I follow rivers

Este verano crucé un río. No sé si era el primero que cruzaba, no recuerdo otros pero pudo haberlos. En todo caso, lo sentí como algo nuevo, excitante. Cruzar un río. Descalzo, haciendo equilibrios, ver el caudal de agua desde el centro como a medio camino de un paso de cebra ves al fondo el Arco del Triunfo. Llegar a la otra orilla.

 
El río había aparecido de repente. Paseaba por el bosque y allí estaba. Había visto otros ríos antes, claro, pero ninguno tan ancho. Tan cruzable. Así que bajé la pendiente, esquivé los matojos, me descalcé sin titubear y empecé a cruzarlo. Como si tuviera un mapa del tesoro y la X estuviera al otro lado.

Pero no tenía mapa, y eso lo hacía más emocionante. A la aventura. Fluir, esa palabra que tanto me gusta. Fluir como el propio río, fluir con él. Llegar a algún lado. Algunas piedras resbalaban. Tuve que aprender a apoyar los pies. A no ir demasiado deprisa. Caminar hacia adelante aunque tuviera que dar algunos rodeos donde el suelo del río era más firme. El agua estaba fría, pero eso mejoraba la circulación de los pies.

Ya en la otra orilla, me senté a descansar en una piedra. Era más alta que el resto. Todas las piedrecitas a mis pies. Sentí que había conquistado algo, por insignificante que fuera. Sobre todo disfruté de la sensación de estar allí, por fin, al margen de todo, bajo el sol. Estaba allí y estaba vivo. No podía pedir más. Sí, este verano crucé un río.

Jiro Taniguchi – El caminante

«Camino lentamente por la orilla
donde no hay ningún sendero.»

Pasear. Es todo lo que hace el protagonista de este cómic. Pasear por los paisajes de su ciudad. Mientras pasea, aprovecha para observar, escalar, encontrar, descubrir, aprender, exclamar «Ah» ante cada detalle que llama su atención. Un pez en el estanque, una piscina vacía, los tejados vistos desde lo alto de un árbol.

Jiro Taniguchi era una de mis asignaturas pendientes. Sus obras las vendo bien en la tienda y los títulos siempre me habían llamado la atención, así como el estilo de dibujo, con esos escenarios que tiran hacia el fotorrealismo. El otro día, un amigo me definió su estilo como «muy zen» y la curiosidad me pudo.

Y sí, mucho de zen hay en El caminante. No es que se lo mencione explícitamente, es más bien el regusto que dejan unas viñetas donde los personajes apenas hablan, sobre todo contemplan, disfrutan de estar vivos aquí y ahora. Adultos que vuelven a ser niños y que aceptan las cosas tal cual llegan. Simplicidad.

Lees este cómic igual que disfrutarías de un buen paseo: despacio, importa cada paso, cada página, no el destino ni el desenlace. Te relajas como después de una bañera con el agua templada, casi caliente, y mucha espuma. Cada día hay algo nuevo. Basta con salir a buscarlo. Ahora caminas por donde no hay senderos.

Declare independence

Aprendiste a estar solo. No fue fácil, muchos años sin practicar esa costumbre, pero poco a poco lo conseguiste. Tu espacio, tu pedazo de tierra pa’ ti, tu propia bandera. Cómo los disfrutaste, qué nuevos se sentían. Parecía el final del viaje. Ahora descubres que la independencia no era eso.

O que era más. Mucho más. Porque no hay felicidad en las islas desiertas. La hay en los pequeños secretos susurrados, en arrimar el hombro, en escuchar y tener quien te escuche, en las caricias que llegan de repente entre la maleza. Necesitas un espejo mirándote para saber que sonríes.

Ya no crees en muros y tijeras. Crees en los puentes que unen las orillas de dos mundos. No chocan: colaboran, crecen juntos, se miran desde lado y lado, conscientes ambos de que existe ese punto en común. Pueden ayudarse, deben entenderse. Al fin y al cabo, son islas pero no dejan de estar en el mismo mar.

Llegar a ese punto de coexistencia requiere de un proceso de adaptación, claro. Como todo en la vida. Vas dando pasos y entonces llegas. Con este tipo de independencia, las independencias compartidas, todos ganan. Lo tienen todo: su vida propia y un puente común. Pueden cruzarlo siempre que apetezca.

Celebrate

¿Lo ves? Párate. ¿Lo ves ahora? Lo tienes justo delante. Puedes tocarlo, es suave, olerlo, tiene un deje como de colonia, escucharlo, canturrea entre las hojas, saborearlo, como los caramelos con pica-pica que comprabas al salir del colegio. No hay duda: es real. Lo deseaste y aquí lo tienes.

Antes de ir a un museo, has visto mil y una veces los cuadros que contiene. Reproducciones en libros, fotos en la pantalla del ordenador. Anhelabas verlos, tus pintores favoritos y sus obras. Y entonces vas al museo y caminas por un pasillo y de repente tienes que recular, parece mentira pero está ahí, nada más girar la esquina.

Algunos cuadros son minúsculos, la Mona Lisa; otros, en cambio, impresionan más de lo que imaginabas, el de Napoleón en su caballo, la capa al viento. Colgados de una pared delante de ti siempre tienen otro efecto. Con su marco y su textura. Y además, nunca estás solo, otros visitantes los admiran. Tienes que compartirlos.

Disfruta. De estar en el museo, de girar esquinas y descubrir las versiones originales de los cuadros que habías estudiado en el instituto. Disfruta al conocer otros nuevos. Déjate sorprender por las sorpresas que esconden esos pasillos. Atesóralas. No mires el reloj, no pienses en el calendario. Sólo importa este momento, ya lo sabes.

Just like fireworks in the sky

Hace 10 años que no hacía esto. Tu frase estrella de este verano. Ir a la playa, pasar el día en el Tibidabo, bañarte en una bañera, hacerlo acompañado, ir a Sitges a ver el castillo de fuegos artificiales, y un largo etcétera. 10 años como podían ser más, o incluso toda una vida, porque también has hecho muchas cosas por primera vez.

Y no es que antes no hicieras cosas. Era más bien que evitabas ciertos lugares, ciertas acciones. Todo lo que te recordase al pasado, quizá. Estabas tan preocupado por reivindicar lo que ya no eras que olvidaste disfrutar lo que sí eras. Que es mucho. Demasiados átomos encima como para reducirte al chico que medio sonreía al fondo de la foto.

Ahora ya lo sabes. Sabes quién eres, lo que quieres. Pequeños objetivos y grandes métodos. Así que puedes recuperar el pasado, integrarlo en tu vida, ampliar el abanico de actividades y sobre todo disfrutar. Y compartir todo eso, claro. Porque es lo otro que estás aprendiendo este año: compartir.

Este año sí. Te atreves a volver a Sitges para ver el castillo de fuegos en la playa. El pueblo en todo su esplendor pueblerino, la fiesta mayor, sus bailes tradicionales, los reencuentros. Qué bien estar aquí, y no estar solo. Presumes en secreto de ese acompañante que parecía tan lejano en el instituto.

La arena fría y toda la gente y la constelación de barcos en el mar y las luces que se apagan. Esto empieza. Hay petardos nuevos y viejos conocidos. Muchos. Quizá no tantos como antaño, o igual es que ya no eres un niño, no tienes aquellos ojos. Pero sonríes. Tantos colores y tantas formas, tantísimas explosiones, ceniza. Se ha hecho esperar, ya llega la traca. Ahora será cuando de verdad ocurra todo.