For the price of a cup of tea

Ahora me gusta el té. Costó acostumbrarse a este agua caliente y turbia, cogerle el gusto. Las manos calentándose alrededor de la taza, el estómago abriéndose ante el líquido. Ahora me gusta el té, su sabor, su temperatura (caliente o con hielo), su color, su sonido al verterlo, pero todavía no había apreciado su olor. Hasta ayer, que levanté sin querer la tapa de la tetera de hierro, quemaba un poquito, y me llegó una descarga reconfortante. Como llegar a casa cuando huele a limpio.

Este té olía a naranja y chocolate. Evocaba buenos momentos, buena compañía. Cada lunes pruebo uno distinto porque quedo con una amiga y, sin saber muy bien cómo, porque estas cosas surgen así, de la nada, se ha convertido en una tradición pedirnos un té cada uno mientras nos ponemos al día.

Me gusta que nos lo sirvan en teteras japonesas, de hierro, de colores: a veces me toca una roja, a veces una verde azulona. Conservan el calor una barbaridad, lo cual está muy bien porque te da para dos tazas y para cuando bebes la segunda casi una hora más tarde, todavía está caliente incluso después de echarle leche.

Tomando té, he aprendido muchas cosas. A relajarme y esperar paciente, por ejemplo. Al principio lo vertía en la taza nada más nos lo traían, pero apenas tenía sabor. Mejor que macere. Es curioso que el más bueno, éste con trozos de naranja y chocolate, sea el que más tiempo tiene que estar en reposo, cinco minutos. Me hace pensar en ese haiku infantil:


«En la mudanza,
lo último que llega:
los peces de colores»

Y también he aprendido a degustar sorbo a sorbo, a mirar a los ojos cuando hablo. Y a levantar la tapa, por supuesto. Porque si te atreves con cosas nuevas, si apuestas por algo pero no levantas la tapa para que te llegue toda la intensidad del olor, ¿de qué sirve? Sería como atreverse a medias. El éxito llega cuando te empapas de lleno.

Gado Gado. Cocina de Indonesia y del sudeste asiático

Por qué no vendré más. Lo pienso en cuanto me siento en una de las pequeñas mesas de Gado Gado y consulto la carta que me ofrece una camarera, toda ella sonrisa. Los ojos se me van a los currys: pollo con curry verde, pescado con curry rojo… Es uno de mis restaurantes favoritos de Gracia pero lo piso muy de vez en cuando. En ocasiones especiales, como hoy, que ha venido Lidia, mi amiga amarilla.

Es medio nómada, ella, se pasó un año recorriendo la India y buena parte de Asia, así que parecía adecuado traerla aquí, un restaurante especializado en cocina del sudeste asiático. El espacio es reducido pero tiene buena acústica, invita a las confidencias. Los colores, verde y naranja, un espejo y algunas figuras de madera son toda la decoración; el toque exótico necesario sin parecer Port Aventura.

Lidia y yo todavía estamos comentando nuestras últimas andanzas cuando llegan los entrantes: tahu isi (buñuelos de tofu y verduras) para ella y rollitos con salsa de cacahuetes para mí. Al final los compartimos. Con ella siempre decimos que hay que atreverse a experimentar, así que cojo uno de mis rollitos y lo unto en la otra salsa, fresquísima, como con limón. No será la combinación indicada pero está buenísimo.

Al final me he pedido, por supuesto, el pescado con curry rojo. Es abundante: un filete de merluza con arroz de acompañamiento. Delicioso y picante. Lidia, mientras picotea su plato de verduras salteadas (algún nombre colorido como Chap Chai), me cuenta sus viajes, pasados y futuros. Enseguida dejamos los platos limpios, y eso que no paramos de hablar, pero los sabores nos atrapan.

Coronamos la comida con un guilty pleasure: rollitos de chocolate y plátano. No sé en qué país los inventarían, los he visto en varios restaurantes asiáticos. Hasta hace poco pensaba que eran japoneses. En cualquier caso, benditos sean. Estos son crujientes y tiernos, calentitos, con helado. Lo tienen todo.

La charla continuaría durante horas pero toca volver a trabajar. Aún con el regusto del curry y el chocolate, salimos otra vez a Gracia. Aún nos dará tiempo a tomar un batido de café detrás de la plaza de la Virreina. Viendo desde fuera el restaurante Gado Gado, con su gente hablando alrededor de platos vistosos, no sé por qué nunca he tenido una cena romántica aquí. Sí, sigo enamorado de los colores.

C/ de l’Or 21 (Barcelona)

Raúl Portero – Reykjavík línea 11

«¡Oh! Así que eres tú.»

A veces las piezas encajan. Reykjavík línea 11 es la historia de dos hombres acostumbrados a perder que un día, de repente y sin esperarlo, porque las cosas buenas no se esperan, simplemente ocurren, tienen que lidiar con la pequeña victoria que les ha llegado a las manos. Y es que los fugitivos también encuentran hogares.

Sus manos están entumecidas por el frío de Islandia. Porque ahí ocurre, claro, la novela. Lo bueno de Raúl Portero es que consigue que no parezca una guía de viajes de la capital islandesa, pero al mismo tiempo te contagia las ganas de perderte en ella, armarte de un buen anorak y un pantalón térmico para explorar sus calles y locales, vivir incluso una temporada en una de sus casitas preparadas para el frío.

Entre lagos helados y tazas de té humeantes, la historia de amor es el epicentro de la novela. El amor y los traumas que éste cura. Einar y Arnau van enamorándose poco a poco, los capítulos van de uno a otro como un autobús que conecta tus dos puntos favoritos de la ciudad. Muy bien construida la intimidad entre ellos. Tanto con los diálogos como con sus pequeños gestos, te lo crees: se quieren.

¿Se lo creerán ellos? Porque ése es el mayor misterio de Reykjavík línea 11, descubrir si por una vez Arnau y Einar apostarán a caballo ganador. Es curioso, no siempre es fácil aceptar que se te presentan oportunidades para ser feliz. Será que nos han programado para pasar frío. Pero entonces llega el abrazo de alguien que a su manera tiembla como tú. A ver qué pasa, piensas. La sonrisa la descubres luego.

A candy perfume boy

Se terminó ayer. El frasco de Hugo Boss Orange para hombre, mi perfume favorito. Lo compré por impulso, porque el naranja es mi color y porque el día que me propuse comprar mi primer perfume, vi el anuncio, como una señal. Di muchas vueltas entre las columnas del Sephora, agoté los cartoncillos de muestra, tantos perfumes. Al final elegí el de Hugo Boss. Era el único que no había olido, pero me fié de la señal.

 

Recuerdo la sensación cuando me lo puse. Tenía que ser éste, pensé. Manzana verde, incienso, vainilla, madera de bubinga… La ficha técnica menciona una combinación de muchas fragancias. Puede ser. Solo sé que cuando me lo pongo, hay un olor indefinido que me gusta. Los primeros días no dejaba de olerme las muñecas y el cuello de la camiseta. Me reconfortaba, como si siempre quisiese haber olido así.

Lo usaba mucho, a diario, sin medida. Hasta que quedó tan poco líquido en el bote (precioso, por cierto) que cualquier aplicación podía ser la última. Compré entonces otro perfume, me hizo gracia su nombre, L’homme livre, pero no me gustó tanto, demasiado genérico. Curiosamente, este nuevo me lo alabaron alguna vez, qué buena colonia. El de Hugo Boss nunca, era una broma privada que solo yo entendía.

Dosifiqué el poco Hugo Boss que quedaba, me lo ponía en ocasiones muy especiales. Una primera cita, una cena decisiva, dos cines y un par de conciertos con mi novio. Era mi forma de desearme suerte. Finalmente, ayer se terminó, solo me dio para un chorro en el cuello en vez de dos. Qué tonto, pensé, justo lo gastas hoy que es una noche cualquiera. Me lo había puesto por ponérmelo. Pero no me sentí huérfano, el perfume ya había cumplido su función. Tocaría comprar otro distinto.

Y entonces ocurrió. Bajé a la calle, él ya me estaba esperando, un beso, qué tal el día, bien… y por fin llegó la frase. «Qué bien hueles hoy.» Tantas veces que me lo puse antes de vernos para infundirme ánimos y lo apreciaba hoy, que yo estaba tan tranquilo. Entendí que ese perfume lo había comprado para escucharle a él decir eso. Así que compraré un nuevo frasco. No para impresionar, sino para atesorar esta tranquilidad. Es el olor de un barco navegando por el mar en calma.

We found love in a hopeless place

Solo dos pares de piernas. Era todo lo que se veía desde la puerta de la lavandería. Cuatro piernas enfundadas en tejanos y cuatro pies calzando bambas. Dos personas sentadas encima de la mesa aunque hay asientos libres, dos personas haciéndose compañía, esperando a que termine el ciclo de la lavadora.

Él está estudiando y ella busca trabajo. Desembarcaron en Barcelona como desembarca todo el mundo en una ciudad nueva, por su cuenta, con una maleta, una sonrisa y muchas ganas de comerse el mundo. Luego llegaron el alquiler y las facturas y los gastos y los recortes y las subidas de impuestos, de precios, sube todo menos la calidad de vida.

Vivían cerca el uno del otro pero entonces aún no lo sabían. Pisos pequeños, edificios sin ascensor, escaleras angostas cuyas paredes se descascarillaban, cuartos de la lavadora sin lavadora. Dentro de esos zulos, los inviernos de Barcelona parecían más fríos. Pero ni él ni ella se rindieron. Salían a la calle con su mejor sonrisa y su mejor camiseta, confiaban que el futuro llegase algún día.

Sonreír costaba algo más en la lavandería, esos sitios que tan fuera de lugar parecen en el mundo civilizado, así que se llevaban un libro para leer. Él nunca leía, en realidad; dejaba el libro en la silla de al lado y se quedaba mirando cómo la ropa daba vueltas y vueltas en la lavadora. 65 minutos de soledad. Ella sí leía, pero ayer levantó la mirada de la revista y entonces le vio. Justo delante.

Hola. Nunca se pondrán de acuerdo sobre quién lo dijo primero. Pero se saludaron. Y entonces todo tuvo sentido: las penurias, Barcelona, el piso sin lavadora. Tan a gusto se sintieron juntos, hablando de sus cosas, sabiendo que el futuro había llegado y que sería un futuro juntos, tan a gusto que se subieron a la mesa. Ayer, al pasar por delante de la lavandería como cada tarde, los vi, vi sus pies alineados y supe que da igual el sitio. A veces encuentras el amor y a veces él te encuentra a ti.