Why can’t you choose yourself like your enemy?

Ocurre a menudo: una frase en apariencia simple se te graba a fuego. Otros quizá no entenderán su fuerza, por más que se la intentes explicar, pero para ti esa frase lo significa todo. Ahora mismo, al menos. Me pasó el otro día leyendo La mente del samurái. De repente, una frase saltó del texto y algo hizo click dentro de mí. Siete palabras conformando una llave que abría todas las puertas.

«El oponente existe porque nosotros estamos presentes.»

Entiendo la palabra «oponente» de muchas maneras. Un oponente puede ser un problema que te preocupa, una persona que no te cae bien, alguien que ves en la discoteca y te lo quieres ligar, una madre a la salida del colegio taponando la acera. Personas, situaciones a las que le otorgas tal importancia que te abruman. Te bloqueas porque te sientes muy inferior al problema, al obstáculo, a la persona que tienes enfrente. Pero cuando eres consciente de que ellos no existirían si no estuvieras tú, que en cierto modo son un reflejo tuyo y por tanto tú tienes su misma fuerza… la cosa cambia. Ahora el control lo tendrás tú. Te sentirás tan seguro de ti mismo, actuarás con tanta decisión que serás imparable.
En cierto modo se trata de convertirte en agua: fluir con las cosas y aprovechar esa fuerza que les otorgabas a tus oponentes para activar tu propia fuerza. Estar seguro de que si tienes un problema también conoces su solución y además, por el camino, aprenderás algo nuevo de ti mismo; utilizar la persona que no te cae bien como recordatorio de todo lo que sí te gusta ver en los demás, recordar la clase persona que quieres ser, la que luchas por ser; acercarte al ligue con paso firme (te está mirando: no dudes); cambiar de acera para andar libre por otra y así fijarte en detalles que no habrías visto desde la que no podías avanzar. No protestes: agradece cada reto, porque de todos ellos saldrás reforzado, incluso recompensado.

Así que tengo que darle la razón a Issai Chozan: el enemigo existe porque tú estás presente. Llevo dos días resolviendo todas las situaciones con esta frase en mente y los resultados no podrían ser más espectaculares. Pruébalo, a ver. Igual acabas como yo: dando las gracias a todos los samuráis por ofrecerte, a través de tantos siglos de distancia, las palabras acertadas, transformándote tú también en un samurái moderno e imparable.

«Hay que ganar desde el principio para salir victorioso siempre.»
(Hagakure, Yamamoto Tsunetomo)

«No te surge ningún problema para el que no conozcas la solución. Todo problema surge para aprender algo importante.»
(La ley del espejo, Yoshinori Noguchi)

El oponente existe porque nosotros estamos presentes. Si no estuviésemos, no habría oponente. El término «enemigo» u «oponente» denota confrontación. Es lo mismo que yin y yang, o fuego y agua. Todo lo que tiene forma, tiene oposición, pero si tu mente carece de forma, no puede tener oposición. Cuando no hay oposición, no hay oponente. Eso se llama «sin enemigo, sin sí-mismo». Al olvidarte tanto del sujeto como del objeto, cuando asumes un estado de sosegada inacción, te sincronizas… y cuando quiebras al enemigo, apenas te das cuenta. En ese estado, no eres inconsciente, sino que, como no hay pensamientos conscientes, te mueves por intuición.
(La mente del samurai, Issai Chozan, Página 25)

Good Old War – Come Back As Rain

Fue empezar a escuchar este disco y llegar antes de hora la primavera. Me viene bien este calorcillo, para qué decir otra cosa. Pasear sin chaqueta como si las calles fueran parques y encontrarme cada dos pasos a alguien apoyado en un poste o un alféizar, con los ojos cerrados, la cara hacia el cielo, recibiendo el sol con una sonrisa de oreja a oreja. Barcelona en primavera es un poquito más Barcelona.

Desde hace unos meses, escucho bastante de eso que se conoce como folk-pop: Cocoon, Kings Of Convenience, Noah And The Whale… No es que crea en las etiquetas. Es que se trata de música que me viene fenomenal para escribir. Y que además me anima. Melodías desenfadas, de mucho sol, guitarra en mano, cantadas generalmente por chicas y chicos monos, voces entrelazadas, armonías, letras positivas y las caderas que se te mueven, y de repente silbas porque estás feliz y te apetece contagiárselo al mundo.

Eso mismo es lo que transmite este disco, el tercero ya, de Good Old War. Lo lanzaron la semana pasada, presagiando ya no solo la primavera, también el verano. Reflejan esa sensación de sentirse bien, de «buen tiempo pase lo que pase» en la portada y en las fotos promocionales: una campiña bajo un sol que invita a ir de picnic cuanto antes. Pronto sonarán en Cougar Town, lo sé. A destacar la edición especial del disco, con once postales, una para cada canción, con foto y letra. Da gusto comprar ediciones así.

Es un disco tan homogéneo que si te gusta una canción te gustarán las demás. Ideal para escuchar en la terraza leyendo, en la playa rebozándote en la arena, en el parque jugando, en la calle saltando, en la campiña comiendo, en el coche contemplando el paisaje que se acerca. No destacaría ninguna canción porque todas me iluminan por igual, pero para que te hagas una idea, pondré Better Weather. Puedes escucharlas todas gratuitamente en su web oficial. Optimismo contracorriente, no te hundirá nada ni nadie, mañana hará sol aunque llueva.

«Maybe tomorrow the storm will blow over
The river won’t overflow
Nobody knows what tomorrow will bring
That’s why we rely on hope

Oh, we’ll pray for some better weather
Oh, we’ll pray for some better weather»

Me gustas tú

Me gusta descubrir sonidos nuevos en canciones que creía conocer como la palma de mi mano.  Me gusta, ya lo dije, comprar en la panadería del chico italiano porque me recibe con su mágico «¿Qué te apetece hoy?». Me gusta toparme, en las calles por las que paso cada día, con edificios que no había visto hasta ese momento. Me gusta sentirme extranjero en las ciudades que voy pisando. Me gusta viajar sin mapas (esto lo descubrí el pasado fin de semana).

Me gusta mezclar ingredientes que no casarían; crepes con pollo y chocolate, por ejemplo. Me gusta la gente que está sola en los bares, la que lee o escribe, la que toma desvíos que nadie tomaría, la que viaja con su mochila a cuestas. Me gusta sentir una atracción inmediata por el disco de un grupo desconocido: ver una portada y sentir que tengo que escucharlo (también me pasa con algunos libros).  Me gusta ver por la calle a un desconocido que coge su móvil emocionado y sonriente: le acaban de dar una buena noticia y necesita compartirla. Me gusta el poder de una buena red social: Tumblr, Facebook, Twitter, los blogs, los foros.

 Me gusta la música que se puede bailar en la cama. Me gusta sentir el tacto de una consola nueva. Me gusta leer, leer por las noches sobre todo, aunque en Febrero he descubierto que también me gusta hacerlo por las mañanas, nada más levantarme: un buen libro te da vida ya antes de salir de casa. Me gusta Japón, pero aún me gusta más conocer ciudades, países, culturas, estilos, cosas que no conocía o no creía que pudieran interesarme; últimamente, sin ir más lejos, me gusta el cine francés. Me gusta el daiquiri de fresa y chocolate.

Me gustan los bares acogedores que, sin embargo, suben la música a tope; he comprendido que lo hacen para que así oigas solo a tu acompañante. Me gusta ir a estos bares bien acompañado pero si voy solo o estoy esperando, me gusta hablar con los camareros simpáticos. Me gusta descubrir a alguien que me hace una foto desde lejos. Me gusta un buen viaje en tren: sentado, viendo pasar las estaciones entre lectura y lectura, pasatiempo y pasatiempo. Me gusta creer en el destino, en la causalidad y en el poder de decisión que todos tenemos. Me gusta el modo aleatorio de los reproductores de música: la sorpresa, que siempre encaja. Y me gustarás también tú cuando aparezcas.

You’re only a young thing ‘bout to sleep with a sea of men

Viajar a solas parece un contrasentido. Viajar es algo que damos por sentado como cosa de (al menos) dos personas: dos que viajan, o uno que viaja y otro esperándole en destino. A mí, este sábado, al bajar del tren solo me esperaba Granada. Y la ciudad te recibe anónima, como todas las ciudades: con una plaza y una calle que podrían estar en cualquier país porque no parecen de ninguno. Viajaba con la excusa de inspirarme para mi novela. Me había ido de Barcelona por todo lo alto: comprando el billete apenas tres horas antes de la salida, dejando la vuelta abierta, sin mapas ni guías de la ciudad, sin planes previstos, sin reserva de hotel, encendiendo el móvil solo para hacer fotos.

Seguí el traqueteo de las maletas de la gente. Llegué a una avenida vacía. Todos los comercios con las persianas echadas, todavía: eran las ocho de la mañana. Desapareció la gente, desaparecieron las maletas y yo solo llevaba una mochila. Pensé: «¿Y ahora qué?». Granada te da todas las respuestas. Ahora caminar. Ahora seguir las inclinaciones del terreno, escalón arriba, cuestecilla abajo, plaza a través. De sorpresa en sorpresa, fuentes que empezaban a echar agua, campanadas desde el fondo de cada callejón, graffitis imitando a Magritte, frases-talismán tras cada esquina. «Quiero ser poeta > Escribe».

Fue una mañana fantástica. Exploré la parte antigua de la ciudad, adoré sus callecitas llenas de cuestas empedradas, tomé un vermut delante de la Alhambra, escribí mucho y encontré un hotel bien barato en una plaza pequeña y encantadora, con sus naranjos y su iglesia reconvertida en universidad. Pero por la tarde me derrumbé. Me sentía desorientado, me dolía la pierna, a mi alrededor todo eran parejitas y familias y grupos de amigos. Era una soledad que muerde. «¿Qué hago aquí, si ya he visto la ciudad entera?», pensaba. El hotel estaba pagado pero a punto estuve de pedir el billete de vuelta para aquella misma noche. Al final, en plena puesta de sol, recapacité sentado junto a la orilla del río Darro, en un rincón con las ruinas de un arco. Ayudaron El arte de la paz y un par de mensajes de amigos («Improvisación es amor» y «Disfruta del paseo de tu literatura»).

A eso había venido a Granada. A improvisar, a escribir, a vivir para escribir. No tenía mapas y estaba solo, sí, pero eso me permitía improvisar, y eso lo adoro.(Cuando volví a Barcelona, un amigo me contó que él, en sus viajes a solas, también había tenido puntos de inflexión similares.) Así que acabé de saborear el libro y aprovechando que lo tenía justo al lado, me metí en el Rincón de San Pedro, un garito gay muy acogedor, con ambientación retrofuturista: naves espaciales y espejos antiguos junto a la figura de un santo. Bailar house a las nueve de la noche, con gente que ya llevaba unas cuantas cervezas encima. Y lo mejor: descubrir que el local tiene un balconcito que da al río y a la Alhambra, ya iluminada. Así que alcé los brazos y me dejé penetrar por los pum-pum-pum-pum del DJ. Y entendí que después de cada «¿Y ahora qué?», sales a flote con una fuerza inusitada.

El día siguiente ya fue otra cosa. No seguí las señales sino mis intuiciones, no me sentí solo sino libre, la gente giraba por una esquina y yo esperaba a la siguiente, tras la que parecía que no habría nada y yo siempre descubría una plaza, unas vistas, un recoveco, un paseo entero, un detalle que lo significaban todo. Subí una cuesta y a medio camino vi un cartel indicando que en lo alto me esperaba la Alhambra. No tenía la intención de entrar, pero seguí subiendo. La pierna me dolía, pero eso contribuía a que cada paso se sintiera como una pequeña conquista. Ya arriba, otro «¿Y ahora qué?», así que me animé a entrar.

Nada más entrar me dieron un mapa. Acabé tirándolo porque no lo entendía. Llevaba dos días enteros orientándome por instintos y siempre había llegado a alguna parte, así que ahora esos dibujos no me decían nada. Trece años atrás, estuve en la Alhambra y apenas vi cosas porque P y yo llegamos tarde. El domingo comprendí que todo se había confabulado para que la explorase entera ahora, con 29 años, los ojos predispuestos a ver y una novela a medio escribir. Ahora y no entonces, claro. Pero es que las cosas solo tienen sentido cuando por fin ocurren.

Tuve mis recompensas. Ya me iba, después de un último vino blanco en un balcón medio escondido del Albaicín y el mejor tapeo en la Carrera del Darro, alargaba la despedida por las calles del centro. Callejeando alrededor de la Catedral, me encontré a un chico que tocaba un instrumento mágico. Era como un platillo volador y llenaba de encanto aquella plaza, parecía que estuviéramos en un templo budista. Le pregunté el nombre: hang. Con esa melodía mágica todavía resonando, en la penúltima calle antes de la estación encontré un trébol de cuatro hojas. De fieltro, así que durará siempre. Al final no necesité mapas para encontrarme. Bastó con ir a Granada y explorarnos juntos, ella a mí y yo a ella. Ahora tengo mi centro, tengo mi libro, y tengo mi trébol: todo irá bien.

Say hello to your life… now you’re living

«¿Qué te apetece hoy?»

Las palabras mágicas. Podría decírtelas si te acercases. Podrías decírmelas tú a mí si me acercase. Pero no me atrevo. Pero nos conformamos con mirarnos. Por turnos, claro. A ratos te miro yo y a ratos me miras tú; lo descubro cuando ya terminas, cuando devuelves la mirada a tu amigo, o acompañante, o lo que sea. En ese instante mínimo que nuestros ojos se cruzan, sonríes. Y yo me esfuerzo por sonreír rápido, para que te des cuenta. Llevamos ya un tiempo así, pero todavía no nos acercaremos, porque incluso un simple «hola» conllevaría ya cierto compromiso. Por ahora somos libres. Sigue el juego.

«¿Qué te apetece hoy?»

Te lo ha preguntado el panadero italiano, desplegando sus manos para que te fijes en el mostrador, rebosante de dulces y pastas recién salidas del horno. Te apetecería todo, y él lo sabe, y por eso sonríe. Quizá por eso te enseña también sus manos, piensas ahora, porque al fin y al cabo lo ha amasado todo él mismo. Es de esas pocas panaderías en las que todavía preparan y hornean los productos en vez de comprarlos pre-congelados.

Te decides por fin: una caña de crema. El panadero italiano (lo llamas así aunque en realidad no tienes ni idea de si es italiano; lo único cierto es que habla perfectamente el catalán) te cobra y te ofrece tu pasta. Hasta el precio es original: 1,42€, no redondea. Sus gestos son más amanerados de lo que te habían parecido hasta ahora. Claro que tampoco es que te hubieras fijado mucho. Un año pasando por delante de camino al trabajo y solo ahora que has entrado y le has comprado algo empiezas a conocerle. Sabes que es honrado. Se le nota en los precios y también en su sonrisa. Volverás.

«¿Qué te apetece hoy?»

Con esta pregunta deberían empezar todos tus días. Hoy te apetece saltar de charco en charco. Hoy te apetece comer solo postres. Hoy te apetece llevar la ropa que nunca te pones. Hoy te apetecen tantas cosas que las harás todas, una por una. Hoy te apetece decirme hola. Por eso, será lo que te pregunte la próxima vez que nos veamos. ¿Qué te apetece hoy?