Traces of you

Adoro las ilustraciones de eBoy. Ésta no es la primera que pongo por aquí. Adoro su forma de reimaginar el mundo como un amasijo de píxels en perspectiva isométrica, muchos colores y muchos detalles. Lo llena todo de personitas y muñecos y logos y escenas dentro de escenas. Con humor. Para que los descubras.

(Guarda la imagen o ábrela en una ventana nueva para verla en todo su esplendor.)

Mi habitación la preside un póster suyo, su espectacular visión de Tokyo, y a menudo me entretengo explorando todas esas calles, rampas, letreros, rascacielos, poniendo orden al caos aparente. Señalando, sorprendiéndome como ese bebé que sonríe a cada vuelta que da el móvil en lo alto de su cuna.

Las ilustraciones de eBoy siempre guardan secretos, cosas que habías pasado por alto y que ahora que las has encontrado, las disfrutas. Sí, en la fantasía de sus diseños hay mucho de recordatorio de que la vida, tu mundo, son ricos, infinitos aunque no siempre, no cada día te acuerdes de todas las posibilidades que eso te ofrece. Hay que encontrar, hay que disfrutar.

A ver si localizas todos los personajes de videojuegos, series de TV y cómics que aparecen en la ilustración de hoy. Hay literalmente miles. De Lara Croft a Son Goku, pasando por las Tortugas Ninja o (por supuesto) Wally. Seguro que hasta encuentras a alguien que nadie había visto antes. Somos descubridores. ¡Feliz domingo!

The greatest love of all

Ayer me acordé. Le puse un vídeo suyo a un amigo y me acordé de que Whitney estaba muerta. Ni un año hace. Es de esas cosas que sabes que han ocurrido pero todavía no las has procesado y un día te golpean. Como cuando cumples años y no te das cuenta de lo que implica hasta que rellenas un formulario.

Me dio pena porque fue una muerte tonta. Fruto de no quererse a sí misma, una cantante cuyas canciones, a menudo, hablaban de esa clase de amor, el más importante: quererse a uno mismo en primer lugar. Nos enseñan lo contrario: tienes que sacrificarte, anularte. Luego descubres que no, que para sobrevivir tienes que pensar en ti. Luego ya amarás a los demás, y encima con una sonrisa de verdad.

Pero es algo tan fácil de olvidar. Recuerdo que con mi ex cantábamos The greatest love of all en el SingStar, la bordábamos, y eso que no parábamos de reírnos del vídeoclip, de los looks y las poses intensas de ella, de lo ochentero, del argumento. Nos reíamos de todo, cantábamos cada línea con la máxima puntuación, pero no le hacíamos ni caso al significado de la letra. Como Whitney Houston.

Como los barcos cuando sube la marea, tuve que aprender a flotar. Floté y fluí, y llegué a un remanso en el que no quedaba otra que quererme. Mis cosas y mi mundo. Ahora me gusta estar bien porque puedo compartirlo. Con mis amigos, con mi novio. También con la gente que me lee, por qué no. Me quiero, yo no lo voy a olvidar.

I got only what I got while I’m alive

Libros antiguos para decoración. Eso ponía el cartel de uno de los stands en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Barcelona. Las encuadernaciones eran preciosas, y para qué engañarnos, en una estantería quedarían de fábula. Vestían mucho. Pero sentí lástima ante aquel cementerio de libros que ya nadie quiere por su contenido.

Hoy casi me atropella un autobús. No circulaba especialmente deprisa ni yo iba muy despistado. Habría sido un accidente tonto, un rasguño en su carcasa y seguramente mi final, pero afortunadamente no ha pasado. He frenado en la acera y el conductor se ha disculpado al pasar de largo. Sigo vivo. Eso tiene que servir de algo, ¿no?

Siento algo extraño cuando veo a famosos más jóvenes que yo llegando a lo más alto. Se parece a la envidia, quizá sea admiración, o culpabilidad por no ponerme las pilas mucho antes. Ellos lo hicieron y ahí están. Tengo 30 años, podría tener varios libros ya publicados si no me hubiese pasado casi 10 años sin escribir. Pero el orgullo de ahora es el mismo: por fin, la novela está a punto de salir del horno.

Ya es un buen paso. Unos cimientos. Pero quiero más. No quiero ser un libro antiguo más en una caja llena de libros ante la que pasa de largo la gente. Quiero hacer algo. No sé si importante, pero algo. Tengo el arco y tengo las flechas, me falta la diana. Quiero sentir el cariño, sentirme vivo mientras estoy vivo.

Anything could happen

«¿Llegarás hasta ese árbol?», preguntó mi amigo. El árbol estaba a pocos metros, en el mismo paseo por el que íbamos comiendo un helado. Enseguida llegaríamos a su altura. «Claro», dije. «No, no lo sabes», contestó él, con razón. En realidad, podía ocurrir cualquier cosa. Hasta que no llegásemos no sabríamos si, por ejemplo, alguien chocaba con nosotros, nos manchaba de helado y teníamos que tomar otra ruta.

La incertidumbre al pasar de página. Esa sensación perseguías de pequeño al comprarte los libros de Elige tu propia aventura. Pensabas que el autor hacía trampas, quién iba a adivinar que abriendo la trampilla del sótano en vez de la puerta dorada darías con un tesoro. Pero algo tenían aquellos libros: siempre volvías a ellos.

A veces intentabas encontrar todos los recorridos, leer el libro desde el final para desentrañar sus misterios, recomponer las elecciones que te llevarían al mejor desenlace. Pero hacerlo así no era tan divertido. Lo entendiste rápido: no conviene adelantarse. Tu propia aventura, página a página, momento a momento.

Fluir es más que explorar. No avanzas hacia el árbol para saber si llegarás, sino para continuar con tu paseo. Mucho antes de dar con el segundo sabor, al helado ya le habrás dado cucharadas deliciosas. Lametones y risas. Por eso, el mejor momento es ahora. La emoción irrepetible de dar cada paso sin saber dónde te llevará. Si prefieres dejar espacio para las sorpresas, pasa a la página 13.

I was so lucky

Luck is an attitude. Lo dice ese anuncio de Martini que ya lleva meses circulando por ahí. Y tiene toda la razón del mundo. La suerte es una actitud, sí. O como dice esa frase del Hagakure que siempre acaba apareciendo en este blog: «Hay que ganar desde el principio para salir victorioso siempre.»

Los anuncios de Martini siempre los recuerdo ofreciendo «algo más». Por ejemplo, la erotización del hombre en una época en la que parecía que sólo las mujeres podían ser objetos sexuales. Yo encantado de tener a un guaperas poniendo morritos en pantalla, claro. No sé si lo notarían en las ventas. Quiero decir, en Carnaval todo mi instituto se disfrazó de chicos (y chicas) Martini pero no era esa bebida la que pedíamos, entonces éramos de Malibú con piña. Luego ya nos pasamos al vodka.

Este año han optado por un chico Martini menos maromo, más natural. Pero lo interesante del anuncio es cómo muestra muy visualmente, gracias a una pantalla partida, algo que, de tan obvio, la gente a menudo olvida. Tal como sales de casa es tal como va a ser tu día. Si te encoges de hombros, no sólo te mojarás, además resoplarás y renegarás. Pero si sonríes y te lanzas a la lluvia, pasarán cosas.

Antes, yo era el típico que llegaba a la barra del bar y los camareros me ignoraban, no me servían hasta que ya no quedaba a nadie más por servir. Normal: me quedaba en un rincón, agazapado detrás de anchas espaldas. No digo que ahora me sirvan el primero, pero al menos, desde que me inclino en la barra y sonrío, he conseguido volver antes a la pista de baile con mi copa. Para seguir bailando.

Activé los engranajes. Poniendo de mi parte. Dejando de esperar que el mundo en algún momento me prestase atención. La reclamé yo, esa atención. Y esa suerte y ese amor y todas las cosas que, estaba convencido, yo me merecía. La vida no es más que eso: creerte afortunado. Saberte afortunado. Y actuar como tal.