Hermann Hesse – Siddhartha

Quiero aprender de mí mismo, ser mi propio discípulo, conocerme y penetrar en ese enigma llamado Siddhartha.

Esbocé una sonrisa al leer en la contraportada de este libro la frase «influido por el pensamiento junguiano». Pues claro: tantos años queriendo leer este libro, era lógico que por fin llegase a mis manos justo la semana en que tras disfrutar en el cine con «Un método peligroso», me interesé por las teorías de Carl Jung.

Siddhartha habla de la insatisfacción de un hombre, esa insatisfacción que le empuja a la perpetua búsqueda de la felicidad. La busca en la religión, el ascetismo, la vida errante, el trabajo, el amor, la contemplación, la familia… La busca de todas las formas posibles. Siddhartha busca, busca y nunca encuentra, porque se dedica a buscar, no a encontrar. Me fascina que cada capítulo gire alrededor de una forma distinta de acercarse a la felicidad.

Cómo son los prejuicios, que me esperaba un libro críptico, espeso, nada fácil de leer… y en absoluto: está tan bien escrito que se lee como el agua, como el agua de ese río al que Siddhartha va a parar una y otra vez a lo largo de su vida. Tanto es así, que casi lo devoré en un sólo día mientras estaba de viaje, luego me relajé y saboreé uno a uno los capítulos que me quedaban por delante.

Mientras lo fui leyendo, sabía que el libro era decisivo en mi vida. No ya por su mensaje o por mi forma de pensar y sentir, que al fin y al cabo siguen siendo las mismas que antes de la lectura; fue, sobre todo, porque me inspiró a la hora de estructurar ciertos capítulos de la novela que estoy escribiendo, me dió alguna idea, me ayudó a entender de qué va realmente mi libro. La importancia de «Siddhartha» se me confirmó al llegar al último capítulo. Ahí volví a esbozar una sonrisa. No, tampoco había sido casualidad que el día antes de leer este libro, le dijera a alguien que, en adelante, me deje libros de «encontradores», porque de buscar yo ya había tenido suficiente. Todas las piezas encajan cuando les das la vuelta.

Buscas demasiado y a fuerza de buscar ya no encuentras. (…) Encontrar significa ser libre, estar abierto, carecer de objetivos.

In Time

You saved my life. Now. And every moment since I met you.

Siendo «Gattaca» una de mis películas favoritas, os podéis imaginar las ganas que tenía de ver «In Time», película del mismo director y guionista, Andrew Niccol. No está libre de lagunas (y eso en un primer visionado en el que estás más dispuesto a creértelo todo y dejarte engañar) y confieso que habría preferido otro dúo protagonista, pero pronto te olvidas de Justin Timberlake, de los agujeros argumentales, y disfrutas de una emocionante -y constante- carrera contrarreloj.

Somos tiempo. Vendemos nuestro tiempo en el trabajo para poder comprar tiempo de ocio. Invertimos nuestro tiempo en tareas, gentes, actividades, relaciones. Andrew Niccol lleva este concepto al extremo y nos traslada a un mundo en el que no existe dinero porque literalmente la gente paga con tiempo, y si se les acaba quedan desactivados para siempre. Es un mundo de eterna juventud, donde nadie envejece pasados los 25 años (memorable plano en el que tres mujeres: suegra, esposa e hija parecen idénticas).

La buena ciencia ficción es la que habla de nuestro mundo y nuestro momento, y eso hace «In Time». El discurso de la película no podría sonar más actual. Habla de lo mismo que hablan los indignados y el movimiento Occupy Wall Street. La esclavitud  a una mayoría por parte de una minoría privilegiada, la perversión de mantener las desigualdades porque, dicen, es la única forma de que nuestra civilización funcione. Amanda Seyfried y Justin Timberlake, a modo de Bonnie & Clyde o pareja de Robin Hoods modernos, intentarán dinamitar el sistema desde dentro.

Creo que al final el mensaje de «In Time» no es el de montar una revolución. O sí, pero montando esa revolución a nivel personal. Trabajar en algo que nos guste, compartir momentos con gente que nos enriquezca, avanzar por el día a día más relajados (¿qué prisa hay?), aprovechar cada instante, hacer las cosas que nos gustan. Disfrutar de nuestro tiempo. Acordarnos de vivir.

A Dangerous Method

Sometimes you have to do something unforgivable just to be able to go on living.

Y otra película con la crítica pendiente. En este caso, lo nuevo de David Cronenberg, director al que no sigo todo lo que debería, porque sus películas suelen gustarme más de lo normal (yo lo descubrí con eXistenZ, que era más que interesante). Fui un poco a ciegas, porque creo que la historia no es fácil de contar, y menos en el tráiler que me habían pasado en alguna película anterior. Pasó algo curioso: viéndola no tuve la sensación de que me estaba encantando, pero buena prueba de que me gustó (y mucho) fue que nada más salir del cine corrí a comprarme un libro para ahondar en el pensamiento de Carl Jung.

En la película, Michael Fassbender es Carl Jung y Viggo Mortensen, Sigmund Freud. Lo que empieza como una amistad con tintes paternales (Freud es la estrella y Jung el aprendiz) acaba en ruptura al descubrir ambos que sus métodos, aunque parten de una base similar, no pueden ser más opuestos. Freud sólo quiere descifrar el enigma del paciente, diagnosticarlo y enfrentarlo a un espejo, Jung además quiere ayudarle a tener una vida mejor: la vida que siempre estaba destinado a tener. Sobra decir que me posiciono con Jung.

El personaje de Keira Knightley, la paciente reconvertida en enfermera, es enorme; brilla ya en su primera escena y de hecho sirve de eje central de Un Método Peligroso. Las elipsis y los hechos que se dan por sobreentendidos o que son narrados a modo de vídeoclip mudo mientras una voz en off nos lee las cartas que  se intercambian Freud y Jung, deslucen lo que, con algo más de metraje para ahondar en los personajes, habría sido una gran película.

Filias sexuales y dilemas vitales. Cómo enfrentarse a ellos, cómo afrontarlos. Cómo intentar hacer bien las cosas o, al menos, hacerlas de forma que, al final, sobrevivamos. Destaco las escenas de sexo, son tan frías que golpean el estómago. Muy recomendable.

Daniel Glattauer – Cada siete olas

Tú vives tu vida. Yo vivo mi vida. Y el resto lo vivimos juntos.

Contra el viento del norte te deja con ganas de más y por eso lógico que el autor hay decidido continuar la historia. Pero el final del primer libro era tan perfecto que por mucho que quieras saber más de Emmi y Leo, uno se pregunta si realmente era necesario. Y la respuesta es sí y no.

Sí, porque esta historia de amor epistolar se retoma de una forma original, toma rumbos inesperados. Y no, porque buena parte de lo que hacía tan especial el primer libro (esa forma sutil de tratar temas varios como los celos, el proceso de enamoramiento, la idea del otro…) aquí se pierde por completo. Cada siete olas engancha igual, se lee en apenas dos horas porque su ritmo es trepidante, pero la lectura no aporta nada más allá de descubrir qué ocurrirá con estos dos personajes.

Que está muy bien, y el libro se hace ameno, y acaba como tiene que acabar, pero ¿de verdad eran necesarias casi 270 páginas? En fin, una contradicción: ¿puede algo gustarte mucho y resultarte prescindible? Como mínimo Cada siete olas sirve para recordarnos que las cosas pueden ser mucho más sencillos pero nos empeñamos en complicarlas buscando excusas. Y como dice el Hagakure, «los caminos se pierden cuando se ponen excusas».

En definitiva: si os gustó Contra el viento del norte, tendréis que leer esta continuación, pero esperad tan sólo un epílogo algo extenso.

Cada palabra que me escribes es ahora tu olor y tu mirada y tu boca.

Verte: está bien. Verte «una vez más», verte por última vez: ¡mierda! Llevamos un año y medio viéndonos «quizá por última vez», Leo. Llevamos un año y medio despidiéndonos. Parece como si nos hubiésemos conocido con el exclusivo propósito de despedirnos.

Yo quiero lo mejor para ti. Por desgracia no se me ocurrió pensar que pudiera ser yo.

Melancholia

I smile, and I smile, and I smile.

«El fin del mundo visto por Lars Von Trier» era casi lo único que sabía de la película antes de ir a verla. Eso, y que salía Kirsten Dunst. Nunca quiero informarme mucho de las películas que me interesan. O en este caso, que al oír acerca de ellas, me encienden un pequeño destello en la intuición.

Melancholia tiene ciertos puntos en común con El Árbol de la Vida. Música grandilocuente, imágenes del espacio, mucha metáfora visual. Es igual de ambiciosa (¿pretenciosa?), pero a la hora de la verdad, tampoco es la grande película que pretende ser. Y eso que arranca muy bien. Las críticas que he leído aplauden su segunda mitad, pero yo me quedo con la primera: el prólogo lleno de sueños o premoniciones a cámara lenta, imágenes muy simbólicas, y luego el episodio de la boda de Justine (Kirsten Dunst) con Michael (Alexander Skarsgård).

Me reí mucho con todos esos personajes tan locos como carismáticos, aplaudí con los diálogos chispeantes y aluciné con ciertas escenas (¡ese revolcón en el campo de golf, por ejemplo!)… La segunda parte no me parece tan bien resuelta, aunque el minuto final es digno de todos los elogios.

Por mucho «fin del mundo» que nos vendan, ésta es una película exclusivamente intimista, y como tal hay que entenderla. Es la historia de cómo la fuerte depresión de una chica que podría tenerlo todo no sólo la lleva a desconectar de ese entorno que intenta hacerla feliz, también arrastra hacia ese pozo de pesimismo a su hermana, y a la familia de ésta.

El problema de Melancholia es que las emociones nunca acaban de emerger. Tampoco pedía un melodrama, pero sí algo más que una sucesión de imágenes impactantes (que de eso está muy bien surtida toda la película, como por ejemplo ésta de una novia sentada sobre las sillas del banquete, ya recogidas).

Nada nuevo, en fin: el poder destructor de la infelicidad, narrado sin toda la garra que podría haber tenido, pero muy bien mostrado. O quizás todo se reduce a que no pude conectar porque por suerte el comportamiento de Justine ya me parece totalmente extraterrestre. He comprendido que, como diría Albert Espinosa, «la felicidad no existe, sólo existe ser feliz cada día». Y en eso estamos.