean
And the end is unknown
But I think I’m ready
As long as you’re with me

Ariel A. Almada – Los cerezos en diciembre

«Cuando vayáis a disparar,
no podréis elegir las condiciones externas.
Tan sólo aceptarlas, dejarlas entrar en vuestro interior
y actuar en consecuencia.»

Tenía que ocurrir. Si La ley del espejo llegó en el momento oportuno, su secuela espiritual (así la promocionan, al menos), también tenía que venir al rescate. Y así ha sido. Ni antes ni después: ahora. Directa como una flecha, novelita corta que en sus 70 páginas encierra mucho más de lo que parece.

En esta fábula, enriquecida con cuentos de regusto zen, asistes a un entrenamiento. El de Saki y el tuyo. Fijar el objetivo, coger el arco, tensar la cuerda, apuntar, disparar. Por este orden. Qué fácil, piensas. La vida a veces se muestra así: simple, bonita. No cuentas con el viento, la inclinación del terreno, tu pulso. Todas esas pequeñas cosas que desviarán la flecha.

Los cerezos en diciembre insiste en la importancia de focalizar. De dar la vuelta a las dificultades, crecer con ellas y utilizarlas a tu favor. Atreverte a disparar siempre, pero con una dirección clara. Alimentar la pasión, la entrega, la acción. Más que una enseñanza, cada capítulo es un descubrimiento.

El libro se lee en apenas una hora. No lo habrás terminado que ya estarás pensando en recomendárselo a dos o tres amigos. Disparadores de arco que aún no saben que lo son. Como tú, que un día te encontraste con tu arco y tu flecha en las manos y pensaste ya está, ya lo tengo todo. Te faltaba lo más importante, el objetivo. Zas.

Just like fireworks in the sky

Hace 10 años que no hacía esto. Tu frase estrella de este verano. Ir a la playa, pasar el día en el Tibidabo, bañarte en una bañera, hacerlo acompañado, ir a Sitges a ver el castillo de fuegos artificiales, y un largo etcétera. 10 años como podían ser más, o incluso toda una vida, porque también has hecho muchas cosas por primera vez.

Y no es que antes no hicieras cosas. Era más bien que evitabas ciertos lugares, ciertas acciones. Todo lo que te recordase al pasado, quizá. Estabas tan preocupado por reivindicar lo que ya no eras que olvidaste disfrutar lo que sí eras. Que es mucho. Demasiados átomos encima como para reducirte al chico que medio sonreía al fondo de la foto.

Ahora ya lo sabes. Sabes quién eres, lo que quieres. Pequeños objetivos y grandes métodos. Así que puedes recuperar el pasado, integrarlo en tu vida, ampliar el abanico de actividades y sobre todo disfrutar. Y compartir todo eso, claro. Porque es lo otro que estás aprendiendo este año: compartir.

Este año sí. Te atreves a volver a Sitges para ver el castillo de fuegos en la playa. El pueblo en todo su esplendor pueblerino, la fiesta mayor, sus bailes tradicionales, los reencuentros. Qué bien estar aquí, y no estar solo. Presumes en secreto de ese acompañante que parecía tan lejano en el instituto.

La arena fría y toda la gente y la constelación de barcos en el mar y las luces que se apagan. Esto empieza. Hay petardos nuevos y viejos conocidos. Muchos. Quizá no tantos como antaño, o igual es que ya no eres un niño, no tienes aquellos ojos. Pero sonríes. Tantos colores y tantas formas, tantísimas explosiones, ceniza. Se ha hecho esperar, ya llega la traca. Ahora será cuando de verdad ocurra todo.

Carlos G. García – Entrada + consumición

«Ninguna buena historia comienza diciendo:
‘Me quedé en casa y me fui a dormir triste’.
Es hora de afrontar el presente.»

Te sentirás identificado. Vamos, digo yo. Porque lo que contienen las páginas de Entrada + consumición todos lo hemos vivido. O lo hemos pensado. O nos lo ha contado un amigo. Y siempre reconforta leerlo en un libro, ver que alguien más piensa como tú. Sientes complicidad. Que no pasa nada, que no es tan grave.

Por recomendación de Fer y sus Confesiones tirado en la pista de baile llegaba a mis manos este libro. Una novela que empieza como una divertidísima visión de la noche gay y la fauna que la puebla. Luego llegan las máscaras, el momento de quitárselas, las revelaciones y sobre todo los «¿ahora qué?». Ahora el presente.

Hay mucho alcohol y bastante sexo. De hecho, cada capítulo lleva el nombre de una bebida. Los diálogos chispean, hay capítulos (de mis favoritos, y muy bien ubicados) que no son más que conversaciones telefónicas. Hay drama y hay comedia romántica. Humor, ironía. Y tristeza, la de quien tiene que sobrevivir en un medio hostil en el que todos mienten, utilizan, manipulan, abandonan.

Pero hay luz al final del túnel. O debería haberla. Las ciudades son muy grandes, incluso Málaga, donde transcurre la novela. Nuevas gentes, nuevos ambientes, nuevas actitudes, y sobre todo iniciativa. Dar pasitos cuando las oportunidades llegan. Porque es cierto, como dice la cita con la que abría este post: Ninguna buena historia empieza diciendo: «Me quedé en casa y me fui a dormir triste». Así que sal y sonríe.