Maps

De qué sirven los mapas. Antes no los utilizabas, no dependías de la aplicación Google Maps en tu smartphone. Cuatro garabatos te bastaban para orientarte. Explorabas las calles porque las calles son eso: exploración, girar esquinas, cambiar de acera, descubrir fachadas y portales que siempre estuvieron ahí pero son nuevos.

Es divertido Japón, allí los mapas no los hacen a escala. Se saltan barrios enteros si consideran que en ellos no hay nada y además las calles no tienen nombre. Superado el susto, vuelves a confiar en tu intuición. Usas puntos de referencia: esa tienda de la esquina, el parque, el hotel alto. Si lo piensas bien, así es como te has orientado siempre en tu ciudad.

Vas caminando y decides acercarte a una callecita cualquiera que nadie situaría en el mapa. Pero tiene banderolas y un bar cuyo cartel es un timón y un portal con piedras y el mar al fondo. Rincones que son tuyos, o que haces tuyos, porque en el fondo sabes que no eres el primero que les ha hecho fotos. Pero te estaban esperando. Dejar la guía a un lado y tener la valentía de perderte.

Viajando sin mapa te sientes un poco como Indiana Jones. Mi sueño de infancia: explorar, descubrir. Encontrar lo que no sabía que buscaba y, aún así, lo buscaba fervientemente, por eso me puse en movimiento. Algo sentía que faltaba. Esa pieza. Sí, fui a una zona de Barcelona que no piso nunca, y sin saberlo, desenterré un tesoro. De qué sirven los mapas cuando fue la casualidad lo que te trajo hasta aquí.

Smile because you’re the deer in the headlights

Que te hicieran fotos. Antes no te gustaba. «¿Para qué?», decías. Salías al final siempre con el gesto torcido, o los ojos cerrados, o ausente. No querías estar en esa foto porque no te creías digno de ser retratado. Cada foto era el testimonio de una época en la que no estabas a gusto contigo mismo.

Aprendiste luego, tras muchas caídas, que una sonrisa lo arregla todo. Una sonrisa sincera. Esas que no se limitan a un movimiento de labios, en ellas participa todo el cuerpo, el alma desbordada por transmitir lo feliz que eres. Te gustas y gustas. Es así. Empezó a parecerte un halago que alguien quisiera fotografiarte. Has cambiado, eso crees al menos, y está bien que ese cambio quede reflejado en fotos.

Pero aún finges modestia, claro. Nos han enseñado a fingirla. Parece que cuando alguien te lanza un piropo tienes que hacer inventario de defectos: «Sí, pero ojalá perdiera unos kilillos. Pero ayer me encontré una cana. Pero no tendría que haberme puesto esa camiseta vieja». Siempre hay un pero. Si un piropo es sincero hay que dar las gracias. Alguien te ha visto como deberías verte tú también en el espejo.

Ahora has conocido a un chico que se pasa de modesto: incluso se incomoda cuando le dices guapo.  Prefiere ser él quien hace las fotos, quizá use el objetivo como escudo. Intuyes que para él, como para ti años atrás, resulta inconcebible que esos «guapo» puedan ser sinceros. Pero tú insistes. Qué guapo con esa camisa, le dices, qué guapo con la cámara haciendo fotos.

Y él arruga la nariz. En el fondo le divierte tu insistencia. Y te gustaría saber de fotografía, ser capaz de retratarle como tú le ves, que para eso están los artistas, para capturar su visión del mundo y que los demás puedan verse a través de los ojos del otro. Pero no sabes de fotografía, así que sólo lo escribes. Sí, qué guapo está cuando entra por tu puerta y, tímido, mira un momento al techo.

Islands

Año a año, visitas islas. Eres un barco cruzando un archipiélago. Navegas no a la deriva, sino con un rumbo, aunque no siempre sea fijo ni obvio. Lo bueno de la vida son sus sorpresas, los mapas no sirven. Quieres ir a la isla de al lado y el viento o los remos o la corriente te llevan a otra que estaba un poquito más allá. Es la que te tocaba explorar ahora para seguir creciendo.

Atrás quedaron las islas de los caníbales, la de los hombres que no amaban a las mujeres, la del niño que no salía, la de los ojos llorosos, la de Santi y Rubén, la del primer beso, la del beso número 500, la del viaje a Japón y las de muchos otros viajes: Londres, Copenhaguen, Amsterdam, Berlín, Madrid, Elche…

La isla de los domingos en Arena, la del primer concierto de Madonna, la de tu abuela llevándote al cine Verdi a ver una película en versión original, la del chico que te regalaba cómics, la de las partidas al HeroQuest y al Risk hasta altas horas de la madrugada, la de tu madre trabajando de sol a sol pero dejándote siempre una Pantera Rosa en la mochila…

Todavía distingues en el horizonte la silueta de muchas islas, la de aquel verano en Granada, por ejemplo, pero también la isla del chico del piercing y la camiseta roja con quien navegarías durante los siguientes siete años, la isla de Lost y la de Evangelion, cuando corrías con tus amigos por Paseo San Juan porque entonces tu paraíso era Norma Cómics.

La isla del primer Final Fantasy, la de San Juan en la playa, la de tu cuento dramatizado por un grupo de teatro, la de ese cosquilleo al leer La historia interminable, el primero de muchos libros, y la del año en que aprendiste a fluir y a dar las gracias por todas las cosas buenas. Estuvo muy bien visitar esas 29 islas anteriores, aprendiste mucho en ellas. Pero ahora el barco atraca en una isla nueva y misteriosa.

Aquí hay sol, hay árboles, hay nubes, hay amigos que te reciben con cócteles diversos y abrazos que confortan. Hay un trabajo que te llena y que da para ir tirando, para pagar ese piso en la parte tranquila de tu barrio favorito. Hay viajes y hay conciertos que todavía no sabes, ya llegarán. Cada semana, disfrutas de la compañía de un chico que te hace más feliz de lo que por ahora te has atrevido a decirle. Aprendes nuevas recetas. Tienes un libro a puntísimo de nacer. Sí, todavía tienes que explorarla a fondo, pero parece bonita esta isla, la de los 30.

2 Broke Girls

Todo es posible. Ése parece ser el mensaje de esta serie. Puede que sea un mensaje ingenuo, pero también me parece necesario, y muy de agradecer en una parrilla televisiva que tiende a la destrucción y el desánimo, como si la única opción fuera el Apocalipsis. Estas chicas opinan lo contrario: adelante, podemos conseguirlo.

Y más diferentes no podrían ser Max y Caroline, pero forman el mejor equipo. Una tiene el talento, la otra, la ambición. Los conocimientos económicos de quien hasta ahora estaba rodeada de dinero y la dureza de quien tuvo que sobrevivir cada día, combinados, fundan un incipiente negocio de repostería: Max’s Homemade Cupcakes.

Sólo les falta reunir 250.000 dólares. Para ello, además de trabajar en una hamburguesería, aceptarán todo tipo de encargos y trabajos basura. Es bonito ver cómo una tira de la otra. Siempre habrá días menos buenos, por eso es importante rodearte de gente que te hace sonreír, que te sube p’arriba cuando no tienes fuerzas. Alguien que te haga sentir invencible y que por tanto te invite a arriesgarte día a día.

2 Broke Girls va de comedia picante, casi todos los chistes son graciosísimos dobles sentidos sexuales, pero ante todo trata del poder del optimismo, la visualización, el hambre. Los sueños de dos chicas, cumpliéndose poco a poco. Todavía no se lo creen del todo, pero sabes que llegarán a comerse el mundo.

Me gusta que cada capítulo termine con el recuento de lo que llevan ahorrado. Incluso cuando la cantidad disminuye a causa de algún gasto imprevisto, sientes que Max y Caroline están algo más cerca de conseguir su sueño. Dar pasos, largos o cortos pero pasos siempre, tomar con una sonrisa todos los desvíos que surjan hasta que llegues a buen puerto. Dijiste que podíamos, y podemos.

I ja no val saber-ho tot

«El azar siempre responde a una razón que se nos oculta.»
(Vicente Haya)

Así que era esto. Cuando todas las piezas encajan y ves el puzzle completo, es lo que piensas. Qué fácil era. Pensabas que la vida te decía «no» y sólo te decía «espera». Pero no te entrenaron para ser paciente, te entrenaron para exigir resultados inmediatos, las cosas claras, todo lo demás significará que el árbol se ha torcido.

Hace una semana, quería escaparme a Madrid, pero también quería tener suerte y que me tocasen unas entradas para el festival Primavera Sound de Barcelona. Ni una cosa ni otra: no hubo suerte y encima me tocó trabajar el sábado, así que nada de viajes. Y me hundí, claro, porque no entendía nada. Yo sólo quería pasarlo bien…

Así que fui a trabajar, y a última hora de la tarde, entró por sorpresa una amiga hablándome de Beginners. Tuve un buen pálpito. Segundos después, me llamaba un amigo. Que me había conseguido dos entradas para el Primavera. Tanto agobio para acabar disfrutando de una de las mejores noches del año, y ha habido muchas.

Conciertazos de Saint Etienne y Justice, cerveza gratis, brisa, mirador al mar, y sobre todo la compañía de ese chico al que últimamente siempre le digo que está muy guapo, porque lo está. Nos mirábamos y no quería estar en otro lugar. Comprendí que por eso tuve que trabajar, para no irme a Madrid y poder aprovechar ese regalo.

Pero antes tenía que aprender que los regalos no se fuerzan, aparecen. Sé que no es fácil cambiar los malos hábitos por la efervescencia de cada momento presente. Pero merece la pena. Montar los puzzles sin caja, sin referencias. Por colores, por contornos, por intuiciones. Sean 1000 o 2000 piezas, tardes más o menos, al final todas las piezas encajan. Confía en la vida y sus sorpresas, son más sabias.