Graffiti6 – Colours

Now I can dance.

En un desván polvoriento, alguien debió de encontrar un baúl con una vieja colección de vinilos. Le llamó la atención uno de soul. La portada estaba ya descolorida, pero aún podía verse la sonrisa del cantante. Al ponerlo en el tocadiscos, la aguja despertó una voz de terciopelo, que daba ánimos y ofrecía su compañía a través del altavoz. Sonaba tan atemporal que ese arqueólogo musical decidió remezclar el disco para hacer bailar a la gente, porque no hay nada mejor que bailar con sentimientos.

Esta podría ser la historia de este disco. Pero no: aquí no hay remixes de un disco soul, sino 12 canciones nuevas, fruto de la colaboración del cantante Jamie Scott y el productor TommyD, que en 2008 se juntaron para crear música juntos y dos años después debutaban en Inglaterra con este disco, que ahora se reedita en Estados Unidos. Benditas reediciones. A veces parece que no tenga mucho sentido volver a lanzar un disco que ya está a la venta desde hace tiempo, y menos si lo haces sin canciones nuevas. Pues mira, por ejemplo sirve para que vuelvan a hablar de ti y algunos afortunados por fin te descubramos.

Y Colours no podía llegar en mejor momento: para estrenar Febrero y darle la bienvenida al frío con su pop luminoso, de ese que trae calorcito a cualquier día. Lo de pop es un decir. En otra crítica los definían como folktronica. A mí, ya lo decía al principio, me suenan a un disco de soul clásico remezclado. Moby subido de revoluciones en un día optimista. No es de extrañar que la mayoría de temas del disco hayan aparecido en todo tipo de anuncios y series (CSI, One Tree Hill, Anatomía de Grey…).

La cosa empieza fuerte con Stone In My Heart, que a ratos recuerda al próximo single de Madonna, pero hecha con mejor gusto, con momentos cercanos al drum’n’bass y esa voz cálida que te acompañará a lo largo de todo el disco. Continúa la euforia con Annie You Save Me y Stare Into The Sun, esa clase de canciones que querrías escuchar por la calle mientras una cámara graba el vídeoclip y así treparías por las farolas y saltarías de coche en coche entre lluvias de globos.

Luego el disco se vuelve más intimista, y ahí encontramos maravillas como la emocionante Free (¡que alguien abrace a este chico ya!) y Colours, una especie de trip-hop poético que resumen en 5 minutos la magia del enamoramiento. Volvemos a mover los pies con Never Look Back, que casi suena a Tarantino, hasta que esas palmadas te transportan a una fiesta de fin de curso de los años 60 en la que no te van a proclamar rey del baile pero da igual, porque piensas bailar mejor que nadie. El álbum se cierra con Over You, una preciosa canción casi acapella: sólo de vez en cuando suenan un piano y unos coros, Jamie Scott se despide del amor porque ha aprendido que solo también se puede sobrevivir. Now I can dance, susurra.

Que ese es otro de los encantos del disco: las letras. Ambientadas todas después de la tormenta, hablan de esperanza e ilusiones recobradas. A veces sobrevives solo y a veces alguien te ilumina. En cualquiera de los dos casos, sigues adelante sin mirar atrás. Este disco es la banda sonora de ese momento en el que sales a flote, te apartas el pelo de la cara, y descubres que a tu alrededor siempre hubo luz y colores y música. Más, por favor.

With a fire in my heart
I stood up and I am strong

And it makes me stronger
Makes me wiser
It makes me stronger
Makes me wiser

Starting today I’m not gonna waste another moment

Vértigo: Sensación de inseguridad y miedo
a precipitarse desde una altura.

Estar encerrado en casa curándote de un gripazo te da tiempo de sobras para pensar. Y no todo es pensar en cosas buenas, claro. Pero piensas por ejemplo en todos esos días que terminan y no sabes qué decir de ellos. Como si aún tuvieras 15 años y sólo pudieras hablar de los chicos que vas conociendo y no del recuerdo de la planta que parecía una palmera, la viste en un balcón, con sus hojas camuflándose en una pared verde, un pedazo del Caribe en Barcelona. Quizá esos días vacíos no tuviste tiempo para pensar. Ahora sí. Y la vida es eso: detenerse a pensar, detenerse a observar. Detenerse como método para avanzar.

Han sido días curiosos. Medio grogui por la medicación, no me apetecía leer, ni ver series o películas, apenas escuchaba música y no escribía tanto como quería (pero escribía: eso es inamovible). Todo lo que me llena, aplazado. Suerte de José Luis Sampedro, esos 10 minutos oyéndole hablar en la televisión me alimentaron el alma como un buen caldo caliente. Yo ni siquiera podía hablar, porque estaba afónico. Me dio por pensar que así deben sentirse los monjes zen en su templo solitario en lo alto de una montaña, acompañados sólo por los sonidos del bosque y las gotas de luz. Así debe sentirse también el protagonista de mi novela en cierto momento extremo al que le hago llegar y que dio pie a uno de los títulos provisionales del libro: El vértigo.
¡Genial! En las entrevistas, ya no tendré que decir «todo es autobiográfico excepto ese momento concreto», ahora podré decir que todo lo he vivido.

Y es que si la vida se basa en experiencias, la literatura no podría ser menos. Creo que cuando un libro tiene alma (la del escritor, que la volcó en sus páginas para que te vieras reflejado en ellas), se nota. Luego están esos libros asépticos que parecen salas de espera de hospital, escritores tímidos que no se dejan ver ni de refilón. Esos no pueden interesarme. Pero no quería hablar de libros. Quería hablar, más concretamente, de una frase que encontré anoche en la solapa de un libro. Era el primero que cogía en 3 días. Acababa de escribirle a una amiga que los cambios dan vértigo pero siempre son a mejor. Y entonces cogí este libro de la editorial Funambulista, que resulta que en las solapas de todos sus títulos, explican el por qué de su nombre. Y lo hacen así:

Quizá el vértigo no sea el problema, sino la solución a la condición humana; fijémonos en el funambulista, que, en palabras de Roger Caillois, «sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él».

Y entonces me acordé del único sitio alto en el que no he sentido vértigo. Precisamente, el edificio más alto en el que he estado, la azotea del Rockefeller Building. No sentía vértigo porque tenía toda Nueva York a mis pies, llevaba apenas un par de horas en la ciudad y quería explorarla entera, zambullirme en sus calles, en cada uno de los rincones que intuía ya desde las alturas. Ahora cerramos Enero, que siempre es un mes de traspaso, y por fin sé que empieza de verdad mi 2012. Con voz, con alma y sobre todo con ambición. Hace un mes dije que todos deberíamos ser principiantes, hoy añado que también debemos ser funambulistas. Hay que sentir el vértigo, confiar en él, y explorar.

When I write the book about my love

Al final llega un día que te lanzas. Pones todo de tu parte y llegas a la meta. Eso es lo que te recuerda día a día un Daruma, amuleto japonés para trabajar la constancia, la persistencia. No me considero supersticioso. O quizá sí, un poco. Lo justo, como todos, supongo. Pero no fue la superstición sino esas ganas de llegar, por fin, a la meta, lo que en pleno Agosto de 2011 me hizo coger aquella figura rechoncha y roja, pintarle un ojo (el derecho) y colocarla en lo alto de mi estantería. Vigilándome. Me había propuesto escribir un libro. Más que eso: terminarlo (y terminarlo antes de los 30, los cumplo en Junio).

Escribir he escrito muchos libros, pero todos se quedaron a medias: personajes desparramados a lo largo de páginas y páginas (bueno, tampoco tantas) que de repente se cortaban en seco. Eso había hecho durante los últimos 10 años: con mil excusas, dejaba morir de inanición a mis personajes a lo largo y ancho de páginas blancas. Pero esta vez iba a cumplir mi objetivo. Esta vez no iba a decir: «hoy no escribo porque estoy cansado», «ya escribiré mañana porque hoy prefiero leer», «ahora no estoy inspirado, a ver si por la noche…». Nada de todo eso.

En Agosto, me obligué a escribir un mínimo de una página diaria en el precioso cuaderno Paperblanks que había comprado para la ocasión. El Daruma me vigilaba. Y quedaría bien decir que, después de 10 años haciendo el vago, esos primeros días de volver a arremangarme para escribir fueron duros, pero sería mentira. Fue sorprendentemente fácil. Al segundo día ya me había olvidado del Daruma y de lo inconstante que fui en el pasado: escribía. Pronto, esa página diaria se convirtió algunos días, los más prolíficos, en muchas más: dos, cuatro, diez páginas. Y no dejé de escribir ni un día, ni siquiera estando enfermo o esas noches que volvía a casa después de horas bailando y bebiendo. También entonces escribía religiosamente mi página diaria.

Y pensaba: escribir era esto, dejar fluir el bolígrafo, no tener miedo a manchar el papel. Escribir es escribir. Si era tan sencillo ¿por qué no lo hiciste antes? ¿Por qué dejaste morir tantos libros? Porque ahora es el momento, el libro que tenías que escribir era éste. Tu libro. Adelante. Primer cuaderno terminado, empiezas el segundo, sigues escribiendo. El segundo cuaderno se acaba y escribes por fin, al fin, la palabra mágica: FIN. Por primera vez en toda tu vida, has terminado un manuscrito del que estás orgulloso.

Ahora toca pasarlo a limpio, ordenar escenas que por el momento sólo son párrafos volcados en cualquier orden, ampliar algunos diálogos, sintetizar descripciones, descubrir que hay tramas que eliminaré y otras que aún están por nacer. Reescribir, corregir. Ahora empieza la segunda fase, pero aún así hoy estoy muy contento porque lo importante, el libro, mi libro ya existe. Me gustaría que la ilustración de Natsko Seki que corona este párrafo fuera la portada. De hecho, en cierto modo ya lo es: un amigo me regaló un prototipo del diseño, la ilustración con el título y mi nombre, impresa y enmarcada. Ver esa imagen en mi mesilla me ha dado tantas energías que creo que este último mes la novela ha crecido.

Empecé escribiendo un libro sobre vampiros (emocionales) y acabé escribiendo sobre la soledad. La soledad que tú eliges, la que tú disfrutas. Bueno, no sé si va de eso el libro. Falta ordenarlo, ya lo he dicho. También trata de cómo nos vengamos con los demás de todas esas cosas que no hemos tenido. Y de tardes de lluvia. Llueve mucho en mi libro, sí. Pero creo que, pese a todo, no es un libro triste. Ya lo dije un día en mi blog: quiero compartir mis ganas de vivir. Así que igual va de eso, la novela: de todas las maneras en las que intentas ser feliz, todos los errores que te llevan al único sitio que de verdad te pertenece.

Aún falta tiempo para publicarla, lo sé. Pero ha sido hoy, viendo esos dos cuadernos completados, sus 284 páginas escritas, cuando he sabido que llegaremos a buen puerto. Ella, la novela, y yo. La publicaré. Me hace ilusión contaros que se titula El mar llegaba hasta aquí. ¿Y la primera frase?

«Siempre llovía.»
Gracias, Daruma.

Viva Las Vegas

«Se nos ha dado la oportunidad de habitar, no lo olvidemos, en un mundo concebido para nuestra fascinación; tenemos la posibilidad de habitar en el más perfecto de los mundos.»
(Vicente Haya – «El espacio interior del haiku»)

Me gusta la canción Viva Las Vegas de Aqua. Hoy me he dado cuenta de que no me gusta sólo por ese ritmo trepidante que te invita a cruzar las calles con paso decidido, como si estuvieras en un vídeoclip. Sobre todo me gusta porque habla de llegar a una nueva ciudad y deslumbrarte ante la avalancha de cosas (cosas pequeñas y cosas brillantes) que ésta te ofrece. Es lo que pasa cuando haces turismo, que exploras cada rincón, visitas museos y plazas y calles y todo tipo de lugares cuyos equivalentes en tu ciudad apenas conoces, los pasas de largo. La costumbre mata la sorpresa.

Hace cosa de año y medio, yendo al trabajo me detuve junto a la avalancha de turistas que hacían fotos de la Sagrada Familia. No es mi edificio favorito de Gaudí, de hecho ni siquiera me parece bonito. Pero los turistas sonreían ante él, lo fotografiaban, señalaban detalles boquiabertos. Pensé que nunca he estado dentro de la Sagrada Familia. Llevaba años pasando por delante cada día y no lo miraba. Aquel día, y muchos otros a partir de entonces, lo contemplé admirado como habría hecho en cualquier otra ciudad, y descubrí la representación de unas frutas de colores en lo alto de una de las torres. Reparar en aquel detalle (aquellas frutas de piedra brillando bajo el sol) me alegró la tarde.

Pero no se trata sólo de monumentos. Lo más sorprendente nunca está en los mapas. Las calles de asfalto gris, esas mismas que atravesamos cada día en el itinerario de nuestra rutina, en realidad son un microcosmos de pequeñas maravillas en las que fijarse, detalles que esperan que alguien se detenga y los convierta en poesía. Una baldosa fuera de sitio, una pintada desdibujada por la lluvia, libros colgando de un escaparate. Son esos pedazos los que dan alma a cada ciudad. Los vemos cuando salimos fuera, pero también existen en nuestra ciudad.

 De eso tratan los haikus: de la belleza aquí y ahora, en cada rincón. Recomiendo leer libros de haiku. Son perfectos para aprender a apreciar la belleza que nos rodea. Después de una sesión de lectura, sales a la calle y todo parece nuevo, porque tus ojos son otros. Hoy he escrito estos dos haikus mientras volvía a casa por la misma calle que ayer sólo me pareció una línea recta, quince minutos de fachadas invisibles:

El viento arrastra
Una flor pequeña y una colilla
Que alguien tiró

Una paloma vieja
Paso a paso atraviesa la calzada
Hay un charco

No son gran cosa, pero son míos. Todo es empezar. El primer paso es abrir los ojos, el resto ya irá llegando.

Christian Bobin – Un simple vestido de fiesta (I)

«El principio y el fin se nos dan juntos,
sólo lo vemos después.»

Hace justo un mes fuiste por segunda vez a Tipos Infames. Te gusta esta librería. Está en Madrid, en el barrio de Malasaña, o muy cerquita, porque los barrios en Madrid son tan pequeños que si vienes de fuera no sabes distinguirlos. No es como Barcelona, que cada barrio parece separado de los demás por una zanja. Te gusta Tipos Infames porque sólo venden libros buenos (o buenos libros, que no sabes si es lo mismo). Los venden chicos con gafas de pasta y barba de dos días, chicos todo sonrisa con los que te gustaría sentarte a hablar en esas mesas que tienen repartidas entre estanterías. Tomarte un vino con ellos, hablar de cosas (algunas interesantes) y saber sorbo a sorbo que podrías casarte con ellos, pero saber también que no lo harás. Te gusta Tipos Infames porque tienes el arte literalmente a tus pies y en el mostrador exponen, tan destacado que es imposible no verlo, este libro: Un simple vestido de fiesta.

La portada te llama, se diría que el libro lleva tu nombre escrito, como una bala que te atraviesa. Lo coges, tiene un agradable tacto rugoso. Días después descubrirás que esta editorial (Árdora) lanza todos sus libros con este mismo diseño de portada, sólo varían los colores según el libro. Pero ahora éste te parece perfecto. Perfecto como el título. Perfecto como el texto de la contraportada:

Para qué sirve leer. Para nada o casi. Es como amar, como jugar. Es como rezar. Los libros son rosarios de tinta negra, cada cuenta rodando entre los dedos, palabra tras palabras.

Tienes que leerlo, y lo haces, claro, pero días después, exactamente treinta y un días después, en el momento justo, porque es tu primer libro del año, y en la última página habla de los Reyes Magos («Con el final del amor, aparecen los reyes magos: la melancolía, el silencio y la dicha.»): sí, la magia existe y para demostrarlo el calendario marca que es 6 de Enero. Ya no el de 2011. Hoy es 6 de Enero de 2012. Los primeros días de Enero te cuesta aceptar que ya estás en un nuevo año. Acostumbrarte a escribir bien la fecha (sobre todo escribir bien el año) durante esos primeros días se parece un poco a viajar al futuro. Tu futuro.

Precisamente de futuro habla Un simple vestido de fiesta. De ese futuro que se abre después de cerrar un libro, cada libro, todos los buenos libros que venden en buenas librerías como Tipos Infames. Antes de leer tienes una vida, pero lees y la olvidas porque respirando en sus páginas disfrutas de unos personajes que ahora son tus únicos vecinos, maestros, compañeros, cierras el libro y tu vida es otra. Se podría decir que leyendo has aprendido. Leer es aprender y por tanto es vivir. Sí que sirve leer, porque no hacerlo sería morir. Leer en cambio es sentir vértigo ante cada nueva palabra.

Christian Bobin te habla de sus lecturas (y de las reflexiones que éstas le evocan) a lo largo de diez relatos, diez entradas de diario, diez críticas muy libres, diez poemas para releer a diario, casi al azar. Christian Bobin crea ficciones de prosa limpia a partir de las ficciones de otros. Te invita a hacerlo también tú porque defiende que «El que lee es el autor de lo que lee». Y quizá sea verdad, quizá por eso tenemos todos gustos tan distintos: te limitas a disfrutar los libros que te gustaría escribir, porque leyéndolos los has escrito.

Gracias a Bobin por escribir esta maravilla, gracias a Ediciones Árdora por publicarla y gracias a Tipos Infames por exponerla. Melancolía, silencio, dicha.