Ride the pain into the pleasure

Ayer me llegó el libro póstumo de un autor al que adoro, David Foster Wallace. Su mastodóntica La broma infinita me salvó del aburrimiento en muchos trabajos basura y con sus libros de relatos y ensayos no pude parar de reír: La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer… Era un autor especial, desbordante y excesivo pero meticuloso como pocos. Sabía sacar lo extraordinario de lo vulgar porque prestaba atención como nadie a los detalles.

David nos dejó en Septiembre de 2008, suicidándose tras una depresión que duraba décadas. Gran escritor hasta el final, preparó cuidadosamente el manuscrito de la novela en la que estaba trabajando, para que lo encontrasen y pudiésemos leerlo. Apenas 250 páginas en limpio, y montones de borradores, anotaciones, pruebas, ideas, etc, que hubo que descifrar y ordenar. Tengo muchas ganas de sumergirme en este libro. Seguramente sea mi última lectura del año y creo que será especial. Definitiva.

El extracto de la contraportada no podría ser más prometedor:

Resulta que el éxtasis -un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y de ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar (las declaraciones de la renta, el golf retransmitido por televisión) y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos.

Me fascina (de una forma triste, pero esperanzada al mismo tiempo) que alguien que terminó suicidándose fuera capaz de escribir algo tan positivo. A él no le sirvió, yo no dejaré que sus consejos caigan en saco roto. A por el éxtasis. Hay que encontrarlo. Esta noche empiezo a leer El rey pálido.

In Time

You saved my life. Now. And every moment since I met you.

Siendo «Gattaca» una de mis películas favoritas, os podéis imaginar las ganas que tenía de ver «In Time», película del mismo director y guionista, Andrew Niccol. No está libre de lagunas (y eso en un primer visionado en el que estás más dispuesto a creértelo todo y dejarte engañar) y confieso que habría preferido otro dúo protagonista, pero pronto te olvidas de Justin Timberlake, de los agujeros argumentales, y disfrutas de una emocionante -y constante- carrera contrarreloj.

Somos tiempo. Vendemos nuestro tiempo en el trabajo para poder comprar tiempo de ocio. Invertimos nuestro tiempo en tareas, gentes, actividades, relaciones. Andrew Niccol lleva este concepto al extremo y nos traslada a un mundo en el que no existe dinero porque literalmente la gente paga con tiempo, y si se les acaba quedan desactivados para siempre. Es un mundo de eterna juventud, donde nadie envejece pasados los 25 años (memorable plano en el que tres mujeres: suegra, esposa e hija parecen idénticas).

La buena ciencia ficción es la que habla de nuestro mundo y nuestro momento, y eso hace «In Time». El discurso de la película no podría sonar más actual. Habla de lo mismo que hablan los indignados y el movimiento Occupy Wall Street. La esclavitud  a una mayoría por parte de una minoría privilegiada, la perversión de mantener las desigualdades porque, dicen, es la única forma de que nuestra civilización funcione. Amanda Seyfried y Justin Timberlake, a modo de Bonnie & Clyde o pareja de Robin Hoods modernos, intentarán dinamitar el sistema desde dentro.

Creo que al final el mensaje de «In Time» no es el de montar una revolución. O sí, pero montando esa revolución a nivel personal. Trabajar en algo que nos guste, compartir momentos con gente que nos enriquezca, avanzar por el día a día más relajados (¿qué prisa hay?), aprovechar cada instante, hacer las cosas que nos gustan. Disfrutar de nuestro tiempo. Acordarnos de vivir.

Sunny day, anyday, take me to the South side

Hoy es 11/11/11 y el mundo se ha llenado de predicciones catastróficas y de deseos pedidos exactamente a las 11:11. Me incluyo: ahí estaba yo a las 11:11 de hoy, cerrando los ojos. No quieres creer, pero crees: por si acaso. No vaya a ser. Y como mínimo, es curioso haber vivido un momento en cuya fecha y hora todos los números son el 1. El primero, el comienzo.

Es cómodo dejar los momentos decisivos en manos del destino. Confiamos en las señales porque las señales nunca se equivocan. Y reconozcámoslo: a veces asusta avanzar sin guía, coger el toro por los cuernos, tomar decisiones, dar pasos. Nunca está de más tener un camino de baldosas amarillas y un mapa a mano, pero corremos el peligro de acostumbrarnos tanto a que sean los elementos externos los que nos guíen, que al final nos veamos incapaces de caminar por nosotros mismos. Simplemente nos dejaremos llevar, sin prestar atención a los márgenes del camino, llenos de detalles y bifurcaciones gloriosas

Hoy me estoy acordando mucho de estas dos citas que ya colgué en otras entradas del blog…

Te pasas toda la vida esperando a que ocurra algo, una señal, que llegue esa fecha concreta. El 11 del 11 del 11, por ejemplo. Ése día será único, por fuerza tiene que ocurrir algo. Tu vida cambiará. Seguro. Pero luego llega ese día, y no pasa nada, todo sigue igual que siempre. Así que continúas adelante, como siempre, y te inventas una nueva fecha mágica en la que depositar todas tus esperanzas.
(«Gang Bang. Obert fins l’hora de l’Àngelus» de Josep Maria Miró)

Uno deja escapar el momento crucial porque cree que el ahora mismo y ese momento crucial son momentos diferentes. Ahora es el momento crucial y ese momento crucial es ahora mismo.
(«Hagakure» de Yamamoto Tsunetomo)

De eso se trata: de confiar en los momentos especiales y en las señales que los marcan, pero no ciegamente sino porque somos conscientes que cualquier momento es crucial y ante cualquier señal favorable, sabremos coger el timón y viraremos hacia un nuevo rumbo. Estamos a la espera pero actuamos: las sensaciones no deben estar reñidas con los impulsos.

Hoy para 11 personas será un día especialmente afortunado, porque les tocará el premio especial de la lotería. Para todos los demás, hoy será un día tan especial como nosotros queramos que sea. A por ello, pues.

This is tomorrow
(If you miss this chance you will regret it
Not today, maybe not tomorrow)
This is tomorrow
(But soon and for the rest of your life)
(«This Is Tomorrow» de Saint Etienne)

Take a sad song and make it better

Te piden que digas una canción bonita y rápidamente piensas en una canción triste. Voz desgarrada, mucho arreglo de cuerda melodramático y letra sobre el desamor. ¿Por qué siempre asociamos canciones bonitas con canciones tristes? Que sí, que I Will Always Love You y Someone Like You son preciosas pero ¿por qué en estos casos no nos acordamos también de canciones sobre días soleados y vidas desbordantes de color?

Creo que nos pasa a todos. Lo he detectado en conversaciones, en foros, en redes sociales; yo intento evitarlo pero aún así me pasa a menudo. ¿Acaso no son bonitas canciones como Downtown o Brimful of Asha? Pues sí. Pero eso de «Bonito = triste» lo tenemos ya muy arraigado. Es como si hubiéramos aceptado como inevitable la belleza de las lágrimas. Parece que, para emocionarnos, las canciones tengan que tratar siempre de amores que terminan, historias que hacen llorar, días de lluvia.

Es por eso mismo que aceptamos como válidas frases dañinas en plan «Quien bien te quiere te hará llorar» o «Para amar hay que sufrir». Y no. Llorar y sufrir no son cosas positivas y no deberíamos relacionarlas con cosas que sí lo son (querer, amar, canciones bonitas). Hay que valorarse más, intentar rodearse de lo bueno, de lo que nos alegra el día a día.

Digo yo que para variar, estaría bien acordarse de vez en cuando de todas esas canciones que nos dan ganas de abrir la capota del coche y levantar los brazos, el pelo al viento, silbar, cantar a gritos, dar palmadas, disfrutar. Que ser feliz y estar vivo también son cosas bonitas.

Noah & The Whale – Last Night On Earth

What you don’t have now will come back again
You’ve got heart and you go in your own way

A Noah & The Whale ya les tenía echado el ojo después de que su Give a Little Love acompañase una preciosa escena de la serie Cougar Town. La semana pasada me salió la recomendación de su último disco en Spotify y lo escuché y conecté con todas las canciones, porque las cosas siempre llegan cuando las necesitas.

Creo que este disco resume en 30 minutos toda la filosofía que intento compartir en mis entradas de este blog: mirar hacia adelante siempre con una sonrisa, con la seguridad de que los buenos cambios y las buenas cosas están al alcance, sólo hay que querer extender la mano.

Por lo visto, el grupo no tuvo el éxito esperado con su disco anterior, que lidiaba la ruptura del cantante con su novia (ex-miembro del grupo). Para este tercer trabajo, Last Night On Earth, se ponen las pilas y dan lo mejor de sí. Es un disco tranquilo, que no es lo mismo que lento. Intensamente optimista. A ratos folk, a ratos rock, a ratos inclasificable. Las suaves guitarras se mezclan sin reparos con sintetizadores, xilófonos, violines, coros de connotaciones gospel…

Las letras hablan de nuevas oportunidades, de chicos que contemplan la ciudad que dejarán atrás desde la ventana del autobús, hombres que cargan las maletas en el coche, prostitutas que no pierden la sonrisa y escritores que aún no han dado con su Gran Obra pero siguen intentándolo. Porque cuando llegue la última noche quieren estar orgullosos de decir que, como mínimo, vivieron. 10 canciones redondas, homogéneas (gracias a las letras, sobre todo) a pesar de su disparidad sonora. La música de este disco es la compañía ideal. No os lo perdáis.

Well you used to be somebody and now you’re someone else
Took apart his own life, left it on the shelf
Sick of being someone he did not admire
Took apart his old things, set them all on fire

He’s gonna change, gonna change his ways
Gonna change, gonna change his ways

And it feels like his new life can start
And it feels like heaven