Gravity Rush

Desafiar la gravedad. Era lo único que te quedaba por probar. Gravity Rush empieza, claro, con una manzana, tan roja como la de Isaac Newton. La haces caer, y cae… y entonces flota. Porque ésa es la gracia del juego: conseguir que Kat, la protagonista, vuele, salga disparada, use las paredes como si fuesen un nuevo suelo.

Desde siempre, los juegos más divertidos son aquellos que se basan en una idea sencilla pero triunfadora. De la que no te cansas, vaya. Es lo que ocurre en Gravity Rush. Algo tan tonto como poder explorarlo todo. Perspectivas imposibles, rincones que rebosan secretos. La gravedad en tus manos. Cada salto se convierte en un vuelo rasante por los tejados mientras la gente te admira desde el suelo.

Las misiones quedan en segundo plano, la verdad. Hay carreras deslizantes, pruebas contrarreloj, combates contra hordas de enemigos y jefes gigantescos… Pero cuando te lo pasas mejor es perdiéndote por Heskeville. La ciudad es tuya para que la explores entera, desde todos los ángulos. Es preciosa, con un toque europeo, esas plazas con sus fuentes. No faltan los castillos ni los barcos voladores.

Todas las consolas necesitan al principio un juego como Gravity Rush. No es el más vendido, pero sí el primero que imprime carácter en el catálogo de la plataforma. Confiaremos que para cuando llegue la segunda entrega de las aventuras gravitatorias de Kat, PS Vita haya despegado por fin. Hasta entonces, tocará flotar.

La respuesta no es la huida

El útlimo día lo entendiste. Viendo a tu sobrino levantarse otra vez aún con el juguete en la mano. Viendo a tu gato saltar sin red. Qué habrá al otro lado del muro. Ésa era la pregunta que querías responder. Das media vuelta y sigues adelante por ese camino del que huías. Sobran precipicios en el mundo genial de las cosas que dices.

Eres la suma de todos los caminos del laberinto. Solo al recorrerlos por completo aumenta tu inventario: en uno encuentras la espada y en otro el escudo. El único error sería quedarse quieto. Las baldosas amarillas te muestran el camino más escondido y llegas por fin al centro. Viéndote tan bien armado, el Minotauro confiesa: al otro lado del muro solo hay un mar infinito.

Eso te asusta, pero ¿cómo vas a huir de algo que forma parte de tu ADN? Tú también puedes ser agua: encontrarla, tocarla fresquita, refrescarte al beberla, escucharla cuando fluye, olerla cuando le echas té. Está decidido. Te tirarás al mar y nadando volverás a ser tú. Al final, dar con la brújula fue mucho más fácil de lo que parecía.

La respuesta no es la huida.

Memory of the future

«Ya es otoño:
queda un libro
aún por terminar.»

No puede ser cualquier libro, tiene que ser especial. Lo coges, piensas tu pregunta, y entonces, al abrir el libro por una página al azar, la primera frase que te salte a la vista tendrá una respuesta infalible. Pensabas que el único loco eras tú pero resulta que es un método que existe desde hace siglos. Bibliomancia, lo llaman.

¿Otoño? Me descolocó encontrarme el poema que encabeza esta entrada. Pero lo bueno de los flashforwards, recuerdos del futuro, premoniciones, como quieras llamarlos, es que, a su manera, lo ordenan todo. Todo tiene sentido. Así que enseguida me tranquilicé porque el futuro que tenía que empezar ahí.

Sôseki estaba en lo cierto al componer su poema. Este año está siendo un río, otoño ha sido decisivo, y ahora lo entiendo, la novela tenía que terminarla en esta época. Dicen que sólo escribes tu primer libro una vez. El mío tenía que salir así. Nació el año pasado pero tenía que aparecer todo lo que he aprendido y confirmado en 2012.

Me gustan los recuerdos del futuro porque, lejos de constreñirte, te invitan a aprovechar al máximo el abanico de posibilidades. Con la tranquilidad, además, de saber que todo saldrá bien, según lo previsto. Tu elección será siempre correcta y fluirás hasta el único futuro que te pertenecía. En el fondo, eso ya lo sabías.

Hiromi Kawakami – El señor Nakano y las mujeres

«Un plato útil, un estante útil, un hombre útil.»

Tenía esta crítica guardada en un cajón. A la espera del momento oportuno, como todo lo que venden en la tienda de objetos de segunda mano donde transcurre esta novela. Objetos curiosos esperando a su comprador. Hiromi Kawakami tuvo cierto éxito con sus libros anteriores, pero éste todavía no lo había vendido. Hasta hoy, que han comprado dos ejemplares. Y he pensado que ya tocaba comentarlo.

La tienda del señor Nakano y los objetos que habitan en ella son los auténticos protagonistas de la novela. Por eso no entiendo  la elección del título, da una idea totalmente contraria al estilo profundo, sutil, sereno de la autora. La historia no transcurre en la cama sino entre estanterías polvorientas, figuras de madera, ceniceros antiguos, paraguas, electrodomésticos retro. La luz del sol o la lluvia que se ven desde la cristalera del escaparate.
Sí, la atmósfera es uno de los logros de la novela. Es el aire que respira esa extraña familia formada por el señor Nakano, su hermana Masayo y sus dos empleados, Takeo y la narradora del libro, Hitomi. Los objetos que venden, los variopintos clientes que visitan la tienda y también las comidas que comparten alrededor del hornillo irán moldeando las relaciones entre ellos. El día a día de cuatro seres útiles.
Tendrán que aprender que ellos no están en venta, por ejemplo. Que para querer a otro hay que quererse primero, y así destacar en medio del escaparate abarrotado de la portada. Espera, confía, brilla. Como un diamante de segunda mano. Me fascina esta autora. Sus libros son pequeños ríos, pedazos de vida que fluye.

Go On

«The next right thing will come to you.
Let it. Just be ready.»

Seguir adelante. No había título mejor para la nueva comedia de Matthew Perry. El hombre no consigue triunfar desde Friends pero sigue intentándolo y esta vez parece que va por el buen camino. En Go On interpreta a Ryan King, un locutor deportivo que acaba de enviudar y que se apunta a un grupo de terapia para superar la pérdida.

Daría para un dramón, sí, pero Matthew Perry apuesta por el optimismo (su anterior proyecto se titulaba Mr Sunshine, nada menos) y sus guionistas le dan la vuelta a la tortilla. La serie no va de pérdidas sino de ganancias. Abrazar el presente, darte cuenta de lo que tienes, de lo que puedes hacer, aceptar a las personas que te rodean tal como son, con todos esos detalles que las hacen únicas.

Únicos son, sin duda, los secundarios, un reparto extenso para una sit-com. Están la lesbiana viuda, la latina egocéntrica, el ciego, el acoplado, la loca de los gatos… pero hay más, como por ejemplo los compañeros de radio. Sinceramente, no recuerdo el nombre de ninguno. Son graciosos en su justa medida. Sirven todos de cojín, de contrarréplica para que Matthew Perry se luzca. Él es la estrella del show.

Empiezas a verla sin brújula, qué me están contando, pero capítulo a capítulo les coges cariño a todos. A Ryan King sobre todo. Es una comedia extraña, porque a veces te emociona (las visitas fantasmales de la esposa, por ejemplo), no siempre ríes tanto como esperabas, pero sigues viéndola porque así es la vida. Una sorpresa tras otra.