Las palabras mágicas. Podría decírtelas si te acercases. Podrías decírmelas tú a mí si me acercase. Pero no me atrevo. Pero nos conformamos con mirarnos. Por turnos, claro. A ratos te miro yo y a ratos me miras tú; lo descubro cuando ya terminas, cuando devuelves la mirada a tu amigo, o acompañante, o lo que sea. En ese instante mínimo que nuestros ojos se cruzan, sonríes. Y yo me esfuerzo por sonreír rápido, para que te des cuenta. Llevamos ya un tiempo así, pero todavía no nos acercaremos, porque incluso un simple «hola» conllevaría ya cierto compromiso. Por ahora somos libres. Sigue el juego.
Te lo ha preguntado el panadero italiano, desplegando sus manos para que te fijes en el mostrador, rebosante de dulces y pastas recién salidas del horno. Te apetecería todo, y él lo sabe, y por eso sonríe. Quizá por eso te enseña también sus manos, piensas ahora, porque al fin y al cabo lo ha amasado todo él mismo. Es de esas pocas panaderías en las que todavía preparan y hornean los productos en vez de comprarlos pre-congelados.
Te decides por fin: una caña de crema. El panadero italiano (lo llamas así aunque en realidad no tienes ni idea de si es italiano; lo único cierto es que habla perfectamente el catalán) te cobra y te ofrece tu pasta. Hasta el precio es original: 1,42€, no redondea. Sus gestos son más amanerados de lo que te habían parecido hasta ahora. Claro que tampoco es que te hubieras fijado mucho. Un año pasando por delante de camino al trabajo y solo ahora que has entrado y le has comprado algo empiezas a conocerle. Sabes que es honrado. Se le nota en los precios y también en su sonrisa. Volverás.
Con esta pregunta deberían empezar todos tus días. Hoy te apetece saltar de charco en charco. Hoy te apetece comer solo postres. Hoy te apetece llevar la ropa que nunca te pones. Hoy te apetecen tantas cosas que las harás todas, una por una. Hoy te apetece decirme hola. Por eso, será lo que te pregunte la próxima vez que nos veamos. ¿Qué te apetece hoy?










