The Butterfly Effect / El efecto mariposa

Tengo un consejero de cine oficial que me hace descubrir películas que debería haber visto, que de hecho no entiendo porqué no había visto aún. «El efecto mariposa» es una de ellas.

Dicen que una mariposa batiendo sus alas aquí puede provocar un huracán en la otra punta del planeta. Del mismo modo, cambiar un solo detalle de nuestro pasado, nos llevaría a un presente drásticamente distinto. Y eso es precisamente lo que intenta una y otra vez el protagonista de «The Butterfly Effect»: cambiar su pasado para conseguir la felicidad en el presente, pero fracasa una y otra vez, con resultados siempre sorprendentes.

Cuesta entrar en la película, la primera media hora no sabes muy bien qué estás viendo o qué te están intentando contar. Luego ya entras en el juego, dejas de plantearte cómo o porqué se puede trasladar la mente al pasado a través de un diario, y disfrutas de la frustrante historia de Evan. Como siempre en este tipo de películas, la mejor sensación viene en el último tramo, cuando empiezan a encajar todas las piezas del puzzle inicial.

Ya lo he dicho más de una vez: las cosas ocurren como tienen que ocurrir. Es tentador corregir un pequeño error, pero eso implicaría vivir una vida radicalmente distinta. Vivimos en un mundo que parece ensalzar el arrepentimiento perpetuo: siempre podríamos haber hecho las cosas mejor, somos malas personas si alguna vez metemos la mata. Nos inculcan que debemos actuar siempre con miedo y precaución: hay que ir con cuidado por lo que pueda ocurrir después. No pienso así. Tampoco se trata de tener vía libre para hacer lo que quieras, claro, pero pienso que las decisiones que hemos tomado, los errores que hemos cometido, las cosas que nos ha tocado sufrir… todo ese conjunto de accidentes y hechos erróneos nos ha llevado al camino correcto. Estoy convencido de ello.

Albert Espinosa – Todo lo que podríamos haber sido tú y yo…

…si no fuéramos tú y yo. El título casi parece pedirte perdón por la decepción que te vas a llevar. «Yo podría haber sido tu libro favorito y tú mi mejor lector… pero no». No me gustan las sinopsis que te destripan medio libro, quitándole intriga y emoción porque te explican cosas que no ocurrirán hasta la mitad. Pero peor me parecen las sinopsis que te engañan. Que te venden una historia de amor porque saben que si te dijeran la verdad, este libro no se habría convertido en el best seller que fue el año pasado.

Pues sin destriparos nada, ya os evito yo el chasco: «Todo lo que podríamos haber sido tú y yo…» es ante todo un libro de ciencia ficción, ambientado en un futuro donde la gente se inyecta una droga para no dormir nunca y estar despiertos las 24 horas. Es la historia de un hombre enfrentándose a la reciente muerte de su madre. Es la noche más importante de ese hombre, que por si fuera poco, tiene el don de leer la mente de los demás: extrae 14 recuerdos suyos con los que conocerlos a fondo. Hay un amor por ahí en medio. Y para rematar, las televisiones hablan de un extraterrestre. Ahora entiendo las caras de la gente que me compró el libro en Sant Jordi del año pasado…

Cada idea, por separado, es muy buena. Prometedora, incluso. Pero al mezclarlas todas, da la sensación de pastiche, de no saber por dónde tirar y de intentar forzar el interés del lector rizando el rizo. Creo que en literatura (y en todo el arte, en general) menos es más. Emocióname con una historia sencilla con la que sentirme identificado y luego hablamos; no intentes deslumbrarme con astracanadas. No ayuda que el autor se vaya por las ramas, abriendo un paréntesis tras otro, deleitándose en banalidades, dejando a medias las mejores reflexiones y pasando de puntillas por esos momentos clave en los que querrías detenerte para saborearlos como es debido. Llegas a la mitad del libro enseguida (porque el libro se lee rápido, muy rápido) y no puedes evitar cierta incredulidad: no ha pasado nada, ¿cómo es posible que hayas leído tantas páginas?

Y es una lástima, porque a pesar de todo, el libro no me ha disgustado en absoluto y ya digo que todas esas historias esbozadas en la novela darían para mucho, para tres o cuatro libros estupendos, pero al mezclarlas a lo bestia, pierden su fuerza. Lo mismo ocurre con las divagaciones del narrador: hay muchos momentos de genialidad, de frases que subrayar y párrafos que releer y saborear mejor, pero dan la sensación de ser paja. Albert Espinosa escribe bien, tiene ocurriencias, párrafos enteros que te emocionan y te hacen pensar: «Es tan cierto que no sé porqué no lo había visto antes así». Y esa sensación es justo lo que busco al leer un libro. Pero el autor falla a la hora de ir a más, de emocionar al lector, de engrandecer las escenas que lo merecían y podar los cerros de Úbeda, que sólo estorban. Da la sensación de ser un libro sin revisar, escrito con prisas para entregarlo a tiempo de la campaña de Sant Jordi.

No sé si es una novela que recomendaría. Quizá sí. Ciertamente es un libro extraño, y siempre es interesante leer rarezas así. Además, el libro habla de causalidades, de señales: temas que adoro. Y reconozco que los dos/tres últimos capítulos son preciosos. Te dejan con un regusto agridulce: «Ojalá el autor no hubiera dado tantos rodeos para llegar aquí», piensas. Sigo pensando que ya el título del libro pedía disculpas…

Azul Oscuro Casi Negro

Quieres vivir fuera de la pecera. Pero la pecera mola.
(Sean)

Siempre había tenido ganas de verla y el otro día el comentario de un lector de este blog me animó a hacerlo por fin. Disfruto mucho con este feedback, que el blog no sólo sirva para contaros mis cosas sino también para que me recomendéis una película, por ejemplo. En el caso de «Azul Oscuro Casi Negro», no es lo que me esperaba, pero tampoco me arrepiento de haberla visto. Para nada. 99% recomendable.

«Azul Oscuro Casi Negro» nos muestra a una serie de personajes atrapados, inmóviles o inmovilizados, que ven cómo todo aquello que desean está siempre más allá de un muro o de un cristal. Muy cerca pero inalcanzable. (Recomiendo el análisis del blog La Linterna Mágica sobre el simbolismo de los muros en «Azul Oscuro Casi Negro».)
La película habla de esas mentiras que nos decimos para justificar nuestra infelicidad, de cómo nos sentimos muy cómodos dependiendo de los demás para encontrar soluciones, de cómo tenemos miedo de aceptar nuestra culpa, nuestras limitaciones. El muro lo creamos nosotros y, por tanto, también podemos derribarlo nosotros, pero de eso no nos damos cuenta (o lo hacemos tarde). «Es más sencillo ser la víctima que aceptar la propia responsabilidad», dice el libro «La ley del espejo». Y es verdad. A todos nos ha pasado eso de desear algo que sentimos inalcanzable, quejarnos por ello, buscar todas las excusas posibles para no darnos cuenta de que a veces la solución es tan sencilla como atreverse alargar la mano y tocar lo que ansiamos.

Los personajes viven unos dramones de órdago, pero no hay ninguna escena que llegue a emocionar. La película es demadiado contenida, incluso en escenas que deberían haber provocado algún estremecimiento o alguna lágrima. Esta contención parece algo intencionado y si bien entiendo que no se quiera caer en el melodrama barato, también considero que escenas tan duras como la confesión de Paula al explicar cómo acabó encerrada en la prisión deberían haberme hecho llorar, pero no lo hicieron.

Destaco la historia de amor de Jorge (Quim Gutiérrez) y Natalia (Eva Pallarés), preciosa en su irrealidad. En cierto modo, se quieren más cuánto más lejos están, cuánto más grueso es el muro que los separa. El desesperado egoísmo de Paula (Marta Etura) a ratos me sacó de quicio, aunque da lugar a los mejores diálogos («¿Me querrás fuera de aquí?» «…»). El contrapunto cómico lo pone Sean, amigo del protagonista, interpretado por Raúl Arévalo. Los secretos que descubre de su padre, lo llevan a participar en unas sesiones de masaje muy divertidas donde poco a poco, se aceptará a sí mismo, y aceptará también a su padre.

«Azul Oscuro Casi Negro» es una buena película, con un reparto excelente (no me extrañan esos Goyas a Quim Gutiérrez y Antonio de la Torre, y las chicas también podrían habérselos llevado), pero a la que le falta un punto de emoción para acabar de ser redonda. Por cierto: muy significativa y preciosa la versión de «Imaginarte» de Lantana.

Te escudas en tu padre, en tu hermano, en mí. Pero eres tú mismo quien no te dejas vivir.
(Natalia)

The Kids Are All Right

Odio ver la ganadora del Oscar a Mejor Película cuando la gala es aún tan reciente. Así que, si no la he visto (y suele ocurrir, porque mis favoritas o se van de vacío o ganan premios menos «importantes»), opto por alguna de las otras nominadas que tuviera pendiente. El miércoles por la noche le tocó a «The Kids Are All Right».
Se trata de una película modesta a la que, seguramente, sin ese dúo de actrices protagonistas (Julianne Moore y Annette Bening) no se le habría hecho el mismo caso. Me alegro de que estuviera nominada al Oscar, pero creo que ni de lejos se lo habría merecido ganar. Y con eso no digo que sea mala, sólo que no es «ese tipo de película».

Por lo demás, y sin entrar en demasiados spoilers, estamos ante un historia emotiva y sin demasiadas pretensiones. Una historia de críos que quieren jugar a ser adultos y adultos que se creen de vuelta de todo pero todavía tienen mucho que aprender, muchas hostias que darse. Los adultos educan a los críos, pero olvidan que también pueden aprender de ellos.

La química entre los 5 miembros de esta familia tan peculiar es muy, muy buena. Es gracias a eso que la película se salva de ser un vulgar film de domingo por la tarde. A ratos, no puede evitar caer cierta moralina made in USA (ni Los Simpson se salvan de eso), pero afortunadamente se pasa casi de puntillas por esos momentos.  Por cierto, no entiendo que se la catalogue de comedia. Es cierto que hay momentos más distendidos, pero desde luego el tono no es de comedia, sino de película realista, con sus risas y sus dramas (y de estos hay unos cuantos).

Me fascinó el personaje de Tanya, la ayudante y amante ocasional de Mark Ruffalo. Superguapa, superindependiente, superdivertida, superracional… hasta que las cosas se tuercen, claro. Y hablando de Mark Ruffalo… entre tú y yo: no me importaría tenerlo de donante, if you know what I mean. ¡Qué contorsionismo!

Supongo que la película me emocionó especialmente porque justo el otro día, valoraba la posibilidad de retomar el contacto con mi padre, al que hace 12 años que no veo, así que pude entender muy bien a esos hermanos que quieren conocer a su padre biológico y al conocerlo sienten una mezla de fascinación y decepción.
I wish you could’ve been… better.

Tu vida en 65 minutos

¿Quieres mirar la lavadora conmigo?

Siguiendo la recomendación de un amigo de cuyo criterio me fío, me dispuse a ver esta película de María Ripoll, adaptación de una obra de teatro de Albert Espinosa. De ella, me gustó hace cosa de 12 o 13 años la película «Lluvia en los zapatos» y de él, tengo pendiente leerme el libro «Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo» (ya el título es fascinante, como el de «Tu vida en 65 minutos»).

Me gusta esa sensación de incertidumbe y entusiasmo casi infantil al empezar a ver una película sin saber nada sobre ella: ni el argumento, ni la temática o el género, ni siquiera cómo es el póster. Sólo sabía que le gustaba a mi amigo y que en algún momento debía haber una escena de gente comiendo una paella junto al mar.

Esa mañana había estado hablando con una amiga de casualidades y señales, de esos indicios que se van enlazando mágicamente, como pequeños faros que te indican o te recuerdan que vas por buen camino. Es un tema que me fascina y al que ya le dediqué una entrada en el blog hace varias semanas. Pues bien: de eso mismo va «Tu vida en 65 minutos». De ir al funeral equivocado y conocer allí al amor de tu vida. De encuentros fortuitos, coincidencias, puntos en común en las vidas de gente que cree no conocerse, pequeñas mentiras que llevan a grandes verdades, equívocos y desgracias de las que acaban saliendo cosas buenas. Lo dice el protagonista, Dani: «Es lo que tienen las casualidades, que a veces significan más cosas». No habría sabido expresarlo mejor.

Pero como no podía ser de otra manera tratándose de una obra de Albert Espinosa, «Tu vida en 65 minutos» también trata de la muerte. Mejor dicho: de quitarnos de encima ese miedo a la muerte. De disfrutar cada instante y aprovechar cada oportunidad como si fueran los últimos, porque pueden ser los últimos. Así, la película es un canto a la vida, sin olvidar que la muerte es un paso más en esa vida, el único paso inevitable. Es bonito comprobar que, mientras unas vidas terminan, otras cobran sentido en esos funerales de la película.

 También es un canto a la amistad. Y una invitación a fijarse en esos detalles insignificantes que, de algún modo, le dan sentido a todo: el ciclo de la lavadora, un centro comercial, el póster de una película, un partido de futbol, una camiseta, el tren de lavado, las cosquillas de un amigo, las preguntas que no quieres contestar, anécdotas fascinantes y anécdotas que podrían haber sido verdad.

Esos 65 minutos del título me intrigaban incluso al acabar los títulos de crédito. ¿Se referían a lo que dura el ciclo de una lavadora? ¿Ocurría algo en el minuto 65 que se me pasó por alto? ¿Era sólo una licencia estilística, aprovechando la bella historia de las redacciones de 65 palabras? Pues no: resulta que la obra de teatro original duraba exactamente eso, 65 minutos, y aunque la película sea un poco más larga, mantuvieron el título porque sonaba mejor 65 que 85 minutos.

A una historia que te va enamorando escena a escena y unos diálogos brutales (de esos que te hacen apuntar una frase tras otra), se suman una puesta en escena muy de vídeoclip y publicidad, y sobre todo unos actores y unas actrices que parecen nacidos para esos papeles. Al apostar por caras poco conocidas (aunque muchos de ellos sí te sonarán si has visto series de TV3), la película gana en espontaneidad. Quizá habría actores más curtidos, con más tablas, pero ninguno como los que eligieron darían tanta vida y naturalidad a sus personajes. Entre Javier Pereira y Tamara Arias hay una química instantánea, sus sonrisas llenan la pantalla, pero es que todos están estupendos: Oriol Vila, Marc Rodríguez, Nuria Gago… Me enamoré del personaje de Irene Montalà, y eso que apenas la ves 3 minutos en la penumbra de un cine.

Y a destacar también, y sobre todo, la banda sonora. Una selección de canciones perfecta, todas muy de anuncio, sin ser eso malo: todo lo contrario. Se nota un esfuerzo por buscar la canción que reforzará cada escena y le dará el punto de emoción necesario (por letra, por melodía, por arreglos musicales). Hay cortes instrumentales, hay temas cantados, hay versiones de The Cure por parte de grupos poco conocidos… Yo ya estoy buscando el CD. El cover de «Por qué te vas» de Javier Álvarez me ha robado el alma.

Lánzate, por una vez. A ver qué pasa.