La guerre est déclarée

«No malgastes tu energía en detalles pequeños.»

Declaración de guerra, nada menos. Ya lo dejan claro en el propio título. Esta película es una especie de exorcismo sus dos protagonistas, Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm, a la postre también guionistas, compositores de la canción principal y, en el caso de ella, directora e incluso peluquera y maquilladora.  Partieron de una vivencia real, la grave enfermedad de su hijo, para hablar del amor y de las ganas de vivir (o de sentirse vivos, que no es exactamente lo mismo). Es evidente que el grado de implicación de la pareja para explicar esta historia es máximo.

Un material que en otras manos habría dado un film lacrimógeno, reducido a las cuatro paredes del hospital, con ellos, quizá gracias a esa distancia que se obligan a mantener para que no se les acuse de sensibleros, se convierte en pura magia. Empiezas a notar esa magia en la forma de resumir en menos de cinco minutos la intensidad del romance de Romeo y Julieta (sí, así se llaman los protagonistas), pero se mantiene a lo largo de toda la película. Secuencias que se convierten en vídeoclips mágicos, en maravillas del montaje. Donzelli no duda en saltar del trampolín una y otra vez. Y todo es más meritorio aún sabiendo que casi toda la película se ha rodado con una cámara fotográfica.

Por cierto, Jérémie Elkaïm quizá os suene de aquella Presque rien (Primer verano) tan famosa hace muchos años (sí, esa que todos recomendaban porque en el póster salían dos tíos buenos pero era infumable). Aquí ha crecido, está aún más guapo, ha mejorado como actor y brinda una gran actuación, al igual que su compañera. Pasan del humor al drama y siempre resultan convincentes. Y es que Declaración de guerra sabe mantener formidablemente el equilibrio entre tragedia y comedia. Nunca te extraña soltar una carcajada a pesar de lo que está ocurriendo, ni te reprimes esa lágrima cuando toca.

La vida es así, parecen decirte Valérie y Jérémie. No te sientas culpable de reír. Y es que de eso va la película: no de la enfermedad del hijo, sino de cómo sus padres la afrontan. De cómo precisamente por eso quieren disfrutar más de la vida. Más que sobreponerse a los obstáculos, quieren aprender de ellos. Recuperar las cosas que les gustan, y probar otras nuevas (correr, por ejemplo). Es un optimismo radical que impregna cada segundo de la película. Ayuda, y mucho, la banda sonora, una combinación ganadora de canciones francesas y música clásica (podéis disfrutarla en Spotify). Guerra a la muerte, a la infelicidad, a la apatía.

Haruki Murakami – De qué hablo cuando hablo de correr

Superarse a uno mismo o perder: no hay más opciones.

Segunda lectura de este libro de Haruki Murakami. Ya lo leí en su día, y me gustó, pero estaba convencido de que ahora sería cuando podría extraerle toda la sustancia. Entonces todavía no confiaba en seguir mis instintos. Me conformaba con el día a día. Y no escribía. Es curioso que últimamente haya tantas entradas en mi blog que tengan que ver con caminos, avanzar, correr. Causalidades.

De qué hablo cuando hablo de correr es una especie de memorias de Murakami. Todas las memorias que podría escribir alguien tan reservado como este escritor japonés, que apenas concede entrevistas o se deja fotografiar. Pero en este caso sí quiso compartir con sus lectores su experiencia tras más de 25 años entrenándose para correr maratones, y cómo este afán de superación y autoexigencia le han moldeado como persona pero también como escritor.

Dice que escribe igual que corre. Dedicándole cada día una cantidad de horas, sin pensar en nada más, el objetivo fijo en el punto de mira, hasta que se siente con ganas de continuar un ratito más… y entonces para. Guarda esas energías para el día siguiente, así le resultará más fácil retomar el hilo. Leyendo este libro queda claro que Murakami no es conformista. Impresiona especialmente el capítulo dedicado a la maratón de 100 kilómetros. La dureza de la prueba y la fuerza de voluntad del escritor se enfrentan en un duelo titánico del que afortunadamente podemos ser testigos gracias a este libro.

Recomendadísimo a todos aquellos que quieran lograr sus objetivos.

«No soy un humano. Soy una pura máquina. Y, como tal, no tengo que sentir nada. Simplemente, avanzo.» Repetí estas frases en mi cabeza una y otra vez como si fueran un mantra. Las repetí maquinalmente, en el sentido más literal del término. Y me esforcé en aislarme y en reducir todo lo posible el mundo que percibía en esos momentos. Lo único que yo veía eran, a lo sumo, los tres metros de terreno que tenía por delante. Más allá no había nada. Mi mundo se acababa en esos tres metros. No necesitaba pensar en lo que habría tras ellos. El cielo, el viento, la hierba, las vacas paciendo, el público, las voces de ánimo, el lago, las novelas, la verdad, el pasado, la memoria…, todas esas cosas nada tenían que ver conmigo. Llevar mis pasos tres metros hacia delante: ése era el único sentido de mi humilde existencia en tanto que ser humano, mejor dicho, en tanto que máquina.

Emeli Sandé – Our Version Of Events

It’s ‘bout time we got some airplay of our version of events.

Se ha hecho esperar pero ya está aquí. Después de lanzar tres singles propios, otras tantas colaboraciones y ganar diversos premios (entre ellos el Brit Awards de los críticos, del que le harán entrega este mismo sábado), Emeli Sandé lanza su esperado debut. La expectación era alta y pienso que jugará en su contra, porque al final el disco es mucho más conservador de lo que prometían los singles o el propio look de ella.

Heaven, su single más conocido, la despacha rápido. Al parecer, salió en muchas listas de las mejores canciones de 2011. Yo la descubrí este enero. No importa: es grandiosa en cualquier año que la escuches. Parece salida de una discoteca de los 90 gracias unas bases trip-hop impecables, hipnóticas, y esos coros del estribillo te animan aunque no quieras. Cuando la canción termina, piensas: ¿cómo grabar algo a la altura? Pues, por ejemplo, no intentando vivir a la sombra de tu single de éxito.

El resto de canciones de Our Version Of Events no tienen nada que ver con Heaven. Es un repertorio sorprendentemente clásico. Baladones muy tremendos, en la línea de lo que triunfaba en los dormitorios de los 90: Whitney Houston, Céline Dion, Mariah Carey. Es un poco como la secuela del primer disco de Leona Lewis (y esta comparación es inevitable en Mountains, tema que de hecho iba a ser para Leona). Mucho piano, mucha letra sobre el amor y el desamor, mucho estribillo desgarrado cantado con una voz siempre eficaz y unas percusiones modernas como único recordatorio de que el disco se ha lanzado en 2012.

Muy inteligentemente, para no eclipsar el repertorio, los otros dos singles, la pegadiza Daddy y la luminosa Next To Me, que puede hablar sobre lo que acompaña un buen amor o un buen disco, los han desperdigado a lo largo de un tracklist que quizá peca de ser demasiado largo (14 canciones pueden hacerse muy cuesta arriba si encima todas son lentas; yo habría preferido una selección más exigente).

De entre los temas nuevos, sobresale My Kind Of Love, monumental, o la declaración de intenciones de Read All About It (Part III). La mejor letra de todo el disco. Habla de la valentía: encontrar tu propia voz y no tener miedo de utilizarla, digan lo que digan. Y es precisamente eso, la voz de Emeli Sandé, lo que brilla en los temas más contenidos, como River y su piano, Suitcase, que casi roza el country, o Break The Law, impresionante porque Emeli la canta casi acapella, jurarías que la tienes a ella susurrándotela al oído.

Ya se sabe: las cosas no salen siempre como esperabas. Eso no quiere decir que no sea para bien. Un fracaso amoroso puede llevarte a componer un gran disco que te llevará al estrellato y a millones de personas les dará consuelo. Que se lo digan a Adele. El disco de Emeli Sandé no es un golpe sobre la mesa, pero sin duda es un buen disco, una colección de canciones que te van calando escucha a escucha. Como una de esas novelas que no son trepidantes, pero que tan a gusto se leen en la cama y te cautivan página tras página con una prosa elegante. El calor de la manta, la esponjosidad de la almohada y la compañía de una gran voz. A veces no necesitas nada más.

You’ve got the words to change a nation but you’re biting your tongue
You’ve spent a life time stuck in silence, afraid you’ll say something wrong
If no one ever hears it, how we gonna learn your song?
So come on, come on, come on, come on

You’ve got a heart as loud as lightening, so why let your voice be tamed?
Baby we’re a little different, there’s no need to be ashamed
You’ve got the light to fight the shadows so stop hiding it away
Come on, come on

I wanna sing, I wanna shout
I wanna scream till the words dry out
So put it in all of the papers, I’m not afraid
They can read all about it

The Black Keys – El Camino

El Camino tiene el sabor del desierto. Una carretera atravesando canciones de arena. Montañas rocosas al fondo, el viento como único signo palpable de vida. La intuición de que estás rodeado de algo eterno. Sólo diré que escuchando este disco me han entrado ganas de sacarme el carnet de conducir para irme directo a recorrer en coche la Ruta 66. Eso es El Camino. Ni más ni menos.

The Black Keys pisan a fondo el acelerador con la eufórica Lonely Boy, también conocida como El Single, canción para bajar la capota y gritarla manos al aire con el viento despeinándote: Ooh, oh-oh! Seguimos con Dead And Gone, tan cercana al glam y rematamos una apertura triunfal con Gold On The Ceiling. Aquí se nota más que nunca que el productor es Danger Mouse, esta canción habría encajado perfectamente en Demon Days de Gorillaz, aún hoy su mejor disco.

El inicio de Little Black Submarines es uno de los pocos momentos intimistas del disco. Parada técnica. El desierto es exigente, hay que reponer fuerzas antes de recuperar el ritmo y soltar la artillería pesada: Run Right Back es irresistible, con sus puntilleos de guitarra y sus percusiones animándote a seguir adelante (a pesar del título) por esa carretera que parece no llevar a ninguna parte. Es la sensación que produce la última mitad del disco, con esa efectiva mezcla de rock, soul y r’n’b.

Igual que el desierto tienes que atravesarlo entero, no hay otra forma, El Camino me parece un disco para disfrutarlo de principio a fin, más que para quedarse con las 3 o 4 canciones que te gusten. Antes de que te des cuenta, habrás llegado al final y querrás volverlo a poner. Es una experiencia y hay que vivirla. Es la banda sonora del mejor viaje de tu vida.

Ooh, oh-oh! I got a love that keeps me waiting 
Ooh, oh-oh! I got a love that keeps me waiting 
I’m a lonely boy 
I’m a lonely boy 
Ooh, oh-oh I got a love that keeps me waiting

Montoto – De regreso a mi planeta

El impacto que te produce revisitar un disco. Ese que te gustaba tanto hace años. Un día lo vuelves a escuchar y parece grabado para tu yo actual. Es como si ya entonces, cuando lo escuchabas al principio, intuyeras en quien te acabarías convirtiendo. Y quien dice un disco, dice también una película o un libro. Por una asociación de ideas, el otro día me acordé del debut de este chico. Sólo recordaba el título de su single El movimiento, pero claro; ponte a buscar eso. Algo habré aprendido de Sherlock Holmes, porque finalmente di con el disco. Y pude redisfrutarlo en Spotify. Cuando le di al play, me sentí como en casa.

De regreso a mi planeta. No hay mejor título para un disco que habla justamente de superar todos los obstáculos, superar todas las crisis, reencontrarte y encontrar nuevamente tu lugar. Ahí te quedas. Me gusta que la portada sea naranja porque es mi color favorito. Mi planeta sería naranja, eso lo tengo muy claro. Naranja debe ser también ese optimismo que recorre los doce cortes del disco, un sentimiento de que todo saldrá bien mientras cruzas el espacio negro. El disco es un viaje.

Las canciones siguen sonando frescas gracias a una mezcla acertadísima: las composiciones guitarra en mano de Diego Montoto (un cantautor cantando sobre relaciones que terminan y corazones que se expanden) con la producción de Carlos Jean. Algo tenía este hombre hace 6-7 años, que nos regaló discazos como éste o los mejores de Fangoria. Los momentos electrónicos son sutiles, pero ahí están, haciendo que flote la letra de Mientras La Vida Te Sonría, obligándote a bailar en El Movimiento desde su intro funky hasta su outro épica, o transportándote al futuro en la mágica Cuál Es Tu Animal, que suena a una especie de híbrido de los discos Ray Of Light y Arquitectura Efímera.

No todo es etéreo en el disco, ojo. También está la autoafirmación cañera de Mi Forma De Hablar. Y Montoto demuestra que sabe sacar las uñas sin perder la compostura en No Me Toques. Al escuchar esta canción, no sé por qué, he pensado en los indignados y he recordado que este es un año de cambios. En realidad todos lo son. Aunque no nos demos cuenta, de todo aprendemos, siempre estamos avanzando hacia ese momento único que se llama ahora.

Y de eso va el disco, creo: de esa mirada retrospectiva y esperanzada a la vez. Es una sensación extraña, una como una cápsula del tiempo que viaja a la vez al pasado y al futuro. Regresas a tu planeta y vuelves a la casilla uno, eres principiante de nuevo. En ese sentido, me recuerda a la película Beginners. Para decirlo de una vez: Montoto lanzó en 2006 el disco que a mí, hoy, me gustaría ser capaz de grabar. Desde aquí le doy las gracias por enseñarme entonces lo que sólo ahora puedo saber.

Tú sabes muy bien
Cuál es tu ciudad
Has visto una luz
Te has dejado llevar

Ya empiezas a ver
Cuál es tu animal
Dale caza y verás
Tu piel descansar

Y sabrás lo que es vivir
Y podrás sobrevivir