Bajo techo y con abrigo

Nos gusta el calor. Y es que no por tener calefacción, dejamos de ponernos pijama. Tampoco dejamos de tomar el chocolate bien caliente, ni de pedir caricias con manos cálidas o de suspirar al meternos bajo el nórdico. Invierno en la calle, el trópico en casa. Sofá y manta como máxima expresión de la vida moderna.

Pero también nos gusta el frío. En los rigores del verano, nada como un ventilador, un helado, una cerveza bien fresquita. Besos que comparten un cubito de hielo. Darte un chapuzón y saber que se te pondrán los pezones duros de regreso a la toalla. En verano nos gusta el mar porque se acuerda todavía del invierno.

Lo queremos todo. Y quizá sea ésa la gracia de la vida, encontrar la balanza entre todas esas cosas que quieres. Descubres un buen día que solo eran contradictorias en apariencia. Cuando te hacen feliz, encuentras tiempo y espacio para saborearlas. El helado después de la playa y el pijama largo viendo esa película de miedo.

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