El sexo de los ángeles

«No te necesito. Quiero estar contigo.»

Me cayó en gracia el póster. No sólo por los colorines o los maromos (que también) sino por el título. Uno de mis libros favoritos de Terenci Moix se titula El sexo de los ángeles. Sabía perfectamente que la película no tendría nada que ver con esa sátira de la cultura catalana de los años 60/70, ni mucho menos con las aventuras de Lleonard Pler, el escritorzuelo y enfant terrible protagonista del libro, cuyo nombre tomé para mi alter-ego virtual. Pero me gustó la coincidencia.

Así que sí: El sexo de los ángeles. ¿Hay algo más allá de las escenas de sexo (muchas, y bastante explícitas), de los morreos apasionados entre tíos buenorros sin camiseta y del morbo de la temática? Pues algo debe de haber, porque la película consiguió removerme por dentro temas en los que, generalmente, prefiero no pensar. Las infidelidades (las espontáneas y, peor, las consentidas), los celos, los tríos y el sexo moderno, la sensación de necesitar a alguien.

La película está curiosa, entretiene porque te recreas la vista, pero no puedes evitar pensar lo que mejoraría con unos personajes algo mayores, capaces de plantearse en profundidad las implicaciones de su situación. Mejores actores también, y esto lo digo sobre todo por la chica, Astrid Bergés-Frisbey, que a ratos roza la parodia; ellos cumplen mucho mejor,  también hay que reconocer que sus personajes son más sencillos: el sexérrimo Álvaro Cervantes (su mirada es sexo) y el sorprendente Llorenç González (su sonrisa es amor). Pero merece la pena verla porque, más allá de los aspectos mejorables, hace reír e invita a reflexionar.

Creo que en el fondo no somos tan modernos como nos venden que hay que ser. Nadie. Ni los abanderados de los follamigos y las parejas abiertas. A la hora de la verdad, todos buscamos alguien especial que nos abrace. Todo lo demás son artificios y vestidos del emperador para disimularlo, para mentirnos, para sentirnos a salvo. A mí no me pasará, yo no me ilusionaré, yo no necesito, a mí no me harás daño. Soy libre y follo. Pero abrázame.

Michel Coquet – Iaido. El arte de cortar el ego

«Desea el fruto de tu acto
y te conviertes inmediatamente en esclavo de ese deseo.»

El arte de cortar el ego. Título potente. Los libros llegan a ti y éste llegó a mis manos gracias a un cliente de la tienda. Estábamos hablando sobre textos clásicos de samuráis, mi favorito, el Hagakure, el que él estaba comprándome, el Libro de los Cinco Anillos, lo que tenían que aportar todos, y acabó recomendándome este título. Más moderno, de un autor francés que recogía las enseñanzas de un maestro japonés anónimo al que se le da el nombre en clave Takeuchi.

¿Qué es cortar el ego? No es negar su existencia. No es rechazar sus necesidades y deseos. Es justo lo contrario: aceptarlos como tales, comprenderlos para comprenderte, reconocerte como ese niño que reclama atención constante, hasta que nada de todo eso importa. Sólo ser ahora. Y disfrutarlo. «La naturaleza humana desea demasiadas cosas. Siempre quiere más y se olvida  de ser», dice el maestro Takeuchi a su alumno, y con el libro en las manos jurarías que se dirige a ti. Para alguien que está aprendiendo a fluir de verdad, no había libro más conveniente.

Es una falta de intuición y de respeto decidir los sentimientos de quien te guía. Es una afrenta porque es demostrarle una total falta de confianza. El ego no acepta ser excluido, no ser nada. Trata siempre de atraer la atención sobre él, busca siempre ser apreciado y recompensado. No quiere morir y se agarra desesperadamente a las formas y a los sentimientos que le relegan a su limitado universo. Has sido débil, pues ¿qué te importa quien te guía? Tienes tu sable ¿no es suficiente?

Ejemplos muy visuales que iban desmontando (reconstruyendo con las mismas piezas, en realidad, como si todo aprendizaje fuera un juego de LEGO) todo lo que dabas por indiscutible. Te tienes por alguien que se fija mucho en los pequeños detalles, como un aprendiz de Sherlock Holmes y entonces encuentras frases como éstas y entiendes al fin por qué Sherlock Holmes era tan bueno:

El detalle no cuenta, dice, sólo tiene importancia el conjunto de detalles. El detalle
nos confunde, pues se refiere a un solo aspecto del problema.

Piensas que es bueno fijarte en la belleza de todo, amas las cosas bellas, repartes sonrisas y canciones felices como quien regala autoayuda, todo es bello, pero ¿podrías ser fan de Madonna si la vieras, ya no usando el baño, sino como el conjunto de músculos y piel y sangre y vísceras que en realidad es y no la idea que representa? ¿Podrías amar a alguien hasta el punto de abrazarlo como un simple ser humano?

Hay que admirar el jardín por lo que es y no por lo que parece en un breve instante. Aprecia lo que va a cambiar, adora lo que es eterno. Observa a un niño pero déjalo convertirse en hombre. Contempla las nubes pero déjales seguir su curso; contempla las flores, pero no te apenes cuando sus pétalos sean arrastrados por el viento.

Comprender que quieres ser agua y de momento eres hielo. El mismo elemento en etapas distintas.

Tu mente se cristaliza a menudo cuando debería ser constantemente como el agua, el agua que toma la forma del recipiente en que se encuentre sin oponerle ninguna resistencia. Por el contrario, has sido como un bloque de hielo cuya forma fue la de tu propio ego.

Como cuando preparas una copa y los cubitos son demasiado anchos para el vaso, y en vez de esperar a que se ablanden o rociarlos con un poco de agua tibia, los incrustas a la fuerza, un golpe, otro, y acabas por romper el vaso. Los cubitos cabían en el vaso, sólo tenías que esperar. Paciencia, sin prisa, sin pausa: pasito a pasito, baldosa a baldosa, aprenderás a brillar. Comprenderás que existe una empuñadura porque tienes dos manos para sostenerla. Y cortarás.

El hombre es como una bombilla cubierta de varias capas de pintura. La luz está allí, pero las diversas capas de pintura impiden que se irradie. Ni somos las capas de pintura ni la bombilla de cristal. Únicamente somos la luz.

King Charles – LoveBlood

«If your beauty is a fortress then my love will be the boat.»

Amigo de Noah And The Whale, comparaciones con MIKA y portada daliniana con pájaros (flamencos) en la cabeza. Me lancé de cabeza a escucharlo. Y me encantó, pero me pasa con King Charles un poco como con Lana del Rey: el concepto es tan bueno, el disco es tan homogéneo en sonido y letras, los vídeos son tan redondos y el personaje está tan bien definido que no sé si el proyecto dará para más que esta joya. Por ahora, disfrutemos la escucha.

El disco te saluda con una reverencia contenida en su primera canción, LoveBlood. Tiene algo retro: no sé si son esos coros femeninos o ese puntilleo de adolescente que imita a Queen en su habitación. Tiene sobre todo un optimismo que late a lo largo de todo el disco. No es casual el título: el amor en la sangre como generador de positividad y energía. Incluso en canciones sobre amores a medias, como Mississippi Isabel, notas a King Charles feliz. Él da las gracias por ese beso bajo la lluvia, son momentos que valora más allá de cualquier desenlace.

«Treasure every beating heart that sets your soul on fire.»

Hay otro lado del disco, el desatado, el de los cánticos imparables de Bam Bam, el MIKA pasado de vueltas, unos Cartoons menos rockabilly y más anuncio de coches a cámara rápida. Es un rey enamorado lanzando sonetos encendidos a su Isabel particular. El mismo King Charles operístico de Polar Bear tan pronto usa violines y pianos y desgarro como convierte el reggae en una fiesta callejera (Ivory Road). Todo vale para cantar su amor. Es un auténtico Carnaval barroco, y divierte, y agota, y emociona, y te hace dar palmadas ante todos los colores que ofrece la corte y este cortejo.

A ratos, más que un disco, dirías que es una declaración de amor privada. Algo que no deberías de estar escuchando pero que él comparte contigo con toda la tranquilidad. Como si eso le diera sentido o lo consolase. Un poco de todo, supongo. King Charles es un trovador vestido con todos los artificios del pop para así desnudar su alma. Y en el fondo es lo que hacen todos los artistas.

I want your love in my blood ‘cause I need you in my veins
I know you’ve got enough love ‘cause there’s the give and the take
Well, I’ve got love in my blood and I’ve got you on my brain
I haven’t got enough blood, I cannot love you enough.

Elvira Lindo – Lugares que no quiero compartir con nadie

«Todo siempre en su sitio. Sólo eres tú quien cambias.»

Me gustó el título. Y por eso me lo regalé en Sant Jordi. Por eso y porque los lugares eran de Nueva York, claro. Siempre he pensado que escribes tu diario con la esperanza inconfesable de que alguien, algún día, sin permiso, lo lea: te enfadarás, claro, pero en el fondo te sentirás halagado. Lugares que no quiero compartir con nadie me evocaba algo de ese impudor coqueto.

La comprendo muy bien, a Elvira. A veces llegas a un punto de tu vida en el que cobijas cosas, lugares que has conquistado para ti mismo, y te los guardarías dentro, los sientes tan tuyos que, de alguna manera, se despierta el cosquilleo de compartirlos. Como si guardarte para ti eso tan valioso lo anulara y solo una segunda mirada confirmase que merece la pena. Que te merece la pena.

El placer y el riesgo de compartir. De eso va este libro. Hacer públicos los refugios íntimos de una Nueva York en la que todos nos sentimos nómadas. La necesidad de refugios en esa ciudad inabarcable. Lugares en los que alguien te espera, en los que echar raíces. Les llamas «casa», ya sean una casa real, un parquecito con sombra, un paseo junto al río donde hacer fotos o recoger tornillos, o cierto bar de buenas copas y mejor música. Todos necesitamos esos refugios, sí, incluso los que nos tenemos por autosuficientes, o nosotros más que nadie.

«¿Cómo escribir un libro sobre una ciudad que se pierde cada día?», se pregunta Elvira. Los locales que cierran. Hay que rendirles homenaje, para que recordemos que existieron. Los que ya desaparecieron, los que cambiaron de manos y por tanto se volvieron en otra cosa. Pero sobre todo los lugares que podrían desaparecer pronto, porque es una ciudad en perpetúa transformación, parches sobre parches, siempre en busca de la novedad, de lo mejor, como si eso garantizase algo. Hay una nostalgia que impregna todo el libro: el miedo a perder lo que se ha alcanzado, lo que ahora disfrutas, tus refugios. Pero encontrarás otros, no puede ser de otra manera. No estarás solo. Y menos en Nueva York. 

Echaremos de menos el parque. El río. Y esa excusa que se tiene a mano siempre para decir que no a una propuesta: lo siento mucho, no estoy en España. Nuestra vida tranquila está aquí. También donde, por alguna razón misteriosa, uno se vuelve más curioso y tiene afán por visitar lugares que aún no conoce. Tal vez porque en el fondo se sabe, sabemos, que esto tiene fecha de caducidad.

Salmon Fishing In The Yemen

«You and me… Is it theoretically possible?
In the same way a manned mission to Mars
is theoretically possible?»

La pesca de salmón en Yemen. «Con ese título…», podrías pensar. O con ese póster (aunque a mí el póster me gusta: los colores y esa intimidad compartida en el embarcadero). Descubrí la existencia de esta película el día que fui a ver [REC] 3 y desde entonces ardía de ganas por verla. Ewan McGregor era una garantía (ya van unas cuantas «películas favoritas» que él protagoniza), pero Emily Blunt también, la adoro desde Destino Oculto y sobre todo esa gran comedia disfrazada de frivolidad que es El Diablo Viste de Prada.

Criar salmones en el desierto. El capricho improbable de un jeque árabe se convertirá en la misión del Doctor Jones y la señorita Chetwode-Talbot. Tendrán que conjugar fe y ciencia para que lo teóricamente posible se convierta en algo definitivamente real. Como el amor: sutil y tierno y tangible como una mano que se acerca a la tuya. Desde los créditos iniciales (con ese agua que cambia de color y esos salmones saltando encima de las letras) ya sabes que lo conseguirán. Es una película que apuesta por el optimismo a prueba de bombas. Porque se trata de la única forma de que el mundo funcione. Creyendo (sabiendo) que ganarás.

Es una comedia inesperada. Moderna y mordaz. Y muy romántica. No me la esperaba así, esperaba algo más pausado o intimista, y para nada. Carcajadas y ritmo. La presentación de personajes está tan bien hecha que solo con una escena ya sabes cómo son y qué esperan de la vida. Ya sabes que Harriet y Alfred se necesitan o, mejor dicho, se complementan. A destacar la jefa de prensa del Primer Ministro, una pletórica Kristin Scott Thomas que se come la pantalla en cada una de sus escenas, incluso en las que solo se la ve chateando.

Pescar requiere paciencia. Encontrar el anzuelo adecuado, fabrícarselo si hace falta. Un buen río, tiempo, silencio. Lanzar la caña, volver a lanzarla, esperar, confiar que picará. Alfred y Harriet están al final de algo y por tanto a las puertas de otro algo mejor. No tienen prisa. Habrá que remontar el río, está en nuestro ADN.