I need to make a connection

Conexiones. Hace semanas hablaba del tema con unos amigos y desde entonces quería dedicarle una entrada en el blog, pero no encontraba el momento. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez: coger el móvil y justo en ese momento recibir la llamada o el mensaje que llevabas horas esperando; pensar en alguien y encontrártelo al día siguiente. Casualidades, quizá. Pero casualidades bonitas que endulzan nuestro día a día.

A mí me da un subidón enorme estar esperando una llamada, consultar el móvil porque me ha parecido que vibraba (rara vez lo llevo con sonido… algún día os contaré porqué) y segundos después, por fin, recibir La Llamada, y de paso ver la foto de la persona en la pantalla. Ir a enviar un WhatsApp a alguien y que justo ese alguien me mande uno a mí. Sólo me pasa con ciertas personas, y no siempre, claro. Pero me pasa: cuanto más ganas tengo de recibir esa llamada, parece que más fuerte es la conexión que me lleva a presentirla.

El sábado experimenté otra conexión muy curiosa. Buscaba en Facebook a una chica que creía que ya la tenía, pero resulta que no. Busqué entre los contactos de los amigos en común y seguí sin dar con ella. Al cabo de una hora, entraba por la puerta de mi tienda la que era la mejor amiga de esta chica en el instituto. Me compró varias cosas y estuvimos hablando. Y al añadirla a ella a Facebook, pude dar por fin con la otra chica.

Un amigo mío está convencido de que nuestros cerebros realmente están conectados por energía, que esas conexiones son muy fuertes al principio (especialmente en el caso de los flechazos) y luego se van calmando con el tiempo, derivando en algo más relajado y bonito. También parecen ser más fuertes con la gente que está lejos, quizá sea una forma de sentirnos un poquito más cerca. Supongo que todavía nos queda mucho por descubrir, el cerebro humano es terreno inexplorado, tan desconocido como el último rincón del universo. Por ahora, me conformo con seguir sorprendiéndome con estas «casualidades».

The time stood still, the time was flying

Una semana de verano en Granada. Una mañana gris en Madrid. Un encuentro fortuito de medio minuto en Barcelona, en una tarde que no recuerdo si hacía sol, o si llovía, o qué. Así nace y muere el primer amor. Fin de la historia. Una historia normal, sin más misterios: un amor adolescente que naufragó como tantos otros miles de amores adolescentes pero que, como es lógico, a mí me marcó por ser el mío. Varias casualidades me han llevado estos días a recordar la historia; entre otras cosas, que buena parte de La mecánica del corazón transcurra en Granada, precisamente en Granada.

Ya os conté hace unas semanas el reencuentro con P, mi primer amor, en Madrid, y por qué ese reencuentro me llevó durante mucho tiempo a asociar esa ciudad con la lluvia. Faltaba el último capítulo (bueno, y también el primero, claro: la feliz semana en Granada… pero eso me lo guardo, por ahora). Y es que P y yo nos volvimos a ver una última vez, años después de que fracasase estrepitosamente el intento de darnos una nueva oportunidad.

Salía yo del metro de Plaza Catalunya, esa salida que forma una especie de plaza subterránea en ruinas y que da al bar Zurich. Yo había quedado con un chico. Era la típica cita inesperada que sabes que va a ser un desastre: lo sabes tan bien que no te molestas ni en arreglarte, y te aseguras de llevar el reloj en hora para poder mirarlo a media cita con gesto de «uy, ¡pero qué tarde es!» y así irte cuanto antes. Iba a subir las escaleras y entonces te vi, P. Tardé horas, años, siglos en asimilar que eras tú. Tú en Barcelona. En la ciudad donde en su momento ibas a venir a estudiar y no viniste, donde si hubieras venido quizá todo hubiera sido distinto. Tú. Aquí, por fin. Tan cerca, pero más lejos que nunca.

Me arrepentí al instante de no haberme arreglado. Tampoco sé si lo habrías notado, pero es verdad: me arrepentí. Tú en cambio estabas muy guapo. No sé si más guapo que en Granada, pero más guapo que en Madrid, eso seguro. Parecías tan maduro, tan feliz. Habías cambiado. Estabas tan distinto, y sin embargo te parecías tanto al P que me enamoró aquel verano en Granada. Con tu camiseta azul y tus pantalones cortos y tu sonrisa.

-¡Holaaa! -nos dijimos al darnos cuenta de que sí, de verdad éramos tú y yo, éramos nosotros.
-¿Qué haces por aquí? -preguntaste con toda naturalidad. Como si Barcelona no fuera mi ciudad.
-¡Eso tú! Qué sorpresa…
-Pues ya ves, estoy aquí -le sonreíste, incómodo, a tu acompañante. Comprendí que querías irte. Comprendí que no habría tiempo para todas las cosas que me habría gustado decirte, preguntarte, escucharte decir.
-¿Acabaste ya Bellas Artes?
-No, todavía me quedan dos años. ¿Cómo llevas tú la… Comunicación Audiovisual?
-Lo dejé, ahora estoy estudiando cine.
-Qué bien, qué bonito.
-A ver si quedamos algún día, ¿no?
-Sí, claro. A ver. ¡Hasta luego!

Tu acompañante y tú entrásteis al metro, yo subí las escaleras. Me giré una última vez pero ya no estabas. No sé por qué tuvimos que coincidir aquel día. No sé por qué no hemos vuelto a coincidir jamás, ahora que los dos vivimos en la misma ciudad. No sé por qué nunca hemos cumplido esas promesas de ir a tomar un café alguna tarde. O sí lo sé. Lo sé perfectamente: todo se acabó. Pero es triste. Tan triste como encontrar el cuadro inspirado en un relato mío que me pintaste con todo el cariño, y encontrarlo mientras busco pósters en casa de mis padres para decorar mi nueva habitación, y guardarlo en el fondo del armario para no volver a tropezar con él. Tan triste como fijarme una noche en un tío tirando a feo en la barra del Átame, pero encontrarlo casi atractivo, y darme cuenta a los cinco minutos que es porque me recuerda remotamente a ti. Tan triste como esa plaza subterránea donde nos vimos por última vez, mal iluminada, su techo desconchado y esa lámpara rescatada de algún antiguo teatro derruido.

Siempre he odiado esa salida de metro, me parece fea e impersonal, como si ese rincón donde se cruzan tantos pasillos no perteneciera realmente a Barcelona. Quienes me conocen saben que siempre intento quedar en la puerta del FNAC («pero la puerta de verdad, la de arriba, no la del Zurich»), y lo hago precisamente para evitar esa salida. No ha sido hasta rememorar esta anécdota que he comprendido porqué. El subconsciente, qué buena memoria tiene, el maldito. Lo más curioso es que mis otras dos grandes relaciones nacieron a menos de cien metros del punto exacto donde me despedí de P por última vez. Y para más inri, al cabo de poco tiempo de la despedida, pusieron dentro del andén de Plaza Catalunya un Dunkin’ Donuts (mi perdición), y sólo se puede entrar por allí. El destino, qué bien se lo pasa, el maldito.

Es demoledor ese último reencuentro con una expareja tuya: lo ves más guapo y más interesante que nunca, tú tampoco estás nada mal ahora, pero constatas lo que en realidad ya sabías: que la vida os ha llevado por caminos muy distintos, que ya nada podría cambiar entre vosotros, porque ya ni él ni tú sóis los mismos y por tanto no hay vuelta atrás. Un «Hasta luego» que en realidad significa «Adiós, hasta nunca». Buena suerte.

It’s a beautiful life

Hay días en los que por muy predispuesto que estés, parece que te cuesta sonreír. La música ayuda. Mucho. Al menos a mí, vaya. Me pongo los cascos, enchufo mi mp3 y acompaño el subidón de la música con pasos más firmes, me dejo llevar por Barcelona y al final la sonrisa se instala sola en mi cara. Sale un poquito el sol, por así decirlo.

Por eso he preparado esta lista de 60 canciones optimistas, y por eso quiero compartirla con vosotros. Son canciones muy distintas, de cantantes y grupos variopintos… pero para mí, todas ellas hablan de disfrutar la vida, de no olvidar las ganas de ser feliz. De abrir la capota del coche, levantar los brazos bien alto y cantarlas a pleno pulmón mientras el viento te despeina.

Son canciones que hablan de dar una vuelta por el parque cuando estás de bajón. Con una mano en el bolsillo y la otra bien alto: «choca esos cinco». Rápido, esta oportunidad sólo llegará una vez en la vida. Vivimos fascinados. Y cantas las canciones, pensando: «ésta es la vida». Nada ni nadie puede hacer que me derrumbe hoy. No quiero desperdiciar el tiempo en pequeñas tonterías. Habrá cosas que no entenderé y preguntas por responder, pero yo no me rendiré: no tengo miedo al futuro. Pienso: ¿qué más da?
El sol brillará hasta la eternidad. La sed que siento me sanará. Estos son los buenos momentos de tu vida, ponte una sonrisa y todo irá bien. Estoy contento de estar vivo. El vinilo desborda de la voz de Asha, y al cantar ilumina las calles. Baile, baile mágico. Porque bailando, hasta el espíritu santo se pone blando. La vida puede ser divertida, si lo deseas de verdad. No huiré de la lucha. Sólo el cambio te sacará de la oscuridad. Todavía sigo en pie, sí. Como el águila que vuela en libertad, sobre el valle, lejos de la tempestad.

Se acabó perder el tiempo. Los buenos momentos están por llegar. He encontrado el camino al paraíso. Sólo quiero ser feliz. Me siento vivo otra vez. No te rindas, es una vida maravillosa. Se necesita perder para encontrar. Haces latir mi corazón. Puedo compartir todos los sueños que tengo. Recuerdo mis cosas favoritas y no me siento tan mal. Tras un huracán, llega un arcoiris. Arriésgate esta noche y prueba algo nuevo. Tu voz se proyecta, el futuro se acerca. Aspira positividad. 
Una invitación al baile de la vida. Decidido: vamos a pasarlo bien. No hay rendición posible cuando eres joven y quieres algo. Levántame, levántame, más alto. Quiero jugar, quiero que se me lleve el circo. Alza tu copa. Cuánto necesitaba unas manos que se alzaran al aire. Así es la vida. Escucha el ritmo de una suave bossa nova. Es una mañana luminosa como cualquier otra, pero me siento diferente, estoy feliz. Es algún tipo de magia. Vamos a comprar un helado. Brilla, dulce libertad.
Creo que la hierba no es más verde al otro lado. Despiértate, mañana estarás viviendo la vida correcta. Cuando menos piensas, sale el sol. Nunca dejes de confiar en los buenos momentos. El mundo me parece tan nuevo. Estamos encerando las tablas de surf. Algo me dice que voy hacia algo bueno. No puedo esconderlo, no puedo evitarlo. Vamos a hacer volar una cometa. Podemos irnos de aquí y volar lejos. Tienes que seguir adelante, no te detengas. Sigues vivo.
Ace of Base – Beautiful Life
Alanis Morissette – Hand In My Pocket
Alexis Jordan – Happiness
Alphabeat – Fascination
Amy MacDonald – This Is The Life
Ana Torroja – Sonrisa
Aqua – Happy Boys & Girls
Astrud – No Tengo Miedo Al Futuro
Avril Lavigne – What The Hell
Bob Sinclar (Feat. Gary Nesta Pine) – Love Generation
Café Tacvba – Volver A Comenzar
Calvin Harris – The Rain
Céline Dion – I’m Alive
Cornershop – Brimful Of Asha (The Norman Cook Remix – Single Version)
David Bowie – Magic Dance (7″ Version)
Delafe Y Las Flores Azules – Espíritu Santo
Des’ree – Life
Dover – Dannaya
Duran Duran – (Reach Up For The) Sunrise
Elton John – I’m Still Standing
Fangoria – No sé qué me das
Florence + The Machine – Dog Days Are Over
Freddie Mercury – Living On My Own
Genki Rockets – Heavenly Star
Gloria Estefan – I Just Wanna Be Happy
Goldfrapp – Alive
Hurts – Wonderful Life
Jason Mraz – Life Is Wonderful
Jon McLaughlin – Beating My Heart
José Galisteo – Beautiful Life
Julie Andrews (The Sound of Music OST) – My Favorite Things
Katy Perry – Firework
Kylie Minogue – Get Outta My Way
La Casa Azul – La Nueva Yma Sumac
Lazyboy – Inhale Positivity
Madonna – Celebration
Melanie C – Yeh, Yeh, Yeh (Radio Mix)
MIKA – We Are Golden
Moby – Lift Me Up
Natalie Imbruglia – Wild About It
P!nk – Raise Your Glass
Pastora – Feel The Magic
Pet Shop Boys – Se A Vida E (That’s The Way Life Is)
Petula Clark – Downtown
Pizzicato Five – It’s A Beautiful Day
Queen – A Kind Of Magic
Roxette – June Afternoon
Safri Duo (Feat. Michael McDonald) – Sweet Freedom
Savage Garden – Affirmation
Seal – The Right Life
Shakira – Sale El Sol
Spice Girls – Never Give Up On The Good Times
The Avalanches – Since I Left You
The Beach Boys – Surfin’ U.S.A.
The Bird And The Bee – I’m Into Something Good
The Corrs – Breathless
The Londoners & David Tomlinson (Mary Poppins OST) – Let’s Go Fly A Kite
The Sound Of Arrows – Into The Clouds (Fear Of Tigers Remix)
Whitney Houston – Step By Step
Yas – Stayin’ Alive

These are the good times in your life

«Los días de lluvia también ocurren cosas maravillosas», dicen en la escena final de Neon Genesis Evangelion. Quizá sea una de las frases más importantes de toda la serie. Y de las más ciertas. Cuesta digerirla, pero siempre acaba llegando ese día de lluvia maravilloso que da la razón a Ritsuko Akagi.

¿Por qué tiene que ser mala la lluvia? Las canciones, los libros, las películas, incluso los dichos populares parecen empeñados en que veamos la lluvia como algo negativo de lo que hay que huir. Cuando llueve, la gente camina más brusca, de mal humor. No por nada la humanidad inventó paraguas y chubasqueros para protegerse de la lluvia. Pero la lluvia también nos trae cosas buenas, nos trae frutas y verduras, plantas, flores, ríos y lagos. Es delicioso escuchar la lluvia repiquetear contra la ventana una tarde de domingo, o por la noche al acostarte.

La lluvia también puede ser catárquica: abrirte de brazos bajo la lluvia, empaparte y sentirte tan libre que durante ese instante, mientras te golpean un millón de gotas, te crees inmortal. Nada podría dañarte. Y ¿hay algo más romántico que compartir un paraguas con alguien? Lo dudo. Las risas compartidas bajo la lluvia parecen más intensas, más felices: más risas. La ciudad que tan bien conoces cobra una nueva vida bajo la lluvia: sus aceras brillan, los edificios tienen otros colores y esa fuente escondida en el rincón más bonito parece sentirse por fin en casa. Sin lluvia, no habría relámpagos, es cierto, pero tampoco arcoiris. Sin lluvia, ni siquiera podríamos disfrutar de ese cielo tan limpio y tan intensamente azul que te deslumbra al día siguiente de haber llovido.

Eso no significa que no haya días de lluvia horripilantes. Por supuesto. Días de cielo encapotado, sucio, en los que diluvie y truene, incluso granice, y las cosas se tuerzan. Días de lluvia en los que suspenderás el examen de conducir, en los que tu cita no acabará en la cama por mucho paraguas que compartáis, días en los que se irá la luz y te quedarás atrapado en el ascensor. Pero la lluvia no habrá tenido nada que ver. Del mismo modo, que los días de sol no son necesariamente mejores porque sean soleados. Las cosas ocurren como tienen que ocurrir, no hay que permitir que el entorno nos condicione.
Por eso es tan importante no perder el optimismo ni siquiera los días de lluvia. Cuando llueva, sal de casa como siempre, no te lamentes por haber olvidado el paraguas o arriesgarte a que se mojen tus zapatos nuevos: sonríe mucho y ponte a caminar hacia tu destino. Con paso muy firme. Sortea los charcos, pero permite que todas esas gotas que consigan golpearte purifiquen tu alma. Y no dudes ni un instante de que ocurrirán cosas muy buenas en esa ciudad ahogada. Un abrazo, por ejemplo. Dos amigos que se reconcilian, una pareja que se enamora, un coche desprendiéndose por fin de la pegatina que puso allí alguien que ya se fue, una buena película, una cena a la luz de las velas, un niño descubriendo gracias a su padre cómo funciona el ciclo de la lluvia, un paraguas bonito desplegándose como una rosa en medio del paisaje gris. O tu propia sonrisa reflejada en la acera.

Hoy hay luna llena… y un hombre camina por ella

Anoche, con la excusa de la súper luna salí a dar una «vuelta al perejil» (que habría dicho mi abuela). Uno de esos paseos sin rumbo ni duración concretos, puedes acabar dando la vuelta a la manzana o la vuelta al mundo, pensando en todo o en nada. Necesitaba despejarme. Llevaba casi todo el día escribiendo, horas y horas vertiendo párrafos tan intensos que me costaba releerlos porque algunas frases casi me hacían llorar. Y eso jamás me pasa con algo que haya escrito yo. No eran párrafos especialmente dramáticos, pero supongo que la sinceridad puede ser peor que el drama. Es curioso porque después de escribir estos párrafos, me salieron otros absolutamente anodinos, como si ya hubiera volcado suficientes sentimientos por hoy. En fin: cogí mi chaqueta y mi flamante mp3/walkman nuevo y me dispuse a recorrer mi barrio con «On The Floor» en repeat. Un poco de frivolidad nunca viene mal.

Llevaba un rato paseando, sin encontrar la luna ni la «súper luna» ni nada que se le pareciera, sólo un cielo muy negro, con alguna que otra estrella escondida entre las nubes de polución, cuando me llamó la atención que dentro de todos los bares por los que pasaba la gente estaba inmóvil en sus sillas. Todos boquiabiertos, los ojos como platos, en absoluto silencio. Hasta los vasos y los cubiertos parecían congelados en el aire, a medio camino del plato o de la boca. Se ignoraban unos a otros. Observaban ensimismados las pantallas de televisión. Era una escena ciertamente siniestra. Por un momento, pensé que nos invadían los extraterrestres o se acababa de anunciar el fin del mundo inminente. Quizá había explotado la central nuclear de Japón y una descomunal nube radioactiva amenazaba al planeta. Pero no: simplemente estaba jugando el Barça. Se nota que no suelo pasear los «días que hay futbol».

A los cinco minutos, giré una esquina y por fin vi la luna, que surcaba como si nada los edificios del Paseo Sant Joan. No la noté más grande, sólo un poco más blanca, más intensa. Más alcanzable, quizá. Casi parecía que podías alargar la mano y cogerla. Bajé por el paseo un rato, con la vista fija en el cielo. Ella, coqueta, parecía empeñada en esconderse detrás de las azoteas más altas y los árboles más frondosos, pero al final siempre acababa reapareciendo en lo alto del cielo, rodeada de la misma negrura de cada noche. Así suelen ser las cosas, ¿no? A veces parece que se escapan, pero si insistes, si tienes paciencia, siempre vuelven a estar a tu alcance. Anoche la luna siempre volvía. Su imagen me calmaba.

Satisfecho, a punto de dar la vuelta, me fijé en cierta farola junto a unos columpios. Era todo lo opuesto a la súper luna, porque su bombilla estaba a punto de fundirse: parpadeaba de vez en cuando, pero ya se pasaba más rato a oscuras que encendida. Estaba presenciando sus últimos estertores. A sus pies, había una moto de juguete abandonada. Cuando la farola se encendía, por unos segundos podías ver que la moto era roja y tenía una pegatina de Gormiti en una de las ruedas. Estuve a punto de hacerle una foto, pero me pareció una imagen demasiado triste. Miré la súper luna una última vez y volví a casa a ver una película que me habían recomendado.