The habit

¿En qué momento dejas de hacer las cosas por ti mismo? Sin darte cuenta, olvidas lo que un día tuvo un significado íntimo y pasas a complacer solo a los demás. Porque sienta bien, sí, hacer feliz al resto. Pero de tanto contar el mismo chiste, corres el riesgo de olvidar qué lo hacía gracioso en primer lugar. Gracioso para ti. Antes no tenías que esperar a que otros rieran para hacerlo tú.

Lo que otros esperan de ti es una prisión. O lo que crees que otros esperan de ti, para ser más exactos. Por ejemplo, este blog. Empezó como una especie de terapia personal y durante mucho tiempo funcionó. Hasta que desde mi ventana dejé de ver las cosas que me importaban. Solo pensaba en las que querrían ver los demás habitantes del bloque. Y así encegado, llegué a convencerme de que no me quedaban cosas nuevas por ver. Estaba frente a una ventana que daba a la nada.

De qué iba a hablar, si ya lo había dicho todo. Era un todo diminuto, claro, porque al releer el blog desde sus inicios, descubrí que en realidad siempre he hablado de lo mismo. Tu mundo nunca es tan grande como lo percibes. Aun así, perdí el rumbo. Me gustaría decir que perdiéndome encontré la respuesta, pero no fue así. No la encontré. Es posible que no exista tal respuesta, que todo sean ciclos que vienen y van.

Pero dicen que la fe mueve montañas. Y otra cosa no, pero tengo fe en el poder de las palabras. Sé que me llevarán a alguna parte aunque no sea donde yo había planeado. Por eso continuaré el sendero. Escribiendo más que pensando. Como dirían en Gravity: «Pase lo que pase, va a ser una experiencia maravillosa». Nuevas palabras, las que a mí me gustan. Las que más me llenan. Despegue y aterrizaje.

And if you don’t quit
You’ll never get over
If you don’t quit
You’ll never get out
And you’re always
Gonna be an addict

Octubre

Me lancé a correr. Y por una vez, no llevaba reloj. Es decir: no llevaba el móvil encima para mirar la hora. Pero ya me estaba bien así. Correría y correría, sin saber si llegaba tarde o justo a tiempo. Correría desde la toalla en la playa hasta el jersey de punto. Había llegado el frío a la ciudad y esta vez para quedarse. Sí, por increíble que parezca, incluso esas cosas que según los agoreros no iban a suceder, acaban sucediendo.

Tuve que tomar un rodeo. La calle de siempre estaba cortada y los camiones de bomberos y los policías de uniforme y las cintas amarillas me bloqueaban el paso. Confieso que más allá del mero cotilleo, me daba igual lo que hubiera sucedido. Fuera lo que fuese, yo estaba vivo. Así que me alejé del tumulto de gente curiosa y tomé un desvío por mi plaza favorita. A veces olvido que sigue ahí, y ahí seguía. Muy cerca de los árboles, de las puertas cerradas.

También a ella la dejé atrás. Corrí y corrí. Como no tengo coche ni sé conducir, solo podía enlazar un paso tras otro. Lejos, lejos. Porque lejos adquieres perspectiva. Pensaba que de esta manera podría exorcizarlo todo. Dejaría de ser el bufón del cuento. Lo que otros esperaban de mí ya no importaría, solo lo que yo sentía. Lo que de verdad yo deseaba. Lo que ya no importa. Corrí sin rumbo hasta que volví a encontrarme. Y pasó Octubre. Y recordé que si quería, podía tener lo que quería.

Wave

Siempre está llegando una ola. Aunque no la veas. El mar no deja de moverse. Aquí, justo enfrente, está en calma, pero unos metros más allá, esos turistas tienen que subir un poco sus toallas para que no se las moje la siguiente ola. Fíate de las corrientes invisibles. Olvídate de ellas, también, porque nunca podrás controlarlas.

Por ahora sigue buscando piedras negras y blancas a lo largo de la orilla. Tranquilo, que no se acabarán. Las piedras las trae el mar por la noche. Y mientras sigas buscándolas, el mar seguirá trayéndolas y puliéndolas para que, cada mañana, las encuentres relucientes. Al cogerlas, tienes la manía de frotarlas para quitarles la arena, aunque a veces tus dedos están tan sucios que consigues lo contrario.

Te gusta imaginar las piedras de tu colección como fichas. Una a una, estás creando un juego para el que aún no tienes reglas. Y también te hará falta un tablero. Ya llegará, como todo. Como esa ola que ahora te golpea las pantorrillas. Pero hoy no te tumba. Allí hay otra piedra.

La diferencia entre la fe y la ciencia

La primera vez te sale natural. No piensas en nada. Sientes. Te dejas arrastrar, improvisas en milésimas de segundo. Salen solos los gestos, se desliza el pincel sobre el papel de arroz, brota lo que no sabías que estaba ahí. Eres capaz. Una sorpresa lleva a la siguiente. Ni siquiera tienes tiempo de pensar: «Qué fácil».

Fotografía: First Place de Wagner Araujo.

Piensas después, viendo el resultado. Lo bien que te salió, y qué fácil parecía mientras lo hacías. Tan fácil que podrás recrearlo. Dispones la mejor hora para hacerlo, relajas los músculos, pones música tranquila, algo de Enya, y enciendes una barrita de tu incienso favorito. Coges el pincel. El pincel más cómodo. Respiras hondo. Hoy, contra el papel, estudias tus gestos en un intento de recuperar aquella naturalidad que tan bien recuerdas. Pero era una pluma mecida por el viento: puedes cogerla una vez y no otra. Repites, repites, repites y cada vez te notas más mecánico. Eres consciente de cada músculo, cada articulación que hay que poner en movimiento. La técnica mató la intuición La semilla sigue en alguna parte, lo sabes, pero no das con ella. Lo mejor que consigues es una parodia. Quizá otros no lo noten, pero tú sí. Ese trazo tieso, esa arruga donde no tocaba. Te conformas con la imitación, qué remedio.

Un día tendrás la mente en otra parte. Te moverás por moverte. Y lo encontrarás sin pretenderlo. Al vuelo. El tiesto para que brote la semilla. Y otra vez se sentirá fácil. Una nueva sorpresa que te lleva a la siguiente.

Le vent nous portera

Te gustaría vivir en París. Una buhardilla pequeña desde la que, para cumplir todos los tópicos, verías a lo lejos la Torre Eiffel. Estaría en un barrio poco concurrido, alejado del centro. Así atravesarías la ciudad a pie cada mañana. Nunca cogerías el metro, menudo sacrilegio en una ciudad donde todas las calles son bonitas.

Te gustaría vivir en París. «Algún día», le dices a un amigo al llegar a la playa. Lo dices por decir, uno de esos planes irrealizables pero muy meditados que un día, sin más preámbulo, salen a la luz. En París ya estuviste hace 10 años, pero ahora irías de otra manera. Te patearías los museos y las placitas con cafés alrededor y los rincones escondidos que entonces pasaste por alto. La librería Shakespeare and Co, junto al Sena. Y antes aprenderás francés. Que no vuelvan a poner los ojos en blanco los camareros al recurrir al inglés incluso para una mísera Orangina.

Te gustaría vivir en París como te gustarían tantas otras cosas. Ríes. Qué tontería. Bajáis del coche, cogéis los bártulos. De camino a la playa, sobre un banco, alguien ha abandonado un libro. Vuelves a verlo horas después, cuando ya os vais un poco más morenos. Nadie lo ha cogido. Lo coges tú. Y es una novela en francés, claro. Para que vayas practicando. El título: «L’inespérée». Lo inesperado.