Els nostres tigres beuen llet

Albert Espinosa ya es habitual en este blog. Con sus libros y películas y ahora, también, una obra de teatro. Sus obras siempre llegan a tu vida cuando tienen que llegar. Esta vez fue por sorpresa, una amiga tenía dos invitaciones. Con ella que comparto comidas especiales; de hecho, al final de la primera comida ella acabó comprándose El mundo amarillo.

Y ahí estábamos ayer, año y medio después, expectantes en nuestras butacas del TNC. Els nostres tigres beuen llet. No sabíamos nada. Intuíamos una obra juvenil: por las fotos promocionales, por buena parte del público, que venían directos de clase. Y pareció confirmarlo una primera escena en un campo de futbol. Pero no.

Es una obra dura. Durísima. Seis hermanos obligados a dejar atrás la adolescencia demasiado deprisa y seis adultos enfrentados a sus demonios interiores. Tienes que haber vivido para entenderlo. Flashbacks, metateatro, escenas muy impactantes que saben sacar partido de una escenografía menos minimalista de lo que parecía al principio. Siempre hay sorpresas. Y buenos actores.

Al final, la catarsis. Sales de la sala en shock, como después de una larga y extrañamente reparadora ducha fría. A finales de mes volveré a verla con otra amiga también muy pro-Espinosa. Lo agradezco, porque ciertos diálogos y momentos tengo que acabar de digerirlos. Pero si algo tengo claro es que hay que vivir. Sin rencores y disfrutando al máximo. Quizá algún día no vuelves a levantarte.

Bajo techo y con abrigo

Nos gusta el calor. Y es que no por tener calefacción, dejamos de ponernos pijama. Tampoco dejamos de tomar el chocolate bien caliente, ni de pedir caricias con manos cálidas o de suspirar al meternos bajo el nórdico. Invierno en la calle, el trópico en casa. Sofá y manta como máxima expresión de la vida moderna.

Pero también nos gusta el frío. En los rigores del verano, nada como un ventilador, un helado, una cerveza bien fresquita. Besos que comparten un cubito de hielo. Darte un chapuzón y saber que se te pondrán los pezones duros de regreso a la toalla. En verano nos gusta el mar porque se acuerda todavía del invierno.

Lo queremos todo. Y quizá sea ésa la gracia de la vida, encontrar la balanza entre todas esas cosas que quieres. Descubres un buen día que solo eran contradictorias en apariencia. Cuando te hacen feliz, encuentras tiempo y espacio para saborearlas. El helado después de la playa y el pijama largo viendo esa película de miedo.

Amor es todo lo que necesitas

«Puedo hacerlo si tú lo haces conmigo.»

Que tome nota Woody Allen, porque esto es lo que esperaba de A Roma con amor. Historias de turistas que descubren el amor por Italia, el punto justo de locura, paisajes deslumbrantes. Susanne Bier aprovecha mejor la localización, el pueblo costero de Sorrento y consigue una comedia que además de romántica es inteligente.

Entre tú y yo, no sabía que el cine nórdico también podía ofrecer comedia. Lo descubrí el año pasado con Siempre Feliz y lo confirmo ahora con esta película. Tampoco evitan el drama, ojo. «La vida es así», parecen decir, pero sin encogerse de hombros. Vamos a salir de ésta, y reforzados, y más sabios. Y más felices, que el ingrediente secreto es fácil, ya lo adelanta el título: amor.

Nada como un entorno bonito para disfrutarlo. ¡Qué paisajes! Acantilados, playas, bosques de limoneros, un pueblo turístico que conserva su encanto, con bares donde antes había iglesias. Sales de la película buscando vuelos y precios de hotel. Atención, por cierto, al uso del color, con rojos, amarillos, verdes y azul muy potenciados, muy en la línea de Almodóvar.

Cada línea de diálogo, cada palabra, define a los personajes. La mujer recién separada y con cáncer que no cree en su potencial, la ejecutiva frustrada que quiere conquistar a su cuñado (ya viudo) a cualquier precio, la novia suspicaz, el marido infiel que se presenta con su secretaria… Gracias a un buen trabajo de guión, a todos los conoces enseguida.

Nadan desnudos porque el agua está buena. Secan la ropa al sol, salen a ese balcón que tan buenas vistas ofrece. Se tumban en el suelo cuando no hay muebles. Se atreven en compañía. Sonríen cuando no queda otra. Es una película, en fin, sobre aprender a quererse y aprender a querer. Viene a ser lo mismo.

1+1=1.000

«Aquest viatge només és un resultat.»

Dije que no volvería a la playa. Dije también que durante una temporada larga no quería novio, que a este ritmo nunca terminaría de escribir una novela, que nunca me gustarían los gatos, que no me gustaba el vino, que lo mío no era la repostería. Dije tantas cosas que eran verdad pero este año la tortilla se ha dado la vuelta.

Me faltaba, supongo, la energía. La fuerza motora. Y la encontré. A finales de marzo, gracias a un amigo, que nos presentó. Resulta que estas cosas pasan. Siempre me preguntaba: cómo conocer a alguien, si el ambiente no me gusta, en mi trabajo no tengo compañeros y paso de redes de ligoteo. Pues así. Mola.

2012 ha sido un año muy completo. He terminado mi primera novela. He vuelto a disfrutar cosas como ir a la playa y he hecho muchas otras por primera vez. Cuidar de un gato, por ejemplo. Ayer mismo preparé los primeros cupcakes de mi vida (bueno, presencié cómo los preparaban, pero compré los ingredientes, así que cuenta). Además, he seguido disfrutando de los buenos amigos, conservando nuestras pequeñas tradiciones. He aprendido, sobre todo, que la vida es lanzarse.

Para 2013, solo tengo dos deseos y un propósito. Conservar todo lo bueno del año anterior, mejor salud y, desde luego, ponerme las pilas buscando editorial para poder compartir muy pronto la novela. Gracias a todos los que me acompañáis en este viaje. Y gracias especialmente al chico que abrazaba peluches. Más, por favor.

Que un més un sumen mil

Que no hi ha restes, només ganes de seguir

Que un més un sumen mil

Que amb tu els números m’acabaran sortint

Dog days are over

Creo que comprendo mejor el amor desde que tengo gato. Bueno, no lo tengo. Lo disfruto. Estoy cuidando de él mientras un amigo está de viaje, y ésa ha sido la primera lección, que las cosas no se tienen o dejan de tener, sencillamente se disfrutan. Deja que llegue lo que deba llegar: hasta hace poco, ni siquiera me gustaban los gatos.

Cuidar de Batman (así se llama) es desinteresado. Le limpio la arena, me aseguro de que tenga comida y agua suficiente cada vez que salgo de casa. Le acaricio y le hablo con voz suave. Lo hago como recomiendan hacerlo todo los maestros zen: sin esperar nada a cambio. Solo quiero que el gato esté a gusto. Es mi tarea.

También le miro mucho, porque es muy mono y además me divierte ver cómo juega. Cómo descubre el mundo. Se queda extasiado delante de la ventana, todo le sorprende. Disfruto enseñándole pequeños placeres, cosas como jugar con una pelota de ganchillo. Y como me gusta jugar con él, a él le gusta jugar conmigo.

Dicen que el gato es un animal arisco. Creo que no. Es independiente, eso sí, pero también sabe ser cariñoso. A su manera. No le puedes dar órdenes, eso es algo que aprendes tras varios días de convivencia. Tienes que dejarle hacer, darle su espacio. Estar tranquilo: el gato siempre vuelve.

Lo mejor de todo es cuando al final del día, Batman salta encima de mi cama, con sus patitas hace un hueco en el nórdico de IKEA y se acurruca a mi lado. Se siente seguro conmigo, me da su calor. Gracias, parece decir cuando me mira con los ojos entrecerrados, y vuelve a cerrarlos. Más, por favor.