The spell has been broken, I loved you so

La ruptura. Y tras la ruptura, el desierto. El descorazonador éxodo hacia la Tierra Prometida. La ilusión y el miedo, las ganas y los reparos, la iniciativa y las dudas, la propulsión y el vértigo. Aprender a vivir solo, aprender a ser tú otra vez. Volver a decir «yo» en vez de «nosotros». Mudar la piel, como una serpiente.

Afrontar y superar una ruptura nunca es fácil para ninguna de las dos partes. Está claro que no es lo mismo ser el abandonado que quien abandona. Dependiendo de las circunstancias en que se produzca esa ruptura, es muy probable que uno sufra más que el otro. Pero aún así, lo disimulen más o menos, para ninguno de los dos será sencillo. Mientras uno está en pareja, deja de ser «uno». Volver a convertirse de golpe y porrazo en ese «uno» cuesta. Es un vacío absoluto que duele. Duele muchísimo pero toca avanzar con la esperanza de que el futuro será mejor, como un bebé cuando le crecen los primeros dientes y pronto podrá comer algo que no sean papillas.

Cada cual sobrelleva la ruptura como buenamente sabe. No hay opciones mejores o peores. Hay quien decide encerrarse en sí mismo, llorar por las esquinas y colgar canciones de desamor en Facebook. Hay quien engaña a la tristeza con una espiral de fiesta y risas y alcohol interminable. Hay quien cambia de aires y se traslada a otra ciudad u otro país. Hay quien se deja ilusionar por el primer capullo que pase, creyendo que será el amor de su vida aunque no le haga ni puto caso. Hay quien se da de bruces con una nueva relación estable que no estaba buscando, que le hace sentir extrañamente culpable pero que también le hace feliz. Hay quien pone en práctica por fin todo aquello que había ido postergando: apuntarse al gimnasio o a un cursillo intensivo de coreano, renovar por completo el vestuario, hacer un viaje a Tombuctú… Hay quien prohíbe a los amigos que le hablen de su ex y al mismo tiempo no para de ponerle verde despiadadamente. Hay quien se va de putas o de cruising. Hay quien se desgañita en la ducha cantando «Sobreviviré» o «No Voy A Llorar» de Mónica Naranjo. Hay quien harta a sus amigos de ciclos de películas lacrimógenas acompañadas de helado. Hay quien aprovecha para acostarse con medio Grindr o abrir mil perfiles para cepillarse a todo el que pueda, sin listón que valga. ¿Y qué?

A veces estaremos tentados de decir sobre alguien que atraviesa una ruptura: «está cambiado, no le reconozco». Pero no hay que juzgar a alguien por su forma de superar una ruptura, hacerlo es cruel y mezquino. Curar el dolor requiere agarrarse a todo aquello que huela a salvación, sea verdad o no. Requiere perder el norte, la noción de lo que está bien o mal, incluso humillarse públicamente si es preciso. Es como ponerse zapatos nuevos para aprender a caminar otra vez: aprietan, salen llagas, caminas de forma extraña, tropiezas. Ya pasará esa cojera. Sé benévolo con los demás. Ten paciencia contigo mismo.

Lo más delicado de toda ruptura son los amigos comunes. Toda historia de pareja tiene dos versiones y no se puede pretender que los amigos se transformen en seres bipolares capaces de afrontar y apoyar dos perspectivas distintas sobre una misma ruptura. Tomarán partido por uno de los dos bandos casi por inercia. Así que si alguien deja accidentalmente de hacerte un favor o te da largas para quedar contigo pero luego se cita a diario con la otra persona, no le culpes. Es normal. Tú también acabarás apoyando a un amigo que sale de una relación: por afinidad, por conocerle de antes, por compartir ese dolor, porque está más bueno, porque la otra persona en realidad tampoco te había caído tan bien, porque sinceramente consideras que tu amigo es el que lo está pasando de los dos y te resulta imposible concebir que el otro sufra a su manera, porque tu amiga afronta las rupturas con risas y prefieres eso que aguantar los lloros de la otra persona. Tú también acabarás poniendo a un amigo común en contra de tu expareja gracias a alguna crítica destructiva o algún comentario sesgado sobre el porqué de todo. Da igual. Como decía, que los amigos se posicionen es normal. Ya pasará el tiempo, ya se asentarán las cosas.

Y lo más horrible de toda ruptura es cuando el amor se convierte en odio y los antiguos besos en puñaladas. Cuando pasas de compartir lo que te ha pasado a lo largo del día a gritar y resoplar ante cada frase del otro. Cuando los pequeños defectos entrañables se transforman en afrentas imperdonables. Cuando se rompe el hechizo, el desamor y las rupturas sacan lo peor de todos nosotros, nos convertimos en pequeños monstruos (hola, Lady Gaga) que se defienden del dolor provocando más dolor. Escorpiones luchando salvajemente contra escorpiones. Y como conoces tanto a la otra persona (no en vano habéis compartido media vida), sabes perfectamente dónde asestar el golpe de gracia, olvidando que pueden contraatacarte. Quieres olvidar que tú también eres vulnerable. Criticas, acumulas rencor, crees que sólo el otro ha cambiado, detestas todo lo que antaño habías adorado: su forma de peinarse, su optimismo, su forma de dibujar o bailar, su memoria fotográfica para hablar de cualquier película habida y por haber, su sonrisa (que ahora te parece abominable). Una ruptura es como coger una habitación, pintar de negro todas sus paredes, tapiar las ventanas, romper los muebles, llenarla de polvo y pretender que siga tan bonita como antes.

Ethan Hawke (del que hace poco hablé, en la entrada de la maravillosa Before Sunrise) escribió un libro normalito titulado «Estado de excitación» pero con una escena que me impactó. Durante los primeros días de relación, cuando todo son besos robados y caricias y risas tontas y bombones, el chico le propone a ella que se digan ya todo lo que detestan del otro. Que se echen en cara todo lo que criticarán y escupirán el día que, Dios no lo quiera, rompan. Que adelanten la escena trágica de la ruptura y así puedan quedarse sólo con lo bueno. Ojalá las cosas fueran así. Pero no: es inevitable sentir ese odio y ese desprecio, dejar de hacerle la cena a tu pareja con cariño para poder tirarle los platos a la cabeza y desear que uno de ellos le rompa la nariz. Yo me considero afortunado de ser amigo de 2 de mis ex (de uno de ellos, muy buen amigo además) y a otros 3 los tengo en Facebook, que ya es mucho. Pero diría que son las excepciones que confirman la regla: cuando del amor ya sólo queda odio o indiferencia, difícilmente podrás ser amigo de tu ex, por muchas afinidades y gustos que compartiérais.

Personalmente, lo que peor llevo de las rupturas (aparte de la ruptura en sí, por supuesto) son dos temas. El primero, ese ineludible proceso de «separar» las cosas. Incluso si se hace de mútuo acuerdo, racionalmente («esto es tuyo, esto es mío, esto es de los dos pero te lo puedes quedar tú»), impacta ponerse a clasificar películas y discos y libros y series y ropa y peluches y fotos y muebles, como si ya no significasen nada, como si de repente trabajases en una oficina de objetos perdidos y estuvieras clasificándolos para que al día siguiente puedan llegar a sus dueños correctamente, gente que no conoces ni conocerás jamás.

Pero lo que se me hace más cuesta arriba es imaginar al otro con una nueva persona. Es algo irracional. Darte cuenta de que los próximos besos ya no serán los tuyos, que otro cuerpo entrará en contacto con el suyo, que le enseñará cosas nuevas, que unas promesas de amor eterno más fuertes sustituirán a las que os hicisteis… Resulta más complicado de asimilar que una ley de física cuántica. Esta especie de celos absurdos pueden atacarte en cualquier momento, aunque la decisión de cortar fuera tuya y tú ya estés tan feliz saliendo con alguien. Es como si considerases que la vida sólo puede seguir adelante para ti, no para los demás. Pues no: la vida sigue para todos. Hay que afrontarlo.

«Siento que no han merecido la pena estos años juntos», me decía el otro día un amigo sobre su ruptura. Y le dije que no es cierto. Toda relación, acabe como acabe, es positiva. Hay que quedarse con las cosas buenas (que siempre las habrá habido: nadie se enamora de alguien con quien no compartía cierta complicidad y buenos momentos). Saber guardar esas fotos con cariño, ser capaz de tenerlas expuestas con orgullo en el corcho de tu vida. Darte cuenta de cuánto has avanzado gracias a esa relación: ahora eres menos tímido, o has descubierto miles de películas y cantantes nuevos, sabes más de sexo, has viajado, has conocido gente, has descubierto lo que es la convivencia, cocinas mejor. ¿Y lo malo? Pues lo malo como mínimo nos servirá para intentar no repetir los mismos errores en el futuro. Las heridas que hoy sangran mañana serán pequeñas cicatrices en una piel más dura y resistente, más sabia.

Before Sunrise / Antes del amanecer

Una pareja discute en un vagón de tren. Gritan tanto, que obligan a una de las pasajeras (Céline) a cambiarse de sitio para poder continuar su lectura con tranquilidad. La causalidad la lleva a sentarse cerca de otro pasajero (Jesse) que también intenta leer. No pueden evitar mirarse, como diciendo: «vaya par de locos, cómo gritan». Pero basta esa mirada para que entre Céline y Jesse haya una conexión instantánea.

Así empieza «Antes del amanecer» y así la empecé a ver, no sin cierta incredulidad, en TV3 una noche de domingo a finales de los 90. Me esperaba la típica comedia romántica pastelosa (y yo encantado, oye… no le hago ascos a nada si me entretiene) y en cambio me di de morros con una de las películas que más me han impactado, marcado y fascinado en toda mi vida. Así que ya tocaba rendirle un pequeño homenaje en este blog. (Y aviso, no me voy a ahorrar spoilers, así que si todavía no la habéis visto… corred al videoclub, o miradla en YouTube, que está entera.)

Después de charlar un rato y comprobar que esa conexión no era imaginaria, Jesse le propone a Céline una locura: bajarse con él en Viena y pasar el resto del día juntos, para hacer tiempo hasta que salga su avión a la mañana siguiente. Que se conozcan durante unas horas más, sin ataduras, que compruebe que es un tío como otro cualquiera y así dentro de 40 años ella no tenga que lamentarse «¿Y si aquel tío del tren hubiera sido el hombre de mi vida?». En la vida real, ni de coña haríamos caso a un desconocido (por mucho que se parezca a Ethan Hawke) pero la magia del cine es así.

El resto de la película es nada más y nada menos que el proceso de enamoramiento de Jesse y Céline por las calles de Viena, siempre con el peso del reloj sobre sus cabezas. Superada la confusión inicial («¿y ahora qué hacemos?»), la química entre Julie Delpy y Ethan Hawke es tan brutal que consiguen que olvides que estás ante una película y ante dos actores. Cada mirada, cada gesto, cada sonrisa son perfectamente naturales, espontáneos. Nada falta, nada sobra. Estás viviendo la primera y última cita de una pareja que podría ser perfecta pero está condenada a separarse. Apenas puedo describir lo que transmiten escenas como la de la cabina: en dos minutos, sin intercambiar palabras, los personajes dicen y se dan cuenta de tantas cosas…

Pero si algo brilla en la película son los diálogos. Guiados por las gentes variopintas que pueblan las calles de Viena (actores estrambóticos, poetas vagabundos, adivinas…), Jesse y Céline saltan de un tema a otro de forma casi esquizofrénica: anécdotas de infancia, la vida y la muerte, lo humano y lo divino. A un mal chiste lo sigue una disquisición trascendente. Sus puntos de vista son habitualmente opuestos pero, al mismo tiempo, muy cercanos. Todas las frases están perfectamente medidas para que tú mismo te enamores de esos dos extraños, con sus estridencias, sus virtudes, sus ingenuas ganas de cambiar el mundo. En el fondo, todos hemos sido así de idealistas, de románticos; todos hemos sentido esas ganas de compartir nuestra opinión con alguien que no nos juzgará.

Sientes en primera persona la angustia de ver cómo se les agota el tiempo, cómo se saltan una regla tras otra para intentar convertir en eterno algo que sólo debía durar unas horas. La separación final es desgarradora, dejándote con esa incertidumbre: ¿se reencontrarán o preferirán guardar el buen sabor de boca de unas horas perfectas? Bueno, al menos la incertidumbre existió en su época: ahora ya hay una secuela (de la que hablaré otro día, porque también es maravillosa) que rompe parte del encanto.

Cuando termina, no puedes evitar sorprenderte: la película es todo diálogo, no ha pasado casi nada. Y sin embargo, sí han pasado muchas cosas. El ritmo está cuidadísimo: no es trepidante, pero sí fluido, cada escena se enlaza con la anterior como un beso se funde con otro. No hay enredos amorosos, ni gags, ni persecuciones, ni actuaciones musicales, ni cameos famosos, ni artimañas made in Hollywood para animar el cotarro. En ese sentido, «Antes del amanecer» se acerca más a una obra de teatro que a una película. Hay que tener mucho arte para conseguir que no te aburras con hora y media de diálogos incesantes sobre todo y nada entre un chico y una chica perdidos en Viena.

Es brutal cómo esa pareja ilumina todos los rincones de la ciudad, y qué vacíos parecen esos mismos rincones en la última secuencia, cuando Céline y Jesse ya se han separado y se suceden planos de todos los lugares en que habían estado. Llegas a preguntarte si las calles y plazas y parques de cualquier ciudad, que tan anodinos parecen cuando pasas por delante en tu camino a la rutina diaria, no habrán vivido en realidad miles de historias similares.

Muy pocas películas consiguen emocionarme con cada revisionado como la primera vez. Ésta es una de ellas. De hecho, diría que lloro incluso más, y sé que no soy el único. Como decía, la magia del cine es así: todos querríamos sentir esa conexión instantánea con un extraño, todos querríamos tener el valor de bajar del tren, todos querríamos evadirnos en una noche inolvidable de agradable conversación y no menos agradable compañía, sin preocuparnos del pasado o el futuro.

A la hora de la verdad, si algún día llegas a sentir esa conexión (eso que si nos ponemos cursis llamamos flechazo o amor a primera vista), seguramente te ocurrirá en el peor momento posible y además, con toda seguridad, te ocurrirá en el lugar menos idóneo para dejar que el romanticismo siga su curso. Problemas y preocupaciones varios impedirán que te bajes del tren con tu Jesse o tu Céline particular. No te puedes permitir aparcar tu vida sólo porque sientas que esa persona podría ser La Persona. Hay otros asuntos que resolver antes, hay otra gente a la que atender primero. Y bastante tienes en la cabeza como para intentar averiguar si esa persona ha sentido lo mismo. Te consuelas pensando que seguro que no, que sólo tú has sentido ese magnetismo, sólo en tu interior ha girado esa pieza (click) para avisarte de que el destino siempre está al acecho. Lo jodido vendrá después: los remordimientos ante una ocasión única que se ha evaporado. Cuánta razón tenía Jesse: «Así no tendrás que preguntarte si yo era el hombre de tu vida». Y qué bien hizo Céline bajándose del tren.

Y creo que por eso impacta tanto la película: nosotros nunca bajaríamos de ese tren.

En fin, que si ésta no es una de las escenas más románticas de la historia del cine, no sé cuál lo será…

La carta en el cajón

Todo acaba por romperse. Absolutamente todo, incluso la carta que durante casi una década Eduardo había conservado en el cajón de su mesilla de noche. Apenas la sacaba una o dos veces al año, cuando necesitaba recordar la ilusión del principio, tan lejana ya como ese último trueno que se dispersa en el aire después de una tormenta.
El tiempo y los descuidos habían acumulado en la superficie del papel un intrincado mosaico de pliegues, manchas, huellas, borrones. Eduardo podía recordar el momento exacto en que se produjeron cada una de aquellas imperfecciones: la madrugada de invierno que posó la taza de café sobre una esquina de la carta porque sus ojos sólo podían mirar abajo, a la calle, a la espera del coche de Daniel; la noche que se estaba arreglando para la cena del sexto aniversario con pulso tan tembloroso que no pudo evitar que unas gotas de colonia se derramasen y diluyeran parte de la palabra “siempre” de la posdata; la tarde lluviosa que cerró de golpe un libro, atrapando la carta entre sus páginas, porque había creído oír una llamada de Daniel en el móvil…
Precisamente porque acumulaba tantas pequeñas tragedias, esa hoja de papel amarillenta parecía indestructible. Eduardo estaba convencido de que, ya anciano, en su lecho de muerte, cuando el recuerdo de Daniel fuera apenas la silueta fantasmagórica de una antigua mancha de humedad y otro hombre estuviera junto a él, velándole encorvado, tendiéndole una mano tan fría como la suya, aún podría leer aquella primera carta. Leerla con ojos vidriosos, susurrando cada palabra. Leerla una última vez y que, al terminar, las arrugas de su cara se desplazasen para dibujar algo semejante a una sonrisa.
Y sin embargo, no le sorprendió la facilidad con que la carta se rompió la mañana de aquel 31 de Diciembre. Acababa de desayunar, ya se había cepillado los dientes, tenía el pelo húmedo por la reciente ducha y estaba a medio vestir: descalzo, la camisa abierta. Todavía le quedaba más de una hora para llegar a la oficina. Dejó el cinturón encima de la cama. La mitad de Daniel estaba sin deshacer; no había dormido allí. Eduardo sacó la hoja del cajón, como siempre. Y también como siempre, la desplegó con un vestigio de ansia juvenil. Primero, apareció una pequeña grieta; un instante después, el papel tantas veces doblado cedió y se partió en dos. Eduardo se quedó con un trozo en cada mano.
Su primera reacción fue ponerse los calcetines. No había encendido la calefacción y el suelo era una pista de hielo. Tras los calcetines, se colocó el cinturón. Tuvo que ceñirlo un agujero más de lo habitual. Después, acabó de abotonarse la camisa, se anudó la corbata con una inesperada facilidad, deslizó los pies en los zapatos y se ató los cordones despacio, asegurándose de que los nudos quedasen bien firmes; no le gustaba que a lo largo del día se aflojasen y tuviera que agacharse en plena calle para volver a abrocharlos.
Sólo cuando estuvo completamente vestido, examinó por fin la carta; es decir, los dos pedazos de papel que hasta cinco minutos antes habían sido una carta. Rotas, las frases pálidas a las que tan a menudo se había aferrado, ahora ya no significaban nada. Eran jeroglíficos escritos con una caligrafía que recordaba vagamente a la de Daniel, sí, pero que Eduardo se vió incapaz de reconocer. Tinta levemente azul manchando aquel feo y áspero papel acartonado.
Cogió los dos pedazos y los rasgó. Repitió el proceso otra vez, y otra, y otra, y no se detuvo hasta que los fragmentos fueron tan pequeños que se deslizaron entre sus dedos y cayeron al suelo. Una lluvia de confetis maltrechos. Exhausto, sentado en el colchón, notó cómo sus labios crujían para formar una sonrisa. Corrió al espejo del baño para comprobarlo. El cristal estaba sucio y ni siquiera había encendido la luz pero sí, no había duda: sonreía.
Barrió. Tiró todos aquellos papelitos en el cubo de la cocina y los sepultó con los restos de una cena solitaria. Antes de salir de casa, volvió al dormitorio. El cajón de la mesilla continuaba abierto. Al agarrar el tirador, la pieza se desprendió y rodó bajo la cama. No se molestó en recogerla. Empujó el cajón con delicadeza, dejándolo cerrado. Cuatro meses más tarde, la mujer de la limpieza de los nuevos inquilinos descubriría aquella bola roja en un rincón. Todos los muebles habrían cambiado, por supuesto, sustituidos por otros mucho más nuevos, así que al buscar a su alrededor uno al que pudiera pertenecer aquel extraño tirador, la mujer no lo encontraría. Se guardaría la pieza de madera en el bolsillo del delantal y seguiría limpiando y tarareando la canción que sonaba en la radio.
Alex Pler
23-24 de Enero, 2011

Ogai Mori – El ganso salvaje

No sé si será gracias al Book Journal que me autorregalé en Navidad, pero llevo un mes en el que no dejo de devorar libros. Siempre digo que desde que tengo la librería, leo menos que nunca; increíble pero cierto. Y aún así, me las apaño para recomendar títulos (y acertar a menudo). Ahora, quizá será por la chorrada de que me hace ilusión completar la ficha de los libros que leo, pero por fin he retomado un buen ritmo de lectura. Desde cuentas pendientes como «Un mundo feliz» o «La isla del tesoro» a apuestas personales como este «El ganso salvaje» que hoy voy a comentar, de Ogai Mori (autor japonés de principios del siglo XX que personalmente desconocía).

El libro es nada más y nada menos que la disección de una oportunidad perdida. Qué se esconde detrás de un hombre y una mujer que se enamoran a través de una ventana pero nunca llegan a conocerse. Dos personas a quienes la vida, tan casualmente como los juntó, los separa. No estoy soltando spoilers, ojo: esta oportunidad perdida es el eje de toda la narración.

Conocemos la historia a través de un personaje externo, un mero espectador que se limita a aportar objetivamente toda la información que ha llegado a sus oídos a lo largo de los años. No hay lugar para sentimentalismos ni drama, que es lo primero que podríamos pensar al leer la sinopsis. El testigo nos habla de las vidas de esas dos personas (y de la gente que los rodea), nos describe su día a día, su rutina y sus pequeñas miserias, nos desgrana cómo un cúmulo de casualidades une y separa a ese estudiante a punto de graduarse y a esa mujer, amante forzosa de un usurero.

De una sencilla imagen (una mirada cómplice en un Japón donde las apariencias y los roles establecidos lo son todo), acaba surgiendo un estudio desapasionado (pero no por ello menos conmovedor) sobre las pasiones humanas y sobre cómo nos enfrentamos a la necesidad de sentirnos menos solos: mientras unos están dispuestos incluso a pagar por un amor fingido, otros nunca se atreverán a decir un simple «Hola».

No negaré que el libro me ha impactado muchísimo. En cierto modo, es la cara negativa de una de mis películas favoritas, «Antes de amanecer» donde los dos protagonistas, tras tener un flechazo en el tren, sí se atreven a conocerse aunque sólo sea durante unas horas.

VII – 7 – 七



7 años. Son muchos años, pero también pasan volando, sobre todo si es junto a la persona con la que vas a compartir toda tu vida. Enric y yo nos conocimos hace 7 años, ni más ni menos. La conexión fue instantánea y desde entonces lo hemos compartido todo. Videojuegos, música, películas buenas, películas malas, series, viajes, sexo, libros, internet, conciertos, anécdotas, todo. Desde cualquier chorrada hasta nuestra pasión por Chris Evans. O Bob Esponja. Qué os voy a decir que no sepáis ya por Facebook.


No es fácil encontrar a alguien que además de tu pareja pueda ser tu mejor amigo. Alguien con quien compartir y disfrutar la vida con naturalidad, alguien a quien llegas a conocer tanto que basta una mirada para saber qué piensa o qué va a hacer. Es tópico, pero es verdad. Y hasta que no lo vives en primera persona, no te puedes creer que exista tal grado de conexión con otra persona.


No todo han sido rosas, por supuesto. A menudo creo que de cara a la galería damos la impresión de ser la pareja más empalagosa ever. Y puede que a ratos sea así, pero también tenemos nuestras discusiones y malos momentos y baches. Días en los que piensas que el mundo se viene abajo. Como todas las parejas del mundo, vaya. Pero cuando se tiene claro que el objetivo común es pasar la vida juntos, de estas crisis la relación siempre sale reforzada. Porque es sano confiar el uno en el otro y trabajar juntos para que la pareja funcione.


El 7 es un número bonito. No es nuestro favorito (que es el 13), pero sí es el número de cosas que nos vuelven locos como Final Fantasy VII o Ray of Light. Así que espero muchos momentos buenos de este séptimo año juntos. Y los que quedan por venir.


He pensado mucho en qué canción debía poner hoy. Y tras darle muchas vueltas, he optado por un tema que para mí supone muchas cosas. Es de Freddie «Dios» Mercury, la letra es tan bonita como significativa, está dedicada a nuestra ciudad y además me parece el mejor dueto de la historia. Todos la asociamos a las Olímpiadas y por eso puede sorprender que la utilice, pero en realidad es una declaración de amor: a una ciudad y a la persona que cambió tu vida.


I had this perfect dream
(Un sueño me envolvió)
This dream was me and you
(Tal vez estás aquí)
I want all the world to see
(Un instinto me guiaba)
A miracle sensation
My guide and inspiration
Now my dream is slowly coming true
The wind is a gentle breeze
(Él me hablo de ti)
The bells are ringing out
(El canto vuela)
They’re calling us together
Guiding us forever
Wish my dream would never go away
Barcelona
It was the first time that we met
Barcelona
How can I forget
The moment that you stepped into the room
You took my breath away
Barcelona
(La musica vibró)
Barcelona
(Y ella nos unió)
And if God is willing
We will meet again
Someday
Let the songs begin
(Déjalo nacer)
Let the music play
(Ahhhhhhh…)
Make the voices sing
(Nace un gran amor)
Start the celebration
(Ven a mí)
And cry
(Grita)
Come alive
(Vive)
And shake the foundations from the skies
Shaking all our lives
Barcelona
Such a beautiful horizon
Barcelona
Like a jewel in the sun
(Por ti seré gaviota de tu bella mar)
Barcelona
(Suenan las campanas)
Barcelona
(Abre tus puertas al mundo)
If God is willing
(If God is willing)
If God is willing
Friends until the end
Viva!
Barcelona!