¿Así que quieres ser escritor?

He decidido que quiero leer las poesías completas de Charles Bukowski. El motivo está muy claro. Ayer me hizo llorar un anuncio de whisky. Resulta que el texto que leen encima de una música emotiva e imágenes épicas es un poema suyo. Y hace justo un mes que llegaba a mi vida otro de sus poemas. Así que toca leerle, no hay duda.

En 1944, Bukowski publicó en una revista su primer relato, titulado «Secuela de una larga nota de rechazo». Sabía bien lo que era que rechazasen sus novelas e historias pues no tenían ningún éxito entre los editores y acababan todas en lo más profundo del cajón. Así que, ante un panorama tan poco acogedor, ese joven de 24 años perdió la ilusión por la literatura y la aparcó de su vida durante una década.
Se dedicó a beber, a follar con mujeres, a encadenar trabajos basura. Pero escribir sale de dentro y es incontrolable. Una necesidad ardiente. Y así debe ser, como da buena cuenta el propio Bukowski en este poema que escribió cuando ya alcanzó la fama. Sus palabras me han removido de arriba abajo y han dado pie al anuncio excelente que comentaba antes. Ojalá os inspire. Habla el maestro.

«¿Así que quieres ser escritor?»
(Charles Bukowski)
Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
ó clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
ó a tu novia ó a tu novio
ó a tus padres ó a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
ó hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

Las correcciones

A mediados de 2012, terminé de pasar a limpio el manuscrito y escribí el primer FIN de la novela. Estaba convencido de que era el final del proceso. La historia estaba cerrada, los capítulos bien ordenados. ¿Qué podía faltar? Pues corregir. Horas y horas de revisiones, hasta el punto de que he pasado más tiempo revisando que escribiendo (aunque en realidad, las dos cosas son lo mismo: no puedes revisar una página en blanco). Para que os hagáis una idea: tardé apenas cuatro meses en redactar el manuscrito y año y medio en darle su forma, ahora sí, definitiva.

«Cielo y Agua» de M.C. Escher.

«Este capítulo no funciona», dijo el primer lector. Y me sentó como una bofetada. Era el capítulo al que más cariño le tenía. Contrariado, dejé que la novela reposara algunos días. Al retomarla, comprobé que el chico tenía razón. Ese capítulo no funcionaba: era el prólogo, un avance de cosas que sucedían más adelante en la historia. Lo quité provisionalmente, ya vería luego dónde colocaría todas esas escenas. Pero ocurrió algo muy curioso. Al quitar ese prólogo, de repente, la novela creció. Entendí por fin de qué iba la historia. Tan hechizado estaba con ese prólogo, tan ofuscado, que no me daba cuenta de la aventura del protagonista.

Encontrar esta esencia exigió meses de cambios: cambio de estructura (el segundo capítulo pasó a ser el primero, la carta de bienvenida, y eso le dio una importancia que no había visto hasta entonces), cambio de estilo, cambio de importancia de las tramas. La novela de amor platónico se convirtió en esa historia de superación que yo imaginaba. La reconstrucción, pieza a pieza, de Leo. Ayudaba leer en voz alta y cambiar de soporte: imprimir lo escrito para alejarse de tanta pantalla, leerlo con ojos renovados.

Superado el tabú de quitar un capítulo entero, me atreví a quitar otros párrafos, escenas, frases que entorpecían la lectura. El manuscrito pasó de 200 páginas a 170. Era una extraña sensación, ésta de ver que una frase mejoraba cuanto más desnuda estaba. Hasta ahora, siempre había pensado que se embellece con los adornos, vestidos, disfraces, maquillajes y oropeles. Pero no. Por fin entendí eso que había leído en una web de consejos para escritores. Hay que ser libertino en la escritura y sacar al crítico despiadado en la corrección. Corregir es como limpiar el escritorio: por mucha pena que te den esas postales que cogiste en un bar, en el fondo sabes que no vas a hacer nada con ellas, solo estorban. Agradecerás prescindir de ellas.

Disfruto con la frescura de autores como Jordi Sierra i Fabra, que estructuran bien la novela y luego la escriben del tirón en dos semanas, solo hacen una corrección de fallos ortográficos. Y admiro a autores como Gustave Flaubert, que se pasaban años perfeccionando sus manuscritos, fijándose en cada frase y en cada escena con la minuciosidad de un relojero. Yo no tengo tanta paciencia (ni tanto talento, claro).

«Tienes que parar», te dicen entonces un amigo o tu cerebro. Ese día relees lo escrito y no solo no cambiarías ni una coma, también jurarías que no lo has escrito tú sino otra persona. Un libro cogido al azar de la estantería. Tras mil revisiones, lo has logrado. El material valioso ya estaba ahí, faltaba sacarlo a la luz. Como el escultor que pica el mármol para encontrar la estatua del David.

La delicadeza

Hace cuatro días que abrí el blog y una de las cosas que más me está gustando es el diálogo que se establece con los lectores que comentan las entradas. Ellos (y ellas) amplían temas por los que yo había pasado de puntillas o comentan detalles en los que no caí al escribir. Por ejemplo, SmoothCriminal, hablando de títulos, remarcaba lo evocadores con esas canciones tituladas con algo banal, a veces la primera frase que se canta o en todo caso una que no se vuelve a repetir. En vez de recurrir a lo fácil, el estribillo, te invitan a profundizar en la letra.

Eso también me gusta en los libros. Que sus títulos no resuman el contenido del libro («La aventura del temible corsario», por un suponer, como si solo con la portada ya lo hubieras leído todo) sino que evoquen algo aparentemente sin importancia, pero al mismo tiempo contengan toda la esencia de la historia. Al llegar a la escena en cuestión exclamarás «así que era eso». A veces, incluso, el título no se menciona en todo el libro y sin embargo, no hay otro título posible. La soledad de los números primos, por ejemplo.

Es el poder de la sugestión, de la sutileza. Decir sin decir. Algo que se va aprendiendo con el tiempo, supongo. En los primeros manuscritos me excedía en los detalles, no vayan a ignorar los demás que el dormitorio tiene una cama y una mesita y un armario y una silla. Me veía con la obligación de relatar paso a paso todo lo que ha hecho el personaje a lo largo del día. Luego fui depurando y me atreví con las elipsis, me animé a insinuar con los gestos más que con las palabras del personaje.

Así pasé de frases como ésta: «Le odié por haberme engañado, no solo acostándose con otros, también haciéndome creer que era incapaz de hacer algo así» a otras como: «Quise arrancarle las pecas de las mejillas». Dicen lo mismo, pero no provocan la misma sensación.

Eso sí, al final, confieso que acabé sin saber si había dicho demasiado o demasiado poco en cada escena. Daba por hecho que se entendería lo que quería decir siempre y a la vez me preguntaba si el título del libro no sería demasiado explicativo. A tal punto llegó la paranoia. Tan metido estaba en mi novela que ya no discernía cómo había dosificado la información. Cuesta conseguir un equilibrio, pero para eso están los primeros lectores: ellos determinan cómo alguien leerá tu libro partiendo desde cero. Al menos, a mí me ayudaron mucho con sus «Esto ya lo daba por hecho, no incidas más en ello» y sus «Jamás lo hubiera imaginado». Se trata de ir afinando poco a poco, hasta dar con la nota exacta.

Como esos Blue Jeans de Lana del Rey que apuntaba SmoothCriminal: los tejanos se mencionan de pasada nada más empezar la canción, no vuelven a aparecer, pero tiñen la atmósfera de la canción. Con más sutileza que si hubieran descrito por completo al chico que los lleva. Un esfuerzo que hay que repetir en cada página y cada parte del libro (no solo en el título, también en el texto de la contraportada o incluso en la propuesta editorial). Pero merece la pena cuando alguien te dice: «qué buena esa frase, cómo la entiendo».

Las leyes de la atracción

Mil gracias por contactar con nosotros y por confiarnos la lectura de tu novela. Lamentablemente no vemos oportuna su inclusión entre los libros que representamos actualmente, especialmente por el poco margen de acogida de nuevos autores con el que contamos en este momento, tal y como te comenté. Te felicito por la escritura, eso sí. Es una primera novela más que digna y espero que pueda llegar pronto al público lector; siento mucho que no vaya a poder ser a través de nuestra agencia.

Así rezaba la primera carta de rechazo que recibí. Sabía que tarde o temprano llegaría, no iba a tener tanta suerte de que me aceptasen la novela a la primera. Pero aun así dolió. A nadie le gusta que le digan que su obra, esa en la que lleva dos años trabajando, no gusta, o no lo suficiente. Y en el fondo, debo considerarme afortunado. Porque era una carta educada, muy lejos de ese «Usted no domina la lengua inglesa» que recibió Rudyard Kipling como respuesta a su Libro de la selva. Luego el hombre ganó el Premio Nobel.

La verdad es que por más que leas las historias de autores ahora famosos que fueron rechazados en sus inicios (recomiendo las 3 entregas del artículo de Papel en blanco), una parte pequeña de ti, confía que saltará esas barreras. Que no sufrirás 12 rechazos como J.K. Rowling ni tendrás que insistir durante cuatro años como Agatha Christie ni verás que rechazan tus tres primeras novelas como Stephen King. La realidad es distinta. Eres solo otro minúsculo grano de arena en la playa. Pero no quieres desfallecer como John Kennedy Toole y y sigues buscando esa editorial que apueste por tu libro.

Para allanar el terreno, lo mejor es una buena carta de presentación, acompañada de un documento conocido como propuesta editorial. Hoy en día casi ninguna editorial acepta manuscritos no solicitados. No tienen tiempo ni ganas de leerlos. Por internet encontraréis mil indicaciones distintas de cómo elaborar este primer acercamiento, pero a mí me resultaron muy útiles los consejos de Neus Arqués en Marketing para escritores y los del libro Escribir Ficción. Recomiendan cosas contradictorias, pero mezclándolas, éstas fueron mis conclusiones de lo que necesita una buena propuesta editorial:

  • Presentación del proyecto. Título, tipo de obra, número de páginas, estructura…
  • Sinopsis. Algunos recomiendan que ese resumen del argumento se extienda como mínimo una o dos páginas, pero otros prefieren simplemente sugerir en un par de párrafos de qué trata a grandes rasgos la novela, creando interés sin desvelar nada importante.
  • Con qué autores te comparas. Autores, no novelas. Una forma fácil de que el futuro lector se haga a la idea de tu estilo. Pero ojo, también recomiendan que indiques en qué te diferencias de ellos, porque al fin y al cabo, se trata de que demostrar que aportas algo nuevo.
  • A qué público va dirigido el libro. Cuanto más específico seas al describir a tu lector ideal, mejor.
  • Por qué tú eres la persona indicada para escribir este libro. Tu experiencia personal, tu visión, qué te motivó a empezar la historia.
  • Tu vinculación con los libros. Si escribes en alguna revista, si ya tienes otros libros publicados, si has ganado algún concurso destacable…
  • El primer capítulo. O más, según lo que pidan (alguna editorial pide 50 páginas, por ejemplo).

Escribir este documento supone un choque, al menos para mí lo fue, porque se parece más a una transacción mercantil que a algo artístico. Por primera vez, ves tus 180 páginas, a las que tanto cariño tienes, no como obra sino como producto. El matiz es importante. Pero es lo que toca ahora, al fin y al cabo tu intención es que se acabe vendiendo en librerías.

Así que creas un PDF con los puntos bien desarrollados, lo resumes todo en una carta de invitación con gancho, que invite a abrir el documento, seleccionas las editoriales y agencias donde crees que puede encajar tu libro (¡no vas a mandar una novela de misterio a una editorial especializada en ensayos!), añades un poco de personalización en base al destinatario (que noten que te diriges a ellos y no es un simple corta y pega), lo envías… y cruzas los dedos.

Como dice Neus Arqués, la mejor respuesta que puede recibir una propuesta editorial es la invitación a mandar el manuscrito completo. Solo queda esperar.  Tal como está el panorama hoy en día, muchas veces ni siquiera responderán. Y llegarán muchos rechazos. Pero ¿será verdad esa máxima? Con cada no, estás un paso más cerca del sí.

A modo de ejemplo, aquí os dejo el documento con propuesta editorial + primer capítulo de El mar llegaba hasta aquí, tal como lo mandé a editoriales y agencias.

La importancia de llamarse Ernesto

¿Antes o después? ¿Cuándo hay decidir el título de tu libro? Algunos defienden que no hay que empezar a escribir ni una palabra hasta no tener el título muy claro, porque así servirá de brújula para todo lo demás y facilitará el camino. Otros defienden lo contrario, que el título es lo último que se decide, cuando ya la historia y su esencia están grabadas a fuego y así, además, el título no las ha constreñido.

Personalmente, me sitúo en medio de ambas posturas. Es cierto, me gusta empezar a escribir una vez ya tengo un título, pero soy consciente de que se trata de uno provisional. Pobre y descriptivo sin más, solo para llenar la primera página en blanco y para tener un nombre con el que referirme al recién iniciado proyecto. Me sirve como timón inicial.

Por ejemplo, en sus inicios, El mar llegaba hasta aquí se titulaba Adán y los últimos vampiros. También barajé otras opciones, como El vértigo. Hasta que una tarde, con el manuscrito ya cogiendo forma y más clara en mi mente la historia que quería contar, estaba hojeando el libro Haiku-dô de Vicente Haya y un poema saltó de sus páginas.

Dijo: «Antaño, el mar
llegaba hasta aquí»
y puso más leña en el fuego
(Hosai)

Y supe que ahí estaba el título. Me gustaba el paisaje que evocaba y además encajaba para mi novela como si se hubieran escrito a la vez. Los títulos siempre llegan así: de la nada. Tardará más o menos, pero cuando lo tienes delante, no lo dudas: es ése. Supongo que debe ocurrir lo mismo cuando buscas un nombre para tu hijo. Un día, lo bautizas y no hay vuelta atrás. No tendría la misma cara con otro nombre.

Un título es como el horizonte: delimita y a la vez ensancha, da un objetivo pero múltiples rutas. Vosotros, ¿qué métodos usáis para elegir título? ¿Cuándo lo decidís?