I’m not religious but I feel so moved

El escepticismo es el comienzo de la fe.
(Oscar Wilde)

Un año sin Lost, ya. Desde que terminó, sin darme cuenta, he tendido a engancharme a series sin pretensiones, sin misterios, sin abusos de la credulidad del espectador. Supongo que necesitaba purgar un poco el cerebro después de tanto teorizar sobre una serie que, al final, nos recordó que los misterios eran puramente accesorios, adornos de una historia de personajes. Los misterios eran necesarios -eso sí- para tenernos enganchados. Ocurre lo mismo en la vida, sólo la incertidumbre consigue que disfrutemos, que no nos aburramos (nada hay más peligroso para la felicidad que el acostumbrarse, acomodarse, dar por seguro algo).

Sólo la búsqueda de respuestas nos lleva a hacernos preguntas. Y de eso hablaba Lost también, y no únicamente a nivel paranormal (el Humo Negro, los osos polares, el electromagnetismo, etc), también a nivel personal: ya en el primer episodio, los personajes buscaban una razón para seguir adelante, redimirse, justificar sus vidas. Desde el principio, la Humanidad ha buscado respuestas a través de dos vías: Ciencia y Religión. La razón versus la fe: otro de los temas centrales de Lost, quizá el más importante, un dilema encarnado por sus dos protagonistas, Jack y Locke.

Ciencia y religión son antagónicos pero ambos no dejan de ser métodos complementarios con que los humanos mantienen la curiosidad, la esperanza. ¿Es de cobardes tener que aferrarse a algo intangible? ¿Es más sano basarse en teorías no siempre demostrables? ¿Es hipócrita creer en una cosa y no en la otra? Yo por ejemplo no creo en ningún dios, en ninguna energía, pero sí tengo mi punto místico: creo en el Destino, en las señales que a modo de faros nos guían hacia ese destino. Mi ex siempre se burlaba de todo esto.

Mi visión del Destino no es la de algo totémico, inamovible: que todo ocurra como tiene que ocurrir no significa que no puedas decidir, que te tengas que quedarte de brazos cruzados porque no puedes cambiar nada. Para nada. El Destino existe, pero tú sujetas el bolígrafo con el que lo escribes. Tú siempre decides y, al final, visto en perspectiva, esas decisiones siempre serán las correctas. Por eso, como bien dice Albert Espinosa, no debes tener miedo de ser la persona en la que te has convertido gracias a tus decisiones.

Uno de los mayores aciertos del final de Lost fue aunar ciencia y religión -o religiones, en plural-, puesto que Jack pasa de ser un hombre de ciencia pura y dura, incuestionable, a convertirse en un hombre de fe, pero una fe racional, meditada, reflexiva, científica. Y ese limbo en el que todos se reencuentran no dejaba de ser una explicación científica a una pregunta que todas las religiones han intentado responder: ¿qué hay después de la vida? No intentaban desmentir ninguna posible explicación, sino unirlas todas para despedir a esos personajes por todo lo alto. La última temporada intentó engañar al espectador, pero se redimieron con un final tan bueno, valiente incluso.

Así que sí, llevamos un año sin Lost. Cómo han cambiado las cosas. Casi da vértigo echar la vista atrás. Pero más vértigo provoca dirigir esa vista hacia adelante, descubrir ante nosotros ese camino tan, tan extenso que se pierde en el horizonte. Queda mucho camino por delante, muchas decisiones que tomar, mucho por experimentar, por disfrutar. Y en eso estamos, caminando con nuevas lecciones aprendidas, con nuevos talismanes en la mano, con fuerzas renovadas, aferrándonos a aquello que nos confirma que continuar merece la pena. Llamadlo ciencia, religión, destino, fe, convicciones personales, espiritualidad, energía… Vida.

Jack: Where are we going?
Christian: Let’s find out.

You took me to the mountain top, but I’ve seen all I want to see

El otro día Twitter estaba revolucionado con todo el tema de las acampadas. Todos estábamos fugazmente muy implicados, muy revolucionados, muy indignados. Y en medio de esa marea, había dos personas que seguían con sus historias: hablando de reality shows y de música. No estaban indignados, estaban tan felices como una semana antes. Sentí envidia por ellos. Envidia por esa capacidad de abstracción, o por ese desconocimiento absoluto del mundo que los rodea.

Si es cierto que los medios de comunicación están diseñados para tenernos siempre atenazados por el miedo, siempre furiosos hacia algo intangible,  no es menos cierto que la gente más feliz es aquella que no ve telediarios ni lee los periódicos. Yo hace tiempo que la tele sólo la utilizo casi exclusivamente para ver mis DVDs y jugar a videojuegos; de los periódicos, sólo leo los titulares. Cuando quiero informarme lo hago por otras vías: foros, por ejemplo, donde los usuarios no parecen tan empañados en tenerte asustado, enfadado, agobiado, controlado.

Cuanto menos sabes de los mil males que asolan el mundo, cuanto menos permites que te machaquen con ello, más feliz eres. Haced la prueba: desconectad durante unos días de televisión, desconectad de todo tipo de prensa. Vivid unos días sin atentados, enfermedades misteriosas, guerras, delitos constantes, auges de la extrema derecha, accidentes, políticos enzarzados en discusiones estériles, volcanes en erupción, amenazas y amenazas por doquier. Y cuando os sintáis mejor, más felices, recordad que si hoy en día ya no informan de la situación en Japón no es porque sus centrales nucleares de repente estén fuera de peligro, sino porque nos habíamos acostumbrado: el tema ya no asusta. Y ellos tienen que buscar nuevos temas con los que asustarnos. Casualidad o no, esta última semana me he informado mucho, he leído demasiados periódicos y visto demasiados telediarios, y mis ánimos se han ensombrecido un poco después de meses de subidón.

Siempre me ha dado lástima la gente que no tiene ni idea de política, de economía, de geografía, que no saben en qué día viven y sólo les importa el próximo partido de futbol o la portada del nuevo single de su cantante favorita. Eso del pan y el circo no deja de ser otro método (muy antiguo, además) para mantenernos dóciles, controlados. Hay que estar informado si quieres moverte por el mundo, ser alguien mínimamente culto, con conversación más allá de tonterías. Por eso, porque no quiero ser ignorante ni dar la espalda a la realidad, me gustaría creer que existe un término medio entre sufrir la doctrina del shock de los medios de comunicación y vivir embobado en las nubes.

Anoche, después de conocer los resultados electorales, apagué la televisión. No me regodeé más en todo aquello. Ya sabía todo lo que tenía que saber, todo lo que me afectaba directamente (mi ciudad). Me puse a ver «Rubicon», una inteligente serie sobre conspiraciones que son más que teorías. Nada de fantasmadas, giros argumentales, persecuciones y explosiones made in Hollywod. Nada de eso. «Rubicon» muestra el día a día de un analista de datos de Inteligencia que poco a poco se va dando cuenta de que las cosas no son lo que parecen. Ritmo pausado, buenos guiones y mejores interpretaciones. Y antes de dormir, me puse un capítulo de Cougar Town, comedia de la que ya os he hablado alguna vez.

Y esta mañana me di cuenta de que el alcalde de mi ciudad habrá cambiado, sí, ahora es un hombre que cuando habla parece borracho, pero mi vida sigue igual y yo continuaré amando Barcelona. ¿Para qué agobiarse? Si eso es precisamente lo que quieren. Pues que no cuenten conmigo. Me dispongo a comprobar si de verdad existe ese término medio entre sobreinformación y abstracción total. Aislarse con conocimiento de causa, implicarse manteniéndose al margen, conocer pero disfrutar. Estoy convencido de que ésa será nuestra auténtica victoria.

I will follow you, you will be my main direction

Estas últimas semanas, llevo ya vistas unas cuantas películas y leídos unos cuantos libros que abordan el tema del papel del escritor, del artista en general. Y no es otro que el de aportar un poco de luz con sus escritos, con su obra, porque la vida real ya es lo bastante árida. Y ésa es la responsabilidad del artista: dar esperanza. He tardado años en darme cuenta de ello.

Empecé a escribir para desahogarme. De adolescente, vertía en el papel todo mi sufrimiento, todo aquello que me torturaba o que no me atrevía a decir y me quemaba por dentro, como un mal vaso de palinka. En realidad, me regodeaba en ese dolor y lo compartía no para obtener compasión, sino comprensión, pretendía que al leer mis escritos -tan lúgubres ellos- la gente me hablase también de su dolor. Y lo conseguía: el dolor alimenta el dolor, la tristeza a la tristeza.

Luego fui feliz y dejé de escribir durante muchos años, lo cual fue una lástima. Mi ex me insistía a menudo (con toda la razón) que no debía dejarlo, que tenía que seguir escribiendo. Fue él quien me empujó, de hecho, a abrir este blog que durante dos años no sentí mío. Escribía tonterías más por hacer algo que por voluntad real. Iba espaciando las entradas y ni siquiera cuando algún libro me impactaba dejaba constancia aquí.

Sólo cuando el cuento de hadas terminó, opté por retomar el blog y un par de antiguas novelas que tenía a medias: una trataba del desamor y la muerte, la otra del futuro desolador que (quizá) nos espera. Nuevamente escribía para desahogarme, para hablar de cosas que por una razón u otra no me atrevía a decir en persona ni parecía correcto que las dijera en sitios más «públicos», como Facebook. Volvía a mis orígenes: regodearme en el dolor y las preocupaciones.

Pero, poco a poco, ocurrió algo curioso. Me fijé en que las películas, las canciones, las series, los libros que más me emocionaban ahora eran aquellos que tenían un mensaje de esperanza. No ignoraban el dolor, porque no se puede ignorar el dolor, pero confiaban en las bondades del presente… y del futuro. «Sky Fits Heaven» de Madonna, por ejemplo (Nothing takes the past away like the future). O los libros de Albert Espinosa (Las pérdidas se convierten en ganancias). O la serie «How I Met Your Mother» (Sometimes things need to fall apart to make way for better things). O la película «Happy Thank You More Please» (Sadness be gone). Empecé a fijarme en cómo me molesta la gente que se está quejando contínuamente, comentando sólo las cosas malas de su día a día, cuando estoy convencido de que también les pasan cosas buenas (aunque sea comerse un delicioso plato de lentejas: ya es un buen principio). Opté por corregir en mí mismo esa negatividad que me incomodaba en los demás. Si me gusta tanto que me hagan feliz, ¿por qué no intentar yo hacer felices a quienes me rodean?

Me planteé empezar a escribir una nueva novela. Una comedia, quizá. Pero al ir a despedirme de las que ya tenía a medias y seguramente quedarían inconclusas, derrotadas por un presente del que sentía que ya no formaban parte, me fijé en que la semilla del optimismo siempre estuvo allí, en esas páginas tan tristes, tan terrible. Son novelas que hablan de nuevas oportunidades, siempre lo han hecho, sólo que en mi ceguera, yo no se las permitía disfrutar a mis personajes. Como en «El Principito», en mis escritos sólo veía un sombrero, y no me daba cuenta de que en realidad estaba escribiendo acerca de una serpiente que se ha comido a un elefante. Sólo hacía falta cerrar los ojos, escuchar atentamente y abrir los ojos con una mirada completamente nueva, como Annie al final de «Happy Thank You More Please». También se lo decía el personaje de Kathy Bates al protagonista de «Midnight in Paris»: Debes dejar espacio a la imaginación.

De repente, surgió en mi mente un breve diálogo que me aclaró por completo de qué va la novela que más ganas tengo de terminar. Fuera de contexto, no entenderéis porqué me gusta tanto, porqué supone no un giro, sino un nuevo enfoque, una nueva meta, una semilla germinando al fin. Con estas dos líneas, comprendí que no tenía a medias esta novela por desidia sino porque sólo ahora -ahora y no antes- puedo escribirla. Y por eso, aunque no comprendáis el significado, me gustaría compartir el diálogo:

-¿Cuántos David existen?
-Eso depende de ti: ¿cuántos David estás dispuesto a perdonar?

¿Y el blog? En enero estaba convencido de que lo abandonaría en cuanto estuviera mejor de ánimos. Ha ocurrido justo lo contrario: ahora que estoy tan bien, tan feliz, me cuesta más que nunca abandonarlo. Me gusta ir comentando las películas y los libros de los que disfruto. Me gusta ir compartiendo pedazos de las cosas buenas que voy descubriendo, de todo lo que estoy aprendiendo a estas alturas, con 28 años (pronto 29). No me cuesta nada dedicarle un rato cada día, preparar una entrada diaria. Me gusta ver su evolución. A mejor, al menos para mí. Me gusta que completos desconocidos lo comenten, que compartan sus experiencias, su sabiduría y me recomienden libros o películas que les han marcado, y me gusta que mis amigos hagan lo propio. Si alguna entrada os hace sonreír, me doy por satisfecho. Porque eso es lo que intento, aportar una sonrisa cada día. Es mi pequeña revolución.

De hecho, ya lo dice el propio título: «Sombras de neón». No lo elegí yo y lo cierto es que nunca me había planteado qué significaba. Pero ahí está, ahí ha estado siempre, y ahora comprendo porqué no lo cambié en la nueva etapa, cuando incluso hubo gente que me lo sugirió: la vida está llena de sombras, pero en nuestras manos tenemos las herramientas para pintarla de colores. Colores vibrantes, de neón. Colores felices.

More, please.

The edge of glory

I’m on the edge of something final we call life tonight.

Flotando junto al Maremàgnum hay un par de boyas (creo que son boyas, vaya). Es muy posible que no os hayáis fijado en ellas, no son especialmente bonitas pero a mí siempre me han llamado la atención. Son blancas, representan sendas personas con las manos cruzadas y la mirada fija en el cielo. Me gusta pensar que caminaban con prisas, angustiadas, tenían algún compromiso ineludible, muchos problemas… y de repente se detuvieron para mirar al cielo. Y así se quedaron, sonriéndole al sol. Ahora flotan tranquilamente, sin perder la sonrisa, disfrutando de ese instante, sus preocupaciones ya muy lejos, apreciando lo que tienen ahora.

El otro día me pasé un buen rato sentado frente a una de ellas, la más cercana a la entrada del centro comercial. Sonreía embobado, mientras escuchaba música y la boya humana flotaba, iba y venía. Decenas de gaviotas volaban a su alrededor; de vez en cuando, alguna se posaba a sus pies unos segundos y luego retomaba el vuelo. A su alrededor, los peces devoraban impacientes el pan que les tiraba algún turista buenorro. La boya no se cansaba de dar pequeños bandazos, no dejaba de mirar al sol, feliz. ¿Y yo? Yo estaba muy tranquilo, consciente de que sólo unos pocos minutos me separaban de comprarme un par de camisas nuevas que me encantan y de saborear un frapuccino de caramelo delicioso leyendo un buen libro.

Si hay una canción que exprese perfectamente en qué consiste esta sensación, es por supuesto «The Edge Of Glory» de Lady Gaga. El borde de la gloria. Bien lo saben mis contactos de Facebook: llevo una semana dando la vara con ella. Pero es que desde el primer momento se ha convertido en mi canción fetiche de este 2011. Lanzando esto, le perdono todos los «Born This Way» y «Judas» que quiera. Me gusta que cante con tanto entusiasmo acerca de ese momento en el que sabes que lo mejor todavía está por llegar pero eso no te impide disfrutar de ese saxo, de todo lo bueno que ya tienes. Al contrario: lo disfrutas aún más.

Me hubiera gustado que sonase en las manifestaciones de ayer. Bueno, en mi mente sonó. Es un himno optimista muy necesario. Si este «ahora» es tan espectacular, imagínate cómo será el futuro.

Just say yes

«¿No le interesa probar?»: en mi antiguo trabajo estaba vetado preguntar eso porque al empezar la pregunta con un «no» invitabas a que te respondieran justo eso: «No». «No me interesa probar.» Así, debíamos recordar que la pregunta más recomendable siempre era: «¿Verdad que le parece interesante probar?». En realidad estabas preguntando lo mismo, pero predisponiendo a la persona a responderte «Sí». O eso decían mis jefas. También recomendaban evitar los verbos conjugados en condicional: había que mostrarse seguro de uno mismo.

Yo me mantenía escéptico, me parecía una chorrada que algo tan simple como el vocabulario modificase hasta ese punto la voluntad del cliente. Eras buen vendedor o no lo eras, querían comprar o no querían comprar. Nada más. Pero pronto me di cuenta de que precisamente sólo eran los buenos vendedores los que seguían -a menudo inconscientemente- esas pautas, esas frases positivas. Y con los años he comprobado que todo esto también se puede aplicar al día a día de cualquier persona. Me gusta pensar que de un trabajo como aquél he podido extraer como mínimo una enseñanza tan útil.

Los buenos escritores lo son, precisamente, porque han sabido elegir las mejores palabras, o incluso las únicas palabras posibles, para transmitirle al lector exactamente lo que querían, y tal cómo querían. De esa capacidad para elegir palabras depende su talento. Sí, mis antiguas jefas tenían razón: las palabras son muy importantes. Se puede decir lo mismo de muchas formas, pero cada una expresará esa misma cosa con un matiz muy distinto. No es exactamente lo mismo decir «No me gusta nada la cerveza sin alcohol» que decir «La auténtica cerveza tiene que llevar alcohol, es mucho más buena así», ni tampoco decir «Odio la telebasura» que decir «Me río más con las reposiciones de comedias».

Si siempre te estás quejando o compadeciéndote de ti mismo, si en todas tus frases utilizas negaciones y expresiones «oscuras», al final es tu mirada del mundo la que se empaña de tanta negatividad y se ennegrece, como si lo contemplaras todo a través de unas gafas de sol tan opacas que no te permiten disfrutar la experiencia entera, colorista y brillante. No sólo eso: las palabras que decimos y escribimos nos desnudan ante los demás, determinan la visión que ellos tienen de nosotros. ¿Cómo van a pensar que eres optimista si siempre te quejas, si no dejas espacio para un mínimo de color? ¿Cómo te va a querer alguien si en vez de sonreír y hacer reír a los que te rodean, vas lamentándote por cada rincón? ¿Cómo te van a invitar a la prom night? ¿Cómo van a querer compartir piso contigo? A menos que seas emo y vivas rodeado de emos, a nadie le gusta la gente triste.

Así que, además de todos los pequeños trucos que comentaba el otro día para cambiar de chip, os animo a reducir las quejas y lamentaciones de vuestra vida diaria. Cambiad los «no» por «sí», los «no me gusta el helado de chocolate» por «prefiero el helado de limón», los «detesto la playa» por «qué bien se está en la montaña». Quitaos esas gafas de sol imaginarias. Abrid bien los ojos, contemplad y disfrutad de lo que os rodea. Coged un caleidoscopio si hace falta, quizá os ayudará a encontrar siempre las palabras correctas. Los problemas seguirán ahí, claro, nada los borrará, pero al hablar y escribir en clave positiva, en seguida aparecerán ante vuestros ojos cosas buenas, y estas cosas buenas os darán fuerzas, y esas fuerzas os harán sonreír un poquito más. Y de esa sonrisa sólo podrá brotar un bonito «sí». Ésa y no otra es siempre la palabra que precede a nuestros mejores momentos. Sí.