The xx – Coexist

«You move through the room
Like breathing was easy»

Susurros entre las sábanas. Los escuchas en la penumbra. Dos sombras se mueven por la pared que hay al otro lado de la habitación, las miras con curiosidad pero tardas en darte cuenta de que una de ellas es la tuya. Sí, estás aquí, en la cama, acompañado, y suena música suave.

Vuelven The xx con otra dosis de pop etéreo. Sus canciones llegan por oleadas, y como las olas te relajan. No es casualidad que un tema se titule Tides. Cerrarías los ojos pero no quieres dormirte, quieres estar muy despierto para disfrutar de este sueño. Sientes los latidos y un regusto de guitarras y pianos. El eco de sintetizadores.

Como Heroes de Bowie pero despojado de toda épica o dramatismo. Desnudo encima del colchón, a la espera. Dispuesto a dejarse llevar, como en la creciente Swept Away, por los ocasionales ritmos que toman el control aquí y allá. Ritmos secos, industriales que incrementan la calidez del resto.

Dos voces que han aprendido a coexistir. Que siguen aprendiendo, porque en realidad nunca dejas de hacerlo. Te los imaginas bailando a lo largo del paisaje enrojecido de Sunset, acercándose las manos en Reunion (finalazo, por cierto), escribiendo su propia Our Song con una sonrisa en los labios y por fin saltando al vacío. Pero no caen, flotan más allá de cualquier tejado. Angels.

And with words unspoken
A silent devotion
I know you know what I mean
And the end is unknown
But I think I’m ready
As long as you’re with me

Ariel A. Almada – Los cerezos en diciembre

«Cuando vayáis a disparar,
no podréis elegir las condiciones externas.
Tan sólo aceptarlas, dejarlas entrar en vuestro interior
y actuar en consecuencia.»

Tenía que ocurrir. Si La ley del espejo llegó en el momento oportuno, su secuela espiritual (así la promocionan, al menos), también tenía que venir al rescate. Y así ha sido. Ni antes ni después: ahora. Directa como una flecha, novelita corta que en sus 70 páginas encierra mucho más de lo que parece.

En esta fábula, enriquecida con cuentos de regusto zen, asistes a un entrenamiento. El de Saki y el tuyo. Fijar el objetivo, coger el arco, tensar la cuerda, apuntar, disparar. Por este orden. Qué fácil, piensas. La vida a veces se muestra así: simple, bonita. No cuentas con el viento, la inclinación del terreno, tu pulso. Todas esas pequeñas cosas que desviarán la flecha.

Los cerezos en diciembre insiste en la importancia de focalizar. De dar la vuelta a las dificultades, crecer con ellas y utilizarlas a tu favor. Atreverte a disparar siempre, pero con una dirección clara. Alimentar la pasión, la entrega, la acción. Más que una enseñanza, cada capítulo es un descubrimiento.

El libro se lee en apenas una hora. No lo habrás terminado que ya estarás pensando en recomendárselo a dos o tres amigos. Disparadores de arco que aún no saben que lo son. Como tú, que un día te encontraste con tu arco y tu flecha en las manos y pensaste ya está, ya lo tengo todo. Te faltaba lo más importante, el objetivo. Zas.

Carlos G. García – Entrada + consumición

«Ninguna buena historia comienza diciendo:
‘Me quedé en casa y me fui a dormir triste’.
Es hora de afrontar el presente.»

Te sentirás identificado. Vamos, digo yo. Porque lo que contienen las páginas de Entrada + consumición todos lo hemos vivido. O lo hemos pensado. O nos lo ha contado un amigo. Y siempre reconforta leerlo en un libro, ver que alguien más piensa como tú. Sientes complicidad. Que no pasa nada, que no es tan grave.

Por recomendación de Fer y sus Confesiones tirado en la pista de baile llegaba a mis manos este libro. Una novela que empieza como una divertidísima visión de la noche gay y la fauna que la puebla. Luego llegan las máscaras, el momento de quitárselas, las revelaciones y sobre todo los «¿ahora qué?». Ahora el presente.

Hay mucho alcohol y bastante sexo. De hecho, cada capítulo lleva el nombre de una bebida. Los diálogos chispean, hay capítulos (de mis favoritos, y muy bien ubicados) que no son más que conversaciones telefónicas. Hay drama y hay comedia romántica. Humor, ironía. Y tristeza, la de quien tiene que sobrevivir en un medio hostil en el que todos mienten, utilizan, manipulan, abandonan.

Pero hay luz al final del túnel. O debería haberla. Las ciudades son muy grandes, incluso Málaga, donde transcurre la novela. Nuevas gentes, nuevos ambientes, nuevas actitudes, y sobre todo iniciativa. Dar pasitos cuando las oportunidades llegan. Porque es cierto, como dice la cita con la que abría este post: Ninguna buena historia empieza diciendo: «Me quedé en casa y me fui a dormir triste». Así que sal y sonríe.

Café de Flore

«¡Ah, claro!» Eso lo piensas ya casi al final, cuando la película decide mostrar sus cartas. Hasta entonces, hora y media de puzzle juguetón, será o no será, mucho desconcierto y algo que engancha: los personajes, sus historias paralelas. Una madre lucha por su hijo en el París de 1969 y una pareja inicia un romance en la actualidad.

El nexo es la música. La que escuchas antes de ir a dormir, la que te pones en el coche, la que te interrumpen para poner otra, la que bailas, la que te hace recordar a esa persona especial, incluso la que pinchas si eres DJ como el guapísimo protagonista. A él le gusta parar el ritmo para dar más fuerza a lo que viene después.

En la película las canciones van y vienen, reaparecen, atraviesan el tiempo. Como en la vida misma. Todas se han seleccionado con acierto. Desde varias versiones de Café de Flore hasta la maravillosa Svefn-G-Englar de Sigur Ros, que da lugar a dos escenas, una romántica y otra muy cómica («It’s youuu, it’s youuu»), pasando por clásicos de la música francesa como Le Vent Nous Portera.

Amar, olvidar, dejar ir, reencontrar, superar, disfrutar, aceptar, dejarte amar no como querrías sino tal como llega. El amor implica todas estas cosas y muchas más. El amor de una madre y el amor de un amante. Llevados al extremo, quizá no sean tan distintos. En la película queda patente.

Café de Flore explora un misterio, el de las almas gemelas. ¿Existen? Deja la respuesta en el aire: tú decides. Pero sea como sea, si lo encuentras, cuida ese amor, créetelo, aprovéchalo. Disfrútalo. Mientras dure, que sea eterno. Y ponte canciones, y baila, y tararea. Que para eso está la música, para acompañarte.

Pet Shop Boys – Elysium

«It’s taken me all of my life to find you.»

Volver de mi retiro espiritual con Elysium. Qué conveniente, después de un verano de mucho relax y bastante playa. Pet Shop Boys también encontraron un refugio; de hecho, para grabar su nuevo trabajo se fueron hasta Los Ángeles. Y a ese rincón secreto le dedican una de las baladas más inspiradas del álbum, Breathing space. Todos lo necesitamos de vez en cuando.

Elysium no es el disco soleado y veraniego que esperarías de un disco grabado en California. No hay aquí ninguna Se a vida é, para entendernos. Es más bien un paseo por la playa en pleno otoño, después de la tormenta. La arena todavía húmeda que pronto se secará, el olor del mar y la lluvia mezclados. Algunas hojas de palmera se han caído pero las palmeras siguen en pie. Como tú.

Hay algo de celebración en este disco, sí. No lo digo sólo por la triunfal Winner. Neil y Chris hablan de pérdidas, de muertes incluso, pero sobre todo de aprendizaje. Crecimiento. La madurez que te empuja hacia la aventura. Ese presentimiento épico, A memory of the future, cuando al fin te apoyas en la barandilla. Y entonces ves una cara. Una cara como ésa en un lugar como éste. Y vuelves a cantar.

Son conocidos por sus himnos bailables impregnados de melancolía y aquí le dan la vuelta a la tortilla. Canciones lentas que te contagian de una alegría innegable. La de estar vivo, cumplir años, volver a enamorarte y a hacer cosas. Requiem in denim and leopardskin, por ejemplo: un funeral, el final de una época que da paso a otra nueva, excitante. Conoces el ritmo pero lo bailas distinto.

Han grabado el disco más optimista de su carrera, más incluso que el anterior, y eso que se titulaba Yes. Sin ir más lejos, la canción Hold on parece sacada de un capítulo de Glee. Pero la joya de la corona es Leaving, con su atmósfera fantasmal cortada por un ritmo que no se rinde, el del corazón latiendo. Descansar para volver con más fuerza. Terminar para empezar.

I know enough’s enough and you’re leaving
You’ve had enough time to decide on your freedom
But I can still find some hope to believe in love