Pasear, simplemente. Creo que ese placer lo vamos perdiendo. Enlazar una calle con otra, no para encontrar una tienda concreta ni llegar a tiempo a la reserva de un restaurante, sino para disfrutar de la ciudad. Sin objetivos, sin horarios. Así es como mejor se hacen las cosas, y el sábado lo recordé perdiéndonos por el Raval.
Me reencontré con fachadas que había olvidado. Descubrí nuevas tiendas en esas calles que antes atravesaba al trote, con la vista fija la parada de metro de más allá. Las estanterías están para curiosearlas, las calles para explorarlas. El sol me daba su beneplácito. Hacía tiempo que no disfrutaba así de Barcelona.
Creo que por eso me cundió tanto el viaje a Granada que hice en Marzo. No había mirado mapas, ni anotado cosas que ver. Tampoco tenía fecha de regreso. Bajé del tren pensando «¿y ahora qué?», claro, pero enseguida me guiaron las propias calles, de una cuesta a la siguiente escalera, una esquina desembocaba en una avenida, una plaza para refugiarme. Así, rincón a rincón, construí un mapa, el de mi Granada.
Un mapa sin líneas de transporte público, eso lo dejaremos para cuando haya que llegar puntual o lejos. Mejor patear, adentrarte en esas calles secundarias en las que también hay cosas. Portales abiertos por los que asoman patios y panaderías donde dan los buenos días. No más «dónde vamos», no más «qué hacemos». Estamos aquí, estamos disfrutando.









