Viajar a solas parece un contrasentido. Viajar es algo que damos por sentado como cosa de (al menos) dos personas: dos que viajan, o uno que viaja y otro esperándole en destino. A mí, este sábado, al bajar del tren solo me esperaba Granada. Y la ciudad te recibe anónima, como todas las ciudades: con una plaza y una calle que podrían estar en cualquier país porque no parecen de ninguno. Viajaba con la excusa de inspirarme para mi novela. Me había ido de Barcelona por todo lo alto: comprando el billete apenas tres horas antes de la salida, dejando la vuelta abierta, sin mapas ni guías de la ciudad, sin planes previstos, sin reserva de hotel, encendiendo el móvil solo para hacer fotos.

Seguí el traqueteo de las maletas de la gente. Llegué a una avenida vacía. Todos los comercios con las persianas echadas, todavía: eran las ocho de la mañana. Desapareció la gente, desaparecieron las maletas y yo solo llevaba una mochila. Pensé: «¿Y ahora qué?». Granada te da todas las respuestas. Ahora caminar. Ahora seguir las inclinaciones del terreno, escalón arriba, cuestecilla abajo, plaza a través. De sorpresa en sorpresa, fuentes que empezaban a echar agua, campanadas desde el fondo de cada callejón, graffitis imitando a Magritte, frases-talismán tras cada esquina. «Quiero ser poeta > Escribe».
Fue una mañana fantástica. Exploré la parte antigua de la ciudad, adoré sus callecitas llenas de cuestas empedradas, tomé un vermut delante de la Alhambra, escribí mucho y encontré un hotel bien barato en una plaza pequeña y encantadora, con sus naranjos y su iglesia reconvertida en universidad. Pero por la tarde me derrumbé. Me sentía desorientado, me dolía la pierna, a mi alrededor todo eran parejitas y familias y grupos de amigos. Era una soledad que muerde. «¿Qué hago aquí, si ya he visto la ciudad entera?», pensaba. El hotel estaba pagado pero a punto estuve de pedir el billete de vuelta para aquella misma noche. Al final, en plena puesta de sol, recapacité sentado junto a la orilla del río Darro, en un rincón con las ruinas de un arco. Ayudaron El arte de la paz y un par de mensajes de amigos («Improvisación es amor» y «Disfruta del paseo de tu literatura»).

A eso había venido a Granada. A improvisar, a escribir, a vivir para escribir. No tenía mapas y estaba solo, sí, pero eso me permitía improvisar, y eso lo adoro.(Cuando volví a Barcelona, un amigo me contó que él, en sus viajes a solas, también había tenido puntos de inflexión similares.) Así que acabé de saborear el libro y aprovechando que lo tenía justo al lado, me metí en el Rincón de San Pedro, un garito gay muy acogedor, con ambientación retrofuturista: naves espaciales y espejos antiguos junto a la figura de un santo. Bailar house a las nueve de la noche, con gente que ya llevaba unas cuantas cervezas encima. Y lo mejor: descubrir que el local tiene un balconcito que da al río y a la Alhambra, ya iluminada. Así que alcé los brazos y me dejé penetrar por los pum-pum-pum-pum del DJ. Y entendí que después de cada «¿Y ahora qué?», sales a flote con una fuerza inusitada.
El día siguiente ya fue otra cosa. No seguí las señales sino mis intuiciones, no me sentí solo sino libre, la gente giraba por una esquina y yo esperaba a la siguiente, tras la que parecía que no habría nada y yo siempre descubría una plaza, unas vistas, un recoveco, un paseo entero, un detalle que lo significaban todo. Subí una cuesta y a medio camino vi un cartel indicando que en lo alto me esperaba la Alhambra. No tenía la intención de entrar, pero seguí subiendo. La pierna me dolía, pero eso contribuía a que cada paso se sintiera como una pequeña conquista. Ya arriba, otro «¿Y ahora qué?», así que me animé a entrar.

Nada más entrar me dieron un mapa. Acabé tirándolo porque no lo entendía. Llevaba dos días enteros orientándome por instintos y siempre había llegado a alguna parte, así que ahora esos dibujos no me decían nada. Trece años atrás, estuve en la Alhambra y apenas vi cosas porque P y yo llegamos tarde. El domingo comprendí que todo se había confabulado para que la explorase entera ahora, con 29 años, los ojos predispuestos a ver y una novela a medio escribir. Ahora y no entonces, claro. Pero es que las cosas solo tienen sentido cuando por fin ocurren.
Tuve mis recompensas. Ya me iba, después de un último vino blanco en un balcón medio escondido del Albaicín y el mejor tapeo en la Carrera del Darro, alargaba la despedida por las calles del centro. Callejeando alrededor de la Catedral, me encontré a un chico que tocaba un instrumento mágico. Era como un platillo volador y llenaba de encanto aquella plaza, parecía que estuviéramos en un templo budista. Le pregunté el nombre: hang. Con esa melodía mágica todavía resonando, en la penúltima calle antes de la estación encontré un trébol de cuatro hojas. De fieltro, así que durará siempre. Al final no necesité mapas para encontrarme. Bastó con ir a Granada y explorarnos juntos, ella a mí y yo a ella. Ahora tengo mi centro, tengo mi libro, y tengo mi trébol: todo irá bien.