Será maravilloso viajar…

Pronto, viajar en patera será más cómodo que hacerlo en avión. A los abusivos, histéricos y paranoides «controles de seguridad», pronto se sumarán cámaras que te desnudarán virtualmente y sensores que analizarán tus gestos y reacciones. Y todo, para subir a un avión en el que irás de pie, como si fuera el metro en hora punta.

La compañía china Spring Airlines estudia la posibilidad de que los pasajeros viajen de pie

De construirse, el aparato permitirá acomodar un 40% más de pasajeros que uno tradicional, lo que repercutirá en un 20% de ahorro en los costes operativos de la línea y una rebaja en las tarifas de los pasajeros.

La idea es que los viajeros se sienten en unos taburetes que les permitan permanecer de pie o sentados, pero siempre con el cinturón de seguridad atado a la cintura.

Si se aprueba, Ryanair, Vueling, Easyjet y demás «»»low»»» cost no tardarán mucho en sumarse.

El día que no fui a votar

Siempre me ha interesado la política. Siempre he sido tan ingenuo de creer que las cosas pueden cambiar con nuestro voto. Aún así, la política europea me la suda bastante, ya que básicamente consiste en ir repitiendo referendos hasta que sale lo que ellos quieren, o en su defecto hacer las cosas de tapadillo para que no nos enteremos.

Total, que hoy me había tocado ser suplente 1 del vocal 1 de mi mesa electoral. Me he pasado la noche temblando, convencido de que no tendría suerte y me quedaría. A las 8 me he plantado en el colegio, que afortunadamente está enfrente de mi casa. He saludado a vecinas y clientas, que también estaban llamadas a filas. Y al final, después de un cuarto de hora de incertidumbre, me he librado y he huido corriendo, no me sentía tan feliz desde que entregué los papeles para no tener que hacer la mili.

El resto del domingo me lo he pasado vagueando y juzgando si debía ir a votar o no. Desde luego, sólo había dos candidatos aceptables a mis ojos, y desde luego ninguno de los dos me provoca especial interés. Me debatía entre el voto útil y el voto inútil.

Y entonces he leído La Noticia.

Los nuevos eurodiputados españoles cobrarán 7.665 euros brutos al mes, el doble que sus antecesores

Los eurodiputados españoles que salgan elegidos mañana en las urnas
percibirán 7.665 euros brutos mensuales, el doble que sus antecesores, que
recibían el equivalente al salario bruto de los diputados nacionales, es decir,
unos 3.125 euros. Hasta ahora, los sueldos de los europarlamentarios eran
costeados por sus respectivos países de origen, pero a partir de la próxima
legislatura europea, será el Parlamento Europeo el que los abone. Eso sí, el
salario será igual para los 736 eurodiputados tras la aprobación del nuevo
Estatuto de los Miembros del Parlamento Europeo.

Fuente

¿Que yo participe en una farsa para que una panda de vividores cobre 8.000 euros al mes, cuando con suerte es lo que cobro yo en un año? ¿Que tenga que soportar que los políticos se llenen la boca de «crisis», de «todos tenemos que apretarnos el cinturón», de «con el sueldo mínimo interprofesional se puede vivir» mientras ellos se ponen como focas en los mejores restaurantes, se van de putas y viven en unas vacaciones perpetuas que interrumpen de vez en cuando para cobrar los 250/300€ que les dan por cada sesión parlamentaria a la que asistan (como si no fuera su deber, como si a ti te pagasen un extra por ir a trabajar)? ¿Que haya currantes que tienen que perder un domingo de fiesta a cambio de 61,20€ mientras el parlamento europeo trama elevar la jornada laboral a 60 horas semanales? ¡Anda y que les den!

¿Para cuándo una nueva Revolución Francesa, guillotinas incluidas?

El pájaro contraataca

Mi nombre es Lleonard Pler y hoy es el día más largo de mi vida. Han secuestrado a mi familia y un pájaro me persigue. La siguiente historia tiene lugar entre las 9:55 y las 10:05 de la mañana…

9:55
Me despierto al oír unos extraños golpes en la ventana. Como si alguien raspase contra la madera. Alertado por la experiencia de ayer, no abro la ventana totalmente, sólo los porticones de madera. Primero el de la izquierda. No veo nada: ni arriba, ni abajo, nada. Pienso que algún vecino debe estar haciendo algo de bricolaje, aunque las raspaduras han sonado demasiado cercanas. Quizá todo haya sido fruto del sueño. Abro el porticón de la derecha: pánico. Ahí está el pájaro de ayer, enganchado a uno de los postes de madera. Puedo ver sus plumas negras, su estómago negro, sus patas negras, su pico negro.

9:58
Doy golpes en la ventana intentando ahuyentarlo pero es en vano, sigue aferrado al poste. No me atrevo a abrir la ventana por miedo a que el monstruo vuelva a irrumpir en mi habitación y me vuelva a montar la escena de ayer. Corro al cuarto de baño a hacer una fotografía de mi ventana para que quede constancia del ataque.
10:00
El compañero de mi madre se despierta, le informo de la situación y huyo hasta el comedor mientras él asusta al monstruo con una escoba. Minutos después, todo queda despejado.
10:05
La vida vuelve a la normalidad. Por ahora…

Pajarracos

Mi nombre es Lleonard Pler y hoy es el día más largo de mi vida. Han secuestrado a mi familia y un monstruo ha irrumpido en mi casa. Pero volvamos al principio. La siguiente historia tiene lugar entre las 12:25 y las 12:45 del 30 de Mayo de 2009.

12:25
Estaba yo tan tranquilo trabajando, la típica mañana de sábado en la que la gente entra a rachas y vas vendiendo poco a poco. En un momento de calma, Enric me llama. Noto el pánico en su voz. Me informa de que algo ha entrado en mi habitación por la ventana mientras él jugaba a la Tomb Raider de PS3. Sólo sabe que es negro y que está quieto entre el ordenador y unas cajas de un rincón, pero que se mueve si lo tocas con una zapatilla. Que aletea. Que puede ser un pez (¿un pez por la ventana? ¡sí!), un murciélago, un pájaro, un rata… cualquier cosa. Es negro y amorfo.
12:28
Enric baja escopeteado a la tienda. Conversamos tensamente intentando trazar la estrategia a seguir. Descartamos llamar al compañero de mi madre, que está trabajando en el Salón del Cómic. Enric por supuesto se niega a volver a subir a casa, ya se ha traido la mochila con todas sus cosas, que ha arramblado en cuestión de segundos al escapar de mi habitación. Otra posibilidad es esperar hasta la noche. pero Enric ha dejado la puerta del dormitorio abierta y sea lo que sea lo que ha entrado, puede moverse libremente por la vivienda si le damos tiempo. Hay que actuar rápido. Decidimos que subiré yo, pero hablando permanentemente con Enric por teléfono, para que él sepa cómo me encuentro en todo momento.
12:31
Entro acojonado en la habitación. La luz y el ordenador están encendidos. Llamo a Enric. Desde la puerta, apenas vislumbro el rincón en el que teóricamente está el monstruo. No me atrevo a acercarme. Por un momento temo que todo se trate de una broma. Camino hacia el rincón. Veo dos cosas negras, como dos palos, que desaparecen bajo el mueble del ordenador. No alcanzo a ver más desde esta perspectiva. Decido apartar el PC para observar por el otro lado. Grito de terror. Enric suda al otro lado de la línea, espera con tensión a que le pase el informe de mi análisis visual. Y entonces lo veo.
12:33
Es negro, y gigantesco, y amorfo, y terrorífico. Está muy quieto, al acecho. Puede ser cualquier cosa. Grito, tiemblo. Decido que mis armas, una toalla y una bolsa de plástico con lo que pensaba recoger un animal y tirarlo, no son las mejores del mundo. Me siento un poco tonto en plan Cordelia de Buffy Cazavampiros. Corro a por la escoba y el recogedor.
12:34
Toco el extraño ser con la escoba. Y rápidamente, el monstruo se escabulle entre las cajas. Es demasiado rápido. No puede ser otra cosa que una rata escurridiza y asquerosa. Siento asco. Grito. «Te quiero, siempre te he querido», le digo a Enric por teléfono a modo de despedida, y dejo el aparato sobre la mesa. Es el momento decisivo.
12:35
Aparto las cajas. Nada se mueve. Con la escoba, intento arrastar al monstruo para sacarlo del rincón. Y entonces se desata el infierno.
12:36
Un pájaro enorme y negro empieza a revolotear por mi habitación. Grito, intento cubrirme, me agacho, oigo las alas batiendo el aire y los graznidos que lanza el pico del animal. Sigo gritando, no sé qué hacer. Tippi Hedren me apoya desde Hollywood. Finalmente, el pájaro se posa sobre las cajas, junto a la ventana entreabierta, quieto. Mirando a la ventana. Más asustado que yo. Y casi suplicándome. Sólo entonces me calmo. Pobre animal. «Ahora bajo», le digo a Enric antes de colgar.
12:40
No sé cómo se coge un pájaro, así que lo hago de la peor forma posible, de las alas, pero con cuidado. El pájaro intenta zafarse hasta que comprende mis intenciones. Lo lanzo por la ventana. Por un momento pienso: se va a desplomar en el patio de luces. Pero no. Levanta el vuelto, huye hacia el cielo. Cierro la ventana de mi habitación y la del cuarto de baño.

12:44
Ya a salvo, me reúno con Enric en la tienda y nos fundimos en un largo abrazo. Nos besamos. Todo ha salido bien.

12:44:57
12:44:58
12:44:59

12:45:00.

Cómo acabé mordiendo una butifarra del país en un cine abarrotado

Hay veces que tu vida parece una serie de televisión! Pero no una serie llena de gente guapísima y dispuesta a todo, sino una tragicomedia donde las casualidades más inverosímiles se encadenan para que los espectadores rían y disfruten a costa de los pobres personajes.

El caso es que anoche Enric y yo teníamos planeado ir al cine, estrenaban Los hombres que no amaban a las mujeres y teníamos curiosidad por ver cómo habían adaptado el libro. Así que el martes por la noche ya habíamos comprado las entradas por Internet; eran numeradas y cogimos el mejor sitio posible. Todo parecía meticulosamente planeado: él me vendría a recoger a la tienda, iríamos a cenar y, después, al cine.
Las cosas empezaron a torcerse cuando Enric me llamó para quedar directamente en la FNAC ya que él estaba con sus amigos de la universidad tomando algo. Tenía pensado mandarle a imprimir las entradas del cine pero bueno, no pasaba nada, al lado del cine adonde íbamos (Lauren Universitat) está el cajero de la Caixa, ya los imprimiríamos allí.

A las 20.30, estaba a punto de cerrar la tienda cuando llegó una chica a hacer fotocopias. Por supuesto, la máquina no tuvo nada mejor que hacer que estropearse. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando llega un cliente que en teoría iba a pasar mañana, para recoger una guía. Y voy a cer
rar la persiana cuando
llega un transportista (gente que raramente pasan por la tarde, y jamás un viernes a última hora) con un envío que tendría que estar en el Salón del Cómic, no aquí.
Corro hacia casa… y descubro que el matrimonio del bar de abajo, que llevaban 10 días cerrados por un ataque de lumbago del hombre, estaban abiertos. Y me ven, y salen a explicarme la jugada. Subo a casa, me cambio, dejo cosas para llevarme sólo lo imprescindible y corro hacia el metro… encontrándome por el camino a mi madre, que volvía del Salón del Cómic. La despido deprisa y sigo en dirección al metro.
En la estación, sólo funciona uno de los tornos y se ha formado una cola de turistas dubitativos. Compruebo la hora: estoy a punto de llegar tarde. Ya en la escalera, un matrimonio alemán le enseña a su hijo a bajar los escalones, uno por uno, despacio, con cuidado. Ocupan todo el espacio y los tres van cogidos de la mano, bloquean
do el paso. Veo el metro en el andén. No atienden a mis excuse me, excuse me. La gente que está subiendo en la escalera mecánica les hace señas para que me dejen pasar. Pero ya es tarde, pierdo el metro y tengo que coger otro, que tarda en llegar (¿sabéis cuando el temporizador del siguiente metro empieza a saltar hacia atrás, una y otra vez?).

Ya en plaza Cataluña, corro al FNAC. Son las 21:01. A pesar de todo, sólo llego un minuto tarde. Qué bien, tendremos tiempo de subir al FNAC a comprar el disco de Marilyn Manson. Pero Enric no está. Llega minutos más tarde, acompañado por la Jessica y su amigo Dani. Charlamos un rato y aún así subimos a hacer las compras. Hay cola, pero todo va bien. Son las 21:15, nos da tiempo de imprimir las entradas, cenar en el Viena al lado del cine y ver la peli a las 22:30.
El cajero de Pelai está cerrado a cal y canto. El más cercano no tiene Servicaixa. Decidimos separarnos: Enric se va al Viena a ir encargando la cena, un bikini («sandwich mixto» para los no-catalanes) para él y un bocadillo de jamón del país para mí. Yo me voy al cajero de la calle Tallers. Abarrotado de gafapasta y sucedáneos de ídem, que van en grupo y sacan el dinero de uno en uno. También hay una señora y su hijo, montado encima de un monopatín. El niño quiere teclear las cosas y ella no para de imprimir papeles y más papeles, al parecer de vida un muerte un viernes por la noche. Quince minutos después, consigo acceder al cajero. Son las 21:45. Y al imprimir las entradas me sale un aviso: cambio de sesión, la película es a las 22:00. Pánico.

Con las entradas en la mano corro hacia el Viena. Ha pasado tanto rato que Enric ya habrá acabado de cenar, «comeré el bocadillo rápido y hacia el cine», pienso. Pues no: Enric todavía está en la cola. Le informo de la situación de emergencia. Cuando nos sirven, lo pedimos para llevar, Enric lo esconde todo en la mochila y nos precipitamos en el cine, que afortunadamente está justo al lado del Viena. Damos las entradas, hacemos cola para las palomitas, que será la cena del Enric. Hay una cola desorbitada, tienen a la misma única empleada sirviendo un sábado a las 16 de la tarde que no hay nadie, que un viernes a las 22 que está toda Barcelona allí. Para aumentar la tensión, hay unas pantallas en las que ves lo que ocurre en el interior de las salas. Justo cuando pagamos las palomitas, empiezan los tráilers de la nuestra. Corremos hacia ella, buscamos a oscuras el sitio. Y empieza la película. ¡Por fin!
Me relajo. Todo ha salido bien. Al principio, sólo bebo para recuperarme de la serie de catastróficas desdichas. Más tarde, aprovecho las escenas ruidosas de la película para ir sacando, con cuidado de no molestar demasiado, el bocadillo, envuelto en papel ruidoso. A tientas, intento discernir cuál es el mío y cuál el bikini de Enric. Uno es cuadrado y plano, el típico bikini, y el otro alargado. Cojo el alargado. Tengo un hambre de lobos. Estoy a punto de llevármelo a la boca cuando descubro que, entre pan y pan, hay algo cilíndrico. «¿Has pedido un frankfurt?», le pregunto a Enric. Y él dice que no. Se habrán equivocado. Bueno, un frankfurt no está mal.
Y lo muerdo.
Y no es un frankfurt. Tampoco es un brastwurt. Ni una simple salchicha. No. Se trata de la butifarra más asquerosa y grumosa que haya mordido en mi vida. Puaj. Lo dejo todo. Me cruzo de brazos, devuelvo mi atención a las desventuras de Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. Lo doy todo por perdido. Comprendo que todo el día ha ocurrido para que se encadenasen toda esa serie de minúsculas casualidades y acabara mordiendo esa butifarra podrida. Me rindo.
La película muy bien, gracias.
PD: Horas más tarde, Enric admitiría que no había pedido un «bocadillo de jamón del país», sino un «bocadillo de país», a secas. Las «butifarras del país» también tienen derecho a existir jajaja.