Instant crush

De repente, un engranaje gira en tu interior y todo tiene sentido. Lo llaman flechazo. Vas por la vida cargado con tus prejuicios, tienes muy clara tu visión del mundo, lo que te gusta y lo que no, de ahí no te mueve nadie. Hasta que chocas con algo que te desarma. Y en esa sorpresa redescubres el auténtico sabor de la vida.

Algo así me pasó el otro día escuchando Random Access Memories, el último disco de Daft Punk. Me estaba pareciendo un soberano coñazo, la típica obra que se hace para lucimiento personal y no para disfrute del oyente. Pero antes de que perdiera la esperanza, llegó Instant Crush, en colaboración con Julian Casablancas, cuya voz vocoderizada hasta parecer riffs de guitarra tiene más emoción que casi todo lo que se ha lanzado en 2013 (Woodkid es mucho Woodkid). ¡Así sí!

And we will never be alone again
Cause it doesn’t happen every day…

Me sentí acompañado tarareando la letra. Y esa debería ser la función del arte. El escritor David Foster Wallace me lo confirmaba ayer por la noche en el libro de entrevistas con él que estoy leyendo. En la cama, aún tapado por el nórdico, sonreí al leer que le gustaban esos libros que le daban compañía, que le aportaban algo como ser humano en medio del caos. «La literatura o mueve montañas o aburre», decía él.

Plantearse la escritura, y por extensión el arte, y por extensión el amor, como un acto generoso, con el que pretendes que el otro encuentre una pieza perdida y crezca contigo. La complicidad de compartir ese mismo flechazo que tú sentiste para que el otro lo sienta. Por eso no paro de escuchar ese Instant Crush de Daft Punk y se lo pasé a una amiga. Nunca será single, pero para mí justifica el lanzamiento del disco.

Seeking a friend for the end of the world

«Una película muy tú.» Así me la definieron. No supe quién sería predecible, si la película o yo. O si de verdad hay cosas que tienen que ir juntas sí o sí. No te las imaginas de otra manera. Es lo que ocurre con los personajes de Steve Carell y Keira Knightley cuando se conocen. Sí, son las reglas de toda comedia romántica: chico conoce a chica, blablablá, pero en este caso hay algo más.

Ambos llegan a la vida del otro en su momento más bajo, por accidente, cuando además a su alrededor el mundo se está acabando (siempre parece que se acaba, pero esta vez va en serio) y sabes que juntos se sanarán. No es que se necesiten, sino que solo conociéndose podrán afrontar esta nueva etapa con valentía. Atreverse a hacer todo lo que querían y no hacían.

Han sintonizado el canal y por fin dejan de aparecer franjas y ruidos extraños. Es una historia de amor sencilla, contada con la emoción precisa, sin alardes ni dramatismos, y eso que se prestaba a ello. Emociona porque no pretende emocionar, solo te cuenta las cosas tal cual ocurren. Así se enamorarían dos extraños en pleno fin del mundo.

Hay secuencias de las de abrazarse al cojín (o peluche, o manta, o novio, o lo que gastéis), no sobra ni una canción ni un minuto, el final es perfecto. Un viaje para disfrutarlo de principio a fin. Como la vida, como un buen amor. Te deja clavado a la silla con una sonrisa, a pesar de todo. Pues sí, me dije, orgulloso: es una película «muy yo».

Smiley. Una història d’amor

Me siento vacío cuando salgo del teatro. Eso le decía ayer a unos amigos, a punto de entrar todos al Espai Lliure para ver Smiley, de Guillem Clua. Y es que por buena que sea una obra, nunca me siento satisfecho; será que luego no puedo comprar el DVD, como en el cine. Ayer no fue así: salí del teatro completamente extasiado.

Hora y media de comedia romántica, con todos sus tópicos y giros inesperados. Los ingredientes: un guión preciso, lleno de frases mordaces, dos buenos actores y un escenario camaleónico: bar del Gaixample, piso compartido, aeropuerto. Mucha autocrítica del mundo gay y las redes sociales pero una misma búsqueda.

Una apuesta por el amor en mayúsculas, por el optimismo, por la magia, por las puertas abiertas, por las diferencias y el aprendizaje que conllevan. Todas esas cosas que Àlex y Bruno habían olvidado porque a veces parece más sencillo tirar la toalla. Cuando en realidad todo se reduce a sentir. Confiar en eso que sientes y actuar en consecuencia: llamar, escribir, sonreír. Y hacerlo a tiempo.

Hoy dan su última función, después de una exitosa andadura de cuatro meses por la Sala FlyHard y el Espai Lliure, agotando casi a diario. Por eso, estoy convencido de que pronto estarán en nuevas salas y llegará, por qué no, una versión en castellano. Así que si en el futuro tienes la oportunidad de verla, adelante. La química del sexo, la chispa y las carcajadas, las lágrimas se notaban desde la butaca. Te llenará.

EDIT: Me informan que la obra pasa al Club Capitol. Del 14/03 al 28/04.

We mapped the world

Al final será verdad aquello que decían en Love Actually. «El amor, en realidad, está en todas partes.» Buceando por Tumblr he encontrado esta serie de fotos. Cuánta magia con pocos ingredientes. Sale una pareja, él es el fotógrafo y ella, de espaldas a la cámara pero siempre cogiéndole la mano, le guía por rincones de todo el mundo.

 
 

La idea es del fotógrafo Murad Osmann y recoge bien lo que es el amor: sed de experiencias, aventuras compartidas, evolución. Aladdin tendiéndote la mano desde su alfombra mágica: «¿Confías en mí?» Perder en compañía el miedo a volar. Siempre adelante, la siguiente casilla a la que viajemos también merecerá la pena.

Paperman

«Dar en el blanco es el resultado de noventa y nueve fracasos.»
(Ariel Andrés Almada – Los cerezos en diciembre)

The Artist y el mejor anime japonés. Son las primeras cosas que me han venido a la mente viendo esta maravilla titulada Paperman. Su protagonista parece salido de la pluma de Naoki Urasawa. Durante los 6 minutos que dura el corto, no se pronuncia ninguna palabra, pero está lleno de magia. De la de verdad. La unión perfecta de animación tradicional y 3D. Les ha costado pero lo han logrado.

Y de eso va la historia de Paperman. De intentarlo, intentarlo, intentarlo. Tantas veces que pierdes de vista el objetivo original. Para encontrar hay que buscar, pero también saber soltar a tiempo. Poner la suerte en movimiento, nunca forzar que el viento sople a tu favor. Fluir es avanzar y también confiar que ocurrirá algo bueno.

Siempre he admirado a esos amigos que tienen pareja estable con la que llevan años. Me gusta escucharles. Sin ir más lejos, hoy un amigo me contaba que se va a casar con su novio después de 12 años juntos. Es bonito oírles rebobinar a esos primeros momentos, cuando solo había corriente y una barca temblequeante y dos remos que no sabían bien cómo usar. Todos somos principiantes alguna vez.

Los que sabéis muy bien qué significa remar juntos, los que estáis cansados de lanzar aviones de papel, los queréis que os enseñen a bailar, los que creéis en la magia, incluso los que dejáis que de eso de la magia se encarguen los demás… Disfrutad todos del arte de Disney en estado de gracia.