Adele – Someone Like You

«Perfección». Así definiría este videoclip de Someone Like You en una palabra. A menudo se nos olvida que un videoclip debería limitarse a trasladar una canción al lenguaje audiovisual, reforzarla con imágenes que la complementen, sí, pero no que la emperifollen para que parezca mejor de lo que es.

Por mucho vestuario, por mucho maquillaje, por mucho efecto especial que haya en el videoclip, a la hora de la verdad la protagonista  debe seguir siendo siempre la canción, su letra, su sonido: que todos estos elementos queden envueltos por las imágenes y, juntos, marquen a fuego emociones en el cerebro del espectador. Por eso hay videoclips que funcionan y hay videoclips que fallan. Unos recuerdan su función y otros sólo pretenden impactar. Pero los impactos duran dos segundos, se olvidan enseguida.

No debía ser fácil grabar un videoclip para una canción tan emocionante como Someone Like You. Quizá por eso han tardado tanto. Por eso o porque la marcada estética otoñal habría chocado un poco en pleno mayo.

Hay un relato de Terenci Moix que siempre me ha gustado mucho. Se titula «Asesinar con el amor» y en él, el protagonista pasea por una Barcelona vacía mientras recuerda una historia de amor fallida, los errores y las cosas que cambiaría y no podrá cambiar. Los recuerdos se agolpan y el escenario, esa ciudad nocturna  llena de hojas caídas y aceras húmedas, parece aliarse con las emociones del personaje. No deja de ser una escena que todos hemos vivido pero contada con especial maestría.

Desde hace tiempo me imaginaba algo así para Someone Like you. Y en realidad el resultado no se aleja demasiado. Es un videoclip en apariencia sencillo pero cuyas piezas encajan con la perfección de un reloj, empezando por la fotografía granulada y la ciudad elegida (París… amor y desamor).

Primero, el escenario: un paseo bordeado de árboles junto al río Sena. Sopla el viento. Adele camina mientras canta llena de emoción. Parece ensimismada, sus gestos transmiten toda la intensidad de la letra. La cámara se aleja y Adele encoge. Para el estribillo, volvemos a acercarnos a ella y de repente -la magia de la coreografía, mira a cámara en el momento preciso, justo cuando pronuncia esos «never mind» y «someone like you» tan desgarradores. Te sientes casi culpable. Pronto la cámara gira sobre sí misma, recorriendo ese pequeño pedazo de una ciudad que ya nunca más será de los dos. Termina la panorámica de 360º y jurarías que Adele ha desaparecido. Pero no: ha seguido adelante. Así es el sufrimiento: parece que no podrás, que te fallarán las fuerzas, pero casi sin darte cuenta continúas dando pasos hacia adelante.

En este trozo, Adele no canta. Lógico: esta estrofa es retrospectiva absolutamente. Adele contempla un punto muy concreto del canal, evoca recuerdos, momentos que no volverán. Continuamos el paseo y Adele vuelve a cantar. Atentos a su gesto cuando entona: «how bittersweet this would taste». Brillante. El rostro de la chica se diluye sobre un último vistazo a París. Y la escena final: ¿qué decir? Pocas veces se habrán rodado despedidas tan intensas en un videoclip. No hay diálogos pero tampoco hacen falta gracias a esos juegos de perspectivas y espejos y una última panorámica en la que dejamos de comprender dónde está Adele porque ella ya sólo piensa: «Tú te marchas, yo me quedo».

Lo dicho: un vídeo perfecto para una de las mejores canciones del año.

Mathias Malzieu – Metamorfosis en el cielo

¡Abrir de nuevo el abanico de posibilidades, bailar para siempre, volar, aunque sea un poco, aunque sea mal!

Éste es el libro más poético pero también más críptico del autor. Si La mecánica del corazón trataba de la búsqueda del amor aun a sabiendas de que te romperá el corazón y La alargada sombra del amor lidiaba con la ausencia de un ser querido, tras la primera lectura de Metamorfosis en el cielo no queda claro qué nos explica Mathias Malzieu a través de esta fábula, fiel al imaginativo estilo timburtionano marca de la casa.

Reflexionando sobre el libro un par de días, saqué mi interpretación. Que no tiene porqué ser válida, o como mínimo no la única válida. Creo que esta vez Mathias Malzieu ha sido intencionadamente ambiguo para que cada cual interprete a su conveniencia la bonita historia de amor entre un hombre enfermo y una mujer-pájaro.

Para mí, Metamorfosis en el cielo nos recuerda que a veces nos abandonamos a nosotros mismos hasta el punto de casi destruirnos: lo hacemos porque los demás nos aplauden, porque nos empeñamos en que seguir así es lo mejor, lo que queremos, a pesar de los moratones que poco a poco van cambiando el color de nuestra piel hasta hacernos irreconocibles.

Y siempre, llega el amor como redención. El poder de curación del amor, de transformación incluso. Llegar a ser más uno mismo que nunca a través de las enseñanzas de otro. Aprender, evolucionar gracias a eso. Pero agotado el proceso, hay que saber pasar página.

Todo ello, narrado con la magia de Mathias Malzieu, en un mundo donde es normal construirse unas alas mecánicas para cumplir nuestro sueño de volar, los pájaros siempre son rojos y la mujer amada es «un pastel de nata con botas» (adoro sus expresivas metáforas). Lo dicho: el libro más poético del autor, que ya es decir. Bellísimo.

50 First Dates / 50 primeras citas

¿Me das un último primer beso?

Puede que «comedia romántica protagonizada por Adam Sandler y Drew Barrymore» no sea la mejor carta de presentación, pero decidí fiarme del criterio de mi consejero oficial de cine, que tan buenas películas me ha recomendado, y nos animamos a verla. Drew Barrymore interpreta a una chica con pérdida de la memoria a corto plazo: ella cree estar viviendo siempre el mismo día de hace un año, justo antes de su accidente de coche. Todo lo que ha vivido desde entonces, lo olvida en cuanto despierta al día siguiente. Tras conocerla y vivir una cita perfecta con ella, Adam Sandler intentará conquistarla.

Así pues, podría decirse que 50 primeras citas riza el rizo del planteamiento de Atrapado en el tiempo: un protagonista atrapado en días que se repiten una y otra vez, mejora su conducta con el método de prueba y error, hasta romper por fin el bucle. No son pocas las obras que parten de este esquema (ejemplos más o menos recientes: un capítulo de «Supernatural» y la película «Código Fuente»), pero no por ello pierde encanto.

¿Cómo conquistar a alguien que se olvida de ti después de cada cita? La base de cualquier tipo de relación es la acumulación de recuerdos conjuntos. Sin esos recuerdos, es imposible construir un vínculo, un cariño. Cada cita y cada beso serán los primeros, y por muy romántico que eso suene, por desgracia también serán los últimos. La resolución al problema es original; afortunadamente, no está cogida con pinzas ni tampoco recurre al previsible «se da otro golpe en la cabeza y todo solucionado».

Me gustó que la mejor cita sea la primera, cuando Adam Sandler es él mismo, no fuerza la situación sino que habla y actúa naturalmente, improvisa, deja fluir. A menudo, metemos la pata al sobreanalizar las situaciones, al intentar reproducir cuidadosamente todo lo aprendido. Mejorar uno mismo está muy bien, pero nunca hay que perder ese punto de espontaneidad, de frescura. Hay que lanzarse más.

Cuando estás receptivo, incluso de películas en apariencia tontas como ésta puedes no sólo disfrutar, también aprender. Recomendable para acompañar esas tardes de verano, tirados en el sofá tomando un buen té helado.

Wouldn’t it be nice if we could wake up
In the morning when the day is new
And after having spent the day together
Hold each other close the whole night through

Happy times together we’ve been spending
I wish that every kiss was neverending
Wouldn’t it be nice

Last Night / Sólo una noche

«Puedo resistirlo todo menos la tentación», decía Oscar Wilde. Y tenía toda la razón. Pero hay formas y formas. La tentación siempre puede aparecer tras la próxima esquina, sí. Ignorarla, darle la espalda, sólo significaría frustrarnos, retrasar lo inevitable y hasta entonces acumular un rencor desmedido que acabará pasándonos factura. Una vez hemos conocido la tentación, al final siempre acabaremos cayendo en ella. Pero en nuestras manos tenemos el poder de pecar de una forma honesta, sin traicionar confianzas ni dinamitar autoestimas de terceras personas.

De tentaciones trata «Sólo una noche». De tentaciones e infidelidades hipotéticas, latentes. La atracción puramente física versus la atracción espiritual. Puertas entreabiertas que no sabemos si cerrar suavemente o abrir de par en par. El excitante y terrible «¿Y si…?». La culpabilidad de descubrir nuevas posibilidades. La destrucción de la renuncia. Y el eterno dilema: ¿lo que ganaríamos es mejor que aquello que perderíamos?

No quiero ser tópico pero se nota que la película está escrita y dirigida por una mujer, Massy Tadjedin. No tanto porque la verdadera protagonista de «Sólo una noche» sea Joanna (Keira Knightley). Se nota sobre todo en la complejidad de los personajes, en la atención a los detalles (magníficos primeros cinco minutos), en la sensibilidad de los diálogos (inteligentes, nada zafios) y en la valentía con que Tadjedin aborda la situación en la que se ven atrapadas estas cuatro personas. No hay lugar para medias tintas ni tópicos: las infidelidades son como son. Se nota que una mujer está al mando incluso en la elección de la delicada banda sonora de Clint Mansell: piezas a piano tan sensuales y tan tentadoras como esos escenarios nocturnos que recorren ambas parejas.

Las propias ciudades parecen incitarles a caer en la tentación. En este contexto casi hostil, los personajes secundarios ejercen de necesarios pepitos grillos. Hablan con los protagonistas para ayudarles a hacer examen de conciencia, para que pronuncien en voz alta lo que no se atrevían ni a reconocerse a sí mismos. Y es que cuando el deseo te desorienta, incluso un perro puede servirte de guía.

Supongo que sientes que una película es realmente buena cuando ésta te habla, cuando te adentras tanto en su historia que desearías haberla rodado tú. Cuando, de hecho, podrías haberlo hecho tú sin cambiar ni una coma. Me fascinó «Sólo una noche» porque lo disecciona todo con una elegancia, una sinceridad y un sentimiento envidiables. Al final, queda claro que la honestidad siempre es el mejor camino. No el más fácil, claro, pero es que las buenas personas no buscamos nunca lo fácil. El último plano de la película, por cierto, es sencillamente perfecto.

Once you know something like that, you can’t unlearn it.

Les Petits Mouchoirs / Pequeñas mentiras sin importancia

154 minutos. «¿Dónde me he metido?», pensé al descubrir en el programa -me fascina que algunos cines conserven todavía la tradición de ofrecerte estas fichas de la película; yo las colecciono- la exagerada duración de «Pequeñas mentiras sin importancia». Empezamos con un plano secuencia impactante, atronador y acabamos con un plano congelado agridulce y mudo. En medio: dos horas y media con muchas carcajadas y alguna que otra escena dura, a veces incluso te descubres riendo con el corazón en un puño (la ridícula desesperación de esa mujer refugiándose de madrugada en el porno virtual, por ejemplo).

No diré que al final la película se pasó como un suspiro, porque no sería exacto -la película es larga y no lo intenta disimular-, pero sí diré que salí del cine deseando más, mucho más, deseando una serie entera dedicada a estos personajes: dos temporadas como mínimo, cada una con 13 capítulos de 45 minutos. Tan humanos son los personajes y tan identificado te sientes con ellos, tanto cariño les coges a pesar de sus defectos (que son muchos), tantas ganas te quedan al final de seguir sabiendo de sus vidas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» gira en torno a las vacaciones de verano de un grupo de amigos; unas vacaciones vistas no sólo como un acto de escapismo, sino también -y sobre todo- como el ejemplo máximo de su egoísmo. Y es que en esas ganas de pasarlo bien, esa necesidad de que nada se tuerza, de que ni siquiera las comadrejas amenacen la calma del refugio playero, hay mucho de dar la espalda a la realidad, a sus problemas y a los de los demás. Se consuelan pensando que no han abandonado a su amigo hospitalizado porque van a acortar las vacaciones: dos semanas en vez de un mes, y al fin y al cabo sólo estarán a una hora de avión de París.

Así somos. Nos acomodamos en las pequeñas mentiras porque es más fácil así, porque mentir en las pequeñas cosas parece un acto inocente. Mentimos a los demás autoconvenciéndonos de que es lo mejor para ellos, cuando en realidad lo que hacemos es mentirnos a nosotros mismos, retrasar ese momento en el que habrá que afrontar la verdad: la persona a la que verdaderamente quieres, lo que verdaderamente te llena, la sexualidad que verdaderamente sientes. Y mientras estás mintiendo, ese momento de sinceridad parece muy lejano, como la costa cuando navegas en barco bajo el sol, pero a menudo olvidas que también existen bancos de arena, golpes imprevistos que te obligarán a mirarte al espejo y ser sincero de una vez por todas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» también nos recuerda la importancia de lo que se dice, y de cómo se dice. Hay un personaje que, a modo de ejemplo, explica un experimento de Masaru Emoto que no sé si será verdad pero en cualquier caso me fascina como metáfora. Emoto puso arroz hervido en dos tarros y los cerró; a un tarro le colocó una etiqueta con la frase «Te quiero» y al otro una etiqueta con la frase «Te odio». Día a día, al primer tarro le agasajaba con palabras cariñosas, mientras al segundo le escupía palabras llenas de rencor. El arroz odiado se pudrió enseguida, mientras el arroz amado seguía intacto.

Y de eso se trata: de hablar pero hablar bien, de cuidar el lenguaje, de quejarse menos (o directamente, no quejarse), de proyectar una imagen más optimista de nosotros, de dedicarles a la gente que nos rodea las buenas palabras que merecen. Toda esa energía positiva acabará llegándonos de vuelta. En ese sentido, estad muy atentos a cuál es el único personaje que termina la película mejor de lo que la empieza. No hay que conformarse con las mentiras, hay que aprender a hablar y hay que aprender a escuchar.

Cine francés generacional, cinta coral ensalzada por un reparto excelente, comedia y drama muy bien hilados, canto a la amistad (pero a la de verdad), un pequeño empujón para que seamos optimistas, sinceros y hablemos de las cosas que nos importan, banda sonora de lujo (mezcla de canciones muy famosas con momentos indie)… Todo eso y mucho más. Una sorpresa agradable sobre las sorpresas desagradables de la vida.