I love to be alive but I was not afraid to die

Es terrible ese instante en que, de golpe y porrazo, te das cuenta de que algún día morirás. Me pasa muy de vez en cuando, pero me pasa. Sí, todos sabemos que vamos a morir en un momento u otro, es inevitable, pero ¿no os pasa que de repente os dais cuenta de que vais a morir? Es una desazón extraña, como si pensases en la muerte sólo como algo abstracto y de pronto esa muerte se materializa en tu mente, ese miedo absoluto se hace un sitio en tu cerebro y te atenaza el corazón. Dura unos minutos, luego se pasa.

¿Por qué no se puede hablar de la muerte? ¿Por qué da tanto miedo? Todo el mundo habla de qué trabajo le gustaría tener o dónde le gustaría ir de viaje y luego ni se va de viaje ni consigue el trabajo… Pero ¿morir? Morir es algo que todo el mundo hará, y no se porqué la gente reacciona de forma extraña ante la muerte… 

(Dani en «Tu vida en 65 minutos»)

Pues eso: ¿por qué nos asusta tanto la muerte? ¿Por qué cuanto mejor estamos, más nos asusta, más vulnerables somos? ¿Por todas las cosas que no llegaremos a hacer? ¿Porque sientes que por fin lo tienes todo y no quieres perderlo? ¿Los viajes que se quedarán sólo en planes y sueños sin cumplir? ¿Ese libro que nunca escribiremos? ¿Por no haber disfrutado lo suficiente, no haber sido lo bastante felices? ¿Porque todavía nos queda mucho por compartir con esa persona? ¿Por las cosas que nunca dijimos? ¿Los rencores que ya nunca cicatrizarán? ¿Por el temor de no haber dejado huella, que nos olviden demasiado rápido? ¿Las series que dejaremos a medias? ¿Los discos y los conciertos y las películas que nunca disfrutaremos? ¿Por no llegar a saber cómo será el futuro, la vida en el año 2100?

Y aún así, y siguiendo con los tópicos, saber que algún día todo terminará, es lo que nos empuja a disfrutar cada instante, cada día como si fueran los últimos. Cualquier momento es bonito si sabes apreciarlo. No hay que desperdiciar ninguna oportunidad de ser feliz.

-¿Por qué estamos vivos? -pregunté de sopetón.
-No lo sé -me respondió él, con simplicidad.
«No lo sé». Las palabras de Hanada resonaron en mi cabeza. No lo sé. No lo sabe nadie. La lluvía volvía a caer con más intensidad. 

(Algo que brilla como el mar, Hiromi Kawakami)

Tu vida en 65 minutos

¿Quieres mirar la lavadora conmigo?

Siguiendo la recomendación de un amigo de cuyo criterio me fío, me dispuse a ver esta película de María Ripoll, adaptación de una obra de teatro de Albert Espinosa. De ella, me gustó hace cosa de 12 o 13 años la película «Lluvia en los zapatos» y de él, tengo pendiente leerme el libro «Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo» (ya el título es fascinante, como el de «Tu vida en 65 minutos»).

Me gusta esa sensación de incertidumbe y entusiasmo casi infantil al empezar a ver una película sin saber nada sobre ella: ni el argumento, ni la temática o el género, ni siquiera cómo es el póster. Sólo sabía que le gustaba a mi amigo y que en algún momento debía haber una escena de gente comiendo una paella junto al mar.

Esa mañana había estado hablando con una amiga de casualidades y señales, de esos indicios que se van enlazando mágicamente, como pequeños faros que te indican o te recuerdan que vas por buen camino. Es un tema que me fascina y al que ya le dediqué una entrada en el blog hace varias semanas. Pues bien: de eso mismo va «Tu vida en 65 minutos». De ir al funeral equivocado y conocer allí al amor de tu vida. De encuentros fortuitos, coincidencias, puntos en común en las vidas de gente que cree no conocerse, pequeñas mentiras que llevan a grandes verdades, equívocos y desgracias de las que acaban saliendo cosas buenas. Lo dice el protagonista, Dani: «Es lo que tienen las casualidades, que a veces significan más cosas». No habría sabido expresarlo mejor.

Pero como no podía ser de otra manera tratándose de una obra de Albert Espinosa, «Tu vida en 65 minutos» también trata de la muerte. Mejor dicho: de quitarnos de encima ese miedo a la muerte. De disfrutar cada instante y aprovechar cada oportunidad como si fueran los últimos, porque pueden ser los últimos. Así, la película es un canto a la vida, sin olvidar que la muerte es un paso más en esa vida, el único paso inevitable. Es bonito comprobar que, mientras unas vidas terminan, otras cobran sentido en esos funerales de la película.

 También es un canto a la amistad. Y una invitación a fijarse en esos detalles insignificantes que, de algún modo, le dan sentido a todo: el ciclo de la lavadora, un centro comercial, el póster de una película, un partido de futbol, una camiseta, el tren de lavado, las cosquillas de un amigo, las preguntas que no quieres contestar, anécdotas fascinantes y anécdotas que podrían haber sido verdad.

Esos 65 minutos del título me intrigaban incluso al acabar los títulos de crédito. ¿Se referían a lo que dura el ciclo de una lavadora? ¿Ocurría algo en el minuto 65 que se me pasó por alto? ¿Era sólo una licencia estilística, aprovechando la bella historia de las redacciones de 65 palabras? Pues no: resulta que la obra de teatro original duraba exactamente eso, 65 minutos, y aunque la película sea un poco más larga, mantuvieron el título porque sonaba mejor 65 que 85 minutos.

A una historia que te va enamorando escena a escena y unos diálogos brutales (de esos que te hacen apuntar una frase tras otra), se suman una puesta en escena muy de vídeoclip y publicidad, y sobre todo unos actores y unas actrices que parecen nacidos para esos papeles. Al apostar por caras poco conocidas (aunque muchos de ellos sí te sonarán si has visto series de TV3), la película gana en espontaneidad. Quizá habría actores más curtidos, con más tablas, pero ninguno como los que eligieron darían tanta vida y naturalidad a sus personajes. Entre Javier Pereira y Tamara Arias hay una química instantánea, sus sonrisas llenan la pantalla, pero es que todos están estupendos: Oriol Vila, Marc Rodríguez, Nuria Gago… Me enamoré del personaje de Irene Montalà, y eso que apenas la ves 3 minutos en la penumbra de un cine.

Y a destacar también, y sobre todo, la banda sonora. Una selección de canciones perfecta, todas muy de anuncio, sin ser eso malo: todo lo contrario. Se nota un esfuerzo por buscar la canción que reforzará cada escena y le dará el punto de emoción necesario (por letra, por melodía, por arreglos musicales). Hay cortes instrumentales, hay temas cantados, hay versiones de The Cure por parte de grupos poco conocidos… Yo ya estoy buscando el CD. El cover de «Por qué te vas» de Javier Álvarez me ha robado el alma.

Lánzate, por una vez. A ver qué pasa. 

Y será o no será la verdad, qué más da

No somos conscientes de lo expuestos que estamos. Es decir: sí, compartimos públicamente pedazos de nuestra vida en nuestros Facebooks, Twitters, blogs, etc. Y lo hacemos para que la gente lo sepa, claro. ¿Pero realmente nos damos cuenta de que la gente lo sabe? Yo creo que no.

¿No os ha pasado nunca que colgáis algo en Facebook (un estado, una foto, una canción…) y de repente contesta alguien a quien casi habías olvidado que lo tenías añadido? Entonces te das cuenta de que esa persona, a la que quizá tú tenías oculta porque hace años que no sabes mucho de ella y en el fondo no te interesa su vida, siempre ha estado leyéndote y viendo todo lo que cuelgas. Parece como si sólo nos leyeran quienes responden o interactúan a menudo con nosotros, pero no es así.

Hablaba el otro día con la amiga de un amigo, ella se interesó por los últimos meses de mi vida y me mencionó cierto comentario que puse sobre una visita a Museum, desde diciembre mi nuevo sitio favorito de Barcelona. Yo decía algo como: «Y para mi sorpresa, el más buenorro del local era italiano, con lo que me gustan». Ella había interpretado mi frase a su manera, dándole un sentido muy distinto al que yo pretendía. Quienes me conocen bien, saben que en general odio a los italianos (siempre generalizando, claro: no quita que haya italianos que me encanten -empezando por Nek y sus ojazos-, como Ana Botella tengo amigos italianos, y soy consciente de que es una exageración, una broma entre amigos). Si alguien me causa problemas en un concierto o en medio de la calle durante un viaje, suelen ser italianos, sobre todo italianas, tan raciales ellas. En fin, private jokes, especialmente con mi amiga Esther, que comparte conmigo ese odio irracional.

Pues bien, al descubrir que esta chica había intuido cierta maldad en la frase (la definió como «un puñal»), me di cuenta de que durante estos últimos 3 meses, he podido colgar en Facebook ciertas frases y ciertas canciones y escrito en mi blog ciertas entradas que la gente puede haber interpretado a saber cómo. Compartimos las cosas sin tener en cuenta su posible repercursión, obviando la visión sesgada que dan de nosotros. Nos mostramos al mundo con la falsa seguridad de que los demás entenderán las cosas igual que las entendemos nosotros, que compartirán nuestra felicidad, no entenderán o perdonarán los puñales envenenados que lancemos y sólo verán cosas buenas en nuestras frases más crípticas. Por desgracia, no es así. No puede ser así.

Ya lo dicen en Neon Genesis Evangelion: «Existen muchos Shinji Ikari. Existe el Shinji Ikari que tú crees ser, pero también existe un Shinji Ikari distinto en el corazón de cada una de las personas que te rodean.» Y es cierto: tú te ves de una forma e intentas proyectarlo así, pero después cada persona te ve desde su punto de vista, desde su prisma, se crea una imagen de ti única. Es lógico que sea así.

No me gusta ser explícito a la hora de hablar de mi vida en el blog o en Facebook, prefiero ser más sutil, pero quizá la sutileza es más peligrosa. Es como los mejores libros, las mejores películas o los mejores poemas, esos que no te lanzan el mensaje a la cara sino que lo dejan en el aire para que lo deguste tu imaginación: cada cual los saborea a su manera, y si intercambias sensaciones con otra persona, te sorprenderás al saber que lo habéis interpretado de formas tan diferentes, a veces incluso opuestas.

Estos últimos 3 meses, he olvidado que ante todo había gente leyéndome, gente que no tenía porqué entender igual que yo lo que escribo, gente que podía extrañarse, sentirse incómoda o incluso molestarse ante ciertas cosas. No me arrepiento de nada que haya colgado, no me retracto ni mucho menos. Para nada. ¿Que habré colgado cosas inapropiadas? Seguro. Todos nos equivocamos. Estoy muy contento del proceso que estoy viviendo, estoy muy orgulloso de esta nueva etapa en el blog y mi Facebook es eso: mi Facebook. Pero aún así, os pido disculpas a todos, especialmente a las 113 amigos en común (se dice pronto: 113 personas) que tenía con la persona con quien ya no comparto mi vida, por no haber tenido en cuenta lo que podríais pensar. Pero también espero que recordéis (recordemos: me incluyo en estos consejos) dos cosas.

La primera, que en toda historia del final de una pareja siempre hay dos versiones. Ninguna es más cierta, ninguna es menos cierta. Ninguna es más o menos válida. A menos que seáis bipolares, nadie os puede pedir que entendáis o apoyéis las dos versiones. Yo no os lo pido. Pero por eso mismo, también conviene recordar que nunca hay una víctima y un verdugo, que nunca hay uno que sufre y otro que se alegra. Todos somos víctimas, todos cometemos errores y todos sufrimos, o todos hemos sufrido. Cada cual a su manera y cada cual a su ritmo. Este último año he vivido de cerca unas cuantas rupturas y he aprendido muy bien que nadie se salva de ser imperfecto. Que alguien haya actuado bien o mal dependerá siempre del prisma desde el que lo contemples.

Las cosas ocurren como tienen que ocurrir. Sin más. No hay que perder el tiempo odiando ni echando las culpas. Es lógico decantarse más por una persona, ya lo puse en mi entrada sobre las rupturas, pero no hay que perder de vista que el otro también lleva su carga. Cuando colgamos o contestamos a una foto o a un estado, hay que tener muy presente que lo va a leer todo el mundo, y que ese mundo quizá o quizá no lo comentará con otras personas. En cualquier caso, estás haciendo público tu punto de vista, lo que apoyas y lo que no, y lo que a ti te parece inocente puede sentarle muy mal a otro. Y cuando decimos de alguien: «No le reconozco, cuánto ha cambiado», en verdad deberíamos pensar: «No me he interesado por conocer su historia, saber qué hay detrás de ese cambio».

El otro día, odié a una amiga por cierta respuesta suya en una foto. Lo vi como una traición, no entendí que después de lo que hemos pasado juntos, ella pusiera aquel comentario en aquella foto, precisamente aquella foto. Pero me lo callé. Ayer esa amiga, sin previo aviso, me envió una canción preciosa y entendí que no hay que hablar de traiciones. Simplemente, las cosas ocurren. Nos posicionamos, hablamos, compartimos. No queremos ser malos: sólo intentamos seguir adelante. Nada más. Por eso, me he dado cuenta de que prefiero no juzgar a nadie, y espero que nadie me juzgue a mí tampoco.

En ese sentido, la segunda cosa que debemos recordar es que nadie le puede pedir a una persona que deje de vivir su vida. Es duro, es egoísta, es injusto: lo que queráis. Pero es así. Y Facebook y Twitter y los blogs están para que compartamos nuestras vidas. Para bien y para mal. Quien no quiera entrar en ese juego, está en su derecho. Mi madre no tiene Facebook, por ejemplo. Pero si estamos metidos en la vida 2.0, hay que aceptar que los demás también están viviendo, que nadie nos debe nada, y que habrá cosas que no entendamos y cosas que nos sienten mal, claro, pero es inevitable y está bien que sea así.
 
Cada cual tiene que encontrar su camino. Yo ahora mismo estoy descubriendo el mío. Y a veces tropezaré, por mucho que en adelante intente ser respetuoso (con mi pasado y con toda la gente que tengo añadida), sé que a veces diré frases que chocarán pero espero decir también cosas que hagan sonreír. Colgar canciones bonitas si estoy bien y canciones tristes si estoy mal. Y colgarlas sin maldad. Al final, lo importante es vivir de una forma que nos haga felices. Hay que mantener un mínimo de respeto y compostura, claro. Pido disculpas nuevamente si os ha parecido que había momentos en que no actuaba así. Sé que hay una entrada muy concreta que quizá no fuera acertada y además se prestaba a malentendidos. No hay que olvidar que la gente nos lee y nos interpreta. Al fin y al cabo, compartimos para que nos lean, y nos leen porque compartimos. Pero por eso mismo, porque hay lectores, ¿por qué deberías encerrar una sonrisa en una caja oscura? Si sonríes, es para compartirlo con el mundo. Para mirar de frente al sol y que esa sonrisa sea aún más blanca. Y ya lo siento, pero nunca sabréis cuánto necesitaba sonreír como sonrío ahora.

It’s always been inside of you and now it’s time to let it through

Le decía el otro día a un amigo que, últimamente, «Firework» de Katy Perry me persigue a todas partes. Y es verdad, aunque no tiene mucho misterio siendo una canción y un vídeoclip tan recientes y exitosos que los machacan a diario en cualquier lado. Aún así, me gusta que para variar sea una canción tan optimista y que disfruto tanto la que machaquen. Que para dramas y canciones malas siempre hay tiempo.

Ir con mi amigo Jose es garantía de escucharla 100 veces: suelen ponerla allá donde pisa, te la pide en el iPod (y te arranca los cascos si él va durmiendo en el autobús y detecta que tú la estás escuchando), se la pide a nuestros amigos siempre que vamos en su coche, la canta de improviso en cualquier situación. Y te contagia ese entusiasmo suyo, y es una sensación fantástica verle tan entregado. «You just gotta ignite the light…»

A otro amigo que andaba medio de bajón hace unas semanas le pasé la versión acústica de Boyce Avenue y, días después, le dediqué con todo mi cariño la frase: «After a hurricane, comes a rainbow». La frase es un tópico como una casa, vale, pero también es muy cierta; a menudo nos olvidamos que no hay nada más cierto que los tópicos. Espero que él también lo viera así, que entendiera que poniéndole esa frase, de verdad me preocupaba por él y de verdad confiaba en ese arcoiris. Y que supiera que no lo decía por decir: me gusta verle brillar. «Cause there’s a spark in you…»

La actuación de Rachel en Glee dejándose el alma al cantar «Firework» para mí fue El Momento del capítulo de San Valentín. Lo primero es lo primero: mimarse a uno mismo; lo demás ya llegará. Pero a lo que iba: la entrada de hoy viene por un cuento de Oscar Wilde. Ya he mencionado que estos días estoy releyendo sus obras, intercalándolas con otros libros. Pues bien, en el volumen de Cuentos Completos, hoy he descubierto un relato que no recordaba para nada y que precisamente confirma eso de que «Firework» me persigue.

Se titula «El insigne Cohete» (The Remarkable Rocket). No sé si los escritores de «Firework» leerían este cuento antes de componer la canción, pero su letra resume perfectamente la moraleja del cuento. No se puede estar afligido, hay que mostrar al mundo con orgullo todo lo bueno que siempre has tenido en tu interior: es tu misión iluminar el cielo y dejar a los demás boquiabiertos. «Make ‘em go oh-oh-oh…»

«El insigne Cohete» es un cuento triste, porque nos explica la historia de un Cohete que, de tanto dejarse llevar por el drama, no puede cumplir su misión de brillar en el cielo. Mientras los demás cohetes y fuegos artificiales festejan una boda real, prendiendo la noche de mil colores, este Cohete está tan preocupado por la posibilidad de que en el futuro los novios sufran y sean desdichados, que llora, y sus lágrimas empapan la pólvora, así que cuando llega su turno fracasa estrepitosamente: la mecha no se enciende. Pasados los festejos, el servicio de limpieza lanza el Cohete fallido a un charco de barro. Acaban recogiéndolo unos niños, que lo confunden con una rama seca, y antes de marcharse lo tiran a una hoguera. Allí, por fin, se enciende la mecha del Cohete y éste puede volar e iluminar el cielo… pero por desgracia ya no queda nadie para disfrutarlo. (Si os apetece, podéis leer el cuento completo aquí.)

Y con esto de los cohetes y los petardos, siempre me acuerdo del castell de focs de la Fiesta Mayor de Sitges (mi pueblo). No serán como el 4 de Julio, pero impresionaban igual: en Sitges, las noches del 23 de Agosto eran la mejor noche de todo el año. Íbamos a la playa, la arena ya estaba fría, el Paseo Marítimo rebosaba de gente y todos sonreíamos nerviosos, como niños, como si fuera la primera vez. A las 23:00, puntuales, se apagaban las luces, ya sólo intuías la silueta de la iglesia junto al rompeolas. Y justo entonces empezaba media hora de puro espectáculo: fuegos y luces y cohetes y chispas y galaxias y palmeras de todos los colores iluminando el cielo y el mar.

Y me acuerdo de mi abuela, para quien esos espectáculos pirotécnicos sólo merecían la pena cuantos más petardos hubiera y más fuerte explotasen. Le encantaban las tracas finales (especialmente las de Sitges, claro): aplaudía con cada «¡pum!». A mí entonces aún me daban miedo, temía que mi corazón reventase con alguna de las muchas detonaciones. Pero con el tiempo he aprendido a disfrutarlas. Ahora sé que un castillo de fuegos artificiales sin una buena traca final no es lo mismo. «Boom, boom, boom, even brighter than the moon, moon, moon…»

Ya hace demasiados años que no voy a ver el castell de focs de Sitges. Espero ponerle remedio.

That sexy smile… you don’t fool me

El hombre más guapo que veré en todo el día cobra vida. Es una fotografía colgada en un panel publicitario de la estación de metro de Plaza España. Me recibe mirando al horizonte; el sol del atardecer le baña la cara. Luego me ve y sonríe, finalmente me guiña un ojo. Mientras las escaleras mecánicas me alejan de él, vuelve a sonreír y acaba por desviar otra vez la mirada hacia el horizonte, hasta que dejo de verle. No habla, no es un vídeo-póster como los de «Minority Report», pero casi: se trata de un holograma de tres posiciones. Mirada, sonrisa, guiño.

No es más que la llamativa publicidad del centro comercial Maremagnum. Al ver este póster en movimiento me he dicho: «¡Pues claro!». Porque justo esa mañana, de camino al metro, estaba pensando en sitios a los que podría llevar a alguien que no fuera de aquí, sitios que me gusten especialmente porque no querría enseñarle Barcelona, querría enseñarle mi Barcelona. Pero no conseguía acotar qué es para mí eso de «mi Barcelona». Ha sido al ver el póster y recordar el Maremagnum, cuando me han venido a la mente, de golpe, todos los rincones de esa Barcelona mía. El Maremagnum es uno de ellos, por supuesto: no el centro comercial en sí, sino toda la zona: el final de las Ramblas, el puente levadizo, los muelles a lo lejos, el mar, Colón vigilante, las gaviotas y los peces, el puerto deportivo, la gente yendo y viniendo con gafas de sol, la espectacular entrada al centro con los espejos.

Este panel publicitario siempre se adelanta a mis pensamientos. Me recuerda que las soluciones siempre están delante de las narices. A menudo, de pensar tanto en algo, dejas de verlo. Se trata de este panel en concreto: en un rincón del vestíbulo de Plaza España, a mano izquierda, antes de tomar las escaleras mecánicas. La película que tengo que ver, el lugar donde encontraré justo la ropa que buscaba. Cuando se acercaban las elecciones, por ejemplo, y no sabía a qué partido votar porque a todos les encontraba pegas (estaba empeñado en eso, mira), en ese panel colgaron la propaganda del partido que en realidad siempre había tenido intención de votar. Pues claro.

Y a finales de diciembre y principios de enero, cuando mi cabeza hervía de ideas y sentimientos, y me agobiaba al no poder verterlos de ningún modo (chapoteaban en desorden dentro de mi cerebro y se iban hundiendo poco a poco), colocaron allí publicidad de un curso de escritura creativa. ¡Pues claro! No me apunté al curso (era carísimo), pero sí me animé, después de muchos años donde ya sólo lo hacía de forma muy intermitente, a escribir otra vez. Claro que sí. Y cuánto me alegro de estar escribiendo de nuevo: retomé mis novelas con fuerzas renovadas y abrí una nueva etapa en este blog, de la que estoy especialmente satisfecho.

No me fijo en estos pósters al volver a casa: sólo lo hago por las mañanas. Cuando estoy más receptivo, quizá. Yo, que a menudo alardeo de no dejarme llevar por modas ni anuncios (aunque en realidad nadie escapa del poder de la publicidad, nos demos cuenta o no: ya lo advierte Miranda Priestly en la escena del jersey azul cerúleo de «El Diablo Viste de Prada»), descubro mis ideas guiadas por un panel publicitario. Supongo que todos, por muy independientes que nos consideremos, al final siempre necesitamos algún tipo de talismán absurdo (como todos los talismanes, vaya) que nos dé fuerzas o nos recuerde el camino correcto. Ya sea el tarot, el psicólogo, un panel publicitario o los consejos de una amiga tras un par de gintonics. Lo malo es que pronto dejaré de pasar por delante de este panel. Pero confío en encontrar un nuevo faro. Hasta entonces, disfrutaré de la sonrisa holográfica de este hombre que me alegra las mañanas, bañado él por el atardecer de mi Maremagnum.