Take Shelter

El fin del mundo está siendo un filón para el cine. Me pregunto qué harán las productoras a partir del 22 de Diciembre. Qué estrenarán, qué nueva fecha buscarán para sacarle filón, porque el año 3000 queda muy lejos. Take Shelter sigue los pasos de Melancholia de Lars Von Trier (alguien convencido de un apocalipsis inminente sin que su entorno le crea), pero lo hace disfrazada de peli indie. Cuesta empatizar con el protagonista, la verdad; suerte que lo acompaña Jessica Chastain.

Eres libre cuando no tienes nada que perder. De eso solo te das cuenta cuando has construido una casa, y la habitas, te acompañan tu esposa y tu hija, una pequeña felicidad entre las idas y venidas del trabajo. No es gran cosa, pero es una cosa, y te hace feliz. Y la sola idea de perderlo, de que llegue una tormenta bíblica que lo arrase todo, te tortura.

Esa tortura es el hilo conductor de Take Shelter, que poco a poco, sin que te des cuenta, va acumulando una atmósfera enrarecida, malrollera, enfermiza incluso. Tensión invisible de las que dejan sin aliento. No es una película fácil ni tampoco tengo muy claro que su final sea el más acertado (cinco minutos hay uno bastante mejor).

Te gusta ganar. Tener el control. Saber que los demás confían en ti, a ciegas. No quieras saber el futuro, evítalo. Es mejor así. Disfruta de lo que sí tienes ahora. El presente. Disfrútalo como si fuera a terminar en este mismo segundo. Abrázalo. Abrázalo muy fuerte, bésalo.

Imperial Teen – Feel The Sound

Feel The Sound da ganas de enamorarse. De que la primavera surta efecto, de que te invadan otra vez esos nervios tontos antes de una cita, de que puedas ir de la mano bajo el sol y la lluvia, cantando los dos porque qué otra cosa se puede hacer cuando solo te apetece cantar la misma melodía una y otra vez. Tiene la frescura de un primer disco pero ya es el quinto del grupo, y en el fondo se nota el buen hacer de quien tiene muchas tablas.

Suenan a grupo de chicos y chicas recién salidos del instinto cuando en realidad son cuatro integrantes ya entrados en la cuarentena. Estos intentos de sonar juveniles suelen notarse forzados (Megalomania de Aqua, ciertos momentos del MDNA de Madonna…) pero a Imperial Teen les sale todo tan natural que ni siquiera viendo fotos de los miembros del grupo se rompe el hechizo. «Seguro que son los padres», piensas negando la evidencia. Será ese punto de ingenuidad, esas ganas de jugar a badminton, esos chapoteos en la playa, los estribillos perfectos o los juegos de voces en la mejor tradición pop. El caso es que funciona, y de qué manera.

It’s You es atemporal como la canción del tráiler de una buena comedia romántica. Es inevitable querer comerte el mundo mientras escucho Runaway, la fuerza juguetona se contagia. No Matter What You Say sonará pronto en un anuncio, es de justicia, y sino ya lo rodaré yo: parece poca cosa, pero entonces llega el estribillo y los pies se te van con ellos. Digas lo que digas, te apetece bailar. Over His Head me ha recordado a The Sounds, y lo digo como piropo, tiene algo de esa contundencia sueca. El disco pasa muy bien porque la mayoría de las canciones rondan los 3 minutos y medio (una ni siquiera llega los 3 minutos) y todas comparten esa atmósfera de estar flotando, de revivir tras el invierno.

Feel The Sound es, en definitiva, la banda sonora oficial de la primavera: escúchalo si estás enamorado, pero escúchalo también si quieres estarlo: con estas canciones luminosas sonando en tu reproductor, alguien llegará seguro. Alguien que te cogerá sin previo aviso y levantará el vuelo contigo para dibujar las nubes. Y te sorprenderás cantando Don’t Know How You Do It. Tu mundo se habrá trastocado, no entenderás qué ocurre, por qué las cosas funcionan de una manera nueva ni por qué ésa sonrisa te llena tanto. Quizá sea porque la has provocado tú. Tendrás que admitirlo: el chico te gusta. La canción podría alargarse hasta la eternidad, y no te cansarías. Porque, a veces, para sentirte vivo basta con tararear unos simples «da-dara-dara, da-dara-dara».

Kiseki (Milagro)

«Imagínate que todo fuera perfecto. Te ahogarías.»

De una película por encargo también puede salir una obra muy personal de su director. Por ejemplo, el Drácula de Coppola. Una de esas películas en la que el autor se deja la piel y su impronta única, quizá precisamente porque no pretendía hacerlo. Un proceso casi inconsciente. Algo así ocurrió con Kiseki, proyecto que llegó a las manos de Kore-Eda con un objetivo doble: promocionar la nueva línea de tren de alta velocidad y dar protagonismo a los hermanos Maeda, dos jovencísimos cómicos ya bastante famosos por esas tierras.

Estas dos premisas vertebran el relato: dos hermanos que viven separados pretenden pedir un deseo gracias a la energía que, según han oído, produce el cruce entre dos trenes shinkasen. Las dos horas previas a ese clímax son un recorrido por el mundo de ambos niños y sus amigos. Redescubres el mundo a través de su mirada ingenua. El día a día del colegio, los profesores que pasan del enfado al estímulo, las aventuras y las horas muertas que disfrutas con los amigos, cuidar de tus padres como si fueras tú el adulto… Vuelves a ser niño, sí.

La película conquista por su naturalidad. Luego lees las notas de producción y entiendes por qué: no se dió guión a los niños, se les pidió que actuasen tal como lo harían viviendo esas escenas. Se les daba objetos para que interactuasen con ellos a voluntad. Por eso se les nota tan espontáneos, tan distintos a los robóticos niños que suelen poblar las películas. Kore-Eda sabe cómo darles alas, cómo aprovechar esa improvisación para que la película gane enteros. Y así es cómo una película costumbrista levanta el vuelo y se convierte en algo más, una fábula sobre las infinitas maravillas del mundo.

Ayer descubrí una cita de Oscar Wilde que le vendría muy bien a Kiseki: «La suerte es una ciencia: si creas las condiciones, obtienes los resultados.» Eso son los verdaderos milagros. Y lo entienden muy bien los niños. Ellos todavía creen en la magia porque nunca habría que dejar de creer en ella. Y aprenden que todo es perfecto tal como es, porque no podría ser de otra manera.

Ayer, por Sant Jordi, una amiga me regaló un libro infantil, y me conquistó. Porque me gusta ser un niño de 29 años, porque solo los niños comprenden la grandeza de las cosas inconexas: tu reflejo en una campanilla, los golpes de una mano en el hombro, un perro en la mochila, el sabor sutil de un pastelillo, la caricia de unas flores… Momentos al margen del camino, porque la meta no importa. A la meta ya llegarás algún día, si es que llegas; por ahora, disfruta. Acepta que hay piedras y pasos elevados, que las cosas no son perfectas precisamente para que puedas tomar desvíos y compartirlos con la gente especial.

«Al final no pedí un deseo. Escogí el mundo.»

Rufus Wainwright – Out Of The Game

«Sometimes you need a stranger to walk with.»

«No te vayas», susurras con el emocionante crescendo de gaitas que despide el último tema, Candles. Todo el disco sirve de escenario para la batalla dulce entre los holas y los adioses. Conseguir lo que querías y estar a punto de perderlo. Saberte muy frágil porque por primera vez en mucho tiempo te sientes invulnerable. ¿Cuánto durará? No lo sé, pero no te vayas. Ya has perdido antes, ahora quieres ganar, ya te toca: que cada encuentro suene tan triunfal como Welcome To The Ball.

El título del álbum no podría ser más irónico. Rufus Wainwright está aquí totalmente dentro del juego, consciente de la calidad del material que ofrece, amo y señor de su talento, como en la portada. Lo ha vendido como su disco más pop, yo opino que esa definición solo es una máscara. Porque ni la producción de Mark Ronson, a ratos gospel (Jericho, sobre todo), a ratos soul de local polvoriento, y a ratos casi synth-pop, puede esconderlo: éste es el disco más sincero del cantante. Por eso su voz suena menos teatral que otras veces. Le basta con sentir las letras.

Tenía muchas expectativas puestas en este disco, después de que la canción Out Of The Game fuera la banda sonora oficial de mi viaje por Granada. La primera escucha me dejó descolocado. Sí pero no. De igual modo que hay personas de las que no te prendas hasta la segunda vez que los ves («¿pero cómo no me fijé en lo guapo que era antes de ayer?»), el álbum me conquistó a la segunda escucha. Los coros fueron abrazándome, las letras fueron calando, los sonidos se tornaron cálidos, llegó la conexión, los brazos desconocidos que se rozan en la penumbra. Rufus sonrió y yo con él. Os invito a sentir lo mismo.

Se le nota enamoradísimo en canciones como Respectable Dive (lanzarse a la piscina pero con cabeza, vestido de gala) o sobre todo Song For You: viene a ser el Your Song de Rufus, una declaración de amor en toda regla: «podría escoger muchas letras, pero solo hay una canción para ti». Tiene algo de créditos finales de una película romántica. Casi todo el disco suena así, en realidad: pomposo pero con los brazos abiertos. La sinceridad inspira ternura.

También hay cápsulas del tiempo: Montauk es una carta para su hija sobre las futuras visitas que hará a sus dos padres cuando sea mayor y se haya emancipado. Perfect Man llega directa de los años 40, y no es la única. El tiempo deja de tener sentido porque Rufus Wainwright solo quiere compartir su felicidad actual, recién casado y con una hija. Hubo pérdidas pero él ha ganado (solo así se comprende que una canción titulada Bitter Tears suene tan victoriosa). Tiene zapatos nuevos y un traje nuevo y hasta un bastón que en realidad no necesita. Canción a canción, comparte viñetas de su presente a las que te permite asomarte.

Para cuando llega Sometimes You Need, descubres una necesidad que guardabas muy dentro, tan enterrada que ni siquiera sabías que la tenías. Rufus te comprende, se ha metido en tu cabeza y lo saca todo a flote. Y querrías llorar. Un abrazo eterno, de los que ahogan, para no ahogarte. En este momento, en este abrazo que podría durar horas, eres feliz. El sofá es un océano para nosotros. Sin soltarte, Rufus susurra un Quédate en Madrid a la inglesa: «Let’s get lost in Los Angeles». Nada más romántico. Y crece la música, como en los cuentos de hadas, crece y crece porque te has quedado.

Garden State / Algo en común

«Good luck exploring the infinite abyss.»

Mi consejero oficial de cine me regaló Algo en común por Reyes, aunque la película tuvo que esperar a esta semana para que pudiera verla. Acompañado por una entusiasta Natalie Portman, Zach Braff ejerce de director, guionista y actor protagonista, igual que hizo Josh Radnor en Happy Thank You More Please. Y también igual que HTYMP, tiene un buen reparto y apuesta por una reinterpretación indie de las clásicas chico-conoce-a-chica.

En este caso, chico siempre deprimido conoce a chica siempre sonriente. Él ha aprendido a esconder la verdad; ella, a mentir. Él evitaba a toda costa volver a su pueblo, y por tanto revisitar el pasado; ella cría hámsters a decenas, quizá le gusta su vida efímera. Ambos conectan al instante: a ella le atrae su torpeza inexperta, a él, su risa. La música que le enseña. Tienes que enamorarte de alguien que en vuestra primera conversación te dice: «Esta canción te cambiará la vida».

La galería de secundarios de la película da color a la cinta: un enterrador, un explorador, un inventor, una ama de casa que canta en los funerales… Eso sí, en ciertos momentos desearías que los protagonistas disfruten de otro rato a solas. (¿No notas nada raro ya en el póster? No es habitual que para promocionar una comedia romántica salgan tres personajes o un número impar: siempre hay uno que estorba, que no pertenece allí. Luego llega la escena del póster y tus ojos solo ven a los personajes de Zach y Natalie, subiendo a la grúa, gritándole al mundo su euforia. Ellos dos son la película.)

La banda sonora está a la altura de lo que esperarías sobre una historia de amor entre dos personas peculiares. Coldplay, Zero 7, The Shins, Nick Drake, Simon & Garfunkel… Guitarras suaves, compases ensoñadores, canciones de las que te dan ganas de volar, como hacen ellos junto a la chimenea. Una de esas buenas selecciones de temas que apetece escuchar de vez en cuando, porque te hacen compañía.

Creo que Algo en común tiene también cierto punto Beginners, ya que trata de volver a empezar como si fuera tu primera vez. La capacidad de perdonarse a uno mismo para reconciliarte con el pasado y así avanzar. Entender que una simple pieza de plástico puede cambiar tu vida y un accidente terminarla en cualquier momento. Si te tortura el pasado y planificas meticulosamente el futuro, no queda tiempo para disfrutar lo único a tu alcance: esos momentos mágicos que compartes con la chica que ríe. Hay que coger al vuelo las oportunidades. Ya se te ocurrirá sobre la marcha cómo encajar las piezas. Que la muerte te pille jugando, como a los hámsters.

«So what do we do?»